El Prototipo Capítulo 8
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Capítulo 8

E n las dependencias de la Policía Judicial, el comisario Raúl Gómez recibe la llamada que esperaba de la Unidad de Asuntos Internos.

—Buenos días. ¿Comisario Raúl Gómez?

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

—Soy el comisario Cuevas, de la Unidad de Asuntos Internos de la Dirección General de la Policía.

—Mucho gusto, comisario. Usted dirá.

—Hemos recibido el caso de Líam Ferrero Robles.

—Sí, yo mismo lo cursé hace un par de días.

—¿El inspector Ferrero sigue en activo?

—Hasta nueva orden sí, aunque lo aparté del servicio por precaución.

Lo mandé a casa un par de días hasta ver qué decidían ustedes —comenta Gómez—.

La verdad… es un adicto al trabajo y suele pasarse por aquí a ratos.

No obstante, desde el accidente, ha estado acompañado en todo momento por el oficial Galiano para evitar que se meta donde no debe.

—¿Un inspector vigilado por un oficial?

—Lo siento, pero andamos faltos de personal y están todos ocupados. Son compañeros y…

—Pues haga el favor de comunicarle al señor Ferrero Robles la suspensión cautelar —le interrumpe—. De momento recójale la placa y el arma. Mañana enviaré al inspector jefe Óscar Santos y al inspector Adrián Salas para que se ocupen del interrogatorio —relata el comisario de la UAI.

—Así lo haré, comisario. ¿Le digo que venga mañana ?

—Sí, por favor. Espero que este asunto se resuelva rápidamente. Yo tampoco ando sobrado de efectivos como para perder una semana con un atropello —responde Cuevas.

—Perfecto. Que pase un buen día —concluye Gómez, cortando la llamada sin esperar respuesta de su interlocutor.

Acto seguido, Gómez marca el teléfono de Líam directamente, por la confianza que tenían, para comunicarle oficialmente la suspensión.

∆∆∆

Esa misma tarde, Líam se persona en comisaría para entregar sus credenciales y charlar con Gómez.

—¿Se puede, comisario? —dice, asomando la cabeza por una rendija entreabierta de la puerta del despacho del comisario.

—Déjate de vainas, Líam. Pasa y cierra.

—Qué pasa, Raúl —dice, ya menos comedido, en cuanto cierra la puerta—. Estoy suspendido, ¿no?

—¡Tú verás! Tenía que haberte suspendido antes y evitar que fueras por el hospital con la orden para recoger la bala —dice el comisario.

—No saldrá de aquí —quiere tranquilizarle Líam—. Iba Galiano conmigo. Además, no tenemos gente como para andarnos con remilgos.

—Ya, pero le he dicho que te había mandado a casa dos días y que te pasabas por aquí a ratos para ver si Asuntos Internos decía algo, ¿estamos?

—Claro, jefe —responde—. Ahora aviso a Galiano y arreglado.

—Ya, bueno. Está claro que el disparo no era tuyo, pero no está tan claro que no hubieras podido frenar antes de que se te echara encima —dice el comisario, apoyando el pulgar en una de las sienes y restregándose la frente con los cuatro dedos restantes.

—Joder, Raúl, me pongo en tu lugar; pero no sé qué decir para que me creas —comenta—. Cuantas más vueltas le doy… a mí también me asaltan dudas. Sin embargo, voy a defender mi inocencia hasta el final.

—Ya está hecho. Lo peor es que si te amonestan… no tengo gente, ¡coño! —exclama el comisario irritado.

—Bueno, jefe. Vamos a ser positivos —responde Líam, levantándose para marcharse.

—Mañana aquí sobre las nueve, que no sé a qué hora vendrán estos.

—¿Los conoce, jefe? —pregunta de espaldas, con la puerta entreabierta, antes de marcharse.

—No. Un tal Óscar Santos, inspector jefe de la Unidad y otro inspector llamado… Adrián Salas —concreta, mirando los nombres que había anotado.

—Pues tampoco deben tener a nadie porque demasiado jefe para tan poca chicha —dice riendo, girándose hacia el comisario de medio lado.

—Ya, Líam, pero hay disparo de bala y hasta que no salgan los resultados de balística, y te exoneren oficialmente, el caso lo requiere —contesta el comisario.

—Pues tranquilo, jefe, que ya verá que no es para tanto —comenta Líam, intentando quitarle hierro.

—¡Eso espero, hijo! ¡Eso espero!

∆∆ ∆

Sobre las diez de la mañana, Óscar Santos y Adrián Salas entran en la comisaría y se dirigen directamente al despacho del comisario Gómez. Tras unos golpes, entreabren la puerta y Santos, como inspector de mayor rango, pregunta:

—¿Se puede?

—Sí, adelante. Les estaba esperando. Tomen asiento —dice, señalando con la mano las butacas que había delante de la mesa.

Tras las presentaciones, se mostraron deseosos de entrar en materia y depurar responsabilidades lo más pronto posible.

—¿Ha llegado el inspector Ferrero?

—Sí, andaba por aquí. Ahora mismo le hago venir.

—¿Tienen una sala de reuniones donde podamos instalarnos?

—Sí, bueno; la sala de briefing, que hace también las veces de sala de descanso —contesta Gómez—. Yo mismo les acompaño mientras dan aviso al inspector Ferrero —añade solícito.

Al salir del despacho, seguido de los de Asuntos Internos, todos los presentes miran de reojo a los visitantes.

—Galiano, ¿dónde está Ferrero? —dice el comisario entre dientes, al pasar junto al oficial.

—Ha ido al servicio, jefe.

—Pues dile que acelere que le esperamos en la sala de briefing —replica.

—Enseguida, jefe.

—Cortázar, ¿tenemos el informe de balística del caso Irune Salazar?

—Acaban de llamar. Ahora lo suben —responde este.

—Cuando llegue, llévalo a la sala de briefing.

—Sí, comisario.

—Síganme, caballeros —dice Raúl Gómez, dirigiéndose a los de Asuntos Internos, que se habían detenido mientras el comisario hablaba con sus subordinados.

∆∆∆

La sala de briefing olía a café recién hecho. Gómez les ofreció una taza, que ellos rechazaron. Seguidamente, él mismo se encargó de echar las cortinas para preservar la intimidad del interrogatorio y evitar las miradas curiosas.

El inspector jefe de la UAI [8] , Óscar Santos, y el inspector Adrián Salas se sentaron en una mesita que se hallaba sobre una pequeña tarima elevada.

Líam Ferrero entró sin llamar, saludó y se acomodó en una de las múltiples sillas que se alineaban frente a ellos, un escalón más abajo.

La sola presencia de aquellos dos, mirándole desde lo alto, hizo que Líam comenzara a ponerse nervioso.

El incómodo silencio reinante se vio interrumpido por el subinspector Jaime Cortázar, que entregó el expediente de balística al comisario y salió de la sala.

—Señores —dice Gómez, entregando a su vez la carpetilla a Santos—. Como ven acaba de llegar y desconozco los resultados.

—Permítanos. —Santos extiende la mano—. Ahora se lo devolvemos.

Los enviados de la UAI abren la carpeta y leen las conclusiones por turnos, si bien el inspector jefe subraya en voz baja a su compañero los detalles más relevantes del informe.

—El Anillo de Fisch es incompleto —lee, señalándole con el dedo el párrafo correspondiente a su compañero—.

Media luna. Indica disparo en ángulo oblicuo desde arriba.

La bala entra con trayectoria descendente.

Distancia… media o larga —continúa, indicándole unas líneas más abajo y saltándose algunos párrafos.

—Desde un tejado o ventana —apunta Salas, bajando la voz.

—Tampoco parece un ajuste de cuentas común y corriente —comenta Santos al compañero, como fruto de su reflexión.

—Bien, comisario —concluye de nuevo Santos—. El señor Ferrero queda exonerado del disparo. Ahora, si es tan amable de dejarnos a solas…

En ese momento, Salas alarga la mano, entregándole el informe de balística al comisario Gómez.

—Sí, claro. Avísenme si necesitan algo. Estaré en mi despacho —Y recogiendo la carpetilla, sale de la sala echando un último reojo a Líam.

Una vez a solas, el inspector jefe comienza tratando de tranquilizar al inspector Ferrero, visiblemente nervioso, aunque manteniendo un tono neutro.

—Inspector Ferrero; este interrogatorio será una parte crucial en la investigación, pero únicamente busca esclarecer las circunstancias del atropello y no su conexión con el disparo. Así pues, intente tranquilizarse.

—De acuerdo, señor. Lo intentaré, aunque es la primera vez que paso por esto —dice con franqueza .

—Dicho esto, sepa que estamos entrenados para detectar inconsistencias o intentos de ocultar información —explica Santos.

Ferrero asiente con la cabeza y cruza brazos y piernas en una inevitable actitud defensiva, que no pasa desapercibida para el inspector Salas; experto en comunicación no verbal.

La tensión que flota en el aire casi se puede cortar y los silencios, junto a intensas miradas penetrantes, que parecen desnudarle el alma, no ayudan a que Líam se tranquilice.

—Queremos que nos cuente, con el máximo de detalles, lo que sucedió antes, durante y después del atropello —solicita Santos—. El objetivo no es otro que el de determinar si actuó con negligencia o si el accidente fue inevitable, dada la situación —concluye.

Líam relata, con el detalle solicitado, lo que recordaba de aquel día desde que salió de su casa, en la misma localidad del atropello, hasta que llegó la ambulancia. Luego, comenzaron las preguntas.

—¿En qué momento percibió que la víctima cruzaba la calle, inspector Ferrero?

—Ya digo que la calle estaba despejada y…

casi cuando iba a cruzar por el paso de cebra elevado apareció por la derecha.

Impactó primero en el faro y golpeó luego con su cuerpo en el capó.

Todo sucedió muy rápido y casi al mismo tiempo.

Luego he pensado que se debió doblar por el impacto y caer sobre el coche al tiempo que yo pasaba.

—Inspector Ferrero, le rogaría que a partir de ahora se abstenga de hacer conjeturas. Déjenos eso a nosotros ya que ese es precisamente nuestro trabajo —le reprende, con rostro severo, el inspector jefe .

—Sí, señor. Disculpe.

—¿Qué le distrajo exactamente, cuando memorizaba la matrícula? —pregunta Salas.

—Bueno; como he comentado, aquel coche me adelantó a toda velocidad, dando un salto en el paso de cebra; que es tipo badén. Eso me pareció conducción temeraria —contesta Líam.

—Pero, ¿se distrajo entonces unos momentos? —insiste Santos.

—No puedo decir que me distrajera, señor. Miré el adelantamiento, pero en ese momento yo no había llegado aún al paso de cebra.