Capítulo 7 #2
—Sí, ya sabe —interrumpe Liceaga, tratando de minimizar el impacto y simplificar el proceso—.
Se construye un ARN guía que reconoce la parte del ADN que debemos editar y junto a las proteínas CAS, que hacen de tijeras moleculares, cortamos la secuencia incorrecta y la sustituimos por la correcta.
Por ello, hay que tener un seguimiento —explica, justificando así su presencia allí y atajando las posibles preguntas que Serrano o Vera pudieran estar haciéndose respecto al proyecto—.
Sin embargo, un accidente es un tropiezo que podría alterar la buena evolución de la paciente en el futuro, ¿entienden? —concluye, mirándolos a ambos.
—Perfectamente, ¿verdad? —dice Vera mirando de soslayo a Serrano, quien asiente con la cabeza.
Hubo unos momentos de silencio que amenazaban con hacerse incómodos.
—Bueno, Serrano —retoma Vera—. Ellos estarán aquí para supervisar todo lo relativo a la paciente, a la reversión del coma…
y harán su seguimiento hasta que se recupere —explica Vera mirándole—.
Cualquier duda que puedas tener o cualquier decisión que debas tomar tendrás que consultársela a ellos, que conocen bien a la paciente —continúa el director—. ¿Entendido ?
—Es decir que estoy a sus órdenes, ¿no? —dice algo molesto.
—Serrano, un poco de colaboración, por favor. Tú haces tu trabajo como siempre, pero les informas de lo que hagas y, si dudas en algo, ellos estarán ahí para ayudar. ¿No es así, señores? —pregunta Vera mirando a Salazar y a Liceaga, pero sin esperar respuesta.
—¿Y estarán de acá para allá por el hospital? —pregunta el doctor, elevando la ceja y gesticulando con las manos a modo de vaivén—. ¿Qué le explicamos al personal?
—Téngame paciencia, ¿sí? No le molestaremos demasiado, doctor —dice Liceaga—, siempre y cuando se cumplan nuestros requisitos.
—¿Que son…? —quiere saber Serrano.
—No serán muchos; no se preocupe. Se lo iremos diciendo paso a paso —interviene Salazar, que se había mantenido en silencio hasta ese momento—. Y respecto al personal… cuanto menos sepan mejor. Procuraremos ser muy discretos.
—Señores —dice Marcos Vera con ganas de terminar—, si no hay nada más que añadir… les ruego que aclaren lo inmediato respecto a la paciente y dejen que el doctor vuelva a sus ocupaciones.
Antes de levantar la reunión, los dos visitantes dieron las primeras instrucciones al doctor, estando aún presente el director del hospital.
—Si me permite, lo primero que debemos hacer es aislar a la paciente, ¿sí? —dice Liceaga con su ya conocido acento mexicano.
—Tengo entendido que la madre de Irune está en el hospital, ¿cierto? —comenta Salazar .
—Sí, se va por la noche y vuelve por la mañana. ¿Por? —pregunta Serrano lanzando una mirada a Vera.
—Bueno, simplemente es mejor hacer el traslado cuando se haya ido; para evitar que ella ande por medio haciendo preguntas de madre —se adelanta a contestar Liceaga, mostrando una amplia sonrisa tras el comentario.
—Es su madre —apunta Serrano—. Además, la paciente ya está en un box individual —añade de forma seca.
—Sí, pero… ¿con clave de acceso privado? —pregunta Liceaga con cierto retintín.
—No. De esas características… solo hay uno en la planta baja. Junto a los quirófanos —puntualiza Serrano, mirando a Vera.
—Está bueno. Ese lugar parece más discreto —añade Liceaga.
Vera mira a Serrano asintiendo, apenas con un sutil movimiento de cabeza y un cierre de pestañas.
—Así se hará. Daré la orden para que la trasladen —dice el doctor—. ¿Algo más antes de que vuelva a lo mío?
—Sí, por favor. Debe revertir el proceso esta noche; pero muy lentamente. Ya sabe… —comenta Salazar.
—Sí, ya sé. Es una PAS.
—Eso es, doctor. Persona Altamente Sensible —dice, remarcando cada una de las palabras—.
Podría sufrir otra parada si se hace de golpe o se le somete a más estrés.
No sabemos lo que ha vivido en los últimos días para acabar aquí, ni si tuvo tiempo de gestionar algo de lo sucedido —comenta del tirón.
—Señor Salazar. No sabrá usted algo que yo deba saber también, ¿verdad? —dice Serrano algo suspicaz .
—No, qué va —añade, esbozando una sonrisa para disminuir la tensión que parecía flotar en el ambiente—. Apenas llevo unas horas en el país —responde con sorna Derek.
—Por cierto, si la despertamos… la policía querrá hablar con ella —añade Serrano—. Han venido cada día, de forma insistente, para ver si la podían interrogar.
—Tranquilo, doctorcito. Primero nos aseguramos de que esté bien y luego dejaremos que la policía haga su trabajo. ¡Todo a su tiempo! —interviene Liceaga.
La reunión parecía terminar y los visitantes, Salazar y Liceaga, se pusieron de pie para seguir al doctor al box con clave cifrada.
Serrano, por su parte, no sabía exactamente por qué, pero no se fiaba en absoluto de que aquellos dos estuvieran siendo completamente sinceros.
El tono de la voz, sus forzadas sonrisas, la forma en que dejaban las preguntas sin una respuesta clara…
Había algo que le escamaba en todo aquello, pero no sabía exactamente qué.
Vera, a su vez, también sintió algo de reticencia ante lo que estaba oyendo sobre hacerlo sin informar a la madre; así pues, elevando un poco la voz, dijo:
—Señores, les ruego que vuelvan a sentarse. Tengo que pedirles una cosilla para quedarme más tranquilo.