El Prototipo Capítulo 7
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Capítulo 7

M ientras Carlos Serrano atendía la llamada del otro lado del charco…

en el mostrador de urgencias, el inspector de la Policía Judicial, Líam Ferrero, acompañado de Unai Galiano —que tenía orden de convertirse en su sombra mientras asuntos internos no le reclamara en la comisaría— preguntaba de nuevo por la paciente.

—Buenos días. Policía Judicial —saluda Líam, mostrando su identificación—. ¿Sabría decirme si la paciente que operó ayer el doctor Serrano, Irune —concreta—, sigue en la UCI?

—Buenos días. ¿Solo Irune? ¿No sabe su apellido?

—No lo recuerdo, pero la trajeron ayer con herida de bala y fue directa a quirófano.

—Espere un momento que revise los ingresos.

Unos segundos después de teclear los datos en el ordenador contesta:

—Irune Salazar Arnaiz. Sí, sigue en la UCI.

—Muchas gracias.

Y sin dar opción a que le dijera nada más, se dirigió con paso firme hacia los ascensores que estaban al fondo de la sala de espera. Esta vez, Galiano le seguía de cerca.

Al llegar a la UCI, como la puerta se encontraba abierta, con gente de limpieza entrando y saliendo, se colaron sin más y se acercaron al box número tres. Allí solo había una chica que desde luego no era Irune.

—Hola, ¿podría decirme dónde está la otra joven que había en el box número tres ayer? —pregunta Líam a la enfermera de turno .

—¿Quién lo pregunta?

—Sí, disculpe. Soy Líam Ferrero, inspector de policía —dice, mostrando su identificación. Y él es Unai Galiano, oficial de policía.

—Ah, de acuerdo inspector. El doctor ordenó que la trasladáramos a un box individual.

—¡Claro! Y… ¿dónde es? —pregunta.

—Esa puerta de la derecha, inspector —contesta ella—. Pero deberían hablar antes con el doctor Serrano para que les autorice, porque solo se permite un familiar dentro del box.

—¡Vale! —exclama Líam, torciendo de lado la boca y mostrando fastidio—. Entiendo pues que ya está acompañada.

La enfermera asintió. Ferrero y Galiano volvieron al mostrador de urgencias y pidieron que localizaran al doctor Serrano.

Quince minutos después de haberse perdido por los pasillos de las consultas y los despachos, golpearon la puerta con tres toques esperando que el doctor les indicara que pasaran. Tras unos instantes en los que parecía que no había nadie, se oyó una voz:

—Sí, adelante.

∆∆∆

Ferrero abrió un poco la puerta y solicitó permiso para entrar. Tras identificarse, tomaron asiento y pidieron ver el informe de la operación, así como la bala extraída.

—Aquí está todo lo que tenemos: informe y bala; pero… ¿traen la orden para llevárselo? —pregunta Serrano.

—No. En realidad… nos la da rán en breve.

—Mmm... Les puedo dejar verlo, pero sin la orden no pueden sacarlo de aquí. ¿Estamos? —dice secamente el doctor, mientras recoge la bolsa con la bala y la guarda.

—Vale, vale. Lo que quiero es que me diga cómo está la chica, que me autorice a verla si es posible y… consultar el informe de la operación, claro está.

—La chica está estable de momento —dice entregándoles el informe—. Le indujimos el coma porque entró en parada dos veces, como pueden ver ahí, y… aún tenemos que hacerle más pruebas —contesta Serrano, sin intención de darles más información que la que tenían entre las manos.

—¿Qué otras pruebas? —se interesa Líam.

—Bueno, rutinarias en estos casos, pero como entró en parada las postergamos para otro momento.

—No hay fracturas, por lo que veo. Solo contusiones múltiples y la herida de bala —dice Líam, señalando algunas partes del informe.

—Pero, ¿por qué está en una hoja suelta y no con el formato habitual del expediente hospitalario? —pregunta Galiano.

—¡Ah! Problemas informáticos que nos están solucionando. Lo de siempre —explica el doctor, quitándole importancia.

—¿No tiene fotos de la herida?

—No. Tenemos una tarjeta SD con el vídeo. Todo fue muy rápido porque había perdido mucha sangre, así que enchufamos la cámara —dice Serrano sin mirarlos.

—Ya. A los de criminalística no les va a hacer mucha gracia —comenta Líam, mirando a su compañero—. Vale, será cuestión de llevárselo y mandar a hacer fotogramas —añade frustrado .

—Sin orden… esto no se mueve de aquí. Es más, ya tienen que marcharse porque estoy muy liado —dice el doctor.

—¿Puedo ver la bala otra vez? —pregunta Líam.

—Sí, claro —dice Serrano resoplando.

Saca de nuevo la bolsa de plástico transparente con la bala y la deposita sobre la mesa de su despacho. El oficial la coge y la mira brevemente.

—Parece un calibre de nueve milímetros —indica Unai, entregándosela al inspector.

—Sí, eso parece. Probablemente de una Glock o una Beretta ¿no? —añade Líam inspeccionándola.

—Sí, son las más fáciles de conseguir —le contesta Unai.

—Habrá que llevarlo a criminalística para que lo investiguen, pero tendremos que encontrar el casquillo.

—Eso sería de gran ayuda —añade Unai.

—Bueno, señores. Siento interrumpir su charla, pero yo tengo que marcharme.

—Ya nos vamos, doctor —dice Ferrero, haciendo ademán de irse—. Estoooo… ¿Nos autoriza a verla en la UCI? —vuelve a insistir en tono de súplica y mirándole a los ojos.

—No. Bueno... está sedada. Tampoco podrían hablar con ella, ¿no? —comenta, tratando de que sus palabras sonaran lógicas.

—No, claro. Pues… si es tan amable de llamarme a este número cuando la despierten… —dice Líam, entregándole una tarjeta con su número de teléfono—. Necesitamos hablar con ella. Ya sabe, por lo de la bala —añade—. ¡Pura rutina en este tipo de casos!

—Bien, estaremos en contacto, señores —dice Serrano—. Voy para Urgencias, así que los acompaño a la salida .

En la entrada, se despide de ellos tendiéndoles la mano y se mete para dentro diciendo:

—¡Menuda semanita de guardias de mierda me espera!

De camino al coche, Galiano y Ferrero se miran un instante.

—¿Quería que nos fuéramos ya mismo o es idea mía? —pregunta Líam.

—Sí, creo que sí —asiente Unai riendo.

—Pues mañana venimos otra vez. Y así hasta que despierte y podamos hacerle unas preguntas —dice, montándose en el asiento del copiloto—. Y ahora, vamos a la comisaría a que recoja mi coche.

∆∆∆

Veinticuatro horas más tarde, el inspector Ferrero y el oficial Galiano se personan de nuevo en el hospital con la orden que les permite llevarse las pruebas. Acceden, como ya era costumbre, por la puerta de urgencias y solicitan en el mostrador que localicen al doctor Serrano.

—Buenas tardes de nuevo, doctor —saluda Líam, cuando Serrano se acerca hasta ellos.

—Buenas tardes, señores. ¿Esto va a ser así todos los días? —pregunta, con rostro serio.

—Hoy venimos con la orden para llevarnos las pruebas y, de paso, si ha despertado… —dice Líam.

—Apenas acabo de empezar mi turno. Si no me dejan trabajar no despertará nunca —contesta, bastante enfadado.

—Disculpe, doctor. No pretendemos molestarle más de lo necesario, pero entienda que hay un impacto de bala y debemos investigarlo. Para ello necesitamos hablar con la paciente en cuanto despierte para ver qué recuerda o en qué andaba metida —dice de corrido el ínspector.

—Ya, bueno. Vamos por partes —dice Serrano, intentando serenarse con una honda respiración—. Hoy se llevan las pruebas y mañana hablamos de lo demás. La paciente sigue sedada por necesidades protocolarias.

—Sin problemas —añade él, gesticulando con las manos—. Mañana será otro día, ¿no?

—Esperen aquí y ahora las traigo —Serrano no quería que aquellos dos volvieran colarse en su despacho.

Diez minutos después, el doctor entrega las pruebas al inspector y le hace firmar la hoja de salida del sistema de custodia del hospital.

—Ya nos vamos para que pueda trabajar, doctor Serrano —dice Líam con sorna.

—Eso espero —contesta el doctor de forma seca.

Serrano se dirige hacia su despacho cuando unos «bips» le obligaron a mirar el busca.

«El director le requiere. Sala de reuniones. Urge.»

—¿¡Y ahora qué!? —exclama Serrano, algo más que molesto.

∆∆∆

En la sala de reuniones del Área de Dirección le esperaban dos individuos trajeados, aunque sin corbata, junto al director del Centro Hospitalario, doctor Marcos Vera.

—Pasa, pasa —dice Vera, al tiempo que hace gestos con la mano para que entre en la sala, cuando Serrano golpea la puerta de cristal con los nudillos.

—Buenas noches —saluda Serrano.

—Te presento a Derek Salazar Cruz, médico especialista en diagnóstico genético por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, con Máster en Genómica Humana de Precisión y diplomado en Genética Aplicada.

Según pone aquí, ha trabajado durante años en la prestigiosa Clínica Mayo de Rochester.

—Lee Vera, haciendo alarde del prestigio del médico para que, conociendo el humor de Serrano, este no fuera a cuestionarle.

—Mucho gusto —dice Serrano estrechándole la mano.

—Un placer, doctor.

—Y este señor es Edgar Liceaga Estrada, Gerente de CIBION-Mex, que es un Centro de Investigación de Biología Neuronal de México, donde también trabaja el señor Salazar Cruz.

Además —dice, ayudándose del currículo que tenía entre las manos—, el señor Liceaga Estrada es experto en Biotecnología y en Redes Neuronales.

Su centro realiza investigaciones sobre las EGLGH [7] .

—Un gusto, doctor Serrano —Se adelanta Edgar a tenderle la mano.

—Encantado —dice, estrechándosela—. Esa voz… Usted y yo ya hemos hablado antes, ¿verdad? —pregunta.

—Está bueno, doctor. Al final, si quieres que algo se haga, hazlo tú mismo. ¿No dicen ustedes esto por acá?

—Sí, bueno. Lo dijo Napoleón, pero… Si me permite una pregunta… ¿Biotecnología incluye implantes en el cerebro y eso? —le pregunta directo y tajante, con la intención de lanzarle la prim era pullita.

—A veces también, pero es un campo mucho más amplio —contesta, sin querer parecer molesto con el comentario.

—Bien, una vez hechas las presentaciones —dice Vera, mirando fijamente a Serrano y apoyando su mano en el brazo de este para que se tranquilizara— estos señores, y su equipo en México, supervisan y hacen seguimiento a un proyecto de edición y modificación genética con CRISPR-Cas9 de la que forma parte Irune Salazar Arnaiz.