El Prototipo Capítulo 6
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Capítulo 6

S errano estaba pendiente del teléfono por si le entraba la llamada que aclararía todo aquel galimatías. Mientras, como el «ahorita» de los mexicanos podían ser cinco minutos o tres horas, se entretuvo mirando de nuevo las imágenes de la resonancia que le había hecho llegar Pacheco.

Habían pasado tres cuartos de hora y el teléfono no había dado señales de vida.

Cansado de esperar, guardó todo bajo llave y subió a la UCI.

La enfermera de tarde se había marchado sin anotar ninguna incidencia en la ficha de Irune.

Tras mirar el informe, saluda a Clara, que estaba de nuevo de guardia, y le ruega que trasladen a la paciente a un box individual en cuanto quede alguno libre. Luego, se acerca a verla.

—¡Ah! —exclama al entrar y ver que la madre sigue allí sentada—. ¿Qué tal está señora Arnaiz? —Le tiende la mano.

—Bien, doctor —contesta ella, estrechándosela—. Quería preguntarle… ¿cuánto tiempo más van a tener a mi hija sedada?

—Pues mire, ahora mismo no depende de nosotros. Tenía que repetirle la resonancia craneal, pero… hay algo en la historia clínica de su hija que me tiene parado y sin saber qué hacer.

—Disculpe, no le entiendo.

—Usted es mexicana, ¿verdad?

—Sí, pero… ¿qué tiene eso que ver con lo que le pregunto?

—Si no le importa salir al pasillo conmigo… tengo que hacerle unas preguntas más.

—Con gusto, doctor.

Una vez alejados del box, y a resguardo de la gente de la UCI, Serrano se lanza a preguntar .

—Señora Arnaiz, ¿hay algo en la clínica de su hija que yo deba conocer?

—Doctor, vaya al grano porque no sé qué quiere que le diga —contesta Izel.

—Pues mire —dice él con tono molesto—. Su hija llega indocumentada, con un disparo en el hombro, la sacamos de dos paradas, le hacemos una resonancia y vemos unas piezas extrañas en su cerebro y su clínica es un misterio al que me deniegan el acceso.

Señora Arnaiz, le repito la pregunta de otra forma: ¿hay algo que usted sepa y yo no, pero que podría ayudarme a entender qué pasa con su hija?

—Doctor, yo solo soy una madre preocupada por su niña, que está en coma —miente, mientras se frota una mano contra la otra con nerviosismo.

—Ya veo que no va a decir nada —responde él, torciendo la boca hacia un lado y mostrándole su disgusto.

—¿Qué quiere que le diga…?

—Pues… ¿por qué cuando meto los datos de su hija en la intranet hospitalaria sale una restricción y un teléfono de México, por ejemplo —comenta algo enfadado.

—Y… ¿ya le han llamado? —pregunta Izel con cierta cautela.

—Ve como tiene más información que yo… —añade frunciendo el ceño.

—Si tengo o no más información no es relevante porque lo cierto es que yo no puedo ayudarle, aunque quiera. ¡Créame! —dice Izel con sincero pesar.

—Entonces, supongo que debo esperar a la llamada.

En ese momento le suena el móvil y se arriesga a cogerlo in situ , aunque pone número oculto, dándole la espalda a Izel .

—¿Dígame?

—¿Aló, doctor Serrano? —dice una voz al otro lado del teléfono.

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

—Edgar Liceaga, al aparato desde México. Usted operó a Irune Salazar, ¿cierto?

—Sí. Parece que usted sí tiene acceso al informe, ¿no?

—Por favor, deme su email y se lo regreso de nuevo con documentación importante —dice, con ese acento meloso que empezaba a serle ya familiar.

—¿Documentación? ¿Sobre la paciente? —pregunta.

—No. Es documentación de confidencialidad, sin la cual no puedo reportarle información ninguna —explica la voz al otro lado del teléfono.

—Está bien —añade Serrano, considerando que no había otra forma de poder saber de qué iba todo aquello.

Tras facilitarle el correo electrónico a su interlocutor, miró a Izel apretando los labios.

Ella respondió agachando la cabeza y volviendo al box con su hija.

Por más que supiera cómo era ese protocolo, ella no era la indicada para hablar.

En ese momento, estaba allí en calidad de madre y punto.

«Si no afecta a la evolución de Irune, que cada palo aguante su vela», pensó, mientras agarraba de nuevo la mano de su hija.

Serrano se dirigió a su despacho. Cuando llegó, se sentó en la silla giratoria y entró en su correo.

Siguiendo las instrucciones que le dieron, leyó aquel extenso documento, lleno de cláusulas de confidencialidad, que le dejaban a merced de lo que le quisieran contar o pedir a cambio de: no hablar…

no contar… no someter a resonancia, TAC o rayos…

, reportar sobre transfusiones… y un largo etc .

De momento, seguía sin entender nada; pero esperaba que poco a poco pudiera ir atando cabos.

Una vez que enviara el documento con su firma y su número de colegiado, parece que «alguien» se pondría de nuevo en contacto con él.

∆∆∆

Media hora más tarde, Carlos Serrano hacía su ronda cuando recibió una llamada con un número muy largo y, nuevamente, se identificaba el prefijo de México. Permaneció unos segundos mirando el dial del móvil y se fue a un lugar más apartado para cogerlo.

Tras una fuerte respiración…

—¿Dígame?

—¿Aló? Aquí Edgar Liceaga. ¿El doctor Serrano?

—Sí, el mismo.

—Le llamo del Centro de Investigación de Biología Neuronal de México —dice esta vez, identificándose completamente. Es respecto a Irune Salazar Arnaiz; la paciente que tiene ingresada.

—Sí, sí. Dígame, señor Liceaga.

—Primero que nada, quiero decirle que tengo delante el informe que subió a la intranet hospitalaria. Veo que la operaron de una herida de bala y que la sacaron de dos paradas en poco tiempo. ¿Está estable? ¿Ha sufrido alguna alteración más?

—No, no hubo más complicaciones hasta ahora, pero vino con un fuerte impacto craneoencefálico y queríamos ver si todo estaba bien —puntualiza Serrano.

—Ya, doctor; pero, pruebas aparte, quisiera que me dijera si cree que el impacto pudo alterar alguna de sus funciones —insiste Liceaga.

—Está estable. Sin embargo, sin más pruebas no se lo puedo asegurar con certeza.

Íbamos a hacer la resonancia para descartar un posible traumatismo cuando empezó a despertar y entró en parada.

La sacamos de la parada y le hicimos una analítica justo antes de inducirle el coma; para compararlo con la preoperatoria, ya que los monitores mostraron signos de un aumento repentino en la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la respiración —explica Serrano.

—¿Y qué dio la comparativa? —pregunta Liceaga.

—Antes de sedarla detectamos picos altos de glucosa, lo que probablemente contribuyó a las arritmias cardíacas y a las fluctuaciones en la presión arterial. Está estable, pero no sabemos qué pasará si la despertamos —puntualiza Serrano.

—¿Y en la previa? —pregunta de nuevo Liceaga.

—Vimos que también mostraba glucosa alta, así como valores extremadamente altos de cortisol, epinefrina y norepinefrina.

Si no tiene antecedentes de hiperglucemia, y la reso no muestra ninguna lesión, es de suponerle un fuerte estrés antes del accidente, que se repitió al ir eliminando la anestesia en el tubo; de ahí la importancia de ver su historia clínica —explica Serrano.

—Comprendo —dice Liceaga tras un breve silencio—. Y… ¿llegaron a obtener alguna imagen? —pregunta con cautela.

—Esa es otra. ¿Qué tiene en el cerebro? —pregunta Serrano abiertamente.

—¿A qué se refiere? —contesta Liceaga formulando otra pregunta y esquivando la respuesta .

—No me tome por tonto —dice, algo enfadado—. Fueron apenas unas pocas imágenes, pero lo suficiente como para ver que tiene algo implantado en el cerebro —prosigue—. ¿De qué va esto? ¿Qué pasa con esta paciente que todo son secretos?

—Mire, Irune Salazar forma parte de un proyecto que está teniendo seguimiento en nuestro centro —dice Liceaga—. No podemos incluir a personas ajenas a la investigación, así que entenderá que pueda explicarle poco.

—¡Vaya! Y entonces… ¿qué hacemos ahora? —pregunta Serrano, atónito por la respuesta.

—Pues deberá en todo momento seguir nuestras indicaciones, hacer las preguntas indispensables para atender a la paciente y sobre todo… recordar las cláusulas que acaba de firmar con nosotros. ¿Está bueno, doctor? —dice Liceaga con tono seco.

—Pero…

—¿Está bueno, doctor Serrano? —insiste.

—Sí. Bien. Está claro. No debo hablar con nadie, pero al haber herida de bala de por medio la policía va a intervenir y hará preguntas. Se lo aseguro —replica Serrano.

—De eso nos ocuparemos en su momento. Cuento con su ingenio para colaborar y dilatar ese momento —puntualiza—. Por ahora lo que debe hacer es prepararlo todo para revertir el coma, poco a poco, mañana por la noche. Iremos evaluando la respuesta neurológica.

—¿Sin saber si hay derrame…?

—En las imágenes que ya tiene, de seguro se ve eso que necesita.

—De acuerdo. Será como usted diga —responde el doctor— y si sigo sus órdenes, ¿usted asumirá la responsabilidad ?

—Si hace lo que yo le digo… sí. Yo la asumo. Pero… poco a poco es poco a poco; porque se trata de una persona PAS [6] ¿Entiende?

—Sí, sí. Una persona altamente sensible—dice, traduciendo la sigla sin pensarlo—.

¡Claro! ¡PAS! —dice en voz alta, cayendo en la cuenta—.

Eso explicaría el estrés cada vez que bajábamos la sedación.

Y… no se descarta que pueda volver a pasar ¿no?

—pregunta, más para sí que para el que está al otro lado del teléfono.

—Eso es —le responde Liceaga.

—Sí. Bien, bien.

—¡Ah! Una cosa más.

—¿¡Qué!?

—Guarde este número de teléfono entre sus favoritos —responde con sarcasmo— porque me tendrá informado de cada cosa que suceda hasta que lleguen los responsables.

—¿Los… responsables? —pregunta Serrano intrigado.

—Sí. Dos personas del equipo saldrán de México hoy en la tarde para allá y le asesorarán en todo momento —aclara.

—Pero… debo informar a mis superiores en el hospital. Dos personas metiendo sus narices por aquí no pasarán desapercibidas para Dirección —comenta él.

—No se preocupe que cuando lleguen, ellos mismos se presentarán al director y explicarán el porqué de su presencia.

—¿Cómo se llaman?

—Lo sabrá cuando lleguen. Aún está por definir.

—De acuerdo —dice Serrano soltando un soplido.

—Pásela bien, doctor.

—Adiós —dice él sin más.

Carlos Serrano corta la llamada y suelta otro bufido.

—Menudo marrón me ha caído encima —exclama en voz alta.

Apoya los codos en la mesa y esconde la cabeza entre las manos, masajeándose la nuca con la yema de los dedos.

Apenas habían pasado unos pocos segundos cuando unos golpes en la puerta le trajeron de vuelta a la realidad.

—Aquí no hay quién pare ni dos minutos —masculla entre dientes.

Sin embargo, se mete los dedos entre los cabellos repeinándose hacia atrás, se masajea el puente de la nariz, se estira la bata hacia abajo y dice en voz alta con resignación:

—Sí, adelante.