Capítulo 5
E l doctor Carlos Serrano fichó en el hospital a las siete y media de la tarde. Le gustaba llegar antes de que comenzara su turno para terminar el papeleo pendiente, antes de que Urgencias se convirtiera en un hervidero.
Se cambió de ropa en los vestuarios y subió a la primera planta para ver si había habido alguna novedad con la paciente de la noche anterior. Se acercó a la UCI, box número tres, saludó a la enfermera de tarde y le pidió las incidencias.
—No debe haber pasado nada fuera de lo normal o lo habrían dejado anotado —informó la enfermera—. Ah, sí; vino su madre. De hecho, está ahora con ella —añadió.
—Perfecto, voy a verla. Gracias.
Una vez en el box…
—Buenas noches. Soy el doctor Serrano —dice al entrar, tendiéndole la mano a la mujer que está junto a la cama—. ¿Es usted la madre de esta joven? —pregunta.
—Sí, buenas noches. Soy Izel, la madre de Irune —contesta ella—. Doctor, ¿qué le pasó a mi hija? ¿Sabe usted algo? Me han dicho que tenía una herida de bala. ¿Cómo es posible? Y… ¿por qué le indujeron el coma?
—Lo primero, tranquilícese —dice él—. Venía indocumentada, así que para hacer el informe tengo que hacerle algunas preguntas. Luego la pongo al corriente.
El doctor completa con ella los datos que le faltan y la pone al tanto de todo lo acontecido durante la operación, incluidas las dos paradas que sufrió .
—Por cierto —comenta antes de marcharse—, en la resonancia se ven unos cuerpos metálicos en la cabeza. ¿Qué puede decirme al respecto? ¿Ha tenido su hija alguna operación anterior o alguna patología que debiéramos conocer? —pregunta.
—No sé… —miente Izel—. No sé a qué se refiere.
—Bien —dice él, sabiendo que no es cierto—. Pues… como le digo, el coma se debe a que mostró un alto nivel de estrés al despertar en el tubo de la resonancia y aún debemos hacerle algunas pruebas para quedarnos tranquilos.
—De acuerdo —dice ella—. Téngame al tanto de cualquier novedad, doctor.
Con los datos en la mano, Serrano se va a su despacho con la intención de subir el informe al expediente de Irune.
Mete el nombre de la paciente y se sorprende al ver que, en la base de datos interhospitalaria, no figura ningún historial clínico previo. Entonces, busca el número de expediente que habían abierto en recepción.
—¡Qué raro! No me creo que no tenga historia —murmura entre dientes—. ¿Cómo no ha tenido ni una simple diarrea en su vida?
Trata de meterse, sin éxito, en la ficha del médico de cabecera, a tenor del domicilio facilitado por la madre…
—Aquí no sale nada —dice molesto.
Sube hasta la cabecera deslizando el ratón para comprobar si, efectivamente, aquel expediente corresponde a Irune Salazar Arnaiz.
—¡Vaya! El apellido está mal. Pone Arnaz y el segundo apellido es A-r-n-a-i-z —dice deletreando, mientras teclea cada letra.
Ya no tiene tiempo para volver a consultar nada más sobre la historia de la paciente así que, para plasmar los datos mientras aún los tiene recientes, redacta la anamnesis en un procesador de texto.
Al ver que aún le quedan unos minutos, intenta un «copia y pega» para subir el documento al programa intrahospitalario.
En el preciso instante en el que pulsa la tecla «Intro» en el teclado, se abre una ventana emergente que dice:
«Los datos han sido actualizados».
«Información reservada».
«Introduzca código de seguridad para desbloquear el historial».
Serrano se queda desconcertado. Eso debía ser un ajuste nuevo del programa y nadie le había dicho nada. Por lo menos, no le había pasado antes.
Después de pensarlo un poco, teclea su número de colegiado y, tras pulsar la tecla «Intro», salta de nuevo el mensaje en la ventana emergente sobre el fondo negro de la pantalla:
«Error de identificación».
«Está accediendo a información restringida».
«Introduzca código de seguridad».
—¿Qué demonios está pasando? —se pregunta en voz alta —. ¿No puedo acceder a la historia clínica que yo mismo acabo de actualizar?
Entrecierra los ojos, como queriendo pensar con lógica qué código debe teclear y, acto seguido, pone el número personal que tiene asignado en la plataforma intrahospitalaria. Apenas unos segundos después, reaparece de nuevo aquella ventana con el mismo mensaje:
«Error de identificación».
«Está accediendo a información restringida».
«Introduzca código de seguridad».
Serrano lo intenta hasta tres veces más. Ya va a desistir cuando se fija en que abajo, a la izquierda, hay un nombre y un número de teléfono cuyo prefijo no reconoce.
«Dr. D. Juárez. +52 5552465000»
Había quedado con Pacheco en rayos para intercambiar impresiones sobre las imágenes de la resonancia, así que pensó que aquello tendría que esperar a después. Anotó el número de teléfono en un papel y se lo metió en el bolsillo de la bata.
Antes de marcharse, por si acaso, imprimió dos copias del informe: una para la policía y otra para el hospital.
Luego, las guardó en el armario archivador en el que se custodiaban la bala y la tarjeta SD de almacenamiento con las imágenes de la operación.
«Al menos la tendremos físicamente», pensó.
Acto seguido, puso la llave en sitio seguro y se dirigió a Urgencias para ver cómo andaba todo antes de cruzar hasta el ala de quirófanos, donde estaba la unidad de radiología.
—María, ¿cómo va la tarde?
—Tranquila de momento, doctor.
—¿Has visto a Ana?
—Está en el pasillo de trauma con una escayola .
—¿Hay algo para mí? —pregunta.
—De momento no, doctor.
—Vale. Mira, apúntate este prefijo —dice, sacando el papelito del bolsillo— y búscame a ver de dónde es. Si me necesitas llevo el busca. Estaré con Pacheco viendo unas imágenes —añade mientras se aleja.
—Se lo mando al busca en cuanto dejen de entrar llamadas —indica María.
∆∆∆
Serrano intercepta a Pacheco en el pasillo de rayos, camino a su despacho.
—Pacheco, habíamos quedado, ¿verdad? —vocea.
—Sí, vamos a mi despacho —dice el aludido girándose.
—¿Pudiste ver las imágenes de la reso de ayer? —pregunta sin preámbulos.
—Sí, pero es todo muy raro —responde—. Te las muestro.
—Parece que con esta paciente todo es raro —comenta Serrano. Una vez allí, Pacheco le muestra las imágenes en el ordenador.
—¡Mira, aquí! —El radiólogo señala la pantalla—.
Por más vueltas que le doy… parecen unos electrodos o algo así.
¿Implantes tal vez? —añade, mirando la expresión de la cara de Serrano—.
No se me ocurre otra cosa. Pensé que este tipo de tecnología era bastante reciente, sin embargo…
esto parece que lleva mucho tiempo ahí, a juzgar por esta otra sección.
¡Mira! ¿Lo ves? Está muy integrado en el cerebro.
—Ya… —musita Serrano—. No sé bien cuál puede ser realmente la función.
—Parece titanio. No reaccionó en la reso, ¿no?
—No. Creo que no. Es que… se juntaron unas cuantas variables —dice, elevando los ojos hacia el ángulo izquierdo.
—¿En qué estás pensando? —pregunta su colega al ver el gesto.
—A menos que… estuvieran activos e interfirieran con las frecuencias de la reso, ¿sería posible?
—Espera, sugieres que pudieran estar activos y enviando o recibiendo información… ¿Crees que influyeron en la parada?
—No sé. Tú eres el experto. Dímelo tú.
Un «bip» sacó a Serrano de la conversación y al mirar el busca leyó: «el prefijo es de México».
—Pues lo más raro de todo —dice, guardando el busca— es que, cuando he intentado subir el informe de quirófano de anoche, me ha dado la información por actualizada, pero luego no me ha dejado acceder a la historia clínica de la paciente. Me sale un mensaje extraño —comenta.
—¿Cómo de extraño? —quiere saber el radiólogo.
—Pues deniega el acceso y me pide una clave. Ni el número de colegiado ni la clave intrahospitalaria sirven. Sale una ventana de: «información restringida» y dice que no estoy autorizado para esa consulta.
—Pues sí que es extraño, sí —comenta Pacheco.
—Y había un número de teléfono de contacto internacional. De México, según dice María —añade, mirando a su colega con el ceño fruncido.
—Pues llama —dice Pacheco.
—Ahora mismo voy —comenta, mientras se dirige hacia la puerta—. Llamaré desde mi despacho y te cuento. A ver qué misterio es este .
—¿Te mando las imágenes?
—Sácalas en físico y me las haces llegar, por favor —pide Serrano—.
Las guardaré en el expediente del protocolo policial.
Aunque no se las demos si no es necesario, al menos estarán bajo llave.
De momento es lo más seguro —añade—. Y quédate esas en tu ordenador.
Parece que todo lo que subamos a su historia clínica lo engulle y se vuelve inaccesible.
¡Todo esto me da mala espina! —dice, mientras sale de rayos.
∆∆∆
Una vez en su despacho, Serrano saca el papel que tenía en su bolsillo y marca el número de teléfono que tiene anotado.
—¿Aló? Hospital Ángeles Lomas, gusto en atenderle. Mi nombre es Malena. ¿En qué puedo ayudarle?
Serrano garabateó rápidamente el nombre del hospital, y el de la operadora, en la primera hoja que encontró.
—Hola Malena. ¿Sería tan amable de pasarme con el doctor Juárez?
—Sí, señor. Déjeme checar.
Unos segundos después…
—No puedo comunicarle, señor; el doctor Juárez no se encuentra. Pero ahorita viene, ¿sí? Salió a un mandado a unas cuadras nomás. ¿Con quién tengo el gusto? —dice con su deje cantarín.
—Soy el doctor Serrano, del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, España.
—Doctor Serrano —repite Malena al tiempo que lo anota—. Si me deja su número le reporto al doctor tantito llegue.
—No, gracias. Volveré a llamar más tarde.
—¡Órale, pues! Con gusto.
—Disculpe, Malena.
—Esta bueno, pue’ —dice de nuevo.
—¿A qué unidad pertenece el doctor Juárez?
—A la Unidad de Genética, doctor —responde ella.
—Muchas gracias, Malena.
—Un gusto, doctor.
En cuanto cortó la llamada se metió en el ordenador y tecleó: Hospital Ángeles Lomas, México.
La web hospitalaria aparece en Google posicionada en primer lugar. Al pinchar sobre el enlace, comprueba que se trata de un centro de los denominados «de tercer nivel»; es decir, «centro de alta complejidad y especialización».
Echa un vistazo a todas las unidades de que disponían y comprueba que no les falta de nada. «Tienen buenísimos especialistas y sus instalaciones parecen equipadas con tecnología de última generación», se dice mentalmente.
Luego pincha en la Unidad de Genética. Ofrecían servicios especializados en cuanto a estudios y diagnósticos de enfermedades genéticas con tecnología de vanguardia, análisis de ADN, estudios cromosómicos y pruebas de detección de mutaciones genéticas.
Además, su web ofertaba servicios de asesoramiento genético preconcepcional y prenatal; lo que ayudaba a las parejas a reducir el riesgo de transmisión de enfermedades genéticas y a tomar decisiones de planificación familiar.
—¿Qué tienes que ver, Irune, con todo esto?
¿Por qué me remiten al Dr. Juárez? ¿Qué absurdo misterio es este?
¿Por qué tienes unos electrodos raros implantados en el cerebro?
—Serrano se va haciendo las preguntas en voz baja, mientras desliza el ratón por las distintas pantallas de la web, buscando alguna pista que aclare el embrollo.
En eso estaba cuando unos «bip, bip, bip» continuados en el busca le sacaron de su ensimismamiento. Lo extrae del bolsillo y lee:
«Dr. Serrano - quirófano 3».
∆∆∆
Dos horas y media más tarde, de vuelta a su despacho, marca nuevamente el teléfono del hospital mexicano.
—¿Aló? Hospital Ángeles Lomas, gusto en atenderle. Mi nombre es Malena. ¿En qué puedo ayudarle?
—Hola Malena, soy el doctor Serrano. Hablé con usted hace unas horas. ¿Ha llegado ya el doctor Juárez?
—¡Ay, sí! Un gusto oírle, doctor. Hace un ratico que llegó. Ahorita mismo se lo paso.
Después de unos cuantos tonos cogen la llamada.
—¿Aló? Licenciado Juárez al aparato.
—Mmm… ¿Doctor Juárez? —confirma Serrano.
—El mismo. ¿Con quién tengo el gusto?
—Mire, soy el doctor Serrano; del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, España.
—¿De España? Uste dirá qué me requiere pues, doctor Serrano.
—El caso es que… anoche operamos a una paciente de urgencia y cuando fui a subir el informe saltó una alerta que me impide acceder a la historia clínica que yo mismo subí y aparece su nombre como referencia —dice—. Doctor Juárez, ¿qué puede decirme al respecto?
Tras un breve silencio, Juárez comenta:
—¿Sabe si la paciente es mexicana o pertenece a este hospital? —pregunta para ganar tiempo.
—Bueno, en realidad ha nacido en China, pero su madre es mexicana.
Se hace de nuevo un silencio que a Serrano empieza a hacérsele algo incómodo.
—Doctor Serrano —dice al fin—. Nuestro trabajo en la Unidad de Genética es complejo y con frecuencia se hace seguimiento de los casos durante años.
Es normal tener historias clínicas que queden bajo un protocolo de información restringida, ¿cierto?
Si le ha saltado ese mensaje podría darse el caso —argumenta—.
Nomás repórteme el nombre de la paciente para ver si puedo decirle algo, ¿sí? —dice con su deje mexicano.
Serrano se queda unos instantes pensando si debe, o no, dar el nombre de una paciente a un médico, del otro lado del charco, al que no conoce de nada y que no le está dando la información que él necesita.
Sin embargo, el mensaje daba su nombre como referencia, así que era la única forma de esclarecer el misterio y, además, él había llamado a México y no al revés.
—Doctor, espero no estar infringiendo la Ley de Protección de Datos con esto…
—Está bueno, pues —le interrumpe su interlocutor—. Usted quiere una información y parece que no es persona autorizada para conocerla. Yo debía desconfiar de usted, ¿cierto?
—De acuerdo, doctor Juárez —concluye Serrano—. Su nombre es Irune. Irune Salazar Arnaiz.
Juárez guarda silencio de nuevo. Serrano puede oír cómo teclea algo en el ordenador .
—Doctor, no puedo brindarle acceso a la información—dice finalmente—. Pero acabo de reportar el asunto a las personas indicadas y de seguida alguien se pondrá en contacto con usted. ¿Me reporta su número directo?
—¿Eso es todo? Óigame, también es mi paciente y no sé por qué me niega información que yo mismo actualicé y que ahora está en algún lugar de una nube misteriosa, Dios sabe en qué manos —dice Serrano visiblemente enfadado—.
Aquí también manejamos información sensible que debemos proteger, doctor Juárez.
—Ruego se me calme. Si me da su número en España, ahorita se pondrán en contacto, ¿sí? Siento no poderle dar más información —dice finalmente—. Yo tampoco soy personal autorizado para ello.
Serrano le da su número privado, no sin antes resoplar. No le queda más remedio si quiere llegar al fondo del asunto. Luego se despide de forma seca y corta la llamada.
—¿Qué pasa con esta chica? —exclama en voz alta, dando un golpe sobre la mesa—. ¿En qué andas metida, Irune Salazar Arnaiz?