El Prototipo Capítulo 4
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Capítulo 4

L a tarde del accidente, Sasha no supo controlar la situación.

Cuando Irune irrumpió en la habitación y lo sorprendió con un hombre en la cama, ambos se quedaron paralizados durante unos segundos.

Luego, ella salió corriendo escaleras abajo, él entró en pánico y su acompañante se vistió a toda velocidad, desapareciendo en algún momento sin dejar rastro.

Sin pensarlo dos veces, como si de un delincuente que escapa se tratara, Sasha cogió la pistola, que usaba como vigilante de seguridad, le quitó el seguro, abrió la ventana y pegó un tiro, esperando que aquello la detuviera.

Todo fue tan rápido, tan impulsivo, tan sin pensarlo, que no tuvo tiempo de contemplar ninguna opción.

Fue casi como un acto reflejo. Entonces, la vio doblarse, al tiempo que abalanzarse sobre el coche que atravesaba en ese momento el paso de cebra.

Tras el sonido del frenazo y el golpe seco volvió en sí; como quien despierta sobresaltado de una pesadilla.

En ese instante cayó en la cuenta de lo que acababa de hacer.

Cerró la ventana de inmediato y el pánico se adueñó de él.

Sabía lo que le esperaba. Ellos se lo avisaron y no se andarían con miramientos si les fallaba.

Sasha sintió que su vida se derrumbaba. La suerte ya no estaba de su lado.

Dudó en si salir corriendo y desaparecer o no; pero optó por sacar la caja de zapatos, que tenía escondida en el fondo del altillo de su armario, coger el teléfono privado de prepago y comunicar con CIBION-Mex.

Pulsó el botón de rellamada y, en apenas dos tonos, le contestaron en la central de control.

La espera fue de apenas unos minutos, pero en su estado el tiempo se le hizo eterno. Sentía escalofríos, las piernas le flojeaban, notaba una opresión en el pecho y le faltaba el aire. Se sentó en la cama con la cara desencajada.

Eran las dos de la tarde de un día festivo en México, cuando a Dereck Salazar le entró una llamada de la asistente de guardia anunciándole un «código 2».

—Aló, Sasha —dice Salazar—, ¿qué pasó?

—Creo que le he disparado —le dice sollozando.

—¿¡Cómo dices!? —pregunta frotándose la cabeza e irguiéndose en el sofá de golpe.

—Ha salido corriendo. Disparé al aire… y… un coche en el paso de cebra...

—Pero… espera, espera. No entiendo nada. Te me calmas, ¿sí? ¿Cómo que le disparaste? ¿A quién? ¿¡A Irune!? —pregunta, incrédulo.

—Sí —dice, rompiendo a llorar.

—¿Cómo crees? ¿Que no se supone que debías protegerla y tenérmela controlada?

—Ya le dije que no podría intimar con ella como novio.

—¿Y qué chingada tiene eso que ver?

—Pues… que no he podido hacerlo.

—Que no has podido hacer… ¿qué cosa no has podido hacer? Es un pinche trabajo. ¿Como que no lo aceptaste, pendejo? ¿Ya te dije que no te faltaría de nada mientras estuvieras con ella y nos reportaras? Firmaste un contrato ¿me oíste? ¿Qué parte no has podido cumplir ?

—¡Soy gay! ¿Lo entiende? ¡Soy gay! —dice finalmente, gritando entre sollozos, debido a la presión a la que se sentía sometido.

Tras un breve instante de silencio…

—¡No mames, Sasha! ¿Me lo dices ahora? Una vez que aceptaste no hay opciones. Cumples y ya —dice, enfadado—. Ya te advertí cuando aceptaste el trabajo que había dos formas de contar estrellas: respirando… o en un silencio infinito.

—Pensé que podía hacerlo. Que no se enteraría. Pero… vino a mi casa antes de tiempo y me pilló en la cama con uno.

—¿Y le pegas un tiro?

—No sabía qué hacer. Se escapaba. Abrí la ventana y disparé al aire y… —dice fuera de sí.

—¿¡Al aire!?

—No sé, no sé ¿vale? —grita, preso del pánico—. No sé si fue al aire… o le di.

—A ver, güey. Vamos a pasarla en calma. ¿Cómo está ella? ¿Lo sabes? —pregunta Salazar preocupado, pero intentando centrarse en lo importante en aquel momento.

—No sé. Cuando he visto que el auto la golpeó cerré la ventana —dice entre hipos.

—Pero… ¿no dices que le disparaste? ¿Cómo que la golpeó un auto?

—No sé. No sé… Si le di, no fue adrede; se me disparó y… el auto frenó y… le dio —trata de explicarse, sin conseguirlo.

—Y… ¿sigue ahí abajo? ¿Puedes verla? —pregunta Salazar tratando de parecer sereno.

—Sí. Ahí sigue —contesta, limpiándose la nariz en el antebrazo—. Ahora hay gente alrededor.

—No te ven, ¿cierto ?

—No. Estoy tras los visillos.

—¿Se mueve? ¿Puedes verla?

—No veo bien... Sí, sí. Ya veo. Sigue en el suelo.

—¿Y tu ligue? ¿Sigue ahí?

—No —dice, volviéndose a mirar hacia la cama—. Se largó. Creo que después que ella. No sé. No recuerdo verlo salir a la calle, pero el caso es que no está. Yo estaba pendiente de que ella no se fuera…

—¡Carajo, Sasha! ¡Encima con testigos! —exclama Salazar irritado—. ¿Como que le tienes localizado o te pillaste al chamaco en una discoteca?

—¿A quién? ¿A Tomy?

—No. ¡A mi madre! ¿Cómo crees? Te me centras, ¿okey?

—¡Ah! No, no. Sí, sí sé dónde vive. Lo recogí en su portal —aclara.

—¿Y en vez de coger [4] en su casa te lo coges en la tuya? ¿Qué eres? ¿Un bueno para nada, carajo? —dice gritando.

—¿Qué hacemos ahora? —balbucea Sasha.

—Ya mándame su dirección, ¿okey? Nos ocuparemos de él más tarde. Ahorita me preocupa Irune y… que si le disparaste vendrá la policía.

—Ya llegó la poli al paso de cebra y… se oye una sirena a lo lejos. Quizá sea la ambulancia.

—¡O más policía! ¿Cierto? ¡Que no te vean!

—Tengo la luz apagada.

—¿Y… qué está pasando ahora?

—La poli está apartando a la gente.

—Si empiezan a llamar a las puertas no abras. Tú, como si no estuvieras —dice Salazar.

—Vale, vale —responde, sorbiendo los mocos.

—Dentro de un rato, cuando la calle se vacíe de gente, busca el casquillo y...

—Está oscuro ya —le interrumpe Sasha.

—Me importa un carajo, pero no sales de ahí sin el pinche casquillo ¿me oíste? —dice furioso.

—Vale, vale. Entendido.

—Y cuando lo tengas te botas rápido de ahí.

—¿Y dónde voy?

—Búscate una pensión o algo así para un par de días. En cuanto salte la alerta sabremos en qué hospital está y tomaremos medidas. Ya te avisamos, ¿me oíste?

—Sí. De acuerdo —contesta, tratando de calmarse.

—Ten el celular conectado, ¿sí? Te quiero localizado, pero sin asomar la nariz a las calles por un par de días.

—Entendido, jefe. Lo siento mucho.

Salazar corta la llamada y lanza el móvil sobre el sillón, antes de oír la disculpa. Empieza a caminar de un lado al otro, pasándose nervioso las manos por el pelo y exclamando:

—¡Cómo se volvió tan inútil este pendejo! ¡Ahora me sale con que es gay! ¡Este cuenta estrellas en un silencio infinito! ¿Viste? ¡Por mi madre que las cuenta! ¡Menuda chingada!...

Se sentó de nuevo frente al televisor, aunque ya no pudo atender a nada. «Tampoco es que pueda hacer nada ahora mismo», pensó.

Al rato, habló con la persona de guardia en la central y pidió que desviara las llamadas a su móvil hasta la mañana siguiente. Luego sacó el portátil y se conectó a la intranet .

La noche se le echó encima sin tener ninguna novedad.

Dio vueltas y más vueltas en la cama hasta que, sobre las cinco de la mañana, se dio una ducha para despejarse, se tomó un café bien cargado y se marchó a CIBION-Mex.

Sospechaba que el día iba a ser muy largo y prefirió llegar el primero para controlar la alerta.

∆∆∆

Serían las nueve menos cuarto de la mañana en México cuando llegó su colega Edgar Liceaga; jefe de la filial CIBION-Mex.

—Esta bueno, Derek. ¿Qué llevas mucho ahí? O… ¿teníamos una junta [5] y lo olvidé? —pregunta Edgar.

—No. Peor que eso. Apenas dormí.

—¿Y qué tan grave lo que te pasó?

—Irune está en algún hospital de España, atropellada y no se sabe si con un disparo.

—¿Cierto? ¡No mames! ¿Qué chingada es esa?

—Pues eso dije yo. Una chingada de las gordas del tarado de Sasha.

En ese momento, y con la mañana por delante, Derek le cuenta a Edgar lo ocurrido con todo detalle, tal y como se lo había relatado Sasha.

—¿Y qué no me avisaste?

—Para qué estar los dos jodidos si no podemos sino esperar a que salte la alerta.

—¡Está bueno! ¿Hablaste con el enlace?

—Sí. Llamé al Ángeles, pero Juárez no entra hasta las doce —dice Derek—. Le dejé mensaje en el buzón.

—Avisa al Biomédical. A ver si hay alguien ya en el departamento y nos cuenta cuándo fue la última vez que hubo extracción sensible de datos.

—Okey. ¡Buena idea!

Pasan las horas y no salta ninguna señal de alerta.

—Del Biomédical nos dicen que se recogieron patrones altamente sensibles sobre las dos de la tarde de aquí y luego, de repente, se activó un protocolo de autobloqueo biométrico —comenta Salazar.

—Eso nos habla de un alto sufrimiento, ¿cierto? La unidad externa activó el autobloqueo para proteger los dispositivos neuromodulares al detectar el patrón de emergencia. De otra forma se habrían sobrepasado los niveles de seguridad.

—Sí. Se detectó la alteración del ritmo en la frecuencia de onda de los datos y se activó el cortafuegos antes de llegar las unidades internas.

—Diles que vean si hay códigos afectados en los patrones. Si los hay, que los corrijan y reinicien inmediatamente. No podemos perder información ahorita.

—Cierto.

—¡Ah! Y ocúpate de Sasha y del otro güey, a como dé lugar.

—¡Ya me ocupo! En unos días, ¿sí? Podría hacernos falta cargarles el muerto.

—Está bueno, pues.

A las doce del mediodía, Salazar habló con el doctor Juárez y le rogó que estuviera pendiente hasta que saltara la alerta internacional intrahospitalaria, pero a las ocho de la noche, hora de México, aún no había noticia alguna.

Aquella falta de información empezó a preocuparle.

Aunque hacía años que no había hablado con ella, más allá del proyecto LinSan_03, Irune era su hija y no saber qué estaría pasando le tenía angustiado.

Las emociones y los pensamientos iban y venían, alternándose entre el padre angustiado por el paradero de su hija y el científico que ve frustrados tantos años de trabajo por un error imperdonable del hombre de confianza que debía protegerla.

Siguiendo las órdenes de Liceaga, aprovechó el tiempo para hacer algunas llamadas, localizar la ubicación a tiempo real de Sasha, así como marcar la casa del amigo en un plano de Madrid, con las coordenadas GPS correspondientes.

Tras discutir con unos y otros contactos, no lograron ponerse de acuerdo en el cómo; pero dio instrucciones claras para que los tuvieran vigilados, de cara a sacarlos de la ecuación en cuanto diera la orden.