Capítulo 3
S erían las diez y media de la noche cuando Líam Ferrero llegó a la comisaría y se dirigió, directamente, al despacho del comisario.
Raúl Gómez era muy amigo del padre de Líam y, por esta razón, le había seguido los pasos en el cuerpo hasta que, hace un año, llegó a ser inspector. Recientemente lo había reclamado para tenerlo en su comisaría y Líam estaba encantado de trabajar con él.
—Hay un aviso en … —intenta abordarle un oficial de policía en cuanto Líam cruza las puertas de la comisaría.
—Ahora no, Morales —dice él, con premura en la voz y levantando la mano para que no le moleste con eso.
—¿El comisario? —pregunta sin detenerse, mientras se adentra en la oficina y deja la cazadora en el respaldo de su silla.
—En su despacho —comenta Morales, volviéndose de nuevo hacia su mesa.
Líam se mete los dedos, de delante hacia atrás, entre los cabellos, como suele hacer cuando está nervioso, y da unos toques con los nudillos en la puerta.
—Comisario, ¿da usted su permiso? —Entreabre la puerta y asoma la cabeza.
—¡Líam! Pasa, hijo. Déjate de formalidades que estamos solos. Te estaba esperando —dice Gómez, al tiempo que señala la butaca que tiene frente a él invitándole a sentarse.
—Raúl, aún no sé lo que ha pasado. —Haciendo uso de la confianza que tenían en privado, se dirige a él por su nombre —.
Yo venía hacia aquí. Iba por una calle de Rivas, amplia y sin tráfico.
Venía un poco justo de hora, eso es verdad.
Entonces, un vehículo me adelantó a toda velocidad —explica—.
Yo fijé la vista en el coche unos segundos tratando de retener la matrícula; deformación profesional supongo.
Pero al regresar la vista al paso de cebra…
la chica ya estaba encima del coche. Salió de la nada, te lo juro.
No había gente por la calle y tampoco la vi salir de ninguna casa.
—Continúa, hijo —le anima el comisario.
—Pues nada —sigue diciendo—, sentí el topetazo y frené por instinto. Lo siguiente que vi fue el cuerpo de esa chica en el capó y luego cayendo hacia el suelo. Salí del coche y la gente, saliendo también de la nada, se acercó y empezó a hacer corrillo—comenta el inspector.
—Ya —dice el comisario mientras sigue el discurso de Líam atentamente.
—Entonces me acerqué a ella. Parecía inconsciente. Le tomé el pulso en el cuello. Era débil, pero había pulso; así que lo primero que hice fue llamar al 112. Ellos debieron dar aviso a la policía local, pues fueron los primeros en llegar.
El comisario lo observa en silencio. No lo juzga, pero de algún modo lo evalúa.
—Y… ¿cuándo viste la herida de bala? —pregunta.
—Pues… cuando fui a marcar el número de emergencias vi que mis dedos tenían sangre.
No había visto nada al tomarle el pulso, así que volví a agacharme y la revisé de nuevo, sin moverla demasiado.
Es entonces cuando vi la herida de bala —explica el inspector—.
Había entrado por detrás. Pero… ¿¡cuándo!
? ¿¡cómo!? Ni idea. Miré a mi alrededor buscando ventanas o puertas abiertas…
pero nada —añade, visiblemente nervioso .
—Bueno, tranquilo —dice el comisario, infundiéndole calma.
—Es que fue todo tan rápido que para cuando vi la herida y me di cuenta de que era de bala… ya era tarde. Quien fuera que lo hizo desapareció —insiste Líam.
—Entonces… —dice Gómez pensativo— no sabemos si recibió el tiro y luego cayó sobre tu coche o si le dispararon cuando ya se te había echado encima...
—Seguro, seguro… no lo sé; pero es muy probable que recibiera el disparo al tiempo de golpearse con el coche. Yo… no vi nada hasta que se me echó encima, la verdad.
—Ya, pero has dicho que ibas pendiente de la matrícula del que te adelantó, ¿no?
—Sí, bueno… juraría que la chica debía… que venía a toda prisa y que debió salir de alguna puerta cercana.
De otro modo… habría notado a alguien andando por la calle y quizá hubiera podido esquivarla…
o frenar antes —dice el inspector, tratando de reconstruir los hechos en su mente—.
Tal vez huyera de alguien. Salió de alguna de las puertas cercanas casi con toda seguridad —insiste de nuevo—.
No lo sé, no lo sé —se desmorona, metiendo la cara entre sus manos.
—¿Tú crees que la hubieras visto, hijo?
—¡Vamos, Raúl! No creerás que iba despistado, no había nadie en la calle. Estaba vacía cuando sucedió —repite convencido—. Miré la matrícula del coche y al regresar la vista sentí el impacto. Estoy seguro.
—Bueno, lo primero es que vaya alguien al hospital y a ver si con la bala podemos averiguar algo.
Luego, estudiaremos la entrada y la trayectoria que siguió el proyectil —anuncia el comisario Gómez—.
Habrá que pedir las imágenes de la operación y el informe médico para ver la localización exacta del impacto.
Y… deberíamos visitar las viviendas de los alrededores; a ver quién estaba en casa, quién vio algo o quién oyó algo antes y después del incidente.
El comisario activa el intercomunicador y avisa al subinspector Cortázar y al oficial Moreno para que acudan a su despacho.
—¿Qué va a pasar conmigo ahora, Raúl? —pregunta Líam, antes de que entraran sus compañeros.
—Asuntos internos te interrogará. De momento, tómate un par de días y veré qué dicen que hagamos —comenta el comisario—. En cuanto se identifique la bala seguro que no tendrán nada contra ti.
—Bien, pero quiero… quiero acercarme al hospital a ver cómo está la chica. Aunque sea por mi cuenta —añade, sincerándose.
—Mañana. Ahora vete a casa —ordena—. Irás a media mañana y que te acompañe Galiano.
No vayas solo ya que, a los efectos y por protocolo, no estás en activo estos dos días.
Y cuando salgas del hospital te vas a casa otra vez.
¿Me has oído? —dice echándose hacia delante—. Ya te iré diciendo cómo vamos.
—Sí, sí. Gracias, Raúl.
En ese momento entran Cortázar y Moreno. El comisario los pone al corriente de los hechos, aunque sin entrar en detalles.
—¿¡De acuerdo!? —dice—. No estamos aquí para depurar responsabilidades.
Eso ya lo harán los de Asuntos Internos.
Nosotros buscamos al tirador y hacemos seguimiento de la chica.
¿ Entendido? —lanza la pregunta sin esperar respuesta—.
En cuanto tengáis algo se lo dais a balística.
Ahora la estarán operando, por lo que dice Líam. En cuanto salga el sol os quiero allí.
El comisario emplaza a sus agentes a la mañana siguiente para ir a preguntar a las casas de la zona, puesto que eran ya cerca de las tres de la madrugada y no eran horas de interrogar a nadie.
—Y… Líam, dile a Galiano que irás con él al hospital para ver qué se sabe de la bala y de la chica —dice el comisario, antes de que todos abandonen el despacho.
∆∆∆
A las nueve y media de la mañana, el inspector Líam Ferrero y el oficial Unai Galiano se presentaron en el mostrador de información del Hospital Gregorio Marañón. Tras identificarse, preguntaron por la chica que había ingresado la tarde anterior; sobre las ocho y media.
—¿Saben su nombre? —pregunta la auxiliar.
—No, no lo sabemos —comenta Líam.
—Déjenme mirar —dice ella.
La auxiliar consulta en el ordenador y les informa de que aún no han subido ningún informe de ninguna chica, pero que hay una intervención en urgencias pendiente de informar y que solo tiene un par de datos subidos.
—Se llama Irune Salazar Arnaiz y tiene treinta y tres años —les comenta—. No hay nada más de momento.
—Bueno, algo más sabrán. Ayer acompañé a la ambulancia hasta la puerta y oí que la llevaban directa a quirófano y...
—Pues no crea que hay mucho más —lo interrumpe—. Solo que está en la UCI; porque una compañera fue allí para desbloquear el móvil de la chica sobre las cuatro y media de la madrugada, según pone aquí —indica, señalando la pantalla con el dedo.
—Ve, ya sabe algo más, Yoana —dice Galiano, leyendo por encima del mostrador el nombre que llevaba escrito en la placa de la bata.
—Y… ¿se ha localizado a algún familiar? —interrumpe Líam.
—Sí, se localizó a la madre, pero creo que aún no ha llegado.
—A ver, ¿podríamos hablar con el médico que la operó? —pregunta el inspector.
—Lo siento. Aquí dice que fue el doctor Serrano, pero su turno terminó a las ocho de la mañana —indica Yoana.
—¡De acuerdo! Nos ha convencido. ¡No podemos hacer nada! —exclama Líam algo enfadado, girándose de espaldas al mostrador y pasándose los dedos entre el cabello.
Galiano le pone la mano en el hombro intentando tranquilizarlo y le pregunta de nuevo a Yoana:
—¿A qué hora empieza el nuevo turno del doctor Serrano?
—A las ocho de la tarde; aunque, si quieren hablar con él… suele llegar sobre las siete y media —responde ella.
—Gracias, Yoana. ¡Ya nos vamos entendiendo! —exclama Galiano, al tiempo que le guiña el ojo a la auxiliar y da unas palmadas sobre el mostrador, girándose levemente para marcharse.
—Y… disculpe. ¿Dónde están los servicios? —pregunta Líam, volviéndose hacia la auxiliar .
—Al fondo y a la derecha. Atravesando la sala de espera tiene unos; antes de los ascensores —aclara ella, señalando con la mano hacia el pasillo.
—Gracias —dice escueto el inspector.
Líam se separa del mostrador y le dice a Galiano que se quede en la sala de espera. Entonces, se adelanta y acelera el paso, dejando atrás a su compañero que, enseguida, se da cuenta de la jugada y echa a correr tras él.
—¡Eh! No vas al servicio ¿verdad? —le pregunta entre dientes, poniéndose a su altura.
—No —contesta el inspector con un monosílabo, mientras va leyendo los carteles camino del ascensor.
—¡Aquí me quedo! ¡No te olvides! —vocea Galiano, parado sobre sus pies y levantando la mano, al llegar a la sala de espera.
El inspector Ferrero sigue caminando, levantando también la mano a modo de contestación a las palabras del oficial.
Luego, entra en el ascensor y pulsa el botón de la primera planta.
Al llegar al área UCI, un teclado con código lo detiene; así que mira por el ojo de buey de la puerta buscando a alguien a quien poder hacer señas para que le abra.
Minutos después aparece el intensivista por la espalda.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarle en algo?
—¡Ah! Sí. Buenos días. Soy el inspector Ferrero —se identifica mostrando la placa.
—Luis Zarca, intensivista de la UCI —dice, mirándole fijamente.
—Ayer acompañé a la ambulancia que trajo a una joven con un disparo de bala en el hombro —comenta, sin explicar que es también el que la atropelló.
—Usted dirá, inspector .
—Quería verla, si es posible.
—Está en coma inducido y de momento no se puede hablar con ella —informa Zarca.
—Ya me imagino, pero serán unos minutos. Me conformo con verla a través de los cristales. Ya que he venido hasta aquí… —comenta en tono suplicante.
—Bueno, dos minutos y desde el cristal, que ya estoy fuera de turno —comenta.
Tras introducir el código, la puerta se abre.
—Perfecto y… ¿a quién puedo pedirle las imágenes de la operación? —pregunta Líam.
—Al ser herida de bala las custodia el doctor que la operó hasta que se sube el informe de la operación y, una vez informado, lo custodian en Dirección como parte del expediente protocolario.
—Bueno, me han dicho que aún no hay informe de esta paciente en el ordenador…
—Es posible. Entró por urgencia, sin identificación, y anoche fue una guardia de locos. Hay cuarenta y ocho horas para subir el informe. Hoy seguro que lo hará, pero hasta esta tarde no entra de guardia el doctor.
—Entendido. Gracias.
—En el box tres la tiene —indica el intensivista, señalando con el dedo el pasillo.
Mientras Líam busca el número del box, Zarca deja unos documentos en el office y vuelve al pasillo, adelantando al inspector. Sin girarse, levanta la mano con dos dedos en forma de uve al tiempo que le recuerda:
—¡Dos minutos, inspector!