El Prototipo Capítulo 2
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Capítulo 2

C uando la doctora Izel Arnaiz recibió una llamada de madrugada, desde el teléfono de Irune, se puso en lo peor. Su corazón parecía querer salirse del pecho.

—Hola cariño, ¿estás bien? —pregunta con preocupación en la voz—. ¿Qué ocurre? Son las cuatro y media.

—Hola, buenas noches. Perdone si la hemos despertado —dice una voz desconocida—. Llamamos del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. ¿Es usted la madre de la titular de este teléfono? —pregunta la auxiliar—. Es que figura como AA-mamá —añade.

—Sí, soy su madre; pero… ¿por qué llama usted en vez de…? ¿Ha dicho que me llama del hospital? —Izel pasa de preocupada a asustada.

—Efectivamente, señora. Siento decirle esto, pero su hija ha sufrido un atropello esta noche y la han operado de urgencia. El caso es que… venía indocumentada y hasta ahora no hemos logrado desbloquear su teléfono.

—Pero, por favor, soy doctora —explica—. Puede decirme exactamente qué ha sucedido y cómo se encuentra —dice, aparentando una serenidad que en realidad no siente.

—Bueno, yo no sé exactamente qué ha sucedido. Solo soy la auxiliar administrativa, pero parece que todo ha ido bien y se encuentra en la UCI en observación —informa.

—¿¡En la UCI!? Pero… ¿Cómo…?

—Disculpe. Cuando venga le darán todos los detalles, pero, como le digo, viene indocumentada y necesitamos unos datos para que los doctores puedan subir el informe mañana. ¿Sería tan amable de decirme nombre, apellidos y edad de su hija?

—Sí… claro, claro. Disculpe. Me ha pillado por sorpresa —dice, reaccionando—. Se llama Irune Salazar Arnaiz y tiene treinta y tres años.

—Gracias, con esto es suficiente de momento. Cuando venga, pásese por la recepción de urgencias para completar todos los datos. ¿De acuerdo?

—Sí, sí. No se preocupe. Yo vivo en Vitoria, pero cogeré el primer vuelo que haya.

—De acuerdo, señora…

—Arnaiz, Izel Arnaiz.

—Perfecto señora Arnaiz. Mi nombre es Sara.

—Buenas noches, Sara. Y… gracias.

—A usted.

Izel aún sentía el corazón desbocado cuando cortó la llamada.

Como doctora, intentó tener el aplomo que habitualmente mostraba en su trabajo, pero lo cierto es que ya no pudo concentrarse en nada más.

Desde que recibió la llamada de Sara, no hacía más que mirar un reloj que parecía empeñado en alargar sus horas hasta hacerlas eternas.

Como comprobó años atrás, cuando se separó de su marido, y luchó con garras y dientes hasta sacar a Irune de México, una hija es una hija y, como madre, no podía dejar de estar angustiada si le pasaba algo cuando ella no estaba a su lado.

Ambas hablaban casi a diario, pero como estaba de guardia en el Universitario Araba-Txagorritu de Vitoria, no se dio cuenta de que su hija no la había llamado esa noche.

Su cabeza era una bomba a punto de estallar así que, antes de terminar su turno, marcó la extensión de recursos humanos para dejarle un mensaje a Aritz contándole lo sucedido y comunicándole que se marcharía para Madrid en el primer vuelo que encontrara.

Tenía algunos días de vacaciones sin disfrutar y los iba a tomar ahora.

Al llegar a casa, reservó por internet un vuelo de Vitoria a Madrid que salía a las diez y cuarto.

Sabiendo que no tenía tiempo de descabezar, se dio una ducha para despertarse del todo.

Acto seguido, se vistió con ropa cómoda y preparó una maleta pequeña con la bolsa de aseo y cuatro cosillas. Lo indispensable para pasar unos días.

Un Uber la llevó hasta el aeropuerto con tiempo suficiente como para tomarse un café bien cargado y comprar un libro que la entretuviera; que le impidiera pensar demasiado sobre cómo estaría su hija, qué habría pasado y sobre lo que podía complicarse la cosa si aquello llegaba a oídos de quien no debía.

Iban a ser unos días difíciles y ella lo sabía; aunque no quería adelantar acontecimientos.

El vuelo, de apenas una hora y diez minutos, se le hizo interminable.

Aunque tenía sus ojos puestos en el libro, miles de imágenes desordenadas cruzaban por su mente sin poder evitarlo y la sacaban de la lectura.

Sacudió la cabeza en varias ocasiones intentando ahuyentarlas, pero no era capaz de pasar aquel párrafo que había leído ya varias veces.

∆∆∆

En cuanto aterrizó, cogió un taxi que la llevó directa al Gregorio Marañón.

Una vez allí, se identificó en el mostrador de recepción y respondió a las preguntas formuladas por la auxiliar, quien debía completar la ficha de ingreso que necesitaba el doctor.

Luego le indicaron cómo llegar a la UCI y le dieron el código de acceso.

Allí debía preguntar por Luis Zarca, el intensivista, o por Clara, la enfermera.

Ellos la informarían de todo con detalle.

Izel sube a la primera planta y teclea el código de acceso a la zona UCI.

—Buenos días. Soy la señora Arnaiz, la madre de Irune. La paciente que fue operada anoche y que, según me han dicho en recepción, está aquí ingresada —explica, a la primera persona con bata que ve.

—Sí, debe ser el box número tres —comenta una enfermera—. Pregunte por Clara, al final del pasillo.

Izel se acerca al box indicado y una enfermera intercepta su paso.

—Buenos días.

—Buenos días. Soy la madre de Irune Salazar Arnaiz, la paciente que subieron anoche.

—¿Irune? ¿Ese es el nombre entonces? —dice, anotándolo en los papeles que llevaba en la mano.

—Sí. Disculpe, ¿sería tan amable de informarme sobre el estado de mi hija?

—Bueno, de momento está estable. Según pone aquí, fue atropello y herida de bala. No le puedo decir mucho más porque la enfermera de noche ya se fue y el doctor aún no ha subido el informe —le explica—. Cuando entre de guardia esta tarde, él mismo le informará de todos los detalles.

—Pero, ¿por qué está en la UCI? ¿Ha habido alguna complicación? Y… ¿qué es eso de una herida de bala? —quiere saber Iz el—. Soy su madre, pero además soy doctora. Puede decirme lo que sea.

—Mire, lo que sé es que la operaron y entró en parada un par de veces, así que creyeron conveniente inducirle el coma para poderla controlar y terminar de hacerle pruebas hoy—dice.

—Más pruebas, ¿¡eh…!? —dice Izel pensando en voz alta.

—Sí, siento no poder decirle más.

—¿Puedo entrar al box?

—Sí, claro. Tome. Póngase esta bata, la mascarilla y estos escarpines. Es un box compartido —añade—. Por favor, téngalo en cuenta.

—Sí, gracias. ¿Puedo dejarle aquí la maleta? —pregunta.

—Lo siento, no está permitido.

—Por favor, vengo directa del aeropuerto. Será por poco tiempo —ruega Izel—. En cuanto la vea un rato me marcharé para dejar esto en el apartamento y volveré después de comer —añade, suplicante.

Las dos mujeres se miran unos instantes en silencio. Viendo la preocupación reflejada en la cara de aquella madre, la enfermera no puede negarse.

—De acuerdo —asiente benévolamente—. Pero solo un rato, que si viene mi jefe… Mi turno acaba a las tres. A esa hora tiene que haberse llevado esto de aquí —añade, señalando la maleta.

—Sí. Muchas gracias.

Izel se pone la ropa que le han entregado y accede al box. Por su profesión, ha visto muchas veces gente en esas condiciones, pero ver a su hija entubada y conectada al respirador la sobrecoge .

—Hola cariño. Soy mamá —le dice, tocándole la frente con dulzura—. No te preocupes que ya estoy aquí. ¡Todo va a salir bien!

Entonces, acerca a la cama una silla que hay bajo el ventanal que da al pasillo, a través del cual la enfermera vigila a la paciente.

Luego, Izel coge la mano de Irune entre las suyas y comienza a hablarle en voz baja.

Unos minutos después, apoya la cabeza en la barandilla de la cama, abatida como está, mientras las preguntas, para las que aún no tiene respuestas, desfilan caóticamente por su mente hasta sumirla en un ligero sopor.

∆∆∆

Poco antes de las tres, tal y como había prometido, Izel sale del box, desecha la bata y los escarpines en la papelera de la entrada y recoge la maleta.

Tras agradecerle nuevamente el detalle que había tenido con ella, se despide de la enfermera y se dirige al ascensor.

Una vez en la calle, se quita la mascarilla y coge un taxi de los que están estacionados delante de la puerta principal, dándole la dirección del apartamento de su hija al conductor.

Como el juego de llaves de repuesto solía estar dentro, colgado en el armarito de la entrada, llama al telefonillo del conserje para que le abra.

—Hola, señora Arnaiz. ¿Qué, a ver a la niña?

—Sí, bueno… Más o menos.

—¿Qué ocurre? —pregunta el conserje —Trae mala cara.

—Es que no he dormido, pero quería comentarle que voy a quedarme unos días por aquí. Irune ha sufrido un accidente y está ingresada.

—¡Vaya! ¿Qué ha pasado?

—Pues sinceramente… aún no sé mucho. Está en la UCI y no me han dado demasiadas explicaciones de momento.

—¡Cuánto lo siento, señora Arnaiz!

—Gracias, Julián.

—Pues no se apure. Le abro para que se instale y cualquier cosa que necesite me lo dice. No tiene más que llamarme —se ofrece solícito—. Yo siempre ando por aquí.

—De acuerdo —dice, esbozando una forzada sonrisa.

El conserje acompaña a Izel hasta el tercer piso, le abre la puerta del apartamento y se dispone a marcharse de nuevo hacia el ascensor.

—Esto… Julián —dice Izel, llamando su atención—. ¿Ha venido alguien a casa de Irune en los últimos días?

—No. Ya sabe, algunas veces viene su novio…

—Sasha —le ayuda Izel con el nombre.

—Sí, Sasha. Pero no lo he visto en toda la semana —aclara el conserje—. ¿Por qué lo pregunta?

—No, por nada. Curiosidad. No querría encontrármelo en la ducha —miente ella.

—¡Ah! ¡Claro, claro! Pues ya le digo que hace ya tiempo que no lo veo y la puerta tenía las dos vueltas echadas, así que entre tranquila —añade.

—Gracias, Julián.

Izel entra en el apartamento y localiza las llaves de repuesto en el armarito de la entrada.

Al quedarse sola, echa el par de vueltas a la cerradura y deja la llave puesta por si acaso alguien trata de entrar.

Lo del disparo… no acaba de entender qué podía estar pasando, pero mientras no supiera algo más debía tomar precauciones. Nunca le gustó demasiado ese chico.