Capítulo 1 #2
—¿Dónde está Pacheco? ¿Lo habéis avisado ya? —pregunta impaciente, lanzando la pregunta al aire.
—Sí, se está lavando —contesta Ana.
—No podemos esperar. Prepara la sedación y controla monitores, Boiro.
Lucas Boiro lo mira con ciertas dudas ya que, siendo residente, aún no se siente muy seguro con ello.
—Venga, Lucas. ¡Sedación! Ya lo has hecho antes y seguro que aparece Pacheco antes de que termines.
—Como diga, doctor.
Apenas unos minutos después, sedada y relajada la paciente, la puerta se abre y Serrano gira la cara.
—¡Doctor Pacheco! ¿Dónde andabas?
—¡De vacaciones en el tres! —contesta el anestesista poniendo una mueca de medio lado.
—Muy gracioso —replica—. ¡Boiro, deja a Pacheco con la anestesia y ven aquí! —ordena—. ¡Empezamos!
—Bisturí.
—Bisturí —repite Ana entregándoselo.
—Pinzas —dice Lucas.
—Separadores —pide Serrano.
Y Ana va instrumentando la operación según lo van solicitando los doctores.
—Ana, acércame más esa luz.
—¿Así ?
—Más a la derecha.
—¿Ahí?
—¡Mierda! La arteria. Lo estaba viendo venir —dice el cirujano, al tiempo que un chorro de sangre sale disparado hacia Lucas, salpicando también su cara—. Ahí estaba la condenada. La he visto, pero… ¡Joder!
—Espera, que limpio —dice la auxiliar de quirófano.
—Cauteriza, Lucas. ¡Solo nos falta que pierda más sangre! —exclama Serrano.
En ese instante, el monitor comienza a pitar avisando de alteraciones en la frecuencia cardíaca.
—Alerta PCR —comenta Pacheco—. Adrenalina, ¡ya! Y palas preparadas —grita de nuevo algo nervioso.
—Adrenalina en vía —confirma Ana, que acaba de administrarle un centímetro cúbico por la vía femoral.
—¿Palas? —pregunta Boiro.
—No, no. Recupera —grita Pacheco.
Tras un momento de tenso silencio continúan.
—¡Sudor! —pide el doctor Serrano.
—Voy —dice Ana, llevando su mano con unas gasas a la frente del cirujano—. Sudor y sangre, que no dio tiempo a limpiarte antes —añade.
—¿Ritmo cardíaco? —solicita Serrano.
—Estable
—¿Tensión arterial?
—En valores. Justito, pero en valores —comenta el anestesista.
—Mete sangre —dice el doctor, dirigiéndose a Ana.
—Enseguida.
—¡Sudor! —pide Serrano—. ¡Uffff! Por poco la perdemos .
Pasado el momento crítico, las conversaciones se vuelven de nuevo más distendidas.
—Parecía limpia —dice Lucas, rompiendo el silencio.
—Sí, pero tan cerca de la arteria que no pude evitar rozarla —responde Serrano, levantando los ojos hacia Boiro—. A ver, pinzas —pide de nuevo.
—Pinzas. —Entrega Ana.
—¡Aquí estás! —exclama, mostrando la bala y dejándola caer sobre la bandeja riñón [2] que le ofrece su ayudante.
—Lucas, limpia la zona. Vamos a coser.
Unos minutos después…
—Hilo y aguja.
—Aquí tiene.
—Lucas, tijeras. Corta aquí.
—Bonito bordado —comenta Ana, para terminar de destensar el ambiente.
—Ja, ja, ja —ríe Serrano, mucho más tranquilo.
Y añade…
—¿Ves? Por eso te quiero conmigo en quirófano. Eres la única que puede sacarme una sonrisa tras un momento crítico.
Ana se sonroja bajo la mascarilla, sin que nadie se dé cuenta de ello.
—Bien, limpiadla y, aprovechando que aún está dormida, vamos a llevarla a la reso [3] antes de que despierte —ordena Serrano.
—Pero… ¿reso o escáner? —pregunta Pacheco, por asegurarse.
—Reso, reso. Quiero descartar hemorragia en cerebro y tejidos blandos —matiza el cirujano.
—Bien —contesta el anestesista.
—Ana, termina de prepararla y avisa al celador —dice, mientras se quita los guantes y la ropa de quirófano.
—Lucas, déjale pautado en el informe los sueros y el antibiótico —ordena el doctor antes de salir—. Y… ya sabes: protocolo de custodia de bala; que seguro que viene la policía preguntando.
∆∆∆
Después de lavarse las manos a conciencia y refrescarse la cara, Ana y Serrano se ponen una bata limpia y otra mascarilla. El celador aparece para llevarse a la paciente. La trasladan a la cama, sitúan el respirador y el monitor portátil a sus pies y se dirigen a la máquina de resonancia magnética.
Cuando el técnico la coloca en el tubo, Ana se asegura de tener una buena visión de cada uno de los monitores y sueros. Mientras, Serrano observa desde detrás del cristal cómo terminan de prepararlo todo.
—Esperemos que no despierte ahí dentro —comenta el doctor—. ¡Ya no me fío! Era una cirugía sencilla y se nos ha complicado —añade mirando a Ana, quien mantiene los ojos clavados en sus monitores.
—Llevo el maletín por si acaso —responde ella sin mirarle.
—¡Esa es mi chica! —bromea él.
El técnico sale de la sala y se reúne con ellos tras el cristal. Comienza la prueba. Empiezan a salir las imágenes y Serrano observa fijamente la pantalla sin dar crédito a lo que allí aparece.
—¿¡Qué demonios es eso!? —pregunta Serrano al técnico.
—¿A qué se refiere, doctor? —dice este, acercándose más a la pantalla.
—Ahí, mira. ¿Qué ves?
—Ni idea. ¿Quiere que llame al radiólogo?
—Ya venía, pero sí; avísalo.
En ese momento, Ana sale corriendo y…
—¡Taquicardia! —grita.
—¿Qué? —pregunta Serrano, levantando la vista hacia el cristal.
—Fibrilación —grita Ana, ya dentro de la sala de scanner—. ¡Joder, joder! ¡Está despertando! —murmura entre dientes.
—Palas, prepara las palas —ordena Serrano, que irrumpe tras ella.
La enfermera, acercándose al desfibrilador, pone gel en las palas y se las entrega.
—Retírate, ¡voy! —vocifera él—. ¡Adrenalina! —ordena seguidamente.
—¡La perdemos, la perdemos! ¡Carga! —exclama de nuevo.
Ana vuelve a echar gel conductor y le entrega las palas.
—Retírate, ¡voy! —grita Serrano, aplicando las palas—. ¡Adrenalina! —vocea otra vez.
—Bajando a ritmo normal —dice Ana, con los ojos fijos en el monitor al que está conectada la paciente—. ¡Ya vuelve, doctor! —dice aliviada.
—¡Ufff! —suspira Serrano—. ¡Ya está, joven! ¡Ya estás con nosotros! —susurra .
Fuera lo que fuera que habían visto en las imágenes tendrían que analizarlo más tarde. Ahora el protocolo exigía otra cosa.
—Avisa al intensivista para que la trasladen a UCI. Vamos a sedarla y que la estabilicen. ¡Lo demás tendrá que esperar! —exclama más tranquilo.
Al poco, llegan Luis Zarca y Mateo Rubio; intensivista y radiólogo respectivamente. Serrano le cuenta a Luis la situación mientras Mateo y Ana asisten en silencio a la conversación.
—Preparen un box con respirador —informa Zarca por teléfono a la UCI— y una bomba de perfusión de dopamina.
Suena el «bip, bip» del busca.
—Luis, me entra otra urgencia —dice Serrano—. Cuando tenga un rato me paso a ver cómo evoluciona. Avísame al busca si hay novedades.
Ana y el intensivista acompañan a la paciente a la UCI mientras Serrano se entretiene unos instantes informando a Mateo Rubio sobre los cuerpos extraños que aparecieron en las imágenes y sobre las dos paradas que han tenido en quirófano y rayos.
—Lo voy estudiando y mañana vemos el caso —dice Mateo.
—Sí. Lo dejo en tus manos —dice, apretándole el antebrazo y saliendo a toda prisa hacia urgencias.
∆∆∆
Serían las cuatro de la madrugada cuando el doctor Serrano, tras la última intervención, y aprovechando un rato de tranquilidad, se acercó a la recepción de urgencias.
—Buenas noches. ¿Qué tal va todo por aquí? —pregunta, con rostro visiblemente cansado.
—Atareados, doctor. Como buena noche de luna llena: puñaladas, tráficos, peleas… ¡Lo de siempre!
—Ya, odio las guardias de luna llena —dice, frotándose la frente—. Respecto a la joven que llegó con herida de bala en el hombro…
—¿La que vino indocumentada?
—Sí.
—Tenemos aquí el móvil que traía en el bolsillo del pantalón.
—¿Habéis localizado a la familia? —quiere saber el doctor.
—No. Está bloqueado. Necesitamos la huella o la cara para desbloquearlo —comenta la auxiliar.
—Está en la UCI. Yo voy para allá ahora. Que venga alguien con el móvil y lo desbloqueamos —ordena.
—Enseguida le envío a alguien, doctor.
Acto seguido, sube a la planta primera para acceder a la zona UCI. Teclea el código de acceso y nada más entrar al recinto ve a Clara, la enfermera, saliendo de un box.
—Clara, buenas noches. ¿Dónde está la paciente que han traído del scanner hace unas horas?
—Está en el box tres. Es doble, pero no tenemos otro de momento —explica la enfermera.
—La hemos monitorizado y desde aquí está controlada. No te preocupes —dice Zarca acercándose a ellos.
—Y… ¿cómo va? —se interesa Serrano.
—Va bien. Frecuencia cardíaca y tensión en rango. Le ha bajado la saturación y le hemos subido el oxígeno —responde el intensivista.
—No os confiéis, que ya nos ha dado dos buenos sustos esta noche .
—No te preocupes, que no me muevo de aquí —dice Clara—. Si me levanto será para cantarle algo. Ja, ja, ja —añade riendo.
Serrano y Zarca la miran por encima de sus gafas frunciendo el ceño.
—¿¡Quééééé!? —comenta la enfermera sonriendo—. Muchos pacientes en coma regresan diciendo que oían las conversaciones y yo… ¡canto fenomenal!
—Te creo, Clara —dice Luis, dándole unas palmaditas en el hombro.
—Cántale si quieres, pero no la pierdas de vista que nos la juega —añade Serrano mostrando una amplia sonrisa.
—No os preocupéis. Toooodo está controlado —responde, arrastrando la «o».
Justo cuando se disponían a marcharse, Serrano se vuelve y dice:
—Otra cosa, Clara. Van a mandar a alguien de recepción con el teléfono de la chica. Desbloquéalo con su dedo o con su cara. Hay que localizar a algún familiar.
—Vale.
—¡Ah! Y solo una persona por paciente en el box. No queremos que oiga conversaciones y se altere —añade el doctor con sonrisa sarcástica.