El Prototipo Capítulo 1
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El Prototipo

El Prototipo

Por Patricia Guerrero

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Capítulo 1

H acía ya algún tiempo que no era la misma chica alegre y dinámica de siempre.

En el trabajo, sus compañeros también lo habían notado; aunque para su jefa, Mara, lo importante era cumplir objetivos y dar el ciento veinte por ciento cada día de la semana.

El resto, era cosa de cada quién y de su vida privada.

Hace un par de meses, sin ir más lejos, cogió una especie de gripe que la tuvo en cama cuatro días con escalofríos, mareos y náuseas.

Desde entonces, sufría un cansancio crónico que la tenía desconcertada.

Sin embargo, como su trabajo en el departamento era tan estresante, aquello no le pareció del todo extraño.

Irune caminaba despacio por aquel laberinto de callejuelas del viejo Madrid donde tenía su pequeño, pero coqueto, apartamento.

Aquel día, había decidido salir del trabajo antes de la hora habitual.

Estaba agotada y con un terrible dolor de cabeza que latía en sus sienes y golpeaba tras los ojos como si estos se le fueran a salir de las órbitas.

Después de la intensa semana de trabajo que tuvo, en cierto modo, era normal que se sintiera como si una manada de elefantes le hubiera pasado por encima. «Ya no soy tan joven como cuando empecé», se decía; aunque solo tenía treinta y tres años.

Así pues, llegó a casa, se dio una ducha rápida y cogió algo de ropa cómoda para pasar el fin de semana en el chalet que su novio Sasha tenía alquilado en Rivas Vaciamadrid.

Pensaba darle una sorpresa llegando antes de lo habitual.

Su plan era dejarse mimar, dar un paseo entre los pinos cogidos de la mano, recargar energía y rebajar sus niveles de estrés junto a la chimenea, con música de fondo, arropada bajo una manta, con un libro en las rodillas y una taza de chocolate caliente humeando entre las manos.

∆∆∆

Irune buscó en su bolso y sacó las llaves de la casa de Sasha. Abrió primero la cancela exterior y luego la puerta de acceso a la vivienda; tras echar un vistazo al jardín, que aún conservaba restos de la última nevada.

—«Qué manía tiene este chico de no echar dos vueltas a la cerradura. Cualquier día…», piensa Irune para sí al girar la llave.

Dio una voz, llamándolo por su nombre. Todo estaba tan en silencio que no parecía que hubiera nadie.

Soltó la bolsa de viaje en el suelo y posó su bolso sobre la mesa del comedor.

Dejó las llaves dentro y rebuscó hasta encontrar el móvil.

Luego se echó de nuevo la bolsa al hombro y se dirigió al piso superior, a la habitación de matrimonio, mientras le mandaba un WhatsApp a su novio contándole que había salido antes del trabajo y que estaba ya en Rivas.

El «clin-clin», de mensaje recibido de WhatsApp, sonó dentro de la habitación en el mismo momento en el que se guardaba el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón con una mano y abría la puerta con la otra.

Al adentrarse los vio. Sus ojos se abrieron de par en par, al tiempo que la bolsa resbalaba de su hombro, y se llevó, atónita, la mano a la boca. No supo cómo debía reaccionar ante aquella escena que tenía delante.

—¿Cómo…? ¿Quién es ese…? —logra balbucear horrorizada, antes de echar a correr escaleras abajo.

—¡Espera! No… —apenas atina a decir Sasha, sabiendo que la explicación no iba a resultar nada sencilla.

Irune no lo pensó. Con las lágrimas inundando sus ojos, bajó los escalones de dos en dos, salió de la casa.

Recorrió los cinco metros de jardín delantero con grandes zancadas y abrió la cancela de fuera con tal impulso que rebotó en la pared y volvió sobre sí misma, para cerrarse tras ella de un portazo.

Solo pensaba en huir de allí a toda velocidad, quemar la adrenalina que recorría su cuerpo y encontrar un lugar tranquilo donde poder sentarse a digerir lo que acababa de ver.

Entonces sucedió. Se lanzó al paso de cebra sin mirar y sintió un fuerte impacto, además de un dolor agudo que la hizo encogerse, dejándola sin aire unos segundos. Tras el golpe seco, cayó sobre el capó del coche y rodó hasta el suelo.

Todo se tiñó de negro en un instante; como si el mundo se le desdibujara o alguien hubiera apagado la luz de repente.

∆∆ ∆

El conductor del vehículo quedó paralizado. No sabía bien de dónde había salido aquella mujer; pero acababa de atropellarla y su cuerpo yacía inconsciente en el suelo.

Con el pie aún en el freno, y las dos manos aferradas al volante, tarda un par de minutos en reaccionar.

La gente se arremolina alrededor y el aire se llena de un murmullo que le parece lejano.

Sacude de pronto la cabeza para tomar conciencia de lo que ocurre.

Pone el freno de mano, abre la puerta delantera del coche y…

—¡Apártense, apártense, por favor! Soy inspector de policía —grita, al tiempo que saca la identificación del bolsillo trasero del pantalón y la muestra, abriéndose paso con el brazo.

Se arrodilla, apoya levemente su mano derecha en el hombro de la víctima para separarlo del cuello y localiza el pulso.

«Sigue con vida», se dice. Entonces, se pone de pie y saca su móvil.

Al marcar el 112 de emergencias, ve sus dedos manchados de sangre.

En cuanto termina de hablar, vuelve a agacharse junto a la víctima.

La recorre con los ojos, buscando el origen del sangrado, y en seguida ve que el rastro proviene de la parte posterior del hombro izquierdo.

Como un acto reflejo, mira a su alrededor inspeccionando visualmente la cara de la gente, las puertas, las ventanas próximas...

Sabe que es demasiado tarde. Acto seguido se levanta y, abriéndose paso de nuevo entre la muchedumbre allí agolpada, busca algo de intimidad para llamar a su comisaría.

—Soy Líam, pásame con el comisario Gómez. Es urgente —dice en cuanto le cogen el teléfono.

—Líam, ¿qué ocurre? —pregunta el comisario.

—He atropellado a una chica cuando iba hacia la comisaría —comenta consternado—, pero….

—Pero qué, ¿está muerta? —le interrumpe su jefe, sin dejarle acabar.

—No, no. Es que… además tiene un impacto de bala en el hombro.

—¿¡Cómo de bala!? —exclama preocupado Raúl Gómez— ¿No has dicho que la habías atropellado?

—Sí, bueno; no sé.

—¿Cómo que no sabes? —interrumpe el comisario, alterado.

—Se me ha echado encima y no pude esquivarla. Yo no he sido, pero tiene una herida de bala y por más que miro alrededor no veo de dónde ha podido venir el disparo —aclara—. La única gente que hay es la que se ha acercado a mirar. Nada sospechoso.

—Bien, tranquilízate. ¿Has llamado ya a emergencias? —pregunta Raúl.

—Sí, claro.

—Pues cuando llegue la ambulancia la sigues hasta el hospital. Cuando veas el ingreso te vienes para acá.

—De acuerdo, jefe. Ahora llega la policía local.

—No digas nada de momento. ¿Me oyes? —indica su superior—. Identifícate y cuando llegue la ambulancia la sigues. Nada más —ordena—. Para cualquier cosa que hablen conmigo.

—Así lo haré. Descuida, jefe.

La ambulancia tardó doce eternos minutos en llegar. Durante ese tiempo, Líam trató de presionar fuertemente la herida con un pañuelo, pero… estaba perdiendo mucha sangre .

El médico de la ambulancia medicalizada, en cuanto llegó, le colocó un collarín y la inmovilizó en la camilla. Luego la subieron entre dos al furgón y, mientras cerraban las puertas, el inspector pudo ver cómo le estaban cogiendo una vía en el dorso de la mano.

—¿Dónde la llevan? —pregunta.

—Al Marañón —indica el conductor.

—De acuerdo, les sigo; si no les importa.

Quince minutos más tarde, la ambulancia accedía por la entrada de urgencias del hospital. Abrieron las puertas traseras, desbloquearon las ruedas y arrastraron la camilla hacia el exterior. Todo se desarrolló con gran rapidez.

Líam había aparcado su coche de cualquier forma, aunque sin taponar la entrada, y se acercó hasta la puerta.

Apenas oyó que la llevaban al quirófano cuatro supo que no tenía que dar más explicaciones de momento.

Su presencia allí estaba de más. Volvió a meterse en el coche y, tras una profunda respiración para infundirse calma, se dirigió a la comisaría.

∆∆∆

En el hospital, enfermeras, auxiliares y celadores se movilizaron en cuanto llegó la ambulancia. Cuando la camilla atravesó las puertas de entrada, se activó el protocolo de emergencia y luego… todo fue un caos.

—Mujer, de treinta a treinta y cinco años. Indocumentada. Presenta fuerte golpe en la cabeza, contusiones en tórax y herida de bala en el hombro izquierdo —vocean los de la ambulancia, mientras recorren el pasillo hacia el abarrotado hall de urgencias—. Ha perdido mucha sangre.

—¡Vamos, vamos! ¿Qué tenemos? —pregunta ahora el médico de guardia, acercándose a ellos para hacer su propia valoración.

—Quirófano cuatro, yo la atenderé. ¡Vamos! —indica el doctor Serrano—. Hoy hay luna llena y se prevé movimiento.

—Sí, doctor —asiente la enfermera.

—¿Anestesista de guardia? —pregunta en voz alta el cirujano, sin dirigirse a nadie en especial.

—Pacheco, pero está terminando en el quirófano tres —dice.

—Que alguien le diga que es urgente y que, en cuanto termine, vaya al quirófano cuatro —añade—. ¿Mi ayudante? —pregunta.

—El doctor Boiro —responde ella.

—Avisadle y que se vaya lavando —ordena.

—Le avisamos —dice Ana—. Pero no hay enfermera de quirófano. Está con la urgencia del tres.

—Pues vente tú —ordena, sin darle opción a negarse—. Pasadle un salino —grita el médico—. En cuanto yo entre canalizo vía central y empezamos.

—Si, doctor —asiente—. ¿Mantenemos la de la mano?

—No. Mejor cogemos la femoral.

—De acuerdo —contesta ella dándose la vuelta para hacerse con el instrumental necesario.

—Mientras la sedamos sacadle la analítica y que le crucen sangre de su grupo. Y… dos de universal para ya —añade.

—Sí, doctor.

—Voy a prepararme; ahora nos vemos.

∆∆∆

En quirófano, el doctor Serrano valora la mejor opción para acceder a la bala alojada en el hombro.

—Entró por detrás, pero se aloja en la parte delantera —indica—. Accederemos por aquí —dice, pintando la zona con yodo.