14 El guardián de Barcelona #2
—Como Gloria y yo hablamos en el vuelo que nos llevaba a Canarias, a Figuera se le acabó el tiempo de la peor manera posible —anunció la ingeniera, yendo directa al grano—.
Registró la patente de la máquina perfecta el 31 de octubre de 1908 en Barcelona, pero murió de forma repentina apenas tres días después, la madrugada del 3 de noviembre.
El equipo contempló las fechas en los papeles, asimilando la tragedia en un silencio reverencial.
—Tres días... —susurró Ahmed, calculando el escaso margen—. Registró la patente que iba a cambiar el mundo y no tuvo tiempo material ni de hacerlo público.
—Exacto —concluyó Julia, cerrando el círculo—.
Por eso, en esa última etapa en Barcelona, la figura clave no es solo Figuera.
Es su socio legal, Constantino Buforn. Él firmó la documentación y gestionó la patente.
Si tras la repentina muerte del ingeniero hubo una máquina ensamblada en un taller clandestino, Buforn fue el último hombre que la vio y el responsable de ocultarla de los banqueros.
Michael se recostó en su asiento, procesando el giro que acababa de dar la operación. Ya no buscaban solo al inventor, sino a un inesperado compañero de viaje en sus últimos días: el hombre que cerró el telón.
A medida que el jet devoraba los kilómetros hacia la península, Ahmed descansaba con los ojos cerrados en uno de los sillones del fondo, envuelto en una de esas siestas gélidas que parecían aislarlo del mundo.
Jian, sin embargo, no se había separado del ordenador. Tenía abierta en su portátil una matriz de datos donde cruzaba las especificaciones de la patente de 1908, los foros modernos de investigadores que intentaban replicar a Figuera, y lo que habían extraído físicamente de Gran Canaria.
—Esto es fascinante —murmuró Jian, llamando la atención de Julia—. Las piezas encajan, pero la evolución técnica es brutal. La máquina de 1902, la que vimos en el sótano de Vegueta, usaba un conmutador mecánico, una escobilla rotatoria para cambiar la resistencia y crear el campo magnético.
Julia se acercó a la pantalla, apretando los labios en un gesto de concentración.
—Y generaba una gran potencia —aseguró la ingeniera—. Los quinientos cincuenta voltios y el motor de veinte caballos que Tesla leyó en la prensa eran reales.
Jian asintió, señalando un diagrama de fuerzas electromagnéticas.
—Producía energía, sí, pero se devoraba a sí misma.
La fricción de esas escobillas mecánicas manejando semejante amperaje a nivel del mar provocaba un calor infernal.
Por eso el tambor de latón que sacaste del muro estaba derretido.
Para estabilizar esa carga continua y llevarla al límite sin que la máquina explotara, Figuera necesitaba un entorno extremo.
Por eso subió el ensamblaje pesado a Tamadaba.
—Aislamiento dieléctrico y refrigeración térmica —aportó Julia de inmediato—. La montaña era la muleta atmosférica que permitía a su máquina mecánica sobrevivir a su propia potencia. Sin el frío, el aire seco y los tanques de agua de la cumbre, el generador colapsaba.
—Y no fue al único al que confundió geográficamente —intervino Michael desde el otro extremo de la mesa, con voz calmada—.
En 1902, los banqueros europeos habrían exigido una prueba funcional de la máquina para comprobar que la amenaza al carbón era real.
El Sindicato exigió que la demostración se hiciera en un terreno neutral y discreto. Lo hicieron en Suiza.
Jian chasqueó los dedos, señalando a Michael con entusiasmo.
—¡Suiza! Los Alpes. Alta montaña. La refrigeración y la altitud jugaron a su favor. Figuera les demostró que producía energía infinita, cobró su dinero y les entregó la máquina.
—¿Y qué pasó cuando los banqueros se la llevaron a Londres o a París? —preguntó Gloria, completamente absorta en la deducción—. ¿Se derritió al intentar conectarla a nivel del mar?
Michael negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa amarga.
—No pasó nada, Gloria. Porque nunca intentaron encenderla.
No querían saber nada de su funcionamiento; la compraron para proteger sus monopolios.
En cuanto se firmó el contrato, metieron la máquina en alguna cámara acorazada de la que jamás volvió a salir.
Nadie del Sindicato supo nunca que el invento tenía una debilidad estructural a nivel del mar porque jamás permitieron que nadie se acercara a él.
—Pero Figuera sí lo sabía —continuó Julia, con los ojos brillando al comprender por fin el arco vital del inventor—.
Cuando lo destinaron a Barcelona, a nivel del mar, era consciente de que la versión original era inviable para el mundo real.
Sus últimos años de vida, los que culminaron en la patente de 1908, no fueron un simple rediseño para quitar unas escobillas que rozaban.
Necesitaba generar esa electricidad industrial en cualquier lugar del planeta sin depender de una cumbre canaria.
Jian asintió con una sonrisa afilada.
—E inventó un emulador. La patente de 1908, el generador de estado sólido es, en realidad, un «Compensador». Eliminó las piezas móviles para erradicar la fricción y creó un núcleo interno capaz de recrear artificialmente las condiciones y la resonancia de la montaña, pero a nivel del mar.
Julia se recostó en su asiento, exhalando lentamente ante la importancia de lo que acababan de comprender.
—¡Madre mía! Esa es la pieza que nos falta —murmuró, casi maravillada—. El compensador físico. El eslabón de estado sólido que libera a la máquina de la montaña y permite que la energía a nivel industrial funcione en cualquier rincón del mundo sin derretirse.
Julia bajó la mirada hacia los esquemas y su voz adoptó de pronto un tono más frágil, cargado de nostalgia.
—Ojalá mi padre hubiera podido ver un diseño tan perfecto como este. Le habría fascinado.
Michael la observó en silencio desde el otro extremo de la mesa.
Al escucharla hablar de su padre con esa devoción, una pesadez oscura se instaló en su mirada, algo que no tenía nada que ver con el cansancio del vuelo.
Supo que ya no podía posponerlo más; necesitaba poner sus propias cartas sobre la mesa antes de aterrizar.
—Julia, deja los papeles un momento —pidió Michael en voz baja, haciendo un gesto para que se sentara frente a él.
Ella notó que algo no andaba bien en Michael. Había algo extraño, casi doloroso, en su expresión.
—Casi desde que nos conocimos, sabes perfectamente a qué me dedicaba —empezó Michael, entrelazando las manos sobre la mesa—. Sabes que fui gestor de fondos de cobertura, que mi fortuna pasada vino de las absorciones hostiles y de saber elegir qué empresas valían más muertas que vivas.
Julia asintió, extrañada.
—Lo sé. Siempre fuiste honesto sobre tu pasado .
—Pero no fui honesto sobre los detalles —continuó Michael, sosteniéndole la mirada con gran esfuerzo.
—Antes me has preguntado cómo sabía con tanta certeza que los banqueros de 1902 habrían enterrado la máquina en un cajón sin probarla. Lo sé porque yo mismo redacté el informe técnico para hacer exactamente eso con una pequeña empresa de Providence, en Rhode Island.
Julia se quedó paralizada. El aire en la cabina pareció succionarse de golpe.
—Hablo de la empresa de William Abraham Gayda —confesó Michael, pronunciando el nombre de su padre como si leyera una sentencia—.
Fui yo, Julia. Yo detecté que sus patentes amenazaban a uno de nuestros clientes.
Yo diseñé la estrategia en Manhattan para asfixiar sus créditos y forzar la quiebra.
Lo ejecutamos a través de la Corporación Hindra —prosiguió—.
Sé que el nombre te persigue. Hindra no era más que una fachada, una filial «limpia» de RackBlock para operar en el mercado de patentes sin levantar sospechas.
Yo era el directivo que firmó los informes para que Swartz diera la orden de ejecución.
Para mí solo eran números en una pantalla.
No sabía nada de su persona. Solo sabía cómo destruirlo, y lo hice.
Julia sintió un vértigo atroz, como si el suelo del avión acabara de desaparecer. De repente, todo cobró sentido con una claridad que daba náuseas.
Ella nunca se dio cuenta de la ruina económica mientras sucedía. Para ella, esos cuatro años de miseria habían sido completamente normales. Pero tras la muerte de su padre, al descubrir la verdad, había atado los cabos sueltos.
Todo el sufrimiento que su padre se había tragado en silencio para proteger su infancia... Todo aquello había sido provocado por el hombre que ahora estaba sentado frente a ella.
Una única lágrima de pura rabia y estupor resbaló por su mejilla.
—Aquellos cuatro años —susurró Julia, con la voz temblando por el esfuerzo de no gritar—.
Tuvieron que pedir ayuda a mis tíos para que yo pudiera comer...
Mi padre se mató a trabajar día y noche para recuperarse, ocultándomelo para que yo fuera feliz.
Y fuiste tú. Tú eras la mano invisible que nos estaba ahogando.
—Lo siento —dijo Michael, y por primera vez, la palabra sonó desprovista de cortesía corporativa—.
Ver el rastro de devastación que dejábamos, darme cuenta de las familias destrozadas detrás de las empresas que yo liquidaba, fue lo que me hizo quebrar y abandonar Wall Street.
Por eso entiendo a RackBlock. Entiendo a Karl Swartz porque yo he sido como él. Sé cómo cazan.
Julia se limpió la lágrima con un gesto violento, mirándolo con un profundo asco.
—Tú conoces la estrategia para esquivar a los tiburones porque tú eres la misma basura que ellos —sentenció Julia, con una voz de hielo que a Michael le dolió más que cualquier insulto a gritos—. No te voy a perdonar, Michael. Mi padre murió amando la ciencia que tú convertiste en miseria.
—No espero tu perdón.