El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 14 El guardián de Barcelona
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14 El guardián de Barcelona

E l helicóptero turístico se elevó de la pista de El Berriel con un rugido ensordecedor, inclinando el morro hacia el océano nada más separarse del asfalto.

El piloto, cumpliendo las estrictas y bien pagadas instrucciones de su jefe, mantuvo el aparato a escasos treinta metros sobre el nivel del mar, volando por debajo de la cobertura de los radares comerciales del aeropuerto de Gando.

Desde las ventanillas, el equipo observó en silencio cómo la costa sur de Gran Canaria se deslizaba bajo ellos.

Con las primeras luces del alba tiñendo el cielo de tonos violetas y anaranjados, las imponentes dunas de Maspalomas aparecieron como un mar de arena dorada ondulando hasta la orilla.

En el extremo occidental, el mítico faro destellaba por última vez antes de que el día lo apagara por completo.

Era una vista de una belleza única e hipnótica, pero la tensión dentro de la cabina ahogaba cualquier atisbo de asombro.

Enseguida dejaron la costa atrás y se adentraron en el azul oscuro del Atlántico abierto, poniendo rumbo a la isla vecina.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gloria, elevando la voz por encima del ruido de los rotores a través del intercomunicador del auricular—. ¿Nos pedirán identificación al llegar a Tenerife?

—No pasaremos por ninguna terminal —respondió Michael, sentado frente a ella con su pesada mochila asegurada entre las piernas—.

El movimiento entre las islas y Barcelona se produce dentro del territorio nacional.

No hay aduanas, no hay sellos de pasaporte y, en la zona de aviación ejecutiva, los controles de identidad son un mero trámite documental que nuestro amigo hotelero ya ha resuelto.

El verdadero problema táctico no es llegar a la península.

—... sino volver a casa, volver a Nueva York —completó Gloria, comprendiendo la escala logística del desafío—.

Para cruzar el charco necesitaremos permisos de exportación, escáneres de la TSA y pasar aduanas federales.

Y llevamos una mochila llena de documentos históricos y metal de principios de siglo.

—Exacto —asintió Michael, con el rostro serio—. Pero cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Por ahora, centrémonos en salir de Canarias.

El vuelo sobre el mar duró apenas media hora.

Pronto, la escarpada costa sur de Tenerife se alzó frente a ellos.

El piloto redujo la velocidad y se comunicó con la torre de control del Aeropuerto Reina Sofía.

No enfilaron hacia la inmensa terminal pública, donde decenas de aviones comerciales de aerolíneas vacacionales ya se alineaban en los fingers .

En su lugar, el helicóptero viró hacia el extremo opuesto del complejo, descendiendo hacia la desierta plataforma de aviación ejecutiva.

El aparato se posó con suavidad sobre el asfalto.

A escasos veinte metros de los patines del helicóptero, aguardaba una visión familiar: el mismo Gulfstream elegante y oscuro que Michael había fletado días atrás para traerlos desde Estados Unidos.

Tenía los motores en ralentí, emitiendo un silbido agudo y continuo, y la escalerilla de la puerta principal ya estaba desplegada.

—Fuera. Ahora —ordenó Viktor, abriendo la puerta lateral antes incluso de que las aspas dejaran de girar.

El traslado fue una explosión de caos sensorial y vulnerabilidad absoluta. El ruido combinado de las turbinas del jet y del motor del helicóptero era ensordecedor. El rebufo del viento les golpeaba la ropa y el rostro mientras corrían por el asfalto, cargando con las mochilas pegadas al pecho.

Viktor avanzaba el último, caminando de espaldas, con los ojos clavados en el perímetro balizado de la pista.

Sabía que esos diez segundos en terreno abierto eran el momento más crítico.

Un solo coche patrulla de la Guardia Civil haciendo una ronda rutinaria, o una furgoneta amarilla de la dirección de Aena que decidiera acercarse a pedir el plan de vuelo del helicóptero, bastaría para arruinarlo todo y dejarlos totalmente expuestos.

Pero la plataforma ejecutiva a esas horas de la mañana era un desierto de asfalto.

Jian subió los escalones tropezando, seguido de Gloria, Julia, Ahmed y Michael. Viktor fue el último en saltar al interior del jet. Tiró de la palanca de cierre y la pesada puerta hermética se selló con un sonido presurizado, aislando al instante el rugido del exterior.

Apenas cinco minutos después, el Gulfstream rodaba por la pista de despegue.

Sin esperas, sin pasar por los arcos de seguridad y sin dejar rastro de su salida, los motores empujaron al equipo contra sus asientos, elevándolos hacia el cielo en dirección a Barcelona.

La primera gran fuga del equipo Gsel había sido un éxito táctico impecable.

Una vez que el jet alcanzó la altitud de crucero sobre el océano, la tensión física comenzó a disiparse. El murmullo constante de los motores y la luz natural que entraba por las ventanillas devolvieron al equipo a una extraña sensación de calma.

Jian, aún pálido por la carrera y el encontronazo en el parque, caminó por la cabina hasta detenerse frente a la butaca de Ahmed. El matemático miraba por la ventanilla, sosteniendo un vaso de agua mineral con absoluta tranquilidad.

—Gracias —dijo el informático, con la voz aún algo temblorosa—. Antes, en la oscuridad... si no llegas a reaccionar, ese tipo me habría roto el cuello. Me has salvado la vida.

Ahmed dejó su vaso sobre la mesilla y se giró lentamente hacia él. Sus ojos oscuros lo evaluaron durante un segundo con una distancia casi hiriente, desprovista de cualquier asomo de empatía.

—No te equivoques, Jian —respondió con tono frío—.

No fue heroísmo ni fue por ti. Si te atrapaban, el forcejeo nos habría detenido a todos y ahora mismo estaríamos metidos a la fuerza en el maletero de un coche.

Actué por puro instinto de conservación.

No te dejé caer porque yo también quería salir de allí.

Jian asintió lentamente, encajando la dureza de las palabras. Para el resto del equipo, que escuchaba en silencio, esa sinceridad descarnada fue paradójicamente reconfortante. Ahmed no buscaba medallas ni el afecto del grupo; era un superviviente nato. Nadie sospechaba de él.

Julia, que había estado organizando en silencio los documentos sobre la mesa amplia del centro de la cabina, dejó los papeles a un lado y se puso en pie. Su expresión, inusualmente grave, cortó de raíz el ambiente de alivio que empezaba a instalarse en el avión.

—Escuchadme todos un momento —pidió Julia, apoyando ambas manos sobre la mesa y mirándolos uno por uno—. Lo que acaba de pasar en Gran Canaria cambia las reglas del juego. Esa gente no está jugando; y han ido a por nosotros sin miramientos. Esto se ha vuelto algo físico y extremadamente peligroso.

Michael asintió en silencio desde el otro lado de la mesa.

—No quiero que nadie resulte herido de gravedad por perseguir un fantasma de hace cien años —continuó Julia, con un tono firme pero empático—.

Cuando aterricemos en Barcelona, si alguno de vosotros quiere alejarse del grupo, coger un vuelo de vuelta a casa y desaparecer de este asunto, lo entenderé perfectamente.

Lo único que os pido es que jamás habléis de lo que hemos encontrado en esa isla.

Se hizo un silencio espeso en la cabina. Gloria fue la primera en negar con la cabeza, apretando los labios con determinación. Viktor se cruzó de brazos, esbozando una media sonrisa que dejaba claro que no pensaba huir de una pelea. Jian tomó asiento, listo para trabajar .

—Hemos llegado demasiado lejos para bajarnos del barco ahora, Julia —sentenció Michael, apoyando la mano en el hombro de su compañera—. Terminemos lo que hemos empezado. ¿Qué tenemos ahora mismo?

Julia sonrió levemente, agradecida por el respaldo, y cambió de inmediato al modo analítico, asumiendo su papel en la investigación técnica.

—Sigo dando vueltas a la motivación de Figuera —empezó la ingeniera, desplegando los esquemas—.

Sabemos que en 1902 vendió el prototipo del sótano a un sindicato de banqueros por una fortuna.

Y, sin embargo, descubrimos que poco después se mudó a Barcelona y siguió comprando material en secreto.

La pregunta es: ¿Por qué? Si ya era rico y había vendido su obra, ¿por qué molestarse en crear una patente nueva y definitiva en 1908?

—¿Frustración? —sugirió Jian—. ¿Quizás se dio cuenta de que la versión de 1902, la que tenía el conmutador de fricción que encontramos quemado, era un callejón sin salida y su orgullo de inventor no le permitía dejarlo así?

Michael negó con la cabeza, apoyando los codos sobre la mesa.

—El dinero mueve el mundo, Jian, pero también lo detiene.

Piensa como un banquero de principios del siglo veinte.

Tienes inversiones multimillonarias en minas de carbón y estás empezando a ver el potencial del monopolio del petróleo.

De repente, un ingeniero canario aparece con una máquina que saca electricidad del aire. ¿Qué haces?

—Lo compras —dijo Gloria buscando la complicidad de Julia—. Lo compras no para fabricarlo, sino para meterlo en un cajón. Lo entierras para que no destruya tu modelo de negocio. Justo lo que dedujimos el otro día.

—Exacto —confirmó Gayda, apuntando con un bolígrafo al centro de la mesa—.

Figuera debió darse cuenta de que el sindicato de banqueros le había engañado.

Compraron su silencio. Al ver que su invento jamás vería la luz, la frustración debió consumirlo.

Por eso utilizó sus últimos años en Barcelona para desarrollar en la sombra la versión definitiva, una máquina de estado sólido que nadie pudiera silenciar.

Julia extrajo los documentos que ya había analizado con Gloria en el vuelo de ida y los puso sobre la mesa frente al resto del equipo.