13 El eslabón #2
La furgoneta enfiló la Avenida Marítima en dirección sur, la arteria principal hacia el aeropuerto. A esas horas, el tráfico era escaso. Todo parecía estar bajo control, hasta que Viktor miró por el retrovisor exterior.
—Michael —advirtió, con la voz tensa—. Tenemos compañía. Carril izquierdo, a unos cien metros. Un SUV oscuro. Ha entrado en la avenida justo detrás de nosotros y está acelerando.
El exinversor miró por la luna trasera. El vehículo acortaba distancias de forma alarmante.
—Esto pinta mal.
Justo cuando pasaban a la altura de la Estación de Guaguas de San Telmo, con la imponente estructura subterránea a su derecha, se inclinó hacia el asiento delantero.
—Te pagaré el triple de tu tarifa habitual sea cual sea, o te compraré un coche nuevo si hace falta, pero necesito que te los quites de encima. Ahora mismo.
El conductor miró por el espejo retrovisor interior. Su expresión no cambió un ápice.
—Guarde su dinero, señor —respondió con una calma gélida—. Haré lo que sea necesario por nuestro amigo en común. ¡Sujétense!
Michael esbozó una leve sonrisa al escuchar aquello, como quien repasaba los recuerdos con ese «amigo en común».
El chófer dio un volantazo brutal a la derecha, cruzando dos carriles de golpe, y abandonó la Avenida Marítima metiéndose de lleno en el entramado de calles de la ciudad. El motor rugió al subir de revoluciones.
El SUV perseguidor no se quedó atrás; derrapó en la misma salida y se lanzó en su persecución, acortando la distancia mientras entraban en las vías más estrechas de la capital. Ya era una cacería.
El conductor demostró conocer la zona como la palma de su mano. Callejearon a toda velocidad por el centro, pero el vehículo de RackBlock, más pesado y agresivo, les dio alcance en una recta flanqueada por edificios de oficinas. Con un movimiento brusco, el SUV embistió el lateral trasero.
El impacto sonó a metal desgarrado. Gloria soltó un grito ahogado mientras el vehículo daba un latigazo que estuvo a punto de hacerles perder el control.
—¡Quieren sacarnos de la carretera! —gritó Jian, agarrándose al asidero del techo.
El chófer de la furgoneta apretó los dientes, contravolanteó con pericia profesional y pisó el acelerador.
Llegaron a una intersección cerrada. Hizo un amago de seguir recto, provocando que el SUV ganara velocidad para bloquearles la trayectoria.
En el último segundo, el veterano conductor hundió el pedal del freno para clavar el morro, dio un volantazo salvaje y pisó el acelerador a fondo.
Las ruedas de la furgoneta chillaron contra el asfalto, haciendo derrapar la parte trasera con un leve toque de freno de mano, antes de salir disparados hacia la derecha.
Los de RackBlock se tragaron el engaño. Sobrepasado por su propio peso y la inercia, fue incapaz de rectificar y se empotró violentamente contra el pilar de hormigón de un paso elevado.
El estruendo del choque resonó en la calle vacía, seguido del ruido de los radiadores rotos y el claxon bloqueado.
Aquel hombre no miró atrás. Terminó de callejear en silencio por los barrios altos hasta enlazar con la Circunvalación, la GC-3, la autovía del centro. Habían dejado la ciudad y ahora descendían seguros hacia el sur, bordeando Las Palmas.
En unos minutos la autovía del centro los devolvió a la autopista principal, ya muy al sur de la capital. El sol empezaba a asomar por el horizonte sobre el Atlántico, tiñendo el océano de un naranja metálico.
—Están listos para volar —informó Michael, guardando su teléfono tras recibir un mensaje de texto.
Gloria miró los carteles luminosos de la autopista. Faltaban apenas dos kilómetros para la salida del aeropuerto.
—Si esos hombres han sido capaces de perseguirnos así por la ciudad, el aeropuerto estará plagado de ellos. Nos estarán esperando en la terminal.
—Tiene razón —apuntó Viktor, mirando por la ventanilla—. ¡Fijaos ahí!
Al pasar a la altura del recinto aeroportuario de Gando, el equipo dirigió la mirada hacia la primera rotonda de acceso interna.
Aparcado estratégicamente junto a las isletas, había un SUV idéntico al que acababan de dejar destrozado en la ciudad.
Dos hombres corpulentos, de pie junto a las puertas abiertas, vigilaban cada coche que entraba en la terminal de salidas.
—Creen que nuestra única opción para saltar a Barcelona es un vuelo comercial o un chárter desde Gando —explicó Michael, mientras el chófer pasaba de largo la salida del aeropuerto sin reducir la velocidad—. Pero hay una pieza en el tablero de esta isla que pasa mucho más desapercibida.
—¿A dónde vamos entonces? —preguntó Jian, viendo cómo dejaban el aeropuerto a sus espaldas.
—A unos kilómetros más al sur existe un aeródromo civil mucho más pequeño: el Aeroclub de El Berriel —respondió Michael—.
Nuestro amigo en común es dueño de una de las cadenas hoteleras más grandes del archipiélago y ha movilizado uno de los helicópteros que usan para hacer rutas turísticas VIP.
Nos está esperando allí ahora mismo, con los rotores en marcha.
—¡¿Un helicóptero hasta Barcelona?! —preguntó Ahmed, arqueando una ceja—. Eso es físicamente imposible. No tiene autonomía para cruzar el océano hasta la península.
—No vamos a ir a Barcelona en helicóptero —aclaró Michael, esbozando una media sonrisa—. El helicóptero es solo para sacarnos de esta trampa sin pasar por el embudo de Gando o los controles del puerto. Volará bajo, bordeando la costa, y nos dejará en la isla vecina, en Tenerife.
—¿Y de allí a la península? —preguntó Gloria, tratando de relajarse.
—Exacto —respondió el exinversor, mirando por la ventanilla hacia el océano que se extendía a su izquierda bajo la luz del amanecer—.
Dejemos que RackBlock siga perdiendo el tiempo registrando el aeropuerto y el puerto de esta isla.
Para cuando Swartz se dé cuenta de que nos hemos esfumado, nosotros ya estaremos aterrizando en Barcelona con los secretos de Figuera.