El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 13 El eslabón
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13 El eslabón

E l cielo sobre Las Palmas empezaba a teñirse de un azul pálido cuando el equipo llegó a la gran suite del Hotel Santa Catalina. El salón central, a pesar de su amplitud, parecía quedarse pequeño con todo el grupo reunido, con el espacio justo para moverse.

Michael cerró la puerta con suavidad y se frotó los ojos.

—Algo no encaja —murmuró el exinversor—. En Tamadaba nos siguieron con un dron. Saben que estamos aquí. Sin embargo, hemos entrado y salido de la casa en Vegueta sin que nadie nos intercepte.

Viktor asintió, apostándose instintivamente junto a la ventana.

—Tal vez nos estén vigilando a distancia, esperando nuestro próximo movimiento — murmuró Viktor— O tal vez les tranquiliza que estamos en una isla sin demasiadas salidas. Sea como sea, no podemos resolver eso ahora mismo.

Despejaron la pequeña mesa redonda y Julia extendió con cuidado los viejos albaranes portuarios recuperados del sótano. Mientras la ingeniera revisaba las especificaciones del acero y las aleaciones, Jian abrió su portátil y se conectó a Jable, el archivo de prensa histórica digitalizada.

—Ya sabíamos que Figuera vendió la máquina del sótano al sindicato de banqueros en 1902 por una fortuna —dijo Jian, tecleando con frenesí en el buscador—.

Y Gloria ya nos adelantó que sus últimos años los pasó en Barcelona.

Lo que nos faltaba era conectar las fechas exactas.

Si los albaranes de entrega de esta casa se detienen de golpe a principios de 1903, significa que detuvo las pruebas aquí porque estaba haciendo las maletas.

Cruzó el nombre de Clemente Figuera con el año 1903. La pantalla devolvió una página escaneada del periódico La Región Canaria , fechada el 17 de junio de 1903.

—Fijaos en esto —indicó el informático—. La nota oficial que confirma el traslado: «Se ha dispuesto que se encargue de la tercera Inspección de Montes, con residencia en Barcelona, el Inspector de segunda clase... D. Clemente Figuera».

Jian hizo un par de clics más, abriendo un ejemplar del Diario de Tenerife del 1 de julio del mismo año.

—Y aquí está el rastro físico —anunció—. El vapor M.L. Villaverde zarpó transportando pasajeros para Cádiz y Barcelona. En la lista de embarque figuran literalmente «D. Clemente Figuera y cuatro familiares».

Gloria miró la pantalla, sorprendida por el nivel de detalle del viejo periódico.

—Es rarísimo. ¿En aquella época publicaban en la prensa la lista exacta de las personas y familias que subían a un barco comercial?

—Era la costumbre —confirmó Viktor, sin apartar la vista de los jardines exteriores.

—Esa es la clave —sentenció Julia, con los ojos brillando al unir por fin las piezas de la historia—.

Figuera vendió el prototipo de 1902 con piezas móviles, el que daba problemas de fricción.

Pero al poco tiempo fue destinado a Barcelona.

Un inventor de su calibre jamás dejaría atrás su verdadera obra.

Dejó aquí las pesadas plantillas y la chatarra fundida para no levantar sospechas, pero se llevó consigo todo el conocimiento de sus errores y la teoría para un diseño mejorado.

Allí fue donde registró sus últimas patentes, culminando en la de 1908, la máquina perfecta de estado sólido.

Miró a Michael, completamente segura de su deducción.

—La clave está en esa última patente de 1908. Si logró construir un modelo final, o si dejó escondidos los planos exactos con la llave de su invento, no están en esta isla. El rastro definitivo está en Barcelona.

Mientras el equipo asimilaba el cambio de escenario, Ahmed se levantó de su silla en silencio.

—Voy a buscar un café a la máquina del pasillo —murmuró, saliendo de la habitación.

El matemático avanzó unos metros por la moqueta, se aseguró de que el corredor estaba vacío y sacó un minúsculo teléfono de prepago. Marcó un número directo.

—Ya casi lo tienen —dijo con frialdad—. Saben que la clave final está en Barcelona. Tienen las plantillas físicas de la cumbre y las especificaciones exactas. Si llegan a la península, tendrán la última pieza del puzle. El material que poseen ya es demasiado valioso.

Al otro lado de la línea, la mano derecha de Karl Swartz tomó una decisión fulminante.

—Pasamos a modo activo.

Ahmed Colgó, tiró el teléfono desechable a la papelera junto a la máquina de hielo y regresó a la habitación con su habitual semblante inescrutable.

En ese preciso instante, Viktor, que seguía oteando desde la altura de la ventana, se quedó rígido y pálido.

—Michael... tenemos un problema.

El exinversor se acercó al cristal. Desde su posición privilegiada, tenían una vista clara del perímetro.

Abajo, en la entrada principal, un hombre corpulento vestido con ropa oscura y cómoda acababa de detenerse en mitad de la carretera de acceso, bloqueando con naturalidad la vía de los vehículos.

Al mismo tiempo, otro individuo de complexión idéntica avanzaba con paso firme bordeando el aparcamiento de la calle lateral, cerrando el paso hacia el Parque Doramas.

Viktor bajó la vista hacia la marquesina de cristal de la entrada del hotel.

—Dos más acaban de cruzar las puertas automáticas. Caminan con normalidad, pero van directos al vestíbulo.

—Meted las plantillas de metal y los albaranes en las mochilas. Ahora —ordenó Michael con voz fría.

Gloria, con el pánico asomando a sus ojos, empezó a empaquetar todo a presión.

—Si tienen el hotel rodeado, el puerto y el aeropuerto estarán vigilados. ¡Es una isla, no tenemos escapatoria!

—No vamos a ir al puerto —replicó él, cargándose la mochila al hombro mientras sacaba su móvil e iniciaba una llamada—. Solo seguidme. Y no hagáis ruido.

Salieron de la habitación a paso rápido.

Viktor descartó los ascensores, que ya debían estar controlados, y los guió hacia la escalera de servicio norte.

Descendieron en completo silencio hasta la planta del semisótano, esquivando la zona de lavandería.

Al final de un pasillo técnico de cemento desnudo, el escandinavo señaló un antiguo conducto de descarga y ventilación que daba a la calle trasera.

Estaba a casi dos metros de altura, protegido por una reja abatible.

—Es estrecho y requerirá esfuerzo —advirtió Viktor, entrelazando las manos para hacerle de estribo a Gloria—. Pero nos dejará directamente en la maleza más densa del parque, evitando al que vigila el aparcamiento. ¡Vamos, subid!

Una vez fuera, el aire de la madrugada era especialmente húmedo bajo la bóveda vegetal del Parque Doramas.

El equipo avanzaba a trompicones por el desnivel de tierra reblandecida, sorteando las inmensas raíces de los ficus y las sombras de las palmeras.

Atrás quedaba la fachada iluminada del Hotel Santa Catalina; por delante, la densa oscuridad de la arboleda que los separaba de la calle.

De repente, un crujido seco rompió el silencio. Jian, poco acostumbrado a moverse en terreno irregular y cargado con la mochila del portátil, tropezó con un escalón de piedra cubierto de musgo y cayó de rodillas.

Antes de que pudiera incorporarse, una sombra inmensa se desprendió de los arbustos contiguos.

Era uno de los hombres de RackBlock. Había flanqueado el perímetro y los estaba esperando en el extremo del recinto.

El gigante vestido de oscuro avanzó hacia el informático, extendiendo una mano como si fuera una pinza de acero dirigida a su cuello.

Jian se quedó paralizado, pero la mano nunca llegó a tocarle.

Ahmed, que cerraba la marcha a corta distancia, se movió con una fluidez que nadie en el equipo imaginaba.

No hubo gritos ni aspavientos. El matemático dio un paso lateral, esquivó el alcance del gigante y descargó un golpe seco y brutal con la base de la palma de la mano directamente en la garganta del atacante, seguido de un barrido preciso a la rodilla.

El esbirro de RackBlock emitió un sonido ahogado, casi carente de aire, y se desplomó sobre la tierra, incapaz por un momento de respirar ni de dar la alarma.

Ahmed agarró a Jian por la solapa de la chaqueta y tiró de él hacia arriba sin inmutarse.

—No te quedes atrás —susurró el matemático con frialdad.

Michael y Viktor, que se habían girado al escuchar el roce, cruzaron una mirada de absoluto asombro.

La confianza en Ahmed se disparó en ese preciso instante.

Nadie en aquel parque sospechaba que el hombre que acababa de salvarles el pellejo con eficacia militar era el mismo que, diez minutos antes, había alertado a sus perseguidores.

Llegaron a la calle lateral, fuera del recinto del hotel. Un extraño tipo en una lujosa furgoneta ejecutiva negra, a quien Michael había enviado su ubicación en tiempo real, los esperaba con el motor en marcha y los faros apagados junto a la acera.

—Subid. Rápido —ordenó el conductor, desbloqueando los seguros— No hay tiempo.

Viktor ocupó el asiento del copiloto de un salto.

Atrás, el equipo se repartió rápidamente entre la segunda y la tercera fila de asientos.

Fue un abordaje tenso y caótico, marcado por los golpes secos de las pesadas mochilas contra la tapicería y el sonido de las respiraciones desbocadas.

En cuanto Michael cerró su puerta, el conductor, un hombre canoso de semblante imperturbable y traje impecable, engranó la marcha y el vehículo se alejó del bordillo con un tirón potente y silencioso.

Gloria, con el corazón latiéndole a mil por hora, apenas podía respirar.

—¿Tenemos todo? —preguntó, aferrando su bolso con fuerza—. Dime que no nos hemos dejado nada en esa habitación.

El exinversor palpó su chaqueta y la pesada mochila que descansaba a sus pies.

—Tenemos el expediente físico de Nueva York con las cartas originales de Tesla. Tenemos las plantillas de hierro de la cumbre, el conmutador fundido y todos los manifiestos de aduanas que sacamos del sótano de Vegueta. Llevamos el legado entero de Figuera encima.