El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 14 El guardián de Barcelona #3
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14 El guardián de Barcelona #3

—Pero vamos a terminar esto —añadió ella, irguiendo la espalda y arrastrando los documentos de Figuera de nuevo hacia su lado de la mesa, como si el contacto físico con el lado de Michael estuviera contaminado—.

Vamos a encontrar ese compensador en Barcelona y vamos a sacar la energía libre de ese maldito cajón donde tú y gente como tú la metisteis.

Y cuando el mundo lo vea... habremos terminado.

Michael asintió en silencio, aceptando los términos. Había perdido la admiración de Julia y se había ganado su desprecio absoluto, pero había salvado la única oportunidad de redención que le quedaba.

—Trato hecho.

A más de dos mil kilómetros de Barcelona, el sol ya iluminaba por completo la isla de Gran Canaria, que habían dejado atrás.

El que parecía el responsable de equipos de Karl Swartz caminaba con paso impaciente por el vestíbulo de salidas del aeropuerto de Gando, con el teléfono encriptado pegado a la oreja.

—No hay rastro de ellos en las terminales comerciales ni en los registros de embarque —informó a su jefe al otro lado de la línea—. Hemos peinado las cámaras del Puerto de la Luz y de la terminal de ferris de Agaete. Nadie que coincida con su descripción ha salido tampoco por mar.

El hombre se detuvo junto a las cristaleras, observando el trasiego de turistas europeos ajenos a la cacería.

—Tengo la absoluta certeza de que no han salido de la isla, señor —concluyó con frialdad—. El aeropuerto y los puertos están sellados. Las patrullas están revisando los hoteles del sur. Es cuestión de horas que los encontremos.

Mientras el cerco fantasma de RackBlock perdía un tiempo y unos recursos irrecuperables en el Atlántico, los neumáticos del Gulfstream chirriaron al tocar el asfalto del aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

Una hora más tarde, una furgoneta de transporte discreta con los cristales tintados los dejaba en una tranquila calle del Poblenou barcelonés.

Subieron por el ascensor de madera y hierro forjado de un majestuoso edificio modernista, y Michael introdujo un código numérico en la cerradura de una pesada puerta doble.

El apartamento era inmenso, de techos altos con molduras florales y grandes ventanales que daban a un patio interior arbolado.

—Es un Airbnb gestionado a través de un tercero, pagado en efectivo —anunció Michael, echando el cerrojo de la puerta a sus espaldas—. Nada de hoteles. Swartz tiene analistas rastreando nuestros pasaportes en las bases de datos de alojamientos. Oficialmente, no estamos en la ciudad.

Gloria soltó su pesada bolsa de viaje en el suelo de parqué. Al escuchar la explicación, la tensión acumulada por la huida y el silencio sepulcral que había dominado el avión parecieron evaporarse por un segundo. Una sonrisa de auténtica ilusión infantil iluminó su rostro.

—O sea... —murmuró la gestora, mirando maravillada el salón y frotándose las manos—. O sea que esto es un piso franco. ¡Estamos en un piso franco! Siempre quise decir eso en voz alta.

Incluso Viktor, a pesar de su perpetuo estado de alerta, no pudo evitar esbozar una leve sonrisa al ver la felicidad genuina de Gloria en medio de todo aquel caos.

Pero la tregua duraría poco. Julia, ignorando por completo a Michael tras la devastadora confesión del avión, ya había despejado la gran mesa del comedor y extendía sobre ella un plano turístico de la ciudad que había sacado de la bandeja de bienvenida del apartamento, junto a los documentos de las patentes.

Su actitud era desmesuradamente fría y seria.

—Sabemos que el Compensador físico estuvo en Barcelona en 1908 —dijo la ingeniera, asumiendo el mando técnico—.

Y sabemos que Constantino de Buforn intentó patentarlo sin éxito tras la muerte de Figuera.

Pero no podemos ponernos a dar paseos por medio Barcelona preguntando por una casa o una notaría de hace un siglo.

Jian se encogió de hombros.

—Pero ya tenemos el texto de la última patente. ¿Qué más nos puede decir Buforn si ni él mismo entendía la máquina?

—Las patentes son públicas y solo explican una parte de la teoría —intervino Gloria, acercándose a la mesa y asumiendo su terreno—. Yo no voy a buscar ciencia, Jian, no es mi rama. Voy a buscar el rastro legal del objeto físico.

La gestora se apoyó en el borde, con los ojos brillando.

—Buforn era abogado. Cuando Figuera muere repentinamente el 3 de noviembre, Buforn se queda con un Compensador que no sabe usar, pero sabe que el Sindicato de Banqueros podría venir a reclamarlo.

¿Qué hace un abogado para proteger un bien físico incalculable?

Lo blinda. Tuvo que hacer un inventario de bienes post-mortem oculto, o firmar un acta de depósito para guardar la máquina en una cámara acorazada a su propio nombre.

Y todo eso no se guarda en un cajón. Se protocoliza ante notario.

—El Colegio Notarial —comprendió Julia, viendo la lógica aplastante de la mujer.

—Exacto —asintió Gloria con total seguridad—.

Aquí tienen uno de los archivos históricos más importantes de España.

Sé exactamente cómo solicitar acceso a los legajos de testamentos y escrituras de Buforn de finales de 1908 sin levantar sospechas.

El notario nos dirá dónde escondió el cuerpo de la máquina.

—Bien. Ese es el frente de Buforn —aprobó Julia, marcando un punto en el mapa de Barcelona—. Pero por si ese rastro legal se enfría, necesitamos el plan B: el taller de Figuera. El lugar exacto donde ensambló el emulador antes de morir.

Jian tecleó en su portátil.

—Figuera era Inspector de Montes. Su residencia oficial debería constar en los boletines del gobierno civil de la época.

—La residencia oficial no significa nada si no era el taller, Jian —le cortó Julia, apoyando las manos en la mesa—.

Recuerda Gran Canaria. Piensa como un ingeniero.

Figuera acababa de fabricar un emulador magnético de estado sólido capaz de producir energía infinita.

¿Qué haces cuando enciendes algo que genera más potencia de la que puede soportar tu propia casa en 1908 ?

Jian detuvo sus manos sobre el teclado, frunciendo el ceño hasta que la deducción física golpeó su mente.

—Tienes que derivarla. Si la red pública de 1908, pensada para bombillas de filamento, recibe de golpe la brutal energía sobrante del Compensador... fundes los transformadores de toda la ciudad. O al menos, de toda la manzana.

—En Canarias esto no fue un problema —razonó Jian, conectando los puntos a toda velocidad—. Subió el ensamblaje a Tamadaba y usó aquellos inmensos tanques de agua que descubrimos como «carga» térmica para absorber y consumir toda la energía bruta sin llamar la atención.

—Pero aquí estaba en pleno centro de Barcelona.

Estaba encerrado en un piso o un taller urbano —comprendió Julia, con los ojos muy abiertos ante la diferencia letal—.

No podía montar un sistema de disipación masivo ni quemar la energía al aire libre sin incendiar el edificio o alertar a toda la calle.

—Así que tomó el camino fácil —confirmó el informático—.

Para deshacerse de esa electricidad infinita durante sus pruebas, usó la incipiente red pública de Barcelona como su «sumidero».

Conectó la salida de su máquina al precario tendido de la ciudad pensando que los cables públicos absorberían el impacto.

—Pero subestimó su propio invento —sentenció Julia, fascinada por el error histórico—. La máquina debió escupir tal cantidad de energía hacia afuera que hizo una retroalimentación masiva contra la Compañía Barcelonesa de Electricidad. ¡Debió fundir los transformadores de toda la zona!

Jian asintió enérgicamente.

—Si Figuera hizo una prueba funcional del Compensador antes de morir, debemos buscar un accidente catastrófico. Provocaría un apagón histórico en un distrito entero por culpa de un amperaje descomunal inyectado de golpe. Y eso deja un rastro documental enorme.

Michael, manteniéndose a un par de metros de la mesa por la distancia que ella había marcado, asintió ante la brillantez del plan. Ya no daban palos de ciego; tenían dos vías de investigación sólidas.

—Gloria , tú y Ahmed iréis al Archivo Notarial a buscar los registros de Buforn.

Jian y Julia, buscad en los archivos históricos o la prensa local de 1908.

Buscamos una perturbación en la red eléctrica, un apagón inexplicable.

Buscamos el lugar exacto donde la máquina perfecta de Clemente Figuera apagó una ciudad entera.

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