El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 11 Las piezas del tablero #2
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11 Las piezas del tablero #2

Pero Julia se puso nerviosa de inmediato. La ingeniera cogió la placa de las manos de Michael, acercándola a la luz de la linterna. Sus ojos recorrieron las asimetrías de los cortes, la precisión de las aristas y la distribución en patrones de los agujeros. Su respiración se aceleró.

—No es un armazón, Michael—susurró Julia, con la voz temblando por la magnitud técnica de lo que estaba sosteniendo—. Y desde luego no es chatarra. Son guías de bobinado.

—¿Guías de qué? —preguntó Ahmed, acercándose.

—El secreto de la máquina de Figuera no era la corriente, sino cómo lograba que los campos magnéticos chocaran de forma asimétrica—explicó Julia, hablando rápido, incapaz de contener la emoción—.

Para lograr esa resonancia exacta, no puedes enrollar el cable de cobre de los electroimanes de cualquier manera.

Debe tener un ángulo y una tensión perfectos, milimétricos.

Figuera no podía hacerlo a ojo. Fabricó estas plantillas físicas.

Encajaba el núcleo aquí, pasaba el cable por estas ranuras y lograba un patrón matemático de resistencia.

Julia miró a sus compañeros, sosteniendo la placa como si fuera el objeto más valioso del planeta:

—Esto no es la máquina. Es su ADN. Es la receta matemática convertida en una herramienta física. Con estas plantillas, un ingeniero cualificado podría replicar el orden exacto de sus bobinas.

Antes de que Michael pudiera asimilar la importancia táctica del hallazgo, un sonido rasgó el silencio de la montaña.

No era el viento. Era una vibración aguda, constante, proveniente del exterior.

Ahmed apagó su linterna de inmediato y se acercó sigilosamente a la rendija de la puerta del leñero. Miró hacia la línea de los pinos y aquel cielo despejado. Un pequeño punto oscuro realizaba pasadas circulares regulares sobre la zona de las ruinas y la explanada.

—Tenemos compañía—informó el matemático, con su habitual frialdad—. Hay un dron ahí arriba. Y no creo que sea un tipo cualquiera que esté grabando el paisaje.

Michael apretó la mandíbula, comprendiendo la maniobra.

En las calles de Las Palmas, RackBlock podía usar el SUV negro y las cámaras de tráfico para mantener la distancia.

Pero allí arriba, aislados a más de mil metros y en medio del monte, la corporación había soltado un pájaro mecánico para no perderlos de vista.

Parecía ser solo vigilancia. Pero era toda una señal.

Y lo peor: si la cámara del dron los captaba saliendo por la fuerza del almacén de un edificio gubernamental con material en su poder, RackBlock ni siquiera tendría que mancharse las manos; una simple llamada anónima a la Guardia Civil bastaría para meterlos en un calabozo y arruinar la misión.

—Mete las placas en la mochila, Julia. Todas —ordenó Michael, calculando los segundos que tardaría el aparato en completar su giro de reconocimiento—. Julia cerró la cremallera a presión y Michael le arrebató la pesada carga echándosela al hombro.

—Nos largamos de aquí en cuanto dé la vuelta.

En un movimiento sincronizado, abandonaron el refugio y se internaron en la espesura del bosque, logrando alcanzar el vehículo antes de que el zumbido del aparato volviera a sobrevolar la zona.

Las sombras del pinar los engulleron, ocultando su rastro.

Ahmed mantuvo la vista clavada en el techo solar, buscando la silueta del dron entre las copas de los árboles, mientras Julia abrazaba la mochila contra su pecho, sintiendo el peso del metal oxidado.

Solo cuando dejaron atrás las medianías y el tráfico comenzó a densificarse, se permitieron volver a respirar.

La noche ya había caído sobre Las Palmas cuando el todoterreno de Michael enfiló la entrada del Hotel Santa Catalina.

El contraste era brutal; dejaban atrás el frío cortante y la soledad de la cumbre para sumergirse de nuevo en el bullicio elegante, la brisa cálida y las palmeras iluminadas del recinto.

Pero ninguno de los tres prestó atención al lujo del vestíbulo.

Caminaron directos hacia los ascensores, con la mochila firmemente sujeta al hombro del director.

Diez minutos después, el equipo entero estaba reunido en el salón principal de la gran suite . Con las cortinas gruesas corridas y la luz principal apagada a favor de un par de lámparas de lectura, el ambiente era el de un improvisado cuarto de guerra.

Él mismo desabrochó la mochila y sacó las pesadas placas de metal oxidado, depositándolas con cuidado sobre la colcha de la cama. El sonido metálico y sordo resonó en la habitación.

Jian se acercó y ladeó la cabeza al ver las ranuras asimétricas y las perforaciones: —¿Y esto qué es? ¿Trozos del chasis?

—Es algo mucho más valioso para un ingeniero —respondió Julia, con el cansancio del viaje diluido por la adrenalina del hallazgo—.

Son guías de bobinado. Figuera no podía enrollar el cobre de sus electroimanes a ojo si quería crear una resonancia perfecta.

Fabricó estas plantillas físicas para marcar los ángulos exactos. Es la receta matemática de su máquina.

—Y no fue lo único que encontramos en la montaña —intervino Michael, apoyándose en el marco de la ventana, asomándose un milímetro por la cortina para vigilar los jardines del hotel—.

RackBlock ha dejado de ser un observador pasivo.

Hay un SUV negro aparcado ahí abajo. Es el mismo que vi siguiéndonos desde el aeropuerto ayer.

No os dije nada para no desatar el pánico mientras averiguábamos qué terreno pisábamos, pero en la cumbre la cosa ha escalado.

Allí arriba no podían usar ese coche discretamente, ni las cámaras de tráfico, así que nos mandaron un dron.

Nos pusieron vigilancia aérea para asegurarse de saber qué hacíamos allí y qué descubríamos.

Gloria se cruzó de brazos, sintiendo un nudo en el estómago.

—Si saben que hemos estado escarbando en la montaña y que hemos sacado algo en una mochila, el tiempo de investigar tranquilamente se ha terminado. Van a ir a por nosotros.

—No tenemos por qué sentarnos a esperar a que eso pase —replicó Viktor, acercándose a la cama y observando las plantillas de metal—. Vosotros habéis conseguido las piezas clave. Nosotros hemos dado con la casa exacta donde Figuera hizo sus pruebas.

El escandinavo miró a Michael y le expuso rápidamente la situación en la calle del Castillo. Le detalló la ausencia de cámaras en el patio interior por las restricciones de Patrimonio Histórico, el trasiego de abogados y notarios en las plantas superiores, y el hallazgo crucial en la planta baja.

—El sótano original está intacto, cerrado a cal y canto bajo la escalera principal —concluyó Viktor—. No lo usan por la humedad. Nadie ha bajado allí en años.

—¿Y la puerta? —preguntó Michael, evaluando la viabilidad táctica al instante.

Jian se encogió de hombros con naturalidad.

—Madera maciza y una cerradura de pasadores muy antigua. Nada de alarmas conectadas ni sensores magnéticos. Hardware viejo. Dame una linterna y un par de minutos a oscuras y os abro el acceso sin dejar una sola marca.

El silencio se instaló en la estancia durante unos segundos. Ahmed, sentado en una de las butacas, sacó un chicle de menta y lo desenvolvió con parsimonia, observando las piezas sobre la cama.

Tiene una lógica perfecta —murmuró el matemático, casi para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que todos lo escucharan—.

Fabricó las plantillas en la cumbre para mantener en secreto la configuración del cobre frente a los espías del puerto.

Con ellas, bajó a la ciudad y montó el primer núcleo bajo un metro de piedra en Vegueta; la máquina controlada de 550 voltios que Tesla defendió en sus cartas.

Pero cuando intentó llevarla al límite y el conmutador falló, tuvo que subir el ensamblaje pesado de nuevo a la montaña para aislarlo y conectarlo a los inmensos tanques de agua.

Michael asintió levemente. Las piezas del puzle por fin estaban ordenadas.

Tenían la ubicación, tenían la forma de entrar y sabían exactamente qué buscar.

—El despacho de abogados y la notaría cerrarán por completo a las ocho de la tarde.

El edificio se quedará vacío y a oscuras —anunció el director, mirando su reloj—.

Intentad dormir y descansad. A las tres de la madrugada salimos por la puerta de servicio del hotel.

Nos colaremos en esa casa y bajaremos a ese sótano. Vamos a ver dónde encajan estas piezas.