11 Las piezas del tablero
Aquel bullicio les permitió mimetizarse con los visitantes con total naturalidad mientras terminaban de contemplar las gruesas arcadas de piedra del patio.
Mientras caminaban hacia la escalera principal de piedra volcánica, fingiendo buscar el directorio del edificio, Gloria se ajustó el bolso en el hombro. Sus ojos escrutaban instintivamente hacia la calle a través del zaguán.
—¿Crees que alguien ha podido seguirnos? —susurró la administrativa, incapaz de quitarse de encima la sensación de ser observada—. Sé que huimos de Nueva York en secreto, pero después de ver cómo esa gente pudo congelar nuestras cuentas en tres segundos, tengo una sensación extraña todo el tiempo.
Viktor, que caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, ni siquiera se giró.
—Aunque fuera así no nos seguirían a nosotros por pura logística, Gloria —explicó Jian con voz calmada—.
Cuando salimos del hotel y nos dividimos, de haber habido un equipo de vigilancia tuvo que tomar una decisión.
No hubieran podido seguir a dos grupos en direcciones opuestas al mismo tiempo sin llamar la atención.
Ante objetivos múltiples, un equipo de seguimiento estándar siempre elige al paquete de mayor valor.
Michael y Julia se fueron hacia la montaña; ellos se habrán llevado a los perros de presa.
Además, llevamos toda la mañana moviéndonos por calles peatonales.
Si alguien nos estuviera siguiendo a pie, ya lo habría detectado. Aquí estamos tranquilos.
Gloria se detuvo en seco en medio del zaguán, obligando a los otros dos a parar.
—Vale, fuera estamos limpios. ¿Pero qué pasa con los de dentro? —espetó la gestora, clavando la mirada directamente en el informático.
Jian hizo una mueca de extrañeza .
—¿De qué hablas?
—De Nueva York. En el apartamento de Michael estabas tecleando cascadas de caracteres encriptados y cerraste la pantalla de golpe en cuanto me acerqué. No me trago lo de la VPN, Jian.
Viktor se giró hacia el asiático, con un gesto de sorpresa y enfado.
Él suspiró, frotándose la nuca, al verse acorralado.
—Estaba usando la Dark Web para descargar cortafuegos ilegales —confesó Jian, bajando la voz y rompiendo por fin su propio hermetismo—.
Sabía que los íbamos a necesitar y no quería que el servidor del Gsel me rastreara saltándome sus bloqueos corporativos.
Solo intentaba proteger mi ordenador, Gloria, no me escondía de vosotros.
Ella sostuvo su mirada unos segundos, imperturbable, antes de darse la vuelta y continuar hacia el patio.
Comenzaron a subir los peldaños hacia la galería superior de madera de tea. Viktor no miraba las placas de los despachos, sino las cornisas, los ángulos ciegos entre las columnas y las vigas del techo.
—Tampoco hay cámaras en las zonas comunes—confirmó Viktor en un murmullo, asomándose a la barandilla—.
Tiene lógica. En una casona del siglo XIX con grado de protección de Patrimonio Histórico, la ley es estricta.
No puedes ponerte a taladrar muros de cantería de un metro de grosor ni agujerear madera noble para pasar cableado.
La seguridad electrónica de este edificio empieza y termina en su perímetro interior, en las propias oficinas.
Bajaron de nuevo a la planta baja. Las dependencias que rodeaban el patio inferior, protegidas por las imponentes arcadas de piedra, lucían pesadas puertas de caoba barnizadas. Parecían utilizarse como archivos secundarios o salas de espera.
Pero hubo un detalle que llamó la atención de Jian.
Justo debajo del hueco curvo que formaba la escalera principal, en el rincón más sombrío del patio, había un portón que desentonaba con el resto del edificio reformado.
Era recio, de madera oscurecida por los años, sin rastro de barniz reciente.
Y, a diferencia de las demás, el marco de esta puerta indicaba claramente que daba acceso a un tramo de escaleras descendente. El nivel subterráneo.
Gloria hizo una mueca de interrogación, observando la puerta desde una distancia prudencial.
—Si este despacho ha reformado toda la casa, ¿por qué dejarían el sótano abandonado?
—Por pura supervivencia documental—dedujo Viktor, analizando el entorno—.
Un registro notarial y un bufete de abogados viven del papel.
Conservan miles de expedientes. Pero estamos en Vegueta, a escasa altitud y muy cerca del mar.
Un espacio subterráneo antiguo con muros de piedra es una trampa de humedad insalvable.
Si meten cajas de papel ahí abajo, los hongos las devoran en cuestión de meses.
Para ellos, ese espacio es inútil. Por eso lo han dejado tal y como estaba.
Jian se acercó disimuladamente a la puerta. Era solo una vieja cerradura de hierro encastrada en la madera, diseñada para llaves de vástago grueso. Un mecanismo clásico de pasadores.
—Supongo que este es nuestro objetivo—susurró Gloria, situándose a espaldas de Jian para taparlo de la vista del patio—. ¿Pero cómo entramos esta noche? No tenemos la llave y no podemos liarnos a golpes.
Jian esbozó una leve sonrisa. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y, asegurándose de que nadie los miraba, dejó entrever por un segundo un pequeño estuche de cuero negro. En su interior brillaban varias ganzúas metálicas de precisión y llaves de tensión.
—No hará falta hacer ruido—dijo el informático, devolviendo la funda a su bolsillo con un movimiento fluido—. En la época en la que no todo estaba en la nube, entrar a un servidor de forma física era una gran herramienta.
Jian echó un último vistazo a la ranura de la cerradura. No era más que un trozo de metal viejo esperando ser manipulado:
—Solo es un cierre de pernos. Dame un par de minutos a oscuras y esta puerta estará abierta.
Viktor asintió, satisfecho. Ya tenían mapeado el terreno, localizado el antiguo taller y asegurado el método de entrada.
—Vámonos de aquí antes de que alguien nos pregunte a qué venimos—ordenó Viktor en voz baja, guiándolos de vuelta hacia el zaguán empedrado—. Esta noche volvemos a casa de Figuera.
A cuarenta kilómetros de allí, la cumbre de Tamadaba los envolvía en un mutismo absoluto. Lejos del bullicio de Vegueta, el denso pinar canario parecía absorber cualquier sonido exterior, erigiendo una barrera natural que los aislaba por completo del resto de la isla.
Michael, Julia y Ahmed estaban de pie frente a los cimientos devorados por la maleza del refugio original. Tras quince minutos apartando pinocha y tierra seca, la realidad se impuso.
—Aquí no hay nada—sentenció Michael, limpiándose la tierra de las manos—.
Y aunque lo hubiera, estar a la intemperie durante más de un siglo a mil trescientos metros de altitud habría desintegrado cualquier componente metálico o bobinado de cobre.
Si dejó algo en la montaña, no está en este agujero .
Julia se incorporó, sacudiéndose las rodillas del pantalón. No miraba las ruinas a sus pies, sino a la imponente edificación que se alzaba a apenas un centenar de metros de distancia, en la explanada contigua.
Era la Casa Forestal moderna. Una estructura recia y majestuosa de una sola planta, construida con gruesos muros de piedra volcánica a la vista, tejados de teja árabe y chimeneas blancas que sobresalían entre las copas de los árboles.
—Tiene sentido —razonó Julia, observando la gran casa forestal moderna—.
Imagina que eres la cuadrilla de peones encargada de limpiar el terreno décadas después para construir esa nueva sede oficial.
Encuentras este viejo refugio de mampostería en ruinas y, dentro, maquinaria pesada y chatarra de hierro oxidado que dejó el antiguo ingeniero jefe. ¿Qué haces con ella?
Ahmed captó la deducción de la ingeniera al instante.
—La burocracia estatal jamás tira el metal pesado. Es material inventariado. Lo trasladas al sótano o al almacén del nuevo local y te olvidas de él.
Michael asintió, evaluando la casona de piedra. Era martes por la tarde. Al ser un inmueble gubernamental aislado en la reserva natural, no había vehículos aparcados ni rastro de personal forestal.
Caminaron con cautela hacia la parte trasera del edificio, buscando los accesos de servicio.
Encontraron un anexo bajo, con una puerta de madera desvencijada que probablemente servía como leñero o cuarto de aperos.
El candado que la aseguraba estaba tan oxidado por los inviernos en la cumbre que Michael solo necesitó hacer palanca con un hierro suelto del suelo para que la argolla cediera con un chasquido seco.
Entraron en la penumbra. El aire interior olía a resina seca, polvo acumulado y humedad antigua.
Iluminando el espacio con las linternas de sus teléfonos, descubrieron un caos organizado de pertrechos forestales de diferentes décadas: herramientas de labranza herrumbrosas, bidones vacíos y restos de mobiliario retirado.
Comenzaron a registrar las estanterías del fondo. Fue Ahmed quien reparó en un arcón apilado bajo unas gruesas cubiertas de lona encerada. Estaba fabricado en madera de pino tea, la única madera local capaz de resistir el ataque de los insectos y la putrefacción durante un siglo.
Michael y Ahmed tiraron de la lona y levantaron la pesada tapa del arcón. El interior estaba forrado con láminas de zinc, un método de aislamiento muy común a principios de 1900 para proteger instrumental delicado.
No había ninguna máquina dentro. No había cables de cobre, ni bombillas, ni engranajes.
Solo había polvo y una docena de pesadas placas de metal ennegrecido por el tiempo, a medio camino entre el latón y el zinc.
Michael cogió una de ellas. Era del tamaño de un cuaderno, pesada, con extrañas ranuras diagonales y una serie de perforaciones geométricas distribuidas de forma aparentemente caótica. El exinversor apretó los labios, decepcionado.
—Parecen piezas de un armazón roto. Chatarra, al fin y al cabo.