10 Los cimientos del secreto #3
—Además, está la propia montaña —continuó Julia, alzando la vista hacia los inmensos cortados de roca oscura—.
Figuera registró en 1902 una patente para extraer electricidad de la atmósfera.
Hoy sabemos que eso no es alquimia; se llama gradiente de potencial atmosférico.
La Tierra es un condensador gigante, y el campo eléctrico aumenta con la altitud.
Una cumbre afilada como Tamadaba actúa como la punta de un pararrayos, concentrando ese voltaje natural.
Ahmed asintió en silencio desde el asiento trasero, comprendiendo la física detrás de las palabras de la ingeniera.
—Pero para captar esa energía sin que se descargue al instante, necesitas estar aislado —añadió Julia—.
Si haces esto al nivel del mar, la humedad del suelo te arruina.
Aquí arriba, estamos sobre un bloque basáltico masivo.
El basalto seco es un aislante natural durísimo, pero está cargado de magnetita.
Le proporcionaba una base que evitaba las fugas de corriente, al mismo tiempo que le daba un entorno magnético estable para calibrar sus bobinas.
Tamadaba no era solo un escondite; era el componente clave de su máquina.
Avanzaron un par de kilómetros más por una pista de tierra forestal hasta que el pinar se abrió en una extensa planicie, a más de mil trescientos metros de altitud.
Michael detuvo el todoterreno bajo la sombra de unos pinos centenarios. A unos cien metros de distancia, recortada contra el cielo, se alzaba la majestuosa Casa Forestal de Tamadaba, un robusto edificio de piedra labrada con tejado a dos aguas y arquitectura tradicional.
—Ahí la tenemos —dijo Michael, apagando el motor. El silencio de la montaña cayó sobre ellos, roto únicamente por el silbido del viento entre las acículas de los pinos.
—Esa no puede ser —le corrigió Julia, abriendo la puerta y bajando del vehículo—. El plano de 1890 que vimos en el archivo marcaba un refugio básico y tosco, no un palacete de piedra. Esa casona oficial debieron construirla décadas después para sustituirlo.
Michael y Ahmed salieron del coche, abrochándose las chaquetas contra el frío repentino de la cumbre.
—Lo que nosotros buscamos es la primera edificación —explicó Julia, desplegando la gran fotocopia del plano de expropiaciones sobre el capó del coche—.
El refugio de mampostería básico que Figuera mandó levantar para acantonar a los guardas originales a finales del siglo XIX.
Si construyó un taller ciego para sus pruebas, lo hizo aprovechando esa primera infraestructura, no el palacete actual.
Michael oteó el paisaje. Cientos de hectáreas de pinar abrupto los rodeaban en todas direcciones. Buscar los restos de un refugio del siglo XIX bajo un manto infinito de pinocha y maleza parecía una aguja en un pajar.
Ahmed se inclinó sobre el plano impreso.
—La orografía dicta la logística de construcción —murmuró el matemático, trazando mentalmente líneas invisibles sobre el papel—.
Si Figuera era ingeniero, no levantó un puesto de guardia al azar.
Necesitaba optimizar tres variables: protección contra los vientos alisios del norte, un ángulo de visión directo sobre el sendero de acceso desde Artenara para vigilar posibles incursiones y una distancia no superior a cincuenta metros de algún acuífero o escorrentía.
El experto en datos tecleó en su portátil, superponiendo el mapa del siglo XIX sobre un modelo satelital en 3D del relieve actual.
—Si triangulamos esas tres necesidades...
—Ahmed señaló un punto en la pantalla y luego alzó la vista hacia una hondonada del terreno, a unos setenta metros a la izquierda de la casona moderna, protegida por una barrera natural de rocas volcánicas—.
La probabilidad estadística nos dice que los cimientos de 1890 deberían estar exactamente ahí.
—¡Espectacular, Ahmed! —exclamó Michael.
Él y Julia cruzaron una mirada, asombrados por la precisión gélida y metódica del matemático. Caminaron en silencio hacia el punto indicado, apartando ramas secas y esquivando las raíces nudosas de los pinos.
Y allí estaban.
Semiocultas bajo décadas de tierra, musgo y las gruesas raíces de los pinos, asomaban las líneas fragmentadas de unos viejos cimientos de piedra seca y mortero.
Apenas dibujaban la esquina de un refugio tosco.
Sin embargo, lo que realmente aceleró el pulso de Julia no fue la base de aquella pequeña cabaña original.
A escasos metros de la estructura principal, el terreno se hundía, revelando los restos de dos inmensos fosos circulares revestidos de argamasa, ahora devorados por la maleza.
—Ahí los tenéis —susurró la ingeniera, señalando las depresiones circulares—. Las bases para los inmensos tanques de agua de los que os hablé. La refrigeración del núcleo. Por eso Ahmed tenía razón al buscar cerca de un acuífero; necesitaba una fuente de agua constante para llenarlos.
No se trataba de la imponente edificación oficial que dominaba la explanada.
Aquella amalgama de ruinas fragmentadas era el verdadero taller ciego.
El último rincón aislado, a mil trescientos metros sobre el nivel del mar, donde Clemente Figuera había encendido su máquina lejos de los ojos del mundo.