10 Los cimientos del secreto #2
Siguiendo el mapa trazado en los archivos, localizaron rápidamente la Calle de los Reyes.
Los números 22 y 15, que antaño habían albergado el bullicio administrativo de la Jefatura del Distrito Forestal y los despachos donde Figuera dictaba sus órdenes de expropiación, eran ahora sobrias propiedades privadas y sedes institucionales.
Las pesadas puertas y las gruesas paredes de cantería apenas dejaban adivinar el trasiego del pasado.
Viktor tomó un par de fotografías de las fachadas, documentando los accesos y las posibles reformas estructurales, antes de girar hacia su verdadero objetivo.
La Calle del Castillo era ligeramente más ancha, flanqueada por casonas burguesas de un porte aún más majestuoso. Al llegar frente al número 12, el equipo detuvo el paso.
No era una casa cualquiera. Su envergadura y la elegancia de su simetría denotaban el estatus social que Clemente Figuera había ostentado en la capital.
Para su alivio, el edificio albergaba actualmente un registro notarial y un despacho de abogados en la planta superior, lo que permitía que el inmenso portón principal, de madera maciza rematada con clavos de forja, estuviera abierto al público.
Viktor fue el primero en cruzar el umbral. Dejaron atrás el calor luminoso de la calle para adentrarse en un zaguán empedrado, fresco y en penumbra, que desembocaba directamente en el corazón arquitectónico de la vivienda: el tradicional patio canario.
Gloria contuvo el aliento, abrumada por la serenidad del espacio.
Era un área majestuosa, cuadrada y abierta al cielo azul, diseñada para distribuir la luz y la ventilación hacia todas las dependencias.
El suelo estaba pavimentado con grandes losas de cantería volcánica de Arucas, oscurecidas y pulidas por más de un siglo de pisadas.
En el centro, una pequeña pila de piedra estaba rodeada de inmensas macetas de barro con helechos y plantas de hojas anchas que aportaban una humedad reconfortante al ambiente.
Pero lo más sobrecogedor era la galería superior. Un balcón interior, sostenido por robustos pilares de madera de pino tea —el durísimo y aromático corazón del pino canario—, recorría el perímetro del patio, rematado con balaustres meticulosamente tallados a mano.
Jian avanzó hasta el centro del recinto. Su mente no estaba apreciando el valor estético del lugar, sino su pura ingeniería.
—Mirad el grosor de los muros maestros en esta planta baja —susurró el informático, señalando las arcadas de piedra que daban acceso a las habitaciones inferiores, hoy cerradas con pesadas puertas de caoba—. Tienen casi un metro de espesor. Un aislamiento acústico y térmico perfecto.
Viktor asintió lentamente, comprendiendo lo que su compañero estaba evaluando.
—Si montó el núcleo de la máquina aquí abajo, en una de estas dependencias interiores, nadie desde la calle del Castillo habría escuchado nada. Ni el giro de las escobillas, ni la vibración de los electroimanes.
Estaban justo en la zona cero. El lugar exacto al que Nikola Tesla se había referido desde Nueva York. Allí, bajo aquellas galerías de madera, el monopolio mundial de la energía había estado a punto de quebrarse.
A cuarenta kilómetros de la capital, el monovolumen negro alquilado por Michael devoraba las curvas de la carretera de montaña. Habían dejado atrás la costa norte y ascendían por una ruta serpenteante y vertiginosa en dirección a Artenara y el escarpado macizo de Tamadaba.
A medida que ganaban altitud, la geografía de la isla cambiaba de forma drástica.
Atravesaron la densa y húmeda capa de nubes bajas —el famoso «mar de nubes» que cubría las medianías del norte— y, de pronto, emergieron bajo un cielo de un azul hiriente.
El aire se volvió de inmediato más fino, frío y extremadamente seco.
—Tesla y la prensa científica no se equivocaban al señalar la cumbre como el escenario de las pruebas a gran escala —dijo Julia, mirando por la ventanilla cómo los inmensos pinos canarios comenzaban a dominar el paisaje—.
Técnicamente, es el laboratorio al aire libre perfecto para lo que intentaba hacer.
Michael giró el volante para tomar una curva cerrada al borde de un barranco espectacular, manteniendo la vista en el asfalto.
—Explícalo.
—Aislamiento y disipación térmica —respondió la ingeniera, con la voz cargada de rigor—.
Abajo, en la ciudad, tienes una humedad del setenta por ciento y el aire está saturado de salinidad oceánica.
En 1900, los cables se aislaban con barniz y algodón.
Para los 550 voltios que iluminaban su casa no había problema, pero si quería desatar el límite absoluto de la máquina y meter verdadera alta tensión en unas bobinas bajo esas condiciones, la sal transforma el aire en conductor, se ioniza y los arcos voltaicos fríen el sistema en segundos.
—¿Y aquí arriba? —la interrumpió Michael.
—Aquí arriba rompes la capa de inversión térmica del mar de nubes —continuó Julia—.
La humedad relativa se desploma. Es cierto que a esta altitud la presión atmosférica baja un poco, lo que técnicamente facilita la ionización, pero al eliminar el agua y la sal del aire, consigues un entorno dieléctrico casi perfecto. Además, está el factor del calor.
Julia señaló el escarpado macizo de piedra.
—El generador de Figuera se basaba en excitar electroimanes al límite.
Al llevar el núcleo al máximo de su capacidad, se genera una temperatura infernal por el efecto Joule.
A su máxima potencia y al nivel del mar, encerrado en su casa de la ciudad, la máquina se habría derretido en sus propias manos porque disipar ese calor habría requerido una obra gigantesca que delataría su secreto.
Pero aquí, completamente aislado a mil trescientos metros, tenía el espacio libre y la privacidad para montar inmensos tanques de agua como sistema de refrigeración.
Ahmed, sentado en la parte trasera, observaba la copia del mapa topográfico del siglo XIX que habían solicitado en el archivo, cruzando los datos en su portátil .