El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 10 Los cimientos del secreto
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10 Los cimientos del secreto

E l barrio de Vegueta les recibió bajo una luz atlántica limpia e intensa que recortaba las sombras de los edificios.

Caminar por aquellas calles peatonales empedradas, flanqueadas por fachadas de colores ocres y rojizos, imponentes portones de madera de tea y balcones de celosía, producía un desajuste casi físico en comparación con la hiperactividad y los rascacielos de Nueva York.

Salieron del hotel a primera hora, repartiéndose en distintos taxis.

Intuían que la vigilancia de RackBlock seguía operando en algún lugar, pero sólo Michael tenía ya la certeza y había impuesto una regla clara: no actuarían como fugitivos asustados.

Trabajarían a la vista de todos, amparados por la normalidad y el ritmo sosegado de la capital.

Mientras cruzaban la Plaza de Santa Ana, con la imponente catedral a sus espaldas, Julia se detuvo un instante, observando la alineación de las calles y las proporciones de las casonas nobles.

—Es extraño —murmuró la ingeniera, más para sí misma que para el grupo—. Tienes la sensación constante de haber estado aquí antes, aunque sea tu primera vez.

Viktor, que caminaba a su lado, asintió con una media sonrisa:

—No es un déjà vu , Julia. Es historia urbana.

Este barrio fue el gran laboratorio de la Corona española antes de cruzar el océano.

La disposición en cuadrícula y la arquitectura colonial que estás viendo no son una copia de América; son el molde original.

Todo esto sirvió de banco de pruebas para levantar después ciudades como La Habana, el Viejo San Juan de Puerto Rico o Cartagena de Indias.

Cuando caminas por Vegueta, estás pisando la semilla de un continente entero.

Los miembros del equipo reanudaron la marcha. La noche anterior acordaron que separarse a ciegas por la ciudad para buscar pistas de un hombre que vivió allí hacía un siglo era una estupidez táctica. Necesitaban coordenadas precisas, documentación oficial, registros fiables.

Su primer destino fue el edificio histórico de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, situado en la coqueta plaza del mismo nombre.

Figuera no fue un ermitaño dedicado únicamente a sus bobinas; como ingeniero jefe y catedrático, ejerció como un miembro muy activo de la élite cultural y económica de la isla, frecuentando tanto la Sociedad Económica como el Gabinete Literario.

Tras identificarse en la recepción como investigadores que documentaban el desarrollo industrial de Canarias a principios de siglo, el archivero les permitió el acceso a la sala de consulta.

Era un espacio sobrio, con estanterías de caoba que desprendían ese olor inconfundible a papel viejo y polvo asentado.

Viktor tomó la iniciativa. Conocía perfectamente cómo se estructuraba la burocracia europea antes de la era digital. Descartó las actas de reuniones y fue directo a los tomos de referencia comercial.

—Un alto funcionario del Estado en 1900 no era un fantasma —explicó Viktor en voz baja, colocando una pila de volúmenes pesados, encuadernados en piel gastada, sobre la mesa central—.

Estaba censado, pagaba impuestos y figuraba adscrito a ministerios.

Este es el Anuario Bailly-Baillière . El directorio de comercio y administración por excelencia en España.

Cualquier persona con un cargo de poder en la provincia figuraba obligatoriamente aquí.

El equipo se arremolinó alrededor de la mesa. El silencio en la sala era absoluto. Viktor deslizó el dedo índice por las columnas de texto de cuerpo minúsculo correspondientes a la edición de Las Palmas.

—Aquí está. «Distrito Forestal de Canarias. Ingeniero Jefe: D. Clemente Figuera».

—¿Dónde estaba la sede? —preguntó Michael.

—Calle de los Reyes, número 22 —leyó Viktor—.

Está en pleno corazón de Vegueta, apenas a unas calles de nuestra posición actual.

Revisando las ediciones posteriores, veo que hacia 1908 el despacho se movió unos metros en la misma vía, al número 15.

Aunque para esa fecha, Figuera ya no estaba al mando.

Esa calle era el centro neurálgico de la administración forestal.

—Busca su domicilio privado —intervino Jian, cruzándose de brazos.

Viktor asintió, apartó el tomo y buscó en el índice alfabético de residentes destacados y profesionales colegiados del año correspondiente. Pasó un par de páginas de papel cebolla. El dedo se detuvo.

—Lo tengo. Figuera mantenía su residencia personal a escasa distancia de su despacho y de su cátedra en el San Agustín. Calle del Castillo, número 12.

Nadie hizo un solo aspaviento, pero la atmósfera en la sala de lectura cambió de golpe, volviéndose pesada, casi reverencial .

Julia se apoyó en el borde de la mesa, exhalando lentamente mientras leía la dirección por sí misma. Aquello había dejado de ser un simple trámite logístico; era una sacudida emocional para todos.

—La calle del Castillo... —murmuró la ingeniera, con los ojos fijos en la vieja tipografía—.

Los recortes de prensa internacional de 1902...

El Daily Mail , La Época y, sobre todo, aquella famosa mención en los círculos de Nikola Tesla.

Todos fueron muy específicos. Cuando se filtró la noticia de que había logrado la energía libre, los diarios fueron rotundos sobre su ubicación y escribieron textualmente que la máquina estaba funcionando en su vivienda.

Estaban mirando las coordenadas exactas del epicentro del milagro.

El emplazamiento geográfico real y tangible donde, más de un siglo atrás, un hombre había encendido unas bombillas desafiando las leyes de la termodinámica y el monopolio del carbón.

La idea de que esa casa siguiera allí, a la vuelta de la esquina, y que ellos estuvieran a punto de pisarla, les provocó un escalofrío unánime.

—Tenemos el punto de origen urbano —dijo Michael, rompiendo el trance y devolviéndolos a la realidad operativa—. Ahora nos falta confirmar nuestro segundo objetivo: el lugar de las pruebas.

Recogieron el anuario, agradecieron la ayuda al archivero y abandonaron la SEAP. Necesitaban cubrir el segundo frente de la investigación, y para ello debían consultar otro tipo de registros.

Caminaron unos diez minutos por el casco antiguo hasta llegar a la Plaza de los Balcones, donde se ubicaba el Archivo Histórico Provincial. Esta vez, el objetivo no eran los anuarios comerciales, sino los extensos legajos de Obras Públicas, expropiaciones y la Jefatura de Montes.

El trabajo aquí fue mucho más arduo. Se sentaron alrededor de una gran mesa de madera y se repartieron las cajas de documentos polvorientos. Pasaron casi dos horas leyendo oficios, presupuestos y órdenes ministeriales escritas con una caligrafía enrevesada.

Fue Ahmed quien rompió el silencio. El matemático, con su habitual calma, deslizó un abultado expediente hacia el centro del tablero, desatando el cordel de cáñamo que lo protegía.

—Los montes de Tamadaba y Tirma —anunció Ahmed, desplegando un plano topográfico original levantado a plumilla—.

Julia, tu deducción de anoche era correcta.

Aquí está la prueba documental de que sus movimientos no se limitaban a la ciudad.

Entre 1878 y 1903, él mismo redactó los informes técnicos para expropiar estos terrenos y destinarlos a plantar el pinar del centro de la isla.

—Y no se quedó en la burocracia —añadió Gloria, inclinándose para leer los documentos anexos al plano—. Mirad esto. Autorizó y planificó la construcción del primer puesto de guardia forestal en la cumbre.

Julia repasó las especificaciones técnicas del documento.

—«Refugio de mampostería» —leyó en voz alta, analizando el plano original—.

Era una edificación básica, tosca. Figuera justificó la obra ante el Ministerio alegando que necesitaba acantonar a los guardas en el propio pinar para que durmieran allí y evitaran que los vecinos de Agaete o Artenara metieran el ganado de madrugada y se comiera los pinos recién plantados.

Michael asintió lentamente, uniendo las piezas de aquel brillante rompecabezas histórico.

—Es la tapadera perfecta —razonó el exinversor—.

Tienes un refugio aislado a más de mil metros de altitud, financiado por el propio Gobierno y con el acceso restringido por tu propia autoridad forestal.

Podías subir material con la excusa de suministros para los vigilantes forestales, aislarte semanas enteras en la montaña y absolutamente nadie, ni siquiera la red de contactos de Alfred L. Jones, te haría una sola pregunta.

El equipo recogió sus cosas y salió al patio interior del Archivo, bajo la cálida luz del mediodía canario. Ya no daban palos de ciego. Tenían direcciones contrastadas y un mapa claro de los movimientos de su objetivo .

—Se acabó la teoría —sentenció Michael, bajando la voz y asumiendo el mando—.

Ya tenemos los objetivos. Jian, Gloria y Viktor.

Vosotros tres peinaréis Vegueta. Pasad por la Calle de los Reyes para ver qué queda de las oficinas en los números 15 y 22, pero centraos en la Calle del Castillo número 12.

Averiguad quién ocupa la casa de Figuera hoy en día, si han modificado la estructura original o si hay estancias cerradas.

Michael miró a Julia y a Ahmed.

—Nosotros tres nos vamos a la cumbre. Cogeremos el monovolumen y buscaremos las ruinas de ese primer refugio forestal. Mantened las comunicaciones al mínimo. Si alguien encuentra algo, avisad de inmediato.

El sol del mediodía caía a plomo sobre los tejados cuando Jian, Gloria y Viktor se adentraron de nuevo en el trazado peatonal de Vegueta. Habían dejado atrás la Plaza de los Balcones para internarse en un laberinto de callejones que respiraban una quietud secular.