9 El peso de la luz
E l contraste térmico al cruzar las puertas automáticas del Aeropuerto de Gran Canaria fue como recibir el impacto de una agradable brisa cargada de olor a mar.
Atrás quedaba el invierno de acero y cristal de Nueva York; aquí, la luz del Atlántico era diferente, el viento dotaba al ambiente de una refrescante mezcla de salitre y humedad.
Michael, sin embargo, conducía con la vista clavada en el espejo retrovisor interior.
Apenas llevaban diez kilómetros de trayecto cuando un SUV negro, con los cristales traseros completamente tintados, se incorporó al tráfico desde un carril de aceleración.
No hizo ninguna maniobra brusca. Simplemente se colocó tres coches por detrás de ellos y mantuvo la velocidad constante.
Michael apretó las manos sobre el volante.
Hasta ese momento, la persecución de RackBlock había sido una abstracción de cuentas bancarias bloqueadas y algoritmos rastreando bases de datos; pero para su mente, entrenada en la paranoia corporativa, aquel vehículo pesaba dos toneladas de amenaza física y mantenía la distancia de seguridad perfecta en su carril.
Decidió tragarse la advertencia. No sabía a ciencia cierta si era simple paranoia y no quería sembrar el pánico en el equipo si solo se trataba de una coincidencia, pero la sospecha ya se había instalado en su cabeza en el más absoluto silencio.
Media hora después, el monovolumen se adentró en el corazón de Las Palmas, dejando atrás el asfalto ardiente de la Avenida Marítima para internarse en la frondosa vegetación del Parque Doramas. Allí, en la zona residencial de Ciudad Jardín, se alzaba el Hotel Santa Catalina.
Julia bajó del coche y se quedó un instante contemplando la imponente fachada rosada, salpicada de balconadas de madera tallada y rodeada de palmeras centenarias. Era un oasis de lujo colonial que contrastaba completamente con aquel sencillo grupo de investigadores.
—Era un bastión imperial —comentó Viktor, ajustándose las gafas de sol mientras un botones uniformado se hacía cargo del equipaje—. Se inauguró en 1890, construido enteramente con capital inglés. En aquella época, los británicos no solo venían a hacer negocios; venían a instalar su propio mundo.
El interior del hotel era un derroche de elegancia clásica.
Mientras Michael se encargaba del registro en la recepción, el resto del equipo aguardaba en uno de los espectaculares salones de la planta baja.
Pisaban alfombras gruesas que ahogaban el sonido de sus pasos, bajo la atenta mirada de murales históricos y techos de maderas nobles.
Gloria se acercó a una placa conmemorativa situada cerca del Bar Carabela, leyendo la lista de huéspedes ilustres.
—Winston Churchill. Ava Gardner. Gregory Peck... —susurró la administrativa, mientras movía nerviosamente las manos y abría mucho los ojos—. Madre mía, también estuvo Agatha Christie. Vino a esta isla buscando inspiración para sus novelas y se alojó exactamente aquí.
Julia esbozó una media sonrisa cansada.
—Es una ironía muy retorcida que terminemos en el hotel de Agatha Christie justo cuando nos enfrentamos a un misterio sin resolver de hace un siglo .
—No es tanta casualidad si entiendes quién mandaba aquí —apuntó Viktor, acercándose a ellas—.
El hombre que promovió el turismo en esta isla y trajo todo este flujo de capital británico fue Sir Alfred L.
Jones. El magnate del carbón. El mismo que le pagaba las facturas a Marconi.
Teniendo en cuenta que Marconi usó esta isla para sus pruebas de transmisión gracias al dinero de Jones, sería de ingenuos pensar que el italiano no se paseó por estas mismas estancias bebiendo champán.
—Y no eran los únicos que miraban hacia aquí —intervino Jian, mirando las molduras de madera del techo con aire calculador—.
Yo creo que, si Nikola Tesla llegó a mencionar de forma explícita que Clemente Figuera tenía un dispositivo de energía libre funcionando en su casa de Canarias, y lo hizo con esa contundencia y respeto absolutos hacia el español, algo rarísimo en un genio tan protector con su trabajo como era Tesla, quién dice que no pudo estar aquí.
Pensadlo un segundo. Que el padre de la corriente alterna defendiera categóricamente el éxito de un ingeniero de provincias sugiere algo más que una simple correspondencia.
Yo apuesto a que no lo leyó en un papel.
Para hablar con esa seguridad, Tesla tuvo que verlo.
No me extrañaría en absoluto que el serbio se hubiera paseado por estos mismos salones de incógnito para cruzar la ciudad y entrar en el taller de Figuera.
Si Marconi operaba aquí financiado por los reyes del carbón y Tesla verificaba los éxitos de nuestro hombre, Gran Canaria era la zona cero de la guerra energética mundial.
Quince minutos después, Julia entró en su habitación dentro de la inmensa suite que Michael había reservado para todo el equipo.
Era amplia, fresca y decorada con un gusto exquisito, pero la ingeniera apenas prestó atención a la inmensa cama o a los detalles de mármol del baño.
Caminó directamente hacia los ventanales y abrió las puertas batientes de la terraza.
La brisa cálida le revolvió el pelo. Desde allí, más allá de los tejados y las copas de los árboles, se divisaba la inmensidad del Puerto de la Luz. Decenas de buques mercantes y superpetroleros aguardaban fondeados en la bahía.
Apoyada en la barandilla de madera, Julia ató el último cabo que le faltaba para comprender la verdadera magnitud de lo que había hecho Clemente Figuera.
Él no solo luchaba contra las limitaciones de la física; luchaba contra el sistema operativo del mundo moderno.
Si el generador de Figuera, capaz de producir energía de la nada mediante resonancia magnética, salía de aquella isla, el negocio de tantos se iría al traste. Los barcos dejarían de necesitar carbón. Las nacientes plantas eléctricas de Europa se volverían obsoletas de la noche a la mañana .
A principios del siglo XX, el negocio de introducir un cable de electricidad en cada casa, y cobrar por él a fin de mes, ya se vislumbraba como el mayor mercado cautivo de la historia humana.
Tesla fue aplastado en Nueva York por intentar regalarla.
Y Figuera, atrapado en una isla que funcionaba como el cuartel general de los magnates del carbón británico, se había enfrentado exactamente al mismo monstruo.
Julia cerró los ojos, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros.
La asimetría de aquella guerra era aterradora.
Estaban buscando los apuntes de un hombre que había intentado «apagar el sol» a los dueños del mundo, operando desde su propio jardín trasero.
Y ahora, un siglo después, el Gsel estaba siguiendo fielmente sus pasos.
La brisa nocturna del Atlántico agitaba las copas de las palmeras del Parque Doramas.
Tras una cena en la que apenas cruzaron un par de frases triviales para mantener la tapadera frente al personal del hotel, el equipo se retiró a la terraza exterior.
Era un espacio amplio, flanqueado por columnas de estilo colonial y alejado del vestíbulo.
Michael eligió una mesa circular en una esquina apartada.
Mientras un camarero les servía cafés y se retiraba discretamente, Jian abrió un portátil sobre la mesa, mostrando un mapa histórico superpuesto al trazado urbano actual de Gran Canaria .
—Vamos a analizar la situación con frialdad —comenzó Michael, apoyando los codos sobre la mesa—.
En Nueva York nos bloquearon las cuentas para paralizarnos.
Pero aquí, nos han dejado pasar el control de pasaportes sin hacernos una sola pregunta.
No hace falta ser telépata para entender la lógica corporativa de quienes nos vigilan: si hubieran querido detenernos, lo habrían hecho, porque no les resultaría difícil dar con nosotros después de quedar registrados en la aduana.
—Nos están utilizando como sabuesos —dedujo Julia, comprendiendo al instante la estrategia—.
No saben dónde buscar. El sindicato que compró la patente en 1902 se llevó los documentos oficiales, pero estoy segura de que nadie limpió su laboratorio a fondo.
Subestimaron a Figuera y no eran científicos.
Ha pasado un siglo y ni siquiera ellos están seguros de si el inventor logró esconder sus verdaderos cálculos.
Nos dejan caminar libres porque esperan que nosotros los encontremos por ellos.
—Entonces jugaremos con esa ventaja —sentenció Michael—.
Tienen los satélites y el dinero, pero nosotros tenemos los datos y el conocimiento.
¿Por dónde empezamos a tirar del hilo, Julia?
La ingeniera se inclinó y deslizó los dedos sobre el panel táctil del portátil, ampliando el plano de la capital, pero antes de señalar un punto, alzó la vista hacia sus compañeros.
—Esta tarde, mirando los barcos del puerto desde el balcón, no dejaba de darle vueltas a lo que nos contó Viktor en Nueva York —dijo Julia, con un tono reflexivo—.
Figuera estaba atrapado en el cuartel general de los magnates del carbón.
Se enfrentaba exactamente a la misma tragedia que devoró a Nikola Tesla cuando J.P.
Morgan le cortó los fondos para la Torre Wardenclyffe porque sabía que no podía ponerle un contador a aquella nueva forma de ofrecer la energía.
Michael asintió, comprendiendo al instante la comparación financiera.
—Por eso Figuera escondió sus pasos —continuó ella, cobrando seguridad—.
Sabía que, si su generador salía a la luz, el imperio energético colapsaría de la noche a la mañana.
No buscamos los apuntes de un inventor despistado; buscamos el taller clandestino de un hombre que intentó arruinar a los dueños del mundo operando en secreto desde su propio jardín trasero. Así que empezamos por lo más evidente.
Volvió a mirar la pantalla iluminada frente a ella.
—La carta de Nikola Tesla afirmaba que Figuera tenía el dispositivo principal funcionando en su casa. No en un taller, ni en una instalación del gobierno. En su domicilio privado.
—Una ciudad entera para buscar una vivienda de hace ciento veinte años —apuntó Viktor, ajustándose las gafas.
—No, la ciudad en 1900 era muchísimo más pequeña —le corrigió Julia, señalando el extremo sur del mapa urbano—. Hay que pensar en el estatus del personaje. Figuera era un alto funcionario del Estado y catedrático de Física en el Colegio de San Agustín.
—El San Agustín estaba en el barrio de Vegueta —recordó Jian, cruzando datos en su terminal—. El centro histórico.
—Exacto —asintió Julia—. A principios de siglo, la burguesía, la élite cultural y los altos funcionarios no vivían dispersos.
Vivían en aquella zona o en el barrio contiguo de Triana.
Las oficinas del Gobierno Civil y la Jefatura de Montes también se encontraban en esa zona.
Por pura lógica organizativa y social de la época, la casa de Clemente Figuera, el lugar donde encendió su máquina, tiene que haber estado en una de las calles de ese casco histórico.
A poca distancia de su cátedra y de su despacho gubernamental.
Michael observó el trazado de callejuelas estrechas y plazas empedradas de Vegueta en el mapa.
—Pero hay un problema práctico —intervino el director del Gsel—.
Puedes diseñar los planos y bobinar un pequeño generador en el salón de una residencia burguesa en el centro de la ciudad.
Sin embargo, si hablamos de realizar pruebas de resonancia electromagnética a gran escala, o de ocultar los prototipos que no quiso entregar a los banqueros...
hacer eso en el centro neurálgico de la ciudad, rodeado de vecinos y autoridades, es un riesgo inasumible.
Viktor asintió lentamente, viendo hacia dónde iba el razonamiento.
—Necesitaba un segundo espacio. Un lugar de pruebas.
—Y ahí es donde entra su otro perfil —dijo Julia, alejando el mapa para mostrar el abrupto relieve del interior de la isla—. Era el Ingeniero Jefe de Montes de Canarias. La máxima autoridad forestal. Tenía jurisdicción absoluta sobre las cumbres, los pinares y las cuencas hidráulicas.
—Control territorial —comprendió Jian—. Si necesitaba probar sus equipos lejos de los ojos de la red de espionaje del carbón de Alfred Jones, el centro de la isla era su terreno de juego privado.
Podía justificar cualquier traslado de material pesado como maquinaria para aserraderos o mediciones de acuíferos.
—Tenemos dos frentes claramente definidos —concluyó Michael, asumiendo la dirección operativa de la investigación—.
Vegueta y la Cumbre. Pero dar un solo paso a ciegas en esta isla sería un suicidio táctico.
Mañana iremos todos al centro histórico.
Quiero que visitemos el Archivo Provincial, el registro de la propiedad o lo que quede de los archivos del Colegio de San Agustín.
Necesitamos la dirección exacta de la casa de Figuera en Vegueta o Triana, y cualquier historial de propiedades a su nombre en las cumbres de la isla.
Michael miró al resto de la mesa .
—Julia, Jian, Ahmed y yo nos encargaremos de la intendencia. Alquilaremos vehículos que no llamen la atención y prepararemos el equipo técnico. Si los archivos nos dan una dirección en la ciudad o unas coordenadas en la montaña, no podemos perder un solo minuto. Actuaremos de inmediato.
Ahmed, que había permanecido en absoluto silencio procesando la información, asintió con un gesto sobrio, dando el último sorbo a su café.
La reunión había terminado. El plan trazado era lógico, basado en el perfil psicológico e histórico de su objetivo. Michael cerró la pantalla del portátil. Mientras lo hacía, su mirada se desvió un instante hacia el perímetro del parque, más allá de la balaustrada del hotel.
Apenas a cien metros de la terraza del «Carabela», aparcado bajo la sombra de unos laureles de Indias colosales en el paseo de Ciudad Jardín, el SUV negro con los cristales tintados permanecía inmóvil, con el motor apagado.
El exinversor apretó la mandíbula, asimilando por primera vez la verdadera claustrofobia de estar en una isla: a partir del amanecer, cada paso que dieran estaría medido por unos hombres que solo esperaban la orden de anularlos. No dijo nada a sus compañeros.