8 Ojos en el cielo
A mil seiscientos metros de altitud, el valle de Davos amanecía sepultado bajo una gruesa capa de hielo.
La ciudad suiza era el santuario donde, una vez al año, la élite financiera y política dictaba el rumbo del planeta durante el Foro Económico Mundial.
Por eso mismo, Karl Swartz no tenía su despacho principal en Manhattan o en la City de Londres, sino allí.
Si el mundo era un tablero, Davos era la sala donde se reunían los dueños de las fichas.
La oficina del CEO de RackBlock ocupaba la última planta de un edificio de cristal y acero. Era un espacio inmenso y minimalista. Swartz, impecable en un elegante traje gris, observaba la nevada a través del ventanal, sosteniendo una taza de porcelana con absoluta quietud.
A su espalda, las puertas de roble se abrieron sin hacer ruido .
El hombre que entró cerró a sus espaldas.
Su postura rígida y su abrigo oscuro desentonaban en aquel entorno de lujo, delatando al instante su naturaleza operativa.
Era el jefe de seguridad global de la corporación.
El operativo encargado de que los problemas sistémicos desaparecieran antes de llegar a los periódicos.
—Señor Swartz —llamó desde el centro de la sala, manteniendo la distancia—. Los sistemas de vigilancia de fronteras acaban de cruzar un positivo. Han burlado la contención en Nueva York. El equipo del Gsel aterrizó hace veinte minutos en el aeropuerto de Gran Canaria.
Swartz no se giró. Le dio un sorbo a su té.
—Un vuelo chárter opaco, supongo.
—Sí. Registrado bajo una sociedad instrumental de las Islas Caimán —confirmó el jefe de seguridad—.
Tengo a las autoridades locales a una llamada de distancia.
Puedo ordenar a la Policía Nacional española que los retenga en aduanas bajo una alerta de la Interpol por fraude corporativo y sustracción de datos.
Los meteremos en un avión de vuelta a Estados Unidos en menos de dos horas.
—Cancele esa opción —ordenó Swartz, dándose la vuelta al fin. Dejó la taza sobre su inmenso escritorio de ébano—. Déjelos pasar.
El subordinado adoptó una expresión de sorpresa, procesando la orden .
—¿Señor? Si los dejamos sueltos en Gran Canaria, nos arriesgamos a que encuentren...
—A que encuentren exactamente lo que nosotros no pudimos certificar hace un siglo —le interrumpió Swartz, clavando sus ojos grises en su subordinado—.
En 1902, los fundadores de este sindicato de inversión pagaron una cantidad obscena para enterrar el trabajo de Clemente Figuera.
Confiscaron la patente original en Madrid, pero nadie limpió, como hacemos hoy, el laboratorio.
Aunque el tiempo todo lo destruye siempre quedó un margen de error estadístico.
La duda razonable de si aquel ingeniero dejó apuntes técnicos ocultos antes de morir.
El magnate globalista caminó lentamente por el despacho.
—Esa máquina fue una amenaza letal entonces, y su núcleo técnico sigue siéndolo hoy. Figuera logró lo imposible. Si sus secretos salen a la luz hoy, cualquiera podría replicarlo con simples piezas de ferretería.
—Si la sociedad accede a energía gratuita, el sistema colapsa —murmuró el jefe de seguridad.
—El sistema no colapsa. Se descentraliza.
Que para nosotros es infinitamente peor —le corrigió Swartz, con una sorprendente afabilidad—.
Hay quienes creen, de forma muy ingenua, que las grandes corporaciones solo tememos perder dinero con la transición energética.
Es una visión estúpida. Lo que perdemos es el control.
La energía es la arteria principal del poder mundial.
Swartz se detuvo frente al ventanal.
—Primero, el control económico. Si la electricidad es libre, la dependencia y el lugar de fabricación industrial dejan de importar.
El transporte se abarata y la agricultura se vuelve hipereficiente.
Las economías locales dejarían de depender de nuestra logística.
Los precios ya no estarían sujetos a la escasez que nosotros regulamos, y perderíamos el control sobre dónde debe fabricarse y dónde no.
Se giró hacia su subordinado.
—Segundo, el control fiscal. Los gobiernos recaudan miles de millones gravando la electricidad, el gas y los hidrocarburos.
Si la energía es libre e independiente, no se puede medir.
Y si no puedes medirla, no puedes cobrarla.
Por eso los Estados siempre impondrán modelos centralizados.
Necesitan cables, contadores inteligentes y monopolios.
La energía renovable que promovemos hoy sigue estando monopolizada por un único motivo: necesitamos enviarle al ciudadano la factura a fin de mes con sus correspondientes impuestos.
Finalmente, Swartz apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante mirando a ninguna parte.
—Y tercero, el control social. Quien controla la llave de paso de la energía, tiene la palanca para gestionar a la masa. Puedes aplicar racionamientos, tarifas progresivas o restricciones justificadas por el clima, y la población obedecerá porque no tiene alternativa.
Swartz esbozó una sonrisa desprovista de cualquier calidez.
—La gente es ignorante por decisión propia.
Exigen su propio collar porque la libertad les aterra.
Piense en la ironía de la historia: Benito Mussolini era un ferviente ideólogo del Partido Socialista antes de fundar el fascismo, y nos dejó la herramienta perfecta con su máxima: «Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado».
La gente ha dejado que esa filosofía los domine, abrazándola bajo la ilusión de que el Estado los protegería.
Y al hacerlo, nos sirvieron el mundo en bandeja de plata.
Cuando un Estado lo controla absolutamente todo, corporaciones como la nuestra ya no tienen que someter a millones de personas; nos basta con comprar a un par de políticos en cada país para gobernarlos a todos.
Ciudadanos que se salen de ese dominio, en algo tan esencial como la energía, representan un peligro para nuestro sistema y eso es algo que no vamos a permitir.
El jefe de seguridad asintió, asimilando la magnitud del tablero.
—Por eso necesitamos saber si queda algo de Figuera en Gran Canaria —concluyó Swartz, volviendo a su postura erguida—.
Dejaremos que el equipo de Michael Evans haga el trabajo sucio.
Si desentierran algo, se lo quitaremos y cerraremos esta brecha para siempre.
¿Nuestro topo sigue activo dentro del grupo?
—Sí, señor —confirmó el operativo—. El enlace se mantiene sin contacto directo con nosotros para no levantar sospechas.
—Perfecto —sentenció Karl Swartz, volviendo su mirada hacia la nieve que cubría Davos—. Alerte a nuestra gente en las islas. Que establezcan un perímetro de vigilancia pasiva y los sigan a distancia.
El jefe de seguridad asintió con una leve inclinación de cabeza y desapareció sin hacer ruido, dejando al líder de RackBlock a solas con la implacable tormenta alpina.
A miles de kilómetros de allí, bajo el influjo de los vientos alisios, el equipo del Gsel bajaba por la escalerilla de un avión convencido de estar un paso por delante de sus perseguidores.
Ignoraba por completo que para sus enemigos bastaba con darles la ilusión de la libertad y sentarse a observar en qué punto exacto empezaban a cavar.