6 El refugio #2
—Figuera estaba rodeado —dedujo la ingeniera, con voz de asombro—.
Era un hombre atrapado tras las líneas enemigas.
Por eso las patentes que encontramos están técnicamente incompletas.
Patentó la mecánica, los electroimanes y las escobillas, pero ocultó el principio físico de la resonancia.
Sabía que, si documentaba el cien por cien de la máquina, los espías del magnate lo robarían para Edison o lo destruirían para proteger el negocio mundial del carbón.
El menos interesado en una energía gratuita.
—Pero Figuera construyó la máquina definitiva en Gran Canaria, alumbró su casa y luego se la llevó —recordó Julia, repasando mentalmente los recortes de prensa que habían leído en el laboratorio—.
Anunció públicamente que iba a exhibirla en París y en Berlín, y finalmente sabemos por el telegrama que firmó la venta en Madrid.
Entregó su trabajo voluntariamente a ese sindicato de banqueros a cambio de una fortuna.
—La pregunta es si sabía lo que iban a hacer con ella —planteó Michael, cruzando la mirada con su equipo—.
¿Era consciente de que esos banqueros le pagaban una suma tan elevada de dinero para enterrar su creación para siempre y proteger el monopolio del carbón, o fue simplemente un hombre brillante pero ingenuo que creyó haber coronado el éxito de su vida?
—Si fue capaz de ocultar el corazón tecnológico de su invento teniendo a la red de espionaje de Edison y los británicos respirándole en la nuca, de ingenuo no tenía nada en absoluto —sentenció Viktor—. Sabía cómo funcionaba el poder. Sabía exactamente a lo que jugaba.
—Por eso no podemos buscar la máquina que vendió.
Esa desapareció en las cajas fuertes de los banqueros hace más de un siglo —concluyó Michael, asumiendo la verdadera naturaleza de la expedición—.
Para fabricar ese dispositivo sin que Jones y Marconi se enteraran, necesitó un refugio que no figurara en los registros.
Un taller ciego. Eso es lo que vamos a buscar.
Los borradores, los cálculos originales, las piezas descartadas que nunca se llevó en ese barco.
La idea de que Figuera hubiera bailado en semejante cuerda floja vendiendo el aparato oficial a los banqueros mientras, tal vez, dejaba ocultos sus verdaderos secretos para protegerlos de la red de espionaje internacional, dejó una atmósfera de duda en el apartamento.
Sin añadir una palabra más, Jian se apartó del grupo. Regresó a su rincón de trabajo junto a los ventanales, abrió su portátil y comenzó a teclear con una urgencia frenética.
El resto del equipo continuó repasando las rutas de los vuelos chárter opacos que Michael había conseguido negociar para esa misma madrugada.
Minutos más tarde, Gloria se acercó al programador para recoger la documentación de salida. Al pasar por detrás de su silla, su mirada se cruzó por accidente con la pantalla de Jian.
No era la interfaz de la red privada virtual que habían acordado usar.
En la pantalla negra se sucedían cascadas de caracteres aleatorios, una arquitectura de encriptación pesada que iba mucho más allá de una simple conexión anónima.
El informático no parecía estar protegiendo a nadie; más bien parecía blindar su propio disco para que nadie pudiera asomarse a lo que estaba haciendo.
Al notar su presencia, Jian bajó la tapa del portátil casi de golpe, cortando la visión.
—Aún estoy estableciendo los puentes de la VPN —dijo el programador en tono metálico, clavando la vista en la mesa y evitando los ojos de su compañera.
Gloria no respondió. Asintió con lentitud, disculpándose con un gesto seco, y retrocedió. Caminó hasta el extremo opuesto del salón, donde Michael apilaba el dinero en efectivo que llevarían al viaje.
La gestora de proyectos se detuvo a su lado, fingiendo comprobar una de las listas de embarque.
—Michael —susurró Gloria, asegurándose de que el ruido de la calle camuflara sus palabras—. Jian está haciendo algo extraño.
El director dejó de contar y la miró de reojo.
—¿Extraño cómo? Ha dicho que blindaría nuestras conexiones.
—He pasado años viendo a técnicos configurar redes, Michael, y eso no es una red privada —replicó ella, con un hilo de voz tenso—. Jian está borrando rastro o blindando carpetas, pero no nos está incluyendo a nosotros. Se está encerrando en su propio sistema y lo hace a escondidas.
Él desvió la mirada disimuladamente hacia el rincón donde el joven seguía tecleando, ahora de espaldas a ellos.
—¿Crees que nos la está jugando? —preguntó Michael.
—A lo mejor estoy paranoica, pero nos ha dicho que nos desconectemos para hacernos invisibles ante RackBlock —respondió Gloria, con la mirada de quien entra en un proceso obsesivo— pero lo que está haciendo ahora mismo no es escondernos a nosotros de ellos. Es esconderse él de nosotros.
La duda se instaló en la mente de Michael como un veneno silencioso. Sus ojos se clavaron en la espalda de Jian, analizando cada uno de sus movimientos, centrando su atención en el hombre que, apenas a dos metros de distancia, terminaba de guardar su equipaje con absoluta tranquilidad.
Él procesó la advertencia de Gloria sin alterar un solo músculo de su cara.
Como antiguo estratega de inversiones, sabía que el pánico era el camino más rápido hacia el desastre.
Si Jian estaba del lado equivocado, enfrentarse a él en aquel momento, sin pruebas concluyentes y a una hora de embarcar, solo conseguiría fracturar al equipo o provocar que destruyera los equipos por completo.
—No le quites el ojo de encima —susurró él, acercándose un paso a la administrativa para que su voz no superara el volumen de un rumor.
— Pero actúa con normalidad. Si Jian está intentando ocultarnos algo, esperaremos a que cometa un error al otro lado del océano.
Ahora mismo, lo único que importa es salir de este país mientras todavía crean que dejarnos sin fondos ha sido suficiente para detenernos, y antes de que el sistema detecte que nuestros teléfonos llevan demasiadas horas inactivos en mi salón y decidan enviar a alguien a comprobarlo.
Michael alzó la voz, rompiendo la quietud del salón.
—Se acabó el tiempo. Coged el equipo.
Uno a uno, fueron depositando sus teléfonos personales sobre la fría superficie de la isla de cuarzo oscuro.
Era un gesto que, en pleno siglo XXI, se sentía como una amputación.
Dejaban atrás sus cuentas bancarias, sus redes sociales, sus contactos, sus correos.
Para aquellos nativos digitales, era sinónimo de dejarlo todo.
Bajaron por el ascensor de servicio hasta el aparcamiento subterráneo, donde dos furgonetas negras con lunas tintadas los esperaban con los motores en marcha.
El trayecto hasta el aeródromo de Teterboro, en Nueva Jersey, transcurrió en un silencio sepulcral.
Nadie miraba por las ventanillas. La paranoia había empezado a hacer efecto, y cada semáforo en rojo o coche patrulla que se cruzaba en su camino parecía una extensión de los ojos de Titan.
Esquivaron las terminales comerciales y accedieron directamente a la pista privada a través de un control perimetral. En la plataforma, iluminado apenas por las luces de balizamiento, aguardaba un reactor Gulfstream G550 sin logotipos corporativos .
Michael se adelantó al grupo en la escalerilla.
Intercambió un par de palabras con el piloto —un hombre de rostro curtido que no hizo preguntas— y le entregó un plan de vuelo registrado bajo el paraguas de una sociedad interpuesta con sede en las Islas Caimán.
Legalmente, la operación figuraba como un traslado corporativo de urgencia para los directivos de una firma de inversión del archipiélago caribeño.
Una tapadera de guante blanco y sin fisuras.
Una vez dentro de la cabina, el equipo ocupó los asientos de cuero. El contraste entre el lujo del jet y la naturaleza de su huida resultaba perturbador.
Jian abrió su portátil de inmediato, aislando su pantalla del resto.
Gloria, sentada dos filas más atrás, cruzó una mirada tensa con Michael, confirmando que la vigilancia interna había comenzado.
Mientras tanto, en el asiento contiguo a la ventanilla, Ahmed se abrochó el cinturón de seguridad con movimientos pausados y cerró los ojos, proyectando la imagen de un hombre agotado por el estrés de las últimas horas.
Los motores Rolls-Royce rugieron, empujando a los pasajeros contra los respaldos. El Gulfstream aceleró por la pista y se elevó, rasgando el cielo nocturno sobre el río Hudson. Abajo, el inmenso mar de luces de Manhattan se mostraba como un espectáculo tintineante.
Julia miró por la ventanilla, observando la ciudad donde dejaban todo.
—Están ciegos, ¿verdad? —le preguntó a Michael en voz baja, refiriéndose a los servidores de RackBlock—. No saben que estamos en este avión, ¿no?.
—Imagino que el algoritmo está rastreando nuestros nombres en bases de datos de aerolíneas comerciales, tarjetas de crédito y peajes —respondió él, mirando la oscuridad del océano que se abría frente a la proa del avión—.
Están buscando a seis investigadores del Gsel.
Pero esas personas se han quedado en Nueva York.
Los que viajan en este avión son fantasmas.
Michael consultó de nuevo el mapa de seguimiento en el monitor integrado de su asiento. La línea de ruta cruzaba el Atlántico Norte en un arco casi perfecto, apuntando directamente hacia un pequeño archipiélago en medio del Atlántico.
Julia miró la oscuridad del océano, preguntándose si realmente era posible.
Si en aquella bahía de Las Palmas, un hombre solo había sido capaz de burlar a gigantes como Edison o Marconi.
Si el taller ciego que Viktor imaginaba no era más que un fantasma o la última pieza de un rompecabezas que llevaba un siglo esperando a ser resuelto.
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