6 El refugio
E l apartamento de Michael Evans en el Upper East Side no parecía el hogar de un investigador.
Ocupaba la planta doce de un edificio discreto, con enormes ventanales que ofrecían una vista espectacular del skyline nocturno de Manhattan.
Sin embargo, el interior era aséptico y minimalista.
Muebles de diseño italiano en tonos oscuros, estanterías con primeras ediciones de economía y física, y una extraña ausencia de fotografías personales.
Era un recordatorio del tiburón que él había sido en Wall Street, un espacio diseñado para dormir, no para vivir.
El equipo fue entrando en silencio, arrastrando maletas de cabina y bolsas de viaje preparadas a toda prisa.
—Dejad vuestros teléfonos personales sobre la isla de la cocina —indicó, cerrando la puerta a sus espaldas—. Se quedarán aquí hasta que volvamos.
Jian sacó de una bolsa tres portátiles de gama alta y seis smartphones recién desembalados que había comprado un rato antes en una tienda de electrónica de la Quinta Avenida a instancias del director.
Un terminal limpio para cada uno. Los alineó sobre la encimera y conectó una memoria USB al primero de ellos.
—No somos espías del MI6, así que olvidad las películas —anunció el programador, tecleando a toda velocidad—.
El anonimato real en la red no consiste en desaparecer, sino en camuflar el rastro bajo capas de ruido.
He configurado una VPN cifrada con protocolos de túnel reforzado; a partir de ahora, todo el tráfico saldrá a través de la red Tor.
—En cristiano, Jian —pidió Gloria, dejando su chaqueta sobre una silla.
—En cristiano significa que, a partir de ahora, usaremos estas máquinas para conectarnos, pero todo nuestro flujo de datos parecerá ruido blanco aleatorio emitido desde docenas de países distintos.
Nada de acceder a los servidores del Gsel.
Nada de entrar a vuestras redes sociales.
Si respetáis eso, seremos un punto ciego para los algoritmos de búsqueda.
Mientras el joven terminaba de configurar los parámetros de seguridad, Julia se apartó del grupo.
Caminó hacia el inmenso ventanal del salón y se quedó observando aquellas maravillosas vistas de Nueva York.
Por primera vez desde que salieron de la biblioteca, sintió el vértigo real de lo que estaban haciendo.
Iban a cruzar el océano huyendo de sus propios jefes y el sistema informático del consorcio financiero más poderoso del mundo les rastreaba.
Sintió unos pasos a su espalda. El reflejo de Evans apareció en el cristal, deteniéndose a su lado. Le tendió un vaso on-the-rocks con dos dedos de whisky.
—Es un lugar muy silencioso para vivir —comentó la ingeniera, aceptando la copa.
—Es un lugar fácil de abandonar —corrigió él. Le dio un sorbo a su bebida, manteniendo la vista al frente—. Cuando pasas diez años liquidando empresas para que otros se hagan ricos, aprendes a no acumular cosas que puedan usar en tu contra.
Julia se giró ligeramente hacia él. La armadura de aquel hombre mostraba una grieta. No era solo el director del laboratorio; era un hombre buscando redención a través de la ciencia, apostando su carrera entera a una sola carta.
—¿Estás seguro de esto, Michael? —le preguntó en tono bajo, asegurándose de que el resto del equipo no pudiera escucharlos—. Estás quemando los barcos. Tu puesto, el prestigio del Gsel... Si nos equivocamos y en esa isla no hay nada, la caída va a ser definitiva.
El director la miró fijamente. No hubo titubeos en su expresión, solo una intensidad que dejaba poco margen a la duda.
—Me importa e intriga la verdad técnica de esta historia Julia. Y si tú, con los esquemas en la mano, me dices que la letra pequeña de este invento puede seguir escondida allí, tu intuición me basta. Confío en tu criterio.
—Siento interrumpir el momento de crisis existencial —resonó la voz de Viktor desde la mesa del comedor—, pero nos estamos equivocando de enfoque completamente.
Ambos se giraron y regresaron junto al resto del equipo. El ingeniero escandinavo había desplegado un mapa topográfico y marítimo del Atlántico Norte en la pantalla de su nuevo portátil.
—¿A qué te refieres? —preguntó Evans, cruzándose de brazos mientras fijaba la vista en la cartografía digital.
El especialista se frotó la barbilla, mirando la pantalla con una mezcla de fascinación y absoluta incredulidad.
—Llevamos horas pensando en Canarias como si fuera un rincón olvidado o el exilio pintoresco de un profesor de provincias.
Yo el primero. Pero estamos midiendo el pasado con nuestra arrogancia del presente —explicó, ampliando la zona del archipiélago y centrando la imagen en el puerto de Las Palmas—.
En 1902, los aviones no cruzaban el Atlántico.
Todo el comercio entre Europa, África y América dependía de los barcos de vapor. Y sus calderas necesitaban carbón .
Viktor señaló la bahía en el mapa digital.
—Ese puerto no era una aldea de pescadores.
Era la gasolinera del Imperio Británico.
El punto estratégico más importante del Atlántico.
Y estaba controlado con mano de hierro por un solo individuo: sir Alfred L.
Jones. Un magnate naviero británico y dueño absoluto de la Grand Canary Coaling Company.
Él controlaba el carbón mundial en esa latitud. Él era la energía.
—De acuerdo, un magnate del carbón gobernaba el puerto —concedió Julia, haciendo una mueca de extrañeza—. ¿Qué tiene que ver con Figuera?
—Que Alfred L. Jones no estaba solo en el archipiélago —sentenció Viktor, levantando la vista hacia sus compañeros—.
Mientras Clemente Figuera intentaba encender su casa con energía libre extraída de la atmósfera, Jones estaba financiando y alojando en esas mismas islas a otro hombre.
Alguien que estaba haciendo pruebas revolucionarias de transmisión inalámbrica y electromagnetismo justo en el mismo momento.
El silencio en el apartamento se volvió absoluto.
—¿Quién? —exigió saber Michael.
—Guglielmo Marconi —respondió el escandinavo, pronunciando el nombre como si fuera el veredicto de un juez—.
El protegido de los grandes banqueros. Aquel que, según todos los registros históricos, utilizó los diseños previos de Nikola Tesla sobre la radio, los patentó antes que él y se llevó el Premio Nobel.
El especialista señaló la pantalla del ordenador.
—Tesla, Figuera, Marconi y el imperio del carbón. Todos coincidieron allí. En el mismo maldito punto del mapa y en el mismo año. Esto no es solo la búsqueda de un generador olvidado Michael. En 1902, Gran Canaria fue la zona cero de todo el avance mundial en energía y comunicaciones.
Las palabras de Viktor quedaron flotando en el aire. De repente, el mapa digital que proyectaba el monitor dejó de ser una simple ruta hacia una isla atlántica para convertirse en el tablero de ajedrez de una guerra tecnológica centenaria.
—¿Guglielmo Marconi? —repitió Julia, procesando el nombre—. El inventor de la radio.
—Oficialmente sí. —confirmó él, con un gesto de escepticismo—.
Pero en los círculos de ingeniería sabemos que la historia real es muy distinta.
Hoy está sobradamente demostrado, e incluso reconocido por la Corte Suprema de los Estados Unidos, que la radio fue un hallazgo de Tesla.
Marconi utilizó diecisiete patentes previas del serbio para lograr sus transmisiones.
Sin embargo, fue el italiano quien se llevó toda la gloria, la fama y el prestigioso galardón sueco.
Y no lo logró por ser mejor científico, sino por tener mejores padrinos.
Tenía un aliado inmensamente poderoso en Estados Unidos: Thomas Alva Edison.
Cuando le pidieron que explicara su invento, simplemente no pudo.
Michael se cruzó de brazos.
—Edison y Tesla eran enemigos acérrimos. La Guerra de las Corrientes.
—Se odiaban a muerte —asintió Viktor, ampliando la imagen del puerto de Las Palmas en la pantalla—.
Cuando Tesla llegó a América, trabajó para el descubridor de la bombilla.
Y Edison lo explotó y lo estafó. Muchos sabemos que no era el genio bondadoso que pintan los libros; era un empresario despiadado, un tiburón que se apropiaba del talento de los inventores que contrataba.
Cuando Tesla se independizó y le humilló demostrando que la corriente alterna era superior, Edison juró destruirlo.
Una de sus armas para hacerlo fue apoyar a Marconi.
Jian se acercó a la mesa, estudiando el cuello de botella que formaba la bahía en el mapa. Acostumbrado a cruzar bases de datos, la coincidencia de todos aquellos nombres en un mismo espacio geográfico le resultó cegadora.
—¿Y qué pintaba Marconi en Canarias? —preguntó el informático.
—Necesitaba realizar pruebas críticas de transmisión inalámbrica a larga distancia para arrebatarle el monopolio a Tesla —explicó el escandinavo—.
¿Y quién le financió la logística, le cedió sus instalaciones y le dio acceso total en el Atlántico medio?
Sir Alfred L. Jones, el magnate británico del carbón.
Gracias a los experimentos que Marconi hizo allí y en otras estaciones, logró el éxito internacional y, pocos años después, el Nobel.
El silencio se hizo sobre el equipo mientras la red de poder se dibujaba ante sus ojos.
—Edison, Marconi y el Imperio Británico operando en la misma isla... —murmuró Jian—. Un auténtico nido de espías industriales. Y justo en ese mismo momento, a pocos kilómetros del puerto, Clemente Figuera estaba encendiendo su casa con energía libre.
Julia comprendió al instante la jugada maestra del inventor español.