5 Intervención #3
Sin embargo, justo antes de que la conexión se cortara por completo, el sistema logró aislar una cadena de texto en la firma del cortafuegos enemigo. Jian la amplió en el centro del monitor.
Solo decía estas palabras: TITAN_CORE_NODE.
—¿Titan? —leyó Julia en voz alta—. ¿Qué clase de hacker firma con un nombre así?
Ahmed, que se había mantenido en silencio al fondo de la sala, dio un paso al frente.
—No es un hacker, Julia —aclaró el matemático. Su voz sonaba anormalmente frágil—. Es un fantasma algorítmico.
Michael giró la cabeza hacia él.
—Explícate.
—Titan son las siglas de Total Investment Tracking and Analysis Network —recitó de memoria, tragando saliva—.
Es el cerebro digital de RackBlock, y los fondos de inversión más grandes del planeta.
Una inteligencia artificial predictiva diseñada para evaluar riesgos en los mercados.
Gestiona más de veinte billones de dólares diarios.
Lo ve todo. Monitorea noticias, patentes, fluctuaciones geopolíticas...
y por lo visto, también comunicaciones privadas.
La magnitud de la amenaza paralizó a Viktor.
—¿Nos estás diciendo que el sistema financiero global nos acaba de bloquear las cuentas automáticamente por buscar una patente de hace un siglo? —preguntó el ingeniero, elevando el tono.
—No automáticamente —le corrigió Michael—.
Un algoritmo no paraliza una cuenta del Gsel por iniciativa propia.
Titan detectó la anomalía, sí. Pero la orden de llamar al banco y asfixiarnos económicamente tuvo que darla un ser humano.
Alguien en la cúspide de ese consorcio recibió la alerta y no le ha gustado nada.
Solo se escuchaba el sonido de los ventiladores de los servidores. Habían tocado algo en el núcleo del sistema, y este les había devuelto el golpe cortándoles el oxígeno al instante.
—Estamos vendidos —resumió Viktor, cruzándose de brazos con pesadumbre—. Sin las cuentas del Gsel, no podemos mover a un equipo a nivel internacional. No hay billetes de avión, no hay hoteles, no hay presupuesto para material de campo. Nos han encerrado en nuestra propia pecera.
Gloria asintió, derrotada
—Pues no entiendo que hay de malo en que vayamos a Canarias y averigüemos algo, siempre que estemos dentro de nuestro presupuesto. Aquí pasa algo que se me escapa por completo, pero no me gusta.
El director escuchaba a su equipo con la mirada fija en el monitor apagado de su ordenador, que solo le devolvía su propio reflejo.
Había pasado los últimos años construyendo esa fachada, convencido de que dedicarse a la ciencia podía mantenerle al margen de la codicia corporativa. Había sido un ingenuo.
Sin decir una palabra, volvió a abrocharse el primer botón del cuello de la camisa, sacó un cuaderno negro del bolsillo interior de su mochila de trabajo y lo dejó caer sobre el escritorio.
Julia observó el gesto, extrañada.
—¿Qué vas a hacer, Michael?
Él no respondió de inmediato. Pasó varias páginas hasta detenerse en una hoja llena de números de teléfono anotados a bolígrafo, sin nombres ni referencias adjuntas.
—Antes de dirigir este laboratorio, yo no me dedicaba a la ciencia —comenzó Evans con un tono casi plano, desprovisto de cualquier orgullo—.
Pasé diez años en Wall Street. Fui lo que la prensa llama un «tiburón de Wall Street».
Mi trabajo consistía en estructurar operaciones de alto riesgo y prever movimientos de mercado para fondos privados.
Jian levantó una ceja, genuinamente sorprendido por la confesión, pero guardó silencio.
—Hice asquerosamente ricas a personas que ya tenían demasiado poder —continuó el director, alzando por fin la vista hacia ellos—.
Cuando me asqueé de aquel mundo y decidí salir para venir al Gsel, dejé sobre la mesa bonos millonarios y muchos favores sin cobrar.
Nunca quise pedirles nada en todos estos años.
Prometí no volver a mezclarme con ese ecosistema porque es tóxico, implacable y no deja prisioneros.
Arrancó la hoja del cuaderno con un tirón seco.
—Pero quien quiera que esté detrás de nuestro bloqueo financiero, está usando herramientas muy poderosas, y vamos a tener que utilizar su mismo idioma.
Julia dio un paso hacia él, preocupada.
—Si llamas a tus antiguos contactos, te pondrás en el radar de esa gente. Volverás a deberles algo.
—No voy a pedir una transferencia bancaria—sentenció con frialdad—. Voy a pedir efectivo. Cajas opacas. Y si de paso nos prestan un jet privado que no deje demasiada huella, pues genial. Algo que nos saque de Nueva York esta misma madrugada y que todo resulte muy discreto.
Michael se acercó al panel de emergencias del laboratorio y descolgó el auricular del teléfono rojo de línea analógica, el único del edificio que no pasaba por el enrutador digital del Gsel. Marcó una larga secuencia numérica.
Antes de que el tono de llamada empezara a sonar, tapó el micrófono con la mano y miró a su equipo con determinación.
—Id a casa y preparad todo lo que podáis. Mantened los teléfonos apagados y guardadlos; no los dejaremos aquí. Los llevaremos a mi apartamento para usarlos como señuelo. Ya compraremos otros dispositivos seguros para el viaje. Nos vamos a Canarias.