El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida 5 Intervención #2
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5 Intervención #2

—No tengo el nombre. Es una orden ejecutada a través de un fideicomiso ciego —se disculpó la interventora—. El director de operaciones e innovación ha sido notificado. Lo siento Michael. No puedo autorizar ni la compra de un bolígrafo hasta que se levante el bloqueo.

Evans colgó el teléfono de un golpe seco, cruzó el laboratorio a zancadas largas y salió al pasillo principal ante las miradas atónitas de Julia y el resto del equipo.

Caminó directamente hacia el ala ejecutiva y empujó la puerta del despacho de Richard Herson, el director de operaciones del instituto, sin molestarse en llamar.

A través de las paredes de cristal insonorizado que daban al pasillo, el equipo del Gsel pudo ver cómo su jefe se apoyaba sobre la mesa de Herson.

Aunque no podían escuchar las palabras, el lenguaje corporal era demoledor.

Richard, un burócrata de traje impecable experto en navegar entre las presiones de los donantes y los científicos, mantenía una postura defensiva, negando con la cabeza.

Evans apuntaba con el dedo al escritorio, iracundo, como exigiendo respuestas .

La discusión duró apenas tres minutos. Terminó cuando se apartó bruscamente, dio media vuelta y salió del despacho pegando un portazo que hizo temblar el marco de aluminio.

Regresó al laboratorio visiblemente acelerado. Se detuvo en mitad de la sala y se desabrochó el botón superior de la camisa; el aire parecía haberse vuelto demasiado denso. Julia se acercó a él, bajando el tono de voz para intentar apaciguar el ambiente.

—Michael, tranquilo. Es solo burocracia corporativa —le consoló, asumiendo que el problema era el habitual choque con los de administración—.

He pasado por docenas de auditorías preventivas en otros proyectos.

Nos pedirán unos cuantos informes, justificaremos las horas y en un par de semanas liberarán los fondos.

Podemos retrasar el viaje mientras tanto.

Él la miró fijamente. Sus ojos reflejaban una mezcla de rabia y una inquietud profunda que Julia no le había visto jamás.

—No es burocracia, Julia. Esto es otra cosa —sentenció Evans, con la voz grave y rasposa—. Herson me ha ordenado pararlo todo. Me ha presionado para que abandonemos «esta nueva forma de proceder» y que nos dejemos de fantasías.

—Bueno, no les gusta que improvisemos salidas fuera del país sin un plan de...

—Me ha dicho, textualmente —la interrumpió el director, marcando cada palabra con una lentitud aterradora—: «¿Qué es eso de salir a recorrer medio mundo hasta las Islas Canarias, para buscar a un viejo inventor que nadie conoce?

Centraos en una actividad de I+D ordinaria y dejad los viajes para la puesta en marcha final, como se ha hecho siempre».

Jian se encogió de hombros, sin apartar las manos del teclado.

—Bueno, es lógico que se altere, Michael —comentó el programador, con pragmatismo—. Presentarse en operaciones y decirle que el gran proyecto del Gsel ahora consiste en perseguir fantasmas de 1902 por unas islas atlánticas no suena muy corporativo. Te habrá pedido más documentación.

Julia asintió, intentando buscar una solución práctica.

—Podemos redactar un memorándum técnico mañana mismo. Lo disfrazamos de «estudio de viabilidad de campo electromagnético local». ¿Crees que nos darán luz verde si lo enfocamos así?

Él negó lentamente con la cabeza.

—No lo entendéis —respondió bajando la voz mientras cruzaba los brazos, como quien se sujeta a sí mismo para contenerse—. Yo no le he mencionado las Canarias a Herson. En mi solicitud de fondos solo escribí «viaje a Europa para validación de campo». Ni una palabra más.

Todos callaron asimilando aquello. Las pulsaciones de Jian se detuvieron en seco. Viktor se quitó las gafas lentamente, intentando comprender la situación.

Julia se quedó petrificada.

—Michael... —murmuró la ingeniera—. Acabamos de decidir lo de viajar hace menos de una hora. Aquí dentro. Yo no he escrito nada en ningún informe.

—Lo sé —respondió él, paseando la mirada por cada uno de los miembros de su equipo—.

Nadie en operaciones sabía lo de Canarias.

Nadie sabía que buscábamos a un inventor olvidado.

Milagrosamente, y de manera inmediata, toda esta información ha salido de aquí y de forma fulminante, alguien de muy arriba ha tirado de la correa financiera para asfixiarnos antes de que cojamos el avión.

Evans se giró hacia Jian, el programador, y su sentencia fue tajante.

—Alguien sabe exactamente lo que buscamos. Nos están escuchando. Teléfonos sobre la mesa. ¡Ahora!

Michael no levantó la voz, pero la urgencia de su tono no dejaba margen a dudas. Cinco terminales móviles aterrizaron casi al unísono sobre la superficie de trabajo.

—Apagadlos —ordenó, sacando el suyo propio del bolsillo y manteniendo pulsado el botón de bloqueo hasta que la pantalla se fundió a negro—. Alguien nos lleva ventaja y necesitamos saber por dónde ha entrado. Revisad los accesos a la nube, los registros del servidor... todo.

Jian arrastró su silla de ruedas hasta el panel principal de servidores y conectó su portátil directamente mediante un cable de fibra. Sus dedos empezaron a teclear frenéticamente, lanzando secuencias de código en un terminal de fondo negro.

—Nuestros cortafuegos están intactos —informó el programador apenas un minuto después, con los ojos clavados en las líneas de código verdes que desfilaban a velocidad de vértigo—.

Nadie ha forzado la entrada a la red del Gsel.

Si hay una filtración, el fallo es humano. Hemos expuesto el dato nosotros mismos.

Gloria se detuvo en mitad de la sala, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. Se llevó una mano a la boca y sus ojos se abrieron de par en par.

—Fui yo —murmuró.

Todas las miradas convergieron en ella.

—En la biblioteca —continuó la administrativa, acercándose al escritorio de Michael—. Cuando fotografié la carta de Tesla y los recortes de prensa sobre Figuera. Usé la aplicación de escaneo del móvil para limpiar la imagen antes de subirla al servidor corporativo.

Jian detuvo sus manos sobre el teclado .

—Gloria... ¿la aplicación tiene activado el reconocimiento óptico de caracteres por defecto?

—El OCR, sí. Convierte la foto en texto editable automáticamente para facilitar la búsqueda.

—Maldita sea —siseó el informático, girándose de nuevo hacia sus monitores—. Dame la hora exacta de la subida.

—A las once y catorce de la mañana.

El programador introdujo los parámetros temporales en el rastreador del sistema. Aislar el paquete de datos le llevó menos de diez segundos.

—Aquí está —anunció, señalando un pico de actividad en la gráfica de tráfico—.

El archivo salió de la IP pública del edificio Schwarzman y entró en nuestro servidor encriptado.

Pero hay una brecha temporal. Durante seis milisegundos, el texto extraído por el OCR de tu teléfono viajó en abierto antes de que el túnel de seguridad del Gsel lo encapsulara.

—Seis milisegundos es la nada absoluta —rebatió Viktor incrédulo.

—Para un humano, sí. Para un algoritmo de alta frecuencia, es una eternidad —sentenció el programador—.

Fijaos en la secuencia: Gloria sube el archivo a las 11:14:02.

El sistema detecta las palabras clave, localiza nuestros fondos y lanza la orden de bloqueo.

A las 11:14:05, el banco ejecuta la orden.

Tres segundos, Michael. Eso es lo que hemos tardado en pasar de tener presupuesto a estar en la indigencia técnica.

—¿Puedes identificar quién lanzó el rastreo? —preguntó Michael, situándose a la espalda del programador.

Jian ejecutó un comando de rastreo inverso, intentando seguir el hilo del atacante a través de decenas de servidores globales.

La pantalla parpadeó. Cientos de conexiones falsas, rebotadores en paraísos fiscales y servidores proxy empezaron a colapsar el sistema de Jian.

Quienquiera que fuera, operaba detrás de un muro de seguridad casi militar.