4 Tesla-Figuera
E l regreso a las instalaciones del Gsel transcurrió en silencio. Nadie habló durante el trayecto pensando aún en las posibilidades de aquel descubrimiento que acababan de extraer de las entrañas de la biblioteca.
En cuanto las puertas de seguridad del laboratorio se cerraron a sus espaldas, la cautela dio paso a una actividad frenética.
Julia conectó su terminal a la pantalla principal de la sala de reuniones.
El escaneo que Gloria había tomado furtivamente apareció en gran tamaño, iluminando la estancia con la caligrafía original de Nikola Tesla.
Michael dejó su chaqueta sobre el respaldo de una silla y caminó en torno a la mesa de cristal.
—Se acabó el buscar inspiración en teorías muertas —anunció, con la voz baja y cortante—.
Tenemos un objetivo físico y real. Si Tesla no lo trató como a un charlatán, sino como a alguien que se le había adelantado, es porque este hombre tenía algo.
Quiero saber quién era Clemente Figuera.
Su vida, su formación, su trabajo. Todo.
El sonido de los teclados inundó la sala al instante. El equipo se sumergió en aquella cacería digital a través de hemerotecas, bases de datos históricas y archivos de la administración del siglo XIX.
Fue Gloria quien levantó la vista primero, cambiando repentinamente su expresión ante los datos de su monitor.
—Clemente Figuera y Ustáriz —leyó en voz alta—.
A efectos oficiales de la época, consta como nacido en Madrid el 19 de diciembre de 1848.
Pero hay una anomalía en el registro civil original.
Su llegada al mundo no se produjo en la capital sino en alta mar, a bordo de un barco procedente de algún lugar de Hispanoamérica.
Las leyes de la época obligaban a inscribir esos nacimientos marítimos directamente en los registros de Madrid al llegar a la Península.
—Un origen fantasma —murmuró Ahmed—. Veamos su trayectoria. Ingresó en la Escuela Especial de Ingenieros y se graduó en 1867 con solo diecinueve años, fue el cuarto de su promoción. Terminó siendo inspector general de primera clase. Era un alto funcionario del Estado. Un hombre del sistema.
Viktor, que observaba la imagen proyectada con los brazos cruzados, ladeó la cabeza.
—¿Ingeniero de qué especialidad? —preguntó.
—Ingeniero de Montes —respondió Jian, leyendo otro documento gubernamental—. Trabajó en los distritos forestales de Toledo, Salamanca y Málaga antes de ser destinado a las Islas Canarias en 1877.
Viktor resopló, escéptico.
—Ya sé que los ingenieros forestales eran la élite de la época, pero ¿saltando de los bosques a la generación de energía? No encaja.
—Sí encaja —le interrumpió Julia, enviando un nuevo bloque de información al monitor central—.
No se limitaba a la gestión forestal. Durante sus años en Gran Canaria, se integró en la flor y nata intelectual de la isla.
Fue profesor de física en el prestigioso Colegio de San Agustín.
Era un científico obsesionado con la atmósfera y el electromagnetismo.
El especialista escandinavo se frotó la barbilla, asimilando el perfil técnico del inventor.
—De acuerdo, tenía la base teórica —concedió Viktor—.
Pero hay un detalle importante en el derecho de patentes de 1900 que la gente de hoy olvida.
A principios del siglo XX, en España, no podías presentarte en un registro con una simple idea teórica o un esquema dibujado en una servilleta.
La ley exigía una prueba física. Si querías patentar algo, y mucho más si pretendías vendérselo a un inversor, tenías que poner la máquina sobre una mesa y demostrar que funcionaba.
Si Figuera patentó esto, tuvo que construirla.
Jian, que llevaba un rato ejecutando un algoritmo de búsqueda por palabras clave en los diarios insulares digitalizados, detuvo el rastreo de golpe.
—Viktor tiene razón. La construyó. Y no solo eso. Viajó con ella.
El programador proyectó un recorte del Diario de Tenerife , fechado el 20 de mayo de 1902. Era una carta enviada a la prensa por el propio inventor. Jian resaltó el último párrafo para que todos pudieran leerlo con claridad.
—«Ultimo la construcción de las máquinas definitivas, para exhibirlas yo mismo en París y en Berlín, a donde iré en breve para constituir el sindicato de explotación».
—¿Llegó a salir de las islas con el dispositivo? —preguntó Michael, sin apartar los ojos de la cita.
—Sí —confirmó Ahmed, abriendo otro archivo con fecha de agosto de 1902—. El periódico El Guadalete de Cádiz publicó una nota confirmando su llegada a la península: «Procedente de Canarias, y de paso para Bélgica, ha arribado a Cádiz el ilustre ingeniero D. Clemente Figuera».
El silencio regresó a la sala del Gsel, pero esta vez era abrumador, cargado de una realidad insoslayable.
Clemente Figuera no era un charlatán que vendía humo por correspondencia.
Era un alto cargo del Gobierno, un experto en la materia que había construido físicamente un generador capaz de asombrar a Nikola Tesla, y lo había embarcado rumbo a los centros de poder financiero de Europa para demostrarlo en persona.