3 Ecos en la biblioteca #2
—Esperad. Esto es raro —dijo, acercando el papel a la luz del flexo.
Separó con cuidado el recorte y lo dejó sobre la mesa y desdobló la carta que lo acompañaba.
Estaba escrita con membrete del hotel Waldorf Astoria, fechada el 10 de junio de 1902, un día después de la publicación de la noticia.
Era de puño y letra del propio Tesla, dirigida a su amigo Johnson.
Empezó a leer en silencio, descifrando la inclinada caligrafía del inventor.
Al llegar al segundo folio, sus ojos se abrieron ligeramente.
—Chicos... —susurró, rompiendo el silencio de la sala—. Tenéis que escuchar lo que Tesla le escribió a su amigo.
Viktor ajustó sus gafas. Michael se apoyó en el borde de la mesa prestando atención.
—¿Qué dice exactamente? —preguntó Gloria en un murmullo apenas audible.
Julia tragó saliva, sin apartar los ojos del papel, y fue leyendo en voz alta, palabra por palabra:
—«Querido Luka. El invento parece haber sido sugerido por mi artículo, el cual te ha dado grandes problemas a ti e infinitamente más a mí».
Hizo una pausa para pasar a la siguiente página.
—«Busca la página 200 del Century , particularmente donde me refiero a hechos novedosos.
No es probable que el informe sea cierto, pero es singular que yo también haya encontrado una solución que he estado siguiendo desde hace mucho tiempo y que promete mucho.
Estuve a punto de revelar mi método en el artículo, pero me presionaste tanto que no me quedó energía para hacerlo.
Ahora me alegro. Las condiciones en los picos de Canarias son ideales para el éxito de los métodos que contemplo emplear para obtener un suministro constante de pequeñas cantidades de energía» .
Julia dejó la carta sobre la mesa.
—¿De qué invento habla? —preguntó Gloria.
—Del que aparece en este artículo —contestó ella, mostrando un recorte de prensa deteriorado y que casi mostraba un color ocre por envejecimiento, una columna estrecha coronada por una breve anotación manuscrita: "Herald June 9, 1902".
—Os leo —dijo, captando la atención de todos —«Científico declara que puede aplicar corriente atmosférica sin fuerza motriz. Fue un descubrimiento sencillo».
—¿Un descubrimiento sencillo generar electricidad sin fuerza motriz? — la interrumpió Viktor.
—Deja que termine —sentenció ella con tono serio mientras él hacía un gesto de disculpa con las manos.
—«Una afirmación de lo más notable, cuya veracidad es demasiado pronto para poner a prueba, según dice un despacho por cable publicado por el Daily Mail de su corresponsal, ha sido realizada por el señor Clemente Figueras, Ingeniero de Montes y Bosques en las Islas Canarias, y durante muchos años profesor de física en el Colegio San Agustín en Las Palmas.
Parece que durante mucho tiempo ha estado trabajando en silencio en un método para utilizar directamente la electricidad atmosférica, es decir, sin productos químicos ni dinamos y haciendo una aplicación práctica de ello sin la necesidad de emplear ninguna fuerza motriz.
Afirma, sin embargo, que ha inventado un generador mediante el cual puede recolectar fluido eléctrico, para así poder almacenarlo y aplicarlo a infinitos propósitos en conexión con talleres, ferrocarriles y fábricas y que obtiene una corriente de 550 voltios, la cual utiliza en su propia casa para fines de iluminación y para accionar un motor de veinte caballos de fuerza».
—Pero eso es imposible — exclamó Jian.
—Es muy extraño — intervino Viktor—. Tesla no se ríe de la noticia de Figuera, al contrario, afirma que él también había llegado a la misma solución. Y admite que decidió no publicarlo. Y el genio no se tiraba faroles.
Michael miró el recorte de prensa amarillento y luego a Julia. La expresión de su rostro había cambiado.
—Vinimos buscando inspiración y va a resultar que nos llevamos una idea que no conocíamos y que parece plausible que existiera —dijo, bajando el tono de voz al mínimo indispensable—.
Si Figuera construyó esa máquina y Tesla tenía la misma solución sería una verificación por el método científico.
La prensa deja claro que su corresponsal había verificado que la tecnología existía. No es teoría.
—Es una respuesta física. Un dispositivo real —corroboró Julia, sintiendo un leve temblor en los dedos mientras volvía a colocar los guantes sobre el papel—. Y ambos coincidieron en el tiempo. Alguien llegó a la meta.
Michael asintió levemente.
—Necesitamos copias de todo esto. Ahora.
Viktor, recuperando su habitual escepticismo de ingeniero, se frotó la barbilla y negó levemente con la cabeza.
—No nos volvamos locos todavía, Michael —advirtió, señalando el recorte de prensa amarillento—.
La transición al siglo XX estuvo plagada de charlatanes.
Vendedores de humo que afirmaban haber inventado máquinas de movimiento perpetuo para estafar a inversores ingenuos.
A lo mejor este Figuera solo era uno más, un embaucador de provincias, y Tesla simplemente anotó la noticia por curiosidad o por miedo a que un estafador le robara protagonismo en los diarios de la época.
No demos por hecho que la máquina era real.
—Tal vez —concedió Evans, con la mirada clavada en los viejos papeles—. Pero no perdemos nada por averiguar algo más al respecto.
Michael levantó la vista hacia el mostrador acristalado. El conservador jefe los observaba de reojo, celoso de su archivo. El protocolo de la biblioteca prohibía estrictamente la reproducción digital del material de nivel 1 sin formularios previos y semanas de espera. No tenían tanto tiempo .
Se puso en pie y se ajustó la chaqueta.
—Voy a hacerle una consulta técnica sobre la transferencia de fondos a la Universidad de Columbia —murmuró sin mirar a nadie en particular—. Gloria, asegúrate de que quede un registro exacto de lo que hemos visto.
Gloria captó la orden al vuelo. Esperó a que Michael cruzara la sala y se apoyara en el mostrador, bloqueando físicamente el ángulo de visión del conservador con su envergadura.
Con apenas un gesto, sacó su teléfono del bolsillo.
Comprobó que el terminal estaba en modo silencio y el flash desactivado.
Se inclinó sobre la mesa, abrió una aplicación de escaneo y encuadró la carta manuscrita de Tesla y el recorte del Herald .
Capturó los documentos en un par de segundos y subió los archivos directamente al servidor corporativo del Gsel.
El reconocimiento óptico de caracteres procesó la tinta desvaída al instante. Un paquete de datos pesado y silencioso abandonó el Edificio Schwarzman, viajando a través de las redes de fibra óptica de la ciudad para saltar a la red.
Gloria guardó el teléfono y asintió levemente, mirando hacia Julia. No habían dejado rastro físico, ajenas por completo al detonante digital que acababan de activar .
A seis mil kilómetros de allí, en las afueras de Ginebra, el silencio de los Alpes suizos contrastaba con el molesto sonido de los servidores del centro de datos de RackBlock.
En la sala de control del nivel 4, una gigantesca pantalla curva mostraba un mapamundi surcado por miles de líneas de flujo financiero.
Allí operaba Titan, el algoritmo predictivo más potente del planeta, diseñado para gestionar activos, anticipar colapsos de mercado y, por encima de todo, proteger la hegemonía del consorcio.
De repente, una minúscula línea de código en el panel lateral pasó de azul a un rojo intermitente.
El operador de guardia frunció el ceño y dejó su taza de café sobre la mesa.
Tecleó una serie de comandos rápidos para aislar la anomalía.
No era un ataque cibernético ni una fluctuación imprevista de la bolsa asiática.
Había saltado una alarma semántica, una directiva de contención incrustada en el código base del sistema desde hacía décadas.
El joven leyó los parámetros. Un escaneo rutinario de la red global había detectado la digitalización reciente de texto específico.
El origen de la transmisión era una IP pública de Manhattan, enrutada hacia un servidor privado.
Las palabras clave interceptadas por el lector óptico parpadeaban con frialdad en el monitor: «Clemente Figuera», «generador», «fuerza de la atmósfera» .
Tragó saliva. Sabía que aquel tipo de alertas no pasaban por la cadena de mando habitual. Iban directas a la cúspide de la pirámide. Pulsó el intercomunicador rojo, una línea de audio encriptada punto a punto.
—Señor Swartz —dijo el operador, esforzándose por mantener la voz firme—. El algoritmo acaba de detectar una coincidencia crítica en la red. Alguien en Nueva York está desenterrando los documentos de Canarias y los acaba de digitalizar.
Al otro lado, solo se escuchó el leve sonido del hielo al chocar contra un vaso de cristal.
—Aísle la IP —respondió la voz metálica y calmada de Karl Swartz—. Averigüe qué nombres hay detrás de ese servidor. Y active a Titan Security. El periodo de gracia ha terminado .