1 El despertar
—Tanta acera y tan poco espacio para bicicletas—refunfuñaba.
Sus pasos resonaban con un eco delator por todas partes durante su frenética carrera por los interminables pasillos.
Sentía el corazón latiéndole en la garganta, angustiada porque aquella era la oportunidad que llevaba tanto tiempo esperando y su impuntualidad amenazaba con arruinar su primera impresión.
Se detuvo un segundo frente a la puerta abierta de la sala de reuniones para intentar calmar su respiración, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
La sala no era más que una «U» de mesas orientada hacia una pizarra que hacía las veces de pantalla proyectora.
En la pizarra se podía leer “MICHAEL EVANS, DIRECTOR” escrito con rotulador azul.
A su lado paseaba un hombre alto, de pelo castaño, que parecía peinado por el simple efecto de la gravedad.
Vestía una chaqueta a cuadros que sin duda perteneció a alguien más alto en algún momento, un accesorio que parecía haberse puesto sin importar el color del resto de su ropa.
Con una voz grave y agradable, casi de locutor de radio, se dirigía con tono amable a su audiencia.
—Están aquí para dar de beber a quien tiene sed, para dar energía a quien la necesita, para calcular cuando es el momento idóneo para la cosecha.
Pero no estarán aquí cuando comprueben sus resultados, estas oficinas solo son un espacio temporal, un lugar para preparar las mejoras en las vidas de muchos; no le cojan cariño, nada de lo que ven en estas paredes, nada de lo que desarrollen aquí, de lo que programen aquí tiene ningún valor.
Se enfrentarán al objetivo último y beneficiarios de su trabajo de la mejor forma que existe, mirándoles a los ojos, bebiendo el agua que ustedes les facilitarán, comiendo lo mucho o poco que puedan producir con su ayuda, y sufriendo lo que ellos sufran.
Este es el camino para que se hagan ustedes ricos—hizo una pausa ante el silencio abrumador del grupo y sus miradas de sorpresa—…
ricos en humanidad—culminó. Quedaba claro que no se trataba de un grupo de investigación al uso de la prestigiosa Universidad de Columbia.
Julia empujó la puerta y entró apresuradamente.
—Perdón—se disculpó intentando encontrar un asiento libre. Acertó a sentarse junto a un joven de rasgos asiáticos y, mientras buscaba en su bolso la Tablet con la que tomar notas, miró al hemiciclo y se percató de la extensa muestra multirracial que componía aquel grupo.
—Julia Gayda, supongo—espetó el director, interrumpiendo su alocución y dirigiendo una interrogante mirada a la joven.
—Nunca he creído en la puntualidad cómo una imposición—continuó—de hecho, puede ser parte característica de un ser especial; así pues, creo que ya tenemos a nuestra nueva coordinadora del grupo de nuevos desarrollos.
Se hizo un silencio incómodo en la sala y ella, boquiabierta, no entendía nada.
Cada 2 años el Gsel lanzaba un nuevo proyecto innovador que debía tener, cómo todos sus proyectos, una aplicación práctica que supusiese una mejora sustancial de la calidad de vida de una población determinada del planeta.
El éxito de programas anteriores había llevado a Gsel ante la responsabilidad de presentar “Global-Millennium Idea”, auspiciada por la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos y la compañía de Carolina del Norte “CountCorp Energy”, un holding eléctrico con presencia en medio mundo, y que ya había colaborado en proyectos humanitarios para prestar soporte eléctrico a estaciones de bombeo de agua potable en África.
—Perdone, director, no entiendo nada—dijo Julia, incorporándose sobre su silla.
—Por favor, llámeme Michael—contestó el director ante una sala perpleja.
—Va a ser usted responsable de la coordinación del proyecto “Global-Millennium Idea”, así de simple—aseveró Evans esbozando una sonrisa mientras se daba la vuelta de cara a la pizarra, cómo si aquel acto no tuviera importancia alguna .
—Vamos a salvar al mundo, Señora Gayda, y usted coordinará ese maravilloso evento.
La joven, sin poder articular palabra, miró entonces al resto de la sala, como quien busca una ayuda que no llegaba.
Su pelo, alborotado por la carrera en bicicleta e iluminado por un sutil balayage, su atuendo invernal —un estilo moderno pero sobrio, dominado por un abrigo de paño estructurado de líneas limpias— y su cuidado maquillaje, escondían una mente privilegiada que había sabido salir adelante a pesar de una situación económica familiar de enormes limitaciones.
A diferencia de la mayoría de sus antiguos compañeros de Universidad, ella había tenido que recurrir al programa social de la Universidad de Columbia para poder cursar unos estudios que, de otra manera, le hubieran resultado inaccesibles.
Su capacidad de lógica, su don natural para casi cualquier ingeniería y sus notas habían hecho de ella una egresada sobresaliente a quien sus profesores vaticinaban un futuro prometedor en cualquier rama.
Ella, sin embargo, no se imaginaba trabajando en una gran compañía eléctrica ni en lo que ahora se denominaba el mundo de las “app”.
Supo, desde siempre, que su meta sería poder ayudar a los demás; crear, diseñar, desarrollar algo que ayudara a quienes no tienen nada, posiblemente por ver su propio reflejo en ellos .
Julia tardó en asimilarlo, y le costaba ordenar ideas, pero sabía que aquel era el proyecto de su vida, su gran paso para lograr su sueño. Pero ¿por qué a ella?, ¿Por qué el primer día?, ¿Qué estaba pasando?, era incapaz de entender nada.
Michael Evans continuó, aprovechando el estado de shock de Julia, pero, al mismo tiempo, dando una explicación a aquella escena.
—Antes de que la señora Gayda llegase, les decía que este año contamos con el doble de fondos para la realización de este nuevo proyecto y es gracias, entre otras cosas, al gran trabajo realizado por el grupo del bienio anterior.
Y, precisamente, es ese éxito el que ha permitido que ustedes estén hoy aquí, y el grupo del 2024 continúe en África asándose al sol.
—Los asistentes rieron—. Sería maravilloso perderles a ustedes de vista dentro de 2 años, puesto que eso supondría que han triunfado, bueno —balbuceó—, hemos triunfado, aunque en mi caso desde el frescor del aire acondicionado de estas oficinas.
Volvieron a reír.
—Antes de que nuestra compañera y flamante coordinadora —puntualizó, haciendo un gesto con la mano, como quien subraya una frase en el aire— nos interrumpiera, les decía que en la evaluación de los trabajos que todos ustedes han tenido que presentar para estar hoy aquí, he apreciado, incluso agradecido —se interrumpió para exagerar un gesto de contrariedad—, que todos hayan centrado sus esfuerzos en el desarrollo de aplicaciones informáticas de consumo —matizó pronunciando cada fonema con cierta sorna— y que todas ellas fueran una maravilla técnica para su uso en sistemas de aprovechamiento y eficiencia energética.
Pero —alargó la palabra y el silencio posterior— había un trabajo entre todos que marcaba una diferencia, no tanto cualitativa como innovadora, precisamente por su regreso a lo básico.
Comenzó a dar vueltas frente a la pizarra, mirando al suelo y al techo alternativamente.
—La idea fundamental reflejada en ese trabajo en cuestión nos ofrece un viejo punto de vista y, sí, dije viejo, porque nos acerca a la fabricación, a los desarrollos básicos ante un mar de apps —volvió a remarcar— que hacen más eficiente todo, pero no fabrican nada —concluyó.
»Así pues, la señora Julia Gayda presentó un trabajo denominado «Actualizando a Nikola Tesla» y, claro, despertó mi curiosidad.
Ha actualizado usted la válvula de Tesla —dijo dirigiéndose a ella, pero continuando su explicación al resto del grupo—.
Esta válvula permite que un líquido solo siga una dirección, evitando que retorne por la misma vía y sin la necesidad de utilizar esas engorrosas válvulas con partes móviles que tanto se estropean en nuestras plantas potabilizadoras y en la conducción del agua.
Brillante —sentenció mirándola a los ojos—.
Va a ahorrar mucho dinero a nuestros equipos desplazados.
»En fin, no quiero minimizar el esfuerzo de todos ustedes, pero sí quiero dar mi voto de confianza en la designación de la coordinación del grupo a quien se ha decantado por la inventiva física y tangible, frente al desarrollo de aplicaciones.
Poco a poco había ido bajando el tono y el volumen de su alocución. Quería poner en valor el trabajo del resto de partícipes, a sabiendas de la importancia que todos ellos tenían para el buen fin del proyecto.
—Todas las aportaciones realizadas van a salvar vidas.
Todas y cada una de las horas de trabajo que dediquen a este proyecto tendrán recompensa.
Pero no serán ustedes los destinatarios de esa recompensa, sino miles de personas que lo necesitan mucho más que nosotros.
Y eso, queridos compañeros, es simplemente maravilloso.
»Bien, a continuación, nombraré al resto del equipo de Global-Millennium Idea: Jian Chen, Ahmed Zayd, Viktor Jan Amundsen, Gloria Abad, coordinados por Julia Gayda.
El resto, por favor, sigan a nuestro responsable de ingeniería de sistemas, Jack Fraser —dijo levantando el brazo y señalando a la puerta, donde esperaba un joven que no pasaba de la treintena y cuya cara aniñada le confería un aire aún más juvenil.