El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida PRÓLOGO
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El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida

El protocolo Figuera: Nikola Tesla y la patente prohibida

Por Zacarias Medina

© inepub.com

PRÓLOGO

​ Aquel frío cuarto, casi en penumbra, no parecía un lugar de gran trascendencia. Clemente Figuera, abatido sobre el sillón, miraba la vieja estufa de metal, como quien observa pasar su vida entera, y, tal vez, así fuera.

​ El prestigioso ingeniero e inventor, solo escuchaba a aquel extraño hombre frente a él, incapaz de articular palabra, incapaz de mirarle, sabedor de cómo terminaría aquello.

El chasquido de cada lámina de madera del añoso parqué, le advertía de sus movimientos, lentos y repetitivos por aquella estancia; pero ya no había salida, ya nada importaba.

Era el momento de la rendición, de asumir el inexorable resultado de los acontecimientos que le había llevado a aquel instante final.

—Hemos sido muy pacientes con usted, Profesor—resonó la voz del hombre a pocos pasos de él, con fuerte acento alemán.

Clemente acertó, al fin, a mirar a quien había esperado durante años y al que, ahora, le ponía rostro. Era un hombre delgado, de cara enjuta y bordada en cicatrices. Su nariz, curva y excesiva, resaltaba aún más sus ojos hendidos y tenebrosos.

—Ya les he dicho que no he desvelado el secreto—dijo el profesor con la voz rota—. Solo he repetido lo que ya sabía todo el mundo, no he traspasado la línea.

—Conocía bien el acuerdo, Profesor—espetó el misterioso hombre—invertimos mucho dinero en usted y en su invento, y no se trataba solo de no volver a fabricarlo, se trataba, también, de que no llamase la atención, y eso, señor mío, no lo ha cumplido. La máquina debía desaparecer.

—¡No existe hace años! —respondió Clemente, acertando a recobrar una posición más erguida sobre el sillón. —Destruí el prototipo de Gran Canaria, y jamás he desvelado el secreto.

—Profesor —hizo una pausa— he visitado la calle de la Universidad 110, ¿le suena de algo? —. Y aquel hombre se acercó a Clemente Figuera poniendo su mano sobre su hombro, amenazante.

El corazón de Figuera latía desbocado. «Buforn...

¿habrá sido Buforn?», pensó, aterrorizado.

Había intentado registrar una patente final con su socio, pero guardándose en secreto la última pieza del engranaje.

Esa misma omisión era ahora su condena. Si moría en ese frío sillón, el mayor descubrimiento de la humanidad se hundiría con él en la tumba. No había salida.

—Sabemos que Buforn no ha podido replicarlo—dijo el hombre, volviéndose de espaldas y alzando la vista a ninguna parte. —Creo que no se tomó suficientemente en serio nuestra advertencia de hace seis años, señor mío, pero le aseguro que ya no asumiremos más riesgos—sentenció.