2 Proyecto Global-Millennium
M ichael Evans se había quedado en aquella sala de reuniones con el grupo seleccionado, cogió una silla, a la que había dado la vuelta, y se sentó en medio de la «U» que formaban las mesas, ahora casi vacías, con las manos apoyadas en el respaldo.
—Por favor, ocupen asientos contiguos, me gustaría que hablásemos —dijo mientras hacía un gesto de acercamiento con los brazos.
—Julia, no se preocupe, no se ha perdido gran cosa. —Ella aún estaba sobrepasada por los acontecimientos.
»Antes de su llegada solo hemos designado los grupos de trabajo —dijo, tranquilizando a la joven.
»Hemos preparado algunos despachos de esta misma planta para que desarrollen el proyecto Global-Millennium Idea .
Por supuesto, dispondrán de soporte administrativo de Gsel y yo mismo haré las funciones de director financiero del grupo.
Estas estancias están equipadas con todo lo necesario para que se sientan a gusto, pero cualquier cosa que necesiten trasladen su petición a su coordinadora.
—Cogió unos documentos que estaban a su lado y continuó—: Este año tendremos a nuestra disposición dos millones de dólares para llevar a cabo el proyecto.
—Julia palideció—. Es más del doble de lo que hemos recibido nunca por desarrollar algo de la nada.
—Espere un momento —interpeló Julia.
—No sé —balbuceaba—. Creo que no estoy preparada para esto, yo pensaba que sería un participante más de un proyecto —alargó la palabra—.
Sabía que sería importante —movía la cabeza como quien busca una respuesta—, pero ¿coordinar la ejecución de dos millones de dólares?
Creo que tiene usted demasiada confianza en mí, Michael.
—Le aseguro que no se trata de confianza —afirmó él con tono serio—. Tengo la absoluta certeza de que es la persona adecuada. —Miró al resto del grupo y aseguró—: Todos ustedes son mi elección personal.
A sus apenas treinta años, Julia no se veía a sí misma con esa seguridad que mostraba el director.
Era consciente de sus conocimientos, de sus capacidades y del enorme esfuerzo que era capaz de mostrar para conseguir sus metas.
Nunca le habían regalado nada. Siempre fue una lucha contra los elementos.
—Quiero que se encierren, que abandonen sus vidas, a sus familias; quiero que solo respiren por y para este proyecto. Me da igual cuántas veces fallen; quiero el doble mortal perfecto y un proyecto sólido, una «idea fuerza», esta misma semana —sentenció Evans.
—Julia, ¡manos a la obra! —dijo levantando el tono de voz—.
Aquí tiene las bases del proyecto. Le entregó un dosier de apenas diez folios y se detuvo un segundo, señalando los logotipos oficiales de la portada con una sonrisa cínica.
—Y un consejo: no se deje intimidar por esos sellos.
CountCorp extrae petróleo por todo el planeta y la USAID es la herramienta de Washington para desestabilizar países.
Básicamente nos pagan dos millones de dólares para que les diseñemos tecnología humanitaria y lavar así su imagen con una hermosa campaña publicitaria verde.
Así que gasten su dinero sin ningún remordimiento.
Se dio la vuelta y salió de la sala con paso rápido, dejando al grupo completamente boquiabierto.
Jian Chen fue el primero en romper el silencio del grupo.
—Pues nos ha caído una buena —dijo aquel joven de rasgos marcadamente asiáticos, pero con un acento neutro que no revelaba ni rastro de su origen—.
¿Cómo se supone que debemos empezar con algo así?
—añadió, sin esperar respuesta. Se recostó en la silla, cruzando los brazos detrás de la nuca con actitud altiva y paseó la mirada por la sala.
—Mis padres me enviaron desde China para estudiar en el MIT, y desde entonces no pierdo el tiempo con utopías.
En mi último proyecto en Boeing diseñé un algoritmo para integrar inteligencia artificial en cabinas de vuelo comerciales y, básicamente, eliminar a los pilotos.
La IA no duda, no se cansa y, sobre todo, elimina el eslabón más débil de la ecuación: el error humano.
Pero claro, la dirección se acobardó por la absurda "aceptación social del riesgo" y canceló el avance.
Yo no veo a las máquinas como una amenaza, sino como la forma más lógica de redimir nuestra propia debilidad.
Así que, tú dirás cómo vamos a arreglar el mundo sin fantasear...
Bien, Julia, tú eres la jefa —remató con un tono que desagradaba enormemente a la ingeniera.
Ella estaba acostumbrada a sentirse minusvalorada por sus compañeros, pero nunca supo muy bien cómo enfrentarse a la soberbia hacia su persona, y solía rehusar los enfrentamientos.
—¿Por dónde crees que debemos empezar según tú? —insistió Chen.
Ella simplemente obvió las formas de aquel hombre.
—No vamos a basarnos en estudios o proyectos ya existentes —replicó Julia con cierto tono de inseguridad, pero sin dejar margen a nuevas intervenciones—. Vamos a trabajar desde cero —afirmó más rotunda y segura .
»Mañana mismo comenzaremos a esbozar un punto de partida —aseveró mirando al resto de componentes del grupo de trabajo.
—Si te parece, voy preparando las aplicaciones que usaremos para la gestión de proyectos y las carpetas en la nube —dijo con un fuerte acento latino Gloria Abad, que hasta ahora había permanecido en silencio—.
He trabajado con estas herramientas de CRM y con las de justificación económica de los proyectos de innovación —afirmó levantándose las gafas y bajando levemente la cabeza—.
Digamos que he sido la parte más administrativa de la innovación, así que no he desarrollado nada nuevo, supongo.
—Me parece genial, Gloria. Vas a ser una parte muy importante en este grupo —contestó Julia animándola y alegrándose de que hubiera alguien que entendiera bien una parte fundamental de todo proyecto y que ella odiaba poderosamente.
—Yo soy ingeniero eléctrico, así que no sé si soy de mucha ayuda por el momento —exclamó Viktor Jan Amundsen golpeando cada consonante con fuerza y remarcando así su origen escandinavo—.
He trabajado en el estudio de las variaciones de los campos magnéticos terrestres y los efectos de las tormentas solares en los sistemas eléctricos actuales, y sí, vamos a morir todos un día por culpa de todo esto —bromeó haciendo sonreír a Julia.
El noruego se inclinó sobre la mesa, adoptando un tono de falso dramatismo.
—Hablo en serio. ¿Conocéis el evento Carrington de 1859?
La mayor tormenta solar registrada. En aquel entonces se cargó ella solita los pocos telégrafos que existían.
Una llamarada de esa intensidad hoy, y el cambio brusco de los campos magnéticos destrozaría la red eléctrica mundial.
El fin de la civilización por un simple estornudo del sol.
Ahmed Zayd, el matemático formado en la prestigiosa universidad saudí Rey Abdulaziz, rompió de pronto el silencio que había mantenido desde su llegada. Esbozó una sonrisa cargada de un oscuro cinismo.
—Antes de que el sol nos fría a todos, Viktor, ya nos habremos destruido nosotros mismos con los datos —replicó Ahmed— vosotros queréis salvar a la humanidad, pero la humanidad ya está vendida.
Mis algoritmos de big data ya saben a qué hora te has levantado hoy por tu alarma, por dónde has venido a trabajar rastreando tu teléfono, y qué aficiones tienes por tus compras en Amazon.
La verdadera agresión al ser humano no viene del cielo, viene de nosotros; de cómo administramos esa información para que las empresas te vendan lo que necesitas antes, incluso, de que sepas que lo quieres, y los gobiernos te censuren antes incluso de que lo pienses.
—Creo que mañana podremos empezar a organizarnos mejor —dijo Julia, levantándose de su silla—. Entre todos podremos con esto y todo saldrá a la perfección —aseguró sin rastro de efusividad en sus palabras, que parecían destinadas a ella misma.
—¿De dónde vamos a sacar una idea como la que espera Evans? —preguntó Chen—. Quiere prácticamente un imposible —continuó—: una idea revolucionaria que ayude a miles de personas y, poco menos, que resuelva el hambre en el mundo. Una utopía vamos —sentenció.
—Bueno, no creo que espere de nosotros algo utópico, la verdad —contestó Julia mientras recogía sus cosas con gesto cansado—. De cualquier modo, mañana será otro día y veremos todo con perspectiva.
Durante los seis días siguientes, Gsel funcionó como una máquina sin calendario.
Las luces encendidas demasiado tiempo, el aire denso y el mismo desenlace en cada intento.
Las premisas del proyecto seguían intactas sobre la primera hoja; todo lo demás, una sucesión de pruebas que terminaban en la misma palabra: insuficiente .
Se instauró un orden sobrio: listas, turnos, bitácoras.
Nadie discutía; no había nada que discutir.
La noche del sexto día, Julia se quedó sola un momento frente a la pizarra vacía, cabizbaja y frustrada ante aquella sequía creativa.
Creía que lo había probado todo. Con un rotulador en la mano, incapaz de trazar un solo esquema, escribió un nombre en una esquina del encerado: William Abraham Gayda .
Su padre jamás había tenido un bloqueo creativo.
Frente a la inmensidad del blanco de la pizarra, la mente de Julia viajó quince años atrás, a su infancia en Providence.
De repente, se vio a sí misma siendo una niña, sentada a la mesa de la cocina a altas horas de la madrugada.
Veía a su padre agotado, tecleando sin descanso frente a la pantalla con los ojos enrojecidos, librando una batalla silenciosa contra una quiebra de la empresa familiar que a ella le ocultaron durante años.
«Mira esto, Julia», recordaba que le decía William mientras hacían un descanso para cenar.
Sobre la mesa solo había un par de pequeñas hamburguesas de un dólar.
Sus padres casi nunca pedían nada para ellos cuando salían, y cuando lo hacían, siempre fingían que aquella comida rápida «era su favorita» para que ella no notara la ruina que los devoraba.
Y mientras masticaba aquellas hamburguesas baratas, su padre le hablaba, con los ojos brillando de devoción, sobre los inventos de Nikola Tesla y sobre el «salto social escalonado».
Le explicaba con una sonrisa que el verdadero éxito no era la riqueza inmediata, sino asegurar que la siguiente generación subiera un pequeño escalón hacia la estabilidad, agradeciendo el esfuerzo de la generación anterior.
Julia apretó los labios frente a la pizarra, sintiendo el escozor de las lágrimas contenidas.
Solo cuatro años después de su muerte había comprendido la verdad detrás de aquellas hamburguesas a un dólar y aquellas horas infinitas de insomnio.
Si su padre, que admiraba a un genio que acabó sus días en la miseria de un hotel de mala muerte, había luchado tanto para garantizarle ese salto social, ella no iba a rendirse ahora ante una simple pizarra en blanco.
A primera hora del séptimo día, cuando el resto llegó, Julia habló sin adornos:
—No es una solución. Es un desbloqueo. Voy a la biblioteca.
Michael la miró sorprendido.
—¿Qué buscamos?
—Nada en concreto —respondió Julia—. Tesla.
Sus papeles. Sus primeras notas, cartas, borradores.
Quiero ver cómo pensaba cuando el resto no le alcanzaba.
Es algo que hago cuando me pierdo: observar cómo funcionaba la mente de alguien que, sin los medios actuales, era capaz de imaginar una solución para todo.
Allí se guardan cartas originales, cuadernos de laboratorio, bocetos de patentes, recortes de prensa con sus anotaciones al margen, incluso fotografías de montaje con medidas a lápiz.
Material de trabajo real, sin filtro. No cambia nuestras premisas, solo... me ayuda a mirar de otra manera.
Michael asintió.
—Gestiono el acceso hoy mismo.
No iban en busca de una respuesta inmediata. Iban a sentarse frente a papeles gastados por el uso, a leer notas escritas con prisa, a observar cómo un problema toma forma en la letra de quien lo persigue. Cambiar de aires. Romper la inercia.