El protocolo del silencio Capítulo 27
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Capítulo 27

Tres vehículos, faros apagados, a cuatrocientos metros y subiendo a quince por hora.

Eso me da, a paso de montaña, seis minutos hasta que el primero llegue a la cancela.

Seis minutos. Lo he contado con el reloj de pulsera porque las cosas que importan no se calculan a ojo, y porque contar me ordena la cabeza cuando el resto del cuerpo querría echar a correr.

Seis minutos para sacar de esta casa a un hombre y dárselos a Lázaro antes de que esa caravana nos encierre.

Cuento las puertas de la casa por última vez: principal, cocina, máquinas, cancela este.

Cuatro. Las he contado todas las noches que llevamos aquí, dormido y despierto, hasta soñarlas.

Y por primera vez en mi vida no cuento para defenderlas.

Cuento para abrir la que nos saca de aquí.

Toda una vida contando puertas para cerrarlas, y resulta que servían para esto, para saber por cuál huir cuando llegara la noche en que quedarse fuera morir.

— No nos quedamos — digo—. La casa es una ratonera. Una sola planta, sin cobertura, sin refuerzos. Si nos encierran dentro, ganan ellos. Salimos al monte.

Iago tiene la llave apretada en el puño. No la suelta. Bien.

— Al monte de noche con esa gente detrás. — No es una queja. Es Iago calculando, a su manera, como calcula un servicio imposible un viernes a tope—. ¿Tú conoces el monte?

— Yo no. — Cojo la linterna táctica, la tapo la mitad con cinta para que solo escupa un hilo de luz al suelo—. Lázaro sí.

Me muevo por la casa a oscuras sin tropezar, porque me sé cada mueble, los conté el primer día y los he ido contando todas las noches.

Iago detrás de mí, una mano en mi espalda, dejándose llevar, él, que lleva doce días peleando cada paso que doy.

Que ahora no pelee es lo que me dice que entiende lo cerca que está esto.

Cojo lo imprescindible: el arma, la linterna, una botella de agua, su chaqueta gruesa, que se la pongo yo por encima de los hombros sin preguntar porque va a hacer frío y él no piensa en el frío cuando piensa en otra cosa.

Nada más. Lo demás se queda. Que lo registren. Que pierdan tiempo.

Por el ventanal de la cocina, lejos, en la primera curva del camino, una mancha de oscuridad más densa que el resto de la oscuridad. El primer coche. Sin luces. Cuatrocientos metros se han hecho trescientos.

— Ahora — digo.

La furgoneta de Lázaro está en el cobertizo, donde la dejó al mover el ganado.

Y Lázaro está dentro de ella, esperando, las manos enormes sobre el volante, oliendo a leña hasta en la oscuridad.

No me pregunta nada. Gruñe, señala el asiento de atrás con la barbilla, arranca sin luces.

Treinta años de monte en las muñecas. Su lealtad no se compró con dinero; se compró con que el primer día le hablé de usted y no le toqué las cosas.

— Por la vereda de los carboneros — dice, y son más palabras de las que le he oído juntas en estos doce días—. No está en mapa. Sale por detrás del Helechal y baja al Ventorro sin tocar la carretera. Estrecha. Hay que ir a pie un tramo. — Mete primera. La furgoneta tose—. Agarraos.

Salimos del cobertizo por el portón de atrás justo cuando los faros del primer coche barren la fachada principal, al otro lado de la casa.

Un haz blanco que lame las ventanas que acabamos de dejar vacías.

Lázaro no enciende las luces. Conduce el monte de memoria, por el negro, la furgoneta dando tumbos sobre las rodadas, las ramas arañando la chapa, y yo en el asiento de atrás con Iago, una mano en su nuca empujándolo hacia abajo, fuera de la línea de las ventanillas, la otra en el respaldo del conductor.

Detrás, en la casa, el primer golpe. Madera contra madera.

Están echando la puerta principal, la reforzada, la que aguanta.

La llave de esa puerta la lleva Iago en el puño, así que no van a abrirla, la van a romper, y romper una puerta reforzada lleva su tiempo.

Bien. Que la echen. Que pierdan dos minutos con una puerta vacía mientras nosotros bajamos.

Cada golpe que oigo es un golpe que dan en el sitio equivocado.

El segundo golpe. El tercero. Más voces ahora, varias, descoordinadas, de hombres que esperaban encontrarnos dentro acojonados y empiezan a entender que la casa está vacía.

Una linterna barre el jardín trasero, tarde, cuando ya estamos metidos en la primera arboleda.

El haz pasa por encima del techo de la furgoneta y no nos pilla por un metro.

Lázaro no respira distinto. Conduce como quien lleva el monte en los dedos, sin acelerar de más, porque el que corre en el negro choca, y el que choca muere.

— ¿Adónde vamos? — dice Iago, agachado, la cara a un palmo de la mía.

— A la fiscalía. — Lo digo y suena a locura y es la única cosa cuerda—.

No al hospital, no a una comisaría de pueblo donde Roque conoce a alguien.

Directos a Madrid, a Pinilla. Tú declaras antes de que firmen la venta.

— Aprieto su nuca un grado, no por seguridad ahora, por otra cosa—.

Tienes que llegar tú. Yo solo abro camino.

— Eso de "tú llegas, yo abro camino" me suena a algo — dice, bajo, la cara tan cerca que le noto el aliento—. Me suena a que ya has decidido tú solo que si hay que dejarse a alguien por el camino, te dejas tú.

No contesto. Respondo a las preguntas con otra pregunta, siempre, pero aquí no hay pregunta que devolver: es Iago leyéndome como me lee desde hace doce días, y no hay pregunta operativa que tape eso.

— Aitor.

— Vamos a llegar los dos — digo.

— Mírame y dilo.

No puedo mirarlo, voy contando el monte por la ventanilla, voy contando los segundos hasta el ensanche.

Pero le aprieto la nuca otra vez, y él, que también sabe leer mis manos, resopla y me deja, porque sabe que ese apretón es lo más cerca de un sí que me va a sacar mientras nos persiguen tres coches.

La furgoneta da un bote que nos junta las frentes un instante. Las separamos los dos a la vez, deprisa, como si tocarse ahora fuera un lujo que no toca. Más tarde, pienso. Si hay más tarde.

La vereda de los carboneros se traga la furgoneta entre dos paredes de roca. Tan estrecha que los espejos rozan. Lázaro frena.

— Aquí a pie — dice—. Doscientos metros. Luego ensancha y os recoge mi cuñado abajo, en el Ventorro, con un coche que no es mío y que no figura. — Me clava los ojos por el retrovisor, dos brasas—. Vuestra gente del restaurante ya va para Madrid. La mujer del moño.

— ¿Olvido?

— Me ha llamado antes de que cortaran la línea. Va con las cajas. — Lázaro abre su puerta—. Dice que os ve en el juzgado o no os ve.

Las cajas. Las pruebas. En marcha por la carretera buena mientras nosotros bajamos por la mala.

Olvido al volante de noche con el pecho silbándole y dos años de albaranes en el maletero, porque alguien tenía que guardarlos y nadie más tuvo los cojones.

Si llegamos los dos, su voz y mis pruebas, Roque cae. Si llega solo uno, no cae nada.

Hago el cálculo en frío, como hago todos.

Dos rutas, dos cargas. Si Roque ha cortado la salida del monte, lo lógico es que también haya puesto a alguien a vigilar la carretera buena, por donde va Olvido.

O a por una, o a por otra. No puede cubrir las dos con la misma gente.

Ha apostado por nosotros, por el monte, porque me quiere a mí fuera de la jugada y a Iago en sus manos.

Eso significa que Olvido y las cajas, a lo mejor, pasan.

Es lo único bueno de que Roque me odie a mí: que mira hacia donde estoy yo y deja un hueco por el otro lado.

Que mi presencia, por una vez, sea un señuelo útil.

— Lázaro — digo—. Cuando lleguemos al coche de su cuñado, usted se vuelve. No baja a Madrid con nosotros. — Lo miro por el retrovisor—. Lo que viene detrás es nuestro, no suyo. Usted ya ha hecho más de lo que le pagan.

Gruñe. Niega con la cabeza una vez, despacio, y ese gruñido significa que no piensa volverse hasta vernos metidos en el coche y en marcha, y que no hay nada que yo le diga que lo mueva. Su lealtad no se compró con dinero y tampoco se vende con sensatez.

Lázaro apaga el motor y el silencio del monte nos cae encima entero, ese silencio de sierra que no es silencio sino mil ruidos pequeños, el agua abajo, un búho, las ramas, y por debajo de todo, lejos, arriba, el rumor de los coches en la finca y las voces que ya no encuentran a nadie a quien gritar.

Me bajo primero, compruebo el ensanche, las dos paredes de roca, la línea negra del sendero que baja.

Despejado, pienso, y me trago la palabra antes de decirla, porque la última vez que la dije sin pensarla murió un hombre.

Salimos. El frío del monte de madrugada corta la cara.

Iago delante de mí, la llave todavía en el puño, lo noto por cómo lleva la mano cerrada.

Lázaro abre la marcha con un palo, tanteando el sendero, las rocas húmedas, el precipicio a la derecha que no se ve y se intuye por el ruido del aire.

Avanzamos pegados, una mano mía en el hombro de Iago todo el rato, no para guiarlo, para sentir que sigue ahí.

El hilo de luz de mi linterna solo ilumina dos pasos por delante.

Más no se puede, porque más luz nos enseña al monte entero.

Así que bajamos casi a ciegas, fiándonos del palo de Lázaro, de su gruñido cuando hay que ir a la izquierda, de su mano que aparece de la nada para frenarnos antes de un canto suelto.

Confío en un hombre que apenas habla, en un sendero que no figura en ningún mapa, a oscuras, con tres coches de matones detrás.

Hace doce días yo no confiaba ni en el GPS.

El monte enseña deprisa, o el miedo, o Iago, no sé cuál de los tres.

Iago resbala una vez. Se le va el pie en una roca mojada, el cuerpo entero hacia el vacío de la derecha, y mi mano, que iba en su hombro precisamente para esto, lo agarra de la chaqueta y tira hacia dentro, hacia mí, hacia la pared de roca.

Se queda un segundo pegado a mi pecho, la respiración rota, el corazón que le noto contra el mío.

— Te tengo — digo, bajo.

— Ya lo veo — dice, y todavía le quedan ganas de que suene a chiste, y eso, que le queden, me dice que aguanta—. Suéltame el cuello, jefe, que no me caigo.

Lo suelto. No me cree y no me importa que no me crea. Le pongo otra vez la mano en el hombro y seguimos.

Detrás y arriba, la casa. Luces de linterna barriendo el cobertizo vacío. Voces. Han entendido que nos hemos ido. Una voz por encima de las otras, suave, que no grita, que nunca grita, llega rebotada por la roca y me hiela más que el aire.

— Chaval. — Roque. Llamando al monte como quien llama a un perro a cenar—. Iago. Sé que me oyes. Esto no tiene por qué acabar mal. Ven y hablamos. Por tu bien.

Iago se para en seco. Un segundo. Lo noto en el hombro, el tirón de un cuerpo que esa voz lleva criando desde los diecisiete años. La voz que le enseñó a sostener un cuchillo. Aprieto el hombro.

— No es tu voz — le digo al oído, bajo, lo que él le dijo a Olvido sin saber que yo lo intuía—. Es la suya. Sigue.

Y por un segundo dudo de que vaya a hacerme caso.

Porque lo noto en el cuerpo entero, la planta vieja girándose hacia su luz de siempre, los músculos de su espalda tensándose entre dos órdenes, la de Roque, que lo crió, y la mía, que llegó hace doce días.

Es injusto pedirle a un hombre que elija a doce días contra quince años.

Lo es. Y aun así se lo pido, con la mano en el hombro, sin empujar, porque empujar sería hacer yo lo que hace Roque, decidir por él.

Solo le aprieto el hombro una vez. Para que sepa que estoy.

La decisión es suya. La salida es suya. Hasta esta.

Sigue. Sigue andando. Y por ese paso que da, hacia abajo y no hacia arriba, hacia el juzgado y no hacia Roque, le perdonaría cualquier cebolla que me tirara a la cabeza el resto de mi vida.

La voz de Roque se apaga arriba. No nos sigue por la vereda; un hombre de su edad y sus zapatos no baja por ahí de noche, y él lo sabe, y por eso no lo intenta.

Roque nunca corre detrás de nada. Roque manda a otros corriendo y él espera en el sitio donde sabe que vas a aparecer.

Eso debería haberme dicho algo. Que dejara de gritar tan pronto debería haberme dicho que ya tenía a alguien esperándonos abajo.

La vereda dobla. Ensancha. Abajo, lejos, las luces amarillas del Ventorro, la gasolinera, la promesa de un coche que no figura. Doscientos metros, ha dicho Lázaro. Ciento cincuenta ya. Vamos a llegar.

Y me confío. Una décima de segundo, suelto el aire, aflojo el hombro, pienso ya está, lo hemos sacado. El error de siempre. El error del sótano. Pensar despejado antes de tiempo.

Y entonces el haz de una linterna nos parte la cara desde abajo. Desde donde no debería haber nadie. Desde el ensanche, justo donde la vereda se abre, cortándonos el único paso al Ventorro.

Lázaro se queda de piedra. Levanto el brazo para tapar a Iago. Despejado, había pensado de este tramo. Lo había dado por despejado. Otra vez.

Mi mano va al arma sin que yo se lo pida.

El cuerpo sabe antes que la cabeza. Pero no la saco del todo: una linterna en alto y un metal abajo, a ciento cincuenta metros del Ventorro, no es un tiroteo que yo quiera empezar con Iago a mi espalda.

Calculo la roca de la derecha, el desnivel, los pasos que hay hasta la sombra.

Una habitación más que contar, otro ensanche, otra salida. Las cuento. Para eso sirven.

Detrás de la linterna, una silueta. Y el brillo, inconfundible, de algo de metal a la altura de la cadera, apuntando hacia nosotros.

— Hasta aquí — dice una voz que no es la de Roque.

Más joven. Camisas demasiado nuevas hasta de noche—.

Tranqui, Belmonte. No corras. — Quim sube la linterna para que le veamos la cara, y la sonrisa, esa simpatía calculada que fue siempre la grieta—.

Tranqui, que esto se arregla rápido. El jefe solo quiere al chico.

A ti te deja ir. Lo tienes hasta firmado.