CAPÍTULO XII La Hora Nona
CAPÍTULO XII
La Hora Nona
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El polvo blanco de cal y granito levantado por el derrumbe flotaba en el aire cerrado de la cripta como una niebla espesa que borraba los contornos de los sarcófagos.
Detrás del sepulcro de piedra del duque de Lerma, en el extremo occidental de la cámara, Gabriel Mendoza rasgó la manga de su propia camisa y la anudó con firmeza sobre la herida del hombro izquierdo de la comisaria Elena Vargas para contener la hemorragia.
A su lado, Valeria Conti vigilaba el borde del zócalo a ras de suelo, aferrando entre los dedos la delgada lámina compensadora de espato de Islandia.
La única salida hacia la capilla superior había desaparecido bajo un talud infranqueable de diez toneladas de sillares derrumbados. Estaban enterrados vivos a ocho metros bajo tierra, sin ventilación y en una bóveda de apenas dieciocho metros de eje mayor.
Sin embargo, por primera vez desde el derrumbe en Simancas, Gabriel sintió que el peso de la piedra sobre su cabeza no le cerraba la garganta. Miró a Valeria a su lado, escuchó el compás sereno de su propio corazón y comprendió que la oscuridad ya no tenía poder sobre él.
—Mi pistola cayó a tres metros, en el pasillo central —susurró Elena Vargas con los labios pálidos pero la voz firme, llevando su mano derecha sana hacia el bajo de su pantalón—.
Si intento arrastrarme a por ella entre la cal, el tirador me volará el cráneo.
Pero llevo una Glock 26 de respaldo en la funda del tobillo derecho con cinco cartuchos en el cargador.
Vargas desabrochó el velcro de la tobillera y empuñó la pequeña pistola subcompacta con la mano derecha, apoyando el cañón sobre el reborde inferior del sarcófago.
—El problema es el polvo —añadió la comisaria en voz casi inaudible—.
No veo más allá de dos metros, y él lleva visor nocturno y mira láser.
En cuanto asome el cañón por la esquina del sepulcro, me disparará antes de que pueda alinear el alza.
Necesito que mire hacia el muro sur durante un solo segundo.
Al otro lado de la nube de polvo, en el extremo oriental de la cripta, el monitor de la consola cuántica proyectaba un resplandor rojizo sobre la silueta alta de Sir Julian Vance .
El reloj digital de sincronización corría implacable hacia las cuatro de la tarde:
VENTANA DE SINCRONIZACIÓN RAÍZ EUROQCI: 00:04:12
—Silenciario —ordenó la voz pausada de Vance desde el banco óptico—. En tres minutos se abre el canal de transmisión con Fráncfort y Bruselas. Da la vuelta por el flanco norte de los sepulcros y termina con ellos.
A través de la bruma calcárea, el hilo rojo del puntero láser de Lazar Kováč empezó a barrer lentamente el espacio entre los cuatro sarcófagos centrales.
El sicario avanzaba pegado a la pared curva septentrional, pisando el polvo de piedra con suelas tan silenciosas que resultaba imposible localizarlo por el oído.
Gabriel alzó la vista hacia la curva perfecta del techo abovedado que cubría la cripta.
A diferencia de las bóvedas de crucería gótica, la cripta subterránea del Hospital de Tavera había sido trazada en el siglo dieciséis como un elipsoide de revolución rebajado .
En una elipse matemática existen dos puntos singulares llamados focos: cualquier onda sonora emitida desde el primer foco se refleja en todas las paredes curvas con idéntica longitud de camino y converge íntegramente en el segundo foco, creando la ilusión acústica perfecta de que quien habla está de pie junto al oído del receptor, o rebotando en diagonal si se proyecta con el ángulo incidente preciso.
Era el mismo principio geométrico que Juan de Herrera había empleado en el «Cuarto de los Secretos» de El Escorial, llevado aquí a su máxima pureza.
Gabriel miró las losas del pavimento bajo sus rodillas.
Justo a cuarenta centímetros a su izquierda, marcado en la piedra con una discreta estrella de ocho puntas del siglo dieciséis, estaba el foco acústico occidental de la elipse; el foco opuesto se encontraba trece metros más allá, exactamente en el rincón suroriental de la cripta, a tres metros a la derecha de la consola de Vance y a espaldas del recorrido que seguía Lazar Kováč .
—Valeria —murmuró Gabriel tan bajo que el sonido no llegó a tocar la curva de la bóveda—. Cuando Kováč se vuelva hacia el rincón suroriental, deslízate pegada al zócalo norte hasta el banco óptico de Vance. No mires atrás; ve directo al cristal.
—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó ella sujetándole la muñeca.
—Voy a devolverle a Julian una lección de geometría del siglo dieciséis —respondió Gabriel.
Se volvió hacia la comisaria Vargas y le señaló la esquina derecha del sarcófago.
—Apunte al corredor central, a metro y medio de altura. Cuando oiga mi voz resonar al fondo de la sala, Kováč girará noventa grados hacia el sur. Tendrá usted un segundo y medio.
Elena Vargas asintió una sola vez, apoyó la muñeca derecha sobre el bloque de granito del sarcófago y contuvo la respiración.
El haz rojo de la mira de Lazar Kováč estaba ya a cuatro metros del sepulcro tras el que se ocultaban. Un paso más y el sicario tendría ángulo de tiro directo sobre la espalda de Valeria.
Gabriel se deslizó cuarenta centímetros por el suelo, situó sus labios exactamente en la vertical de la estrella grabada del foco occidental, orientó la boca hacia la concavidad oblicua de la bóveda de ladrillo revocado y sacó del bolsillo su reloj mecánico y la carcasa metálica de su lupa.
Hizo chocar en seco el borde de acero contra el latón —imitando con precisión milimétrica el chasquido metálico de una corredera de pistola al montar un cartucho— y pronunció un susurro cortante contra la curva del techo:
— Detrás de ti, Kováč.
La física acústica de la bóveda elíptica obró el prodigio instantáneo.
Las ondas sonoras no viajaron en línea recta a través del polvo hacia el sicario: ascendieron por el paraboloide de piedra, recorrieron sin pérdida de energía la clave del techo y convergieron como un latigazo nítido exactamente en el rincón suroriental de la cripta, a tres metros a la espalda de Lazar Kováč.
Para el oído entrenado del asesino, aquel chasquido metálico y aquella voz habían sonado justo detrás de su hombro derecho, donde supuestamente no había nadie.
Por puro instinto de supervivencia táctica, Lazar Kováč giró noventa grados sobre sus talones hacia el rincón suroriental y disparó dos veces en ráfaga contra la columna vacía de piedra.
El fogonazo amortiguado del supresor y el haz rojo de su mira láser revelaron su posición exacta en medio de la niebla de cal, con el costado derecho totalmente descubierto hacia los sarcófagos.
—¡Ahora! —gritó Gabriel.
Detrás del sepulcro del duque de Lerma, la comisaria Elena Vargas apretó dos veces el disparador de su Glock 26 de nueve milímetros.
En el espacio cerrado de la cripta elíptica, los dos disparos sin silenciador sonaron como dos truenos ensordecedores que multiplicaron su eco veinte veces contra las paredes.
El primer proyectil de nueve milímetros destrozó la rótula derecha de Lazar Kováč, quebrando su pierna de apoyo; el segundo le atravesó limpiamente la articulación del hombro derecho, arrancándole de los dedos la pistola FN Five-seveN , que salió despedida sobre las losas de granito.
El sicario se desplomó de bruces sobre el polvo blanco.
Incluso con la rodilla y el hombro destrozados, la hipoalgesia de Kováč le impidió gritar: intentó alargar la mano izquierda hacia la funda de su antebrazo para sacar su último cuchillo cerámico, pero Elena Vargas —incorporándose con el rostro bañado en sudor frío— avanzó tres pasos cojeando, pateó lejos la pistola del asesino y apoyó el cañón humeante de su Glock contra la nuca de Kováč, inmovilizándolo contra las losas.
En ese mismo instante, por el flanco norte de la cripta, Valeria Conti y Gabriel Mendoza corrían ya hacia el foco oriental donde brillaba la consola de EuroQCI .
En el monitor principal, la cuenta atrás acababa de entrar en su último minuto:
VENTANA DE SINCRONIZACIÓN RAÍZ EUROQCI: 00:00:38 ESTADO DEL HAZ: PRECALENTAMIENTO DE FASE ACTIVO
Junto al banco óptico, Sir Julian Vance vio caer a su sicario y comprendió que se había quedado solo.
El anciano historiador no retrocedió ni pidió clemencia. Con el rostro contraído por una furia fría y aristocrática, levantó su bastón de fibra de carbono negra , aferró con la mano izquierda el pomo de plata con las dos caras de Jano y giró un cuarto de vuelta el anillo de seguridad del tubo.
—¡Han llegado treinta segundos tarde, Gabriel!
—exclamó Vance apuntando el extremo inferior del bastón directamente hacia el pecho de Valeria, que estaba a dos metros del banco óptico con la lámina de calcita en la mano—.
¡El láser de bombeo ya está alineado con el disco de Turriano y el pulso saldrá a las cuatro en punto!
—¡No tiene la piedra completa, Julian! —le gritó Gabriel lanzándose hacia delante para cubrir a Valeria—. ¡Le falta la lámina de cuarto de onda de Piero!
Los ojos grises de Vance bajaron una fracción de segundo hacia la delgada placa transparente de calcita que brillaba entre los dedos de Valeria.
Al comprender el engaño del vehículo, Vance apretó el gatillo oculto bajo la barbilla de plata del dios Jano.
Una válvula de dióxido de carbono comprimido a doscientos bares estalló dentro del tubo de fibra de carbono con un silbido violento, disparando una aguja de acero templado de quince centímetros hacia el corazón de Valeria Conti.
Pero Gabriel ya había saltado entre el bastón y ella.
El dardo de acero atravesó la gruesa solapa de lana húmeda de la chaqueta de tweed de Gabriel y le abrió un surco ardiente en la piel del antebrazo izquierdo, sin alcanzar el tórax de Valeria.
Con el mismo impulso del salto, Gabriel aferró a dos manos el tubo de fibra de carbono del bastón de Vance, hizo palanca hacia arriba retorciendo el pomo de doble rostro de plata y arrojó a su antiguo mentor de espaldas contra el bastidor metálico de los servidores.
Vance cayó sentado junto al armario de cables con el aliento cortado por el golpe.
En el banco óptico, el diodo maestro de sincronización cuántica emitió un pitido continuo y encendió el haz láser de calibración que empezaba a atravesar las coronas de latón del Disco de Turriano, el anillo de plata de El Escorial y el bloque principal de espato de Islandia.
VENTANA DE SINCRONIZACIÓN RAÍZ EUROQCI: 00:00:11 INICIANDO TRANSMISIÓN DE SEMILLA FÍSICA A NODOS CENTRALES...
—¡Valeria, el cristal! —gritó Gabriel sujetando contra el suelo los brazos de Vance, que forcejeaba desesperadamente por alcanzar el interruptor de corte del banco.
Valeria Conti se inclinó sobre el soporte de latón del siglo dieciséis.
El haz de fotones entrelazados atravesaba ya el romboedro principal de calcita con la polarización lineal que la Cámara de los Nueve había programado para sustituir el certificado raíz europeo.
00:00:06
Con el pulso firme de quien había dedicado toda su vida a la física óptica, Valeria introdujo la delgada lámina compensadora de cuarto de onda en las dos pestañas de oro de la base del prisma.
00:00:03
Las muescas de 1584 encajaron con un clic cristalino.
Valeria tomó el anillo graduado del soporte y giró la lámina compensadora exactamente cuarenta y cinco grados hacia la derecha ( +45° ), alineando el eje rápido de la calcita con la marca grabada por su tío Piero Conti.
16:00:00 H — HORA NONA
El haz óptico atravesó la lámina rotada.
Dentro de la estructura cristalina del carbonato de calcio, la diferencia de velocidad entre el rayo ordinario y el extraordinario introdujo un desfase exacto de noventa grados —un cuarto de longitud de onda completo—, transformando instantáneamente la polarización lineal del pulso de Jano en una onda de polarización circular inversa .
En el monitor de la consola, la barra roja de sustitución de certificados se detuvo en seco al noventa y nueve por ciento y cambió de golpe al color verde esmeralda.
Una cascada de líneas de código firmadas digitalmente con la clave maestra de custodia de Piero Conti llenó la pantalla ante los ojos atónitos y desencajados de Sir Julian Vance:
INVERSIÓN ÓPTICA +45° VERIFICADA — PROTOCOLO DE CUSTODIA ACTIVO CANCELANDO REEMPLAZO DE RAÍZ EUROQCI... BLOQUEADO EJECUTANDO VOLCADO FORENSE DE CONTABILIDAD Y NODOS: CÁMARA DE LOS NUEVE DESTINO: EUROPOL (LA HAYA) / FISCALÍA DEL BCE (FRÁNCFORT) / NODO CENTRAL GINEbrA TRANSMISIÓN COMPLETADA: 100%
Un silencio sepulcral cayó sobre la cripta del Hospital de Tavera, roto únicamente por el zumbido de los ventiladores de la consola y por el sonido de los martillos neumáticos de los bomberos y los agentes de los GOES que, alertados desde Madrid por el hermano del inspector Peláez, empezaban a abrir un hueco de luz entre los sillares derrumbados de la escalera.
En el suelo de piedra, con las muñecas ya sujetas por las esposas de acero que la comisaria Elena Vargas acababa de cerrarle con una sola mano, Sir Julian Vance miraba la pantalla verde con el rostro ceniciento de un emperador destronado: en noventa segundos, la misma red cuántica inexpugnable que había pretendido secuestrar acababa de enviar de forma irreversible los nombres reales, las cuentas fiduciarias y las grabaciones de los nueve miembros de su consejo a todas las fiscalías de Europa.
Junto al banco óptico, bajo el resplandor esmeralda de la consola que había salvado el legado de su tío Piero, Valeria Conti dejó escapar el aire que había contenido en el pecho y se volvió hacia Gabriel.
Sin decir una palabra, Gabriel la rodeó con su brazo sano y apoyó la mejilla cubierta de polvo blanco sobre el cabello de ella, mientras el primer haz de luz natural de la tarde de Viernes Santo se abría paso a través de las piedras de la escalera.