El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO XI El Sepulcro de Carrara
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CAPÍTULO XI El Sepulcro de Carrara

CAPÍTULO XI

El Sepulcro de Carrara

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La comisaria Elena Vargas apoyó el teléfono móvil contra su oído mientras observaba a través del parabrisas de su vehículo policial sin distintivos las dos torres semicirculares de la Puerta Nueva de Bisagra, presididas por el águila bicéfala imperial de Carlos V.

En la pantalla de su tableta táctica parpadeaban dos informes urgentes que acababan de entrar desde Madrid.

—Repíteme eso despacio, Peláez —ordenó Vargas al subinspector de Delitos Tecnológicos que hablaba desde el complejo de Canillas—. ¿Desde qué dirección IP se inyectó anoche la orden de transferencia falsa del Banco de España a nombre de Gabriel Mendoza?

—No salió de Ginebra, comisaria —respondió la voz del analista al otro lado de la línea—.

Quien falsificó el certificado utilizó un nodo espejo en Zúrich contratado hace cuatro meses por una entidad británica sin ánimo de lucro: la Fundación Europea para el Estudio del Patrimonio Criptográfico , con sede fiscal en Oxford y delegación en Toledo.

Su presidente ejecutivo es el historiador Sir Julian Vance .

Elena Vargas apretó los dientes hasta notar el pulso en la mandíbula.

Todas las piezas discordantes que la habían atormentado desde medianoche en El Escorial —la incongruencia de que un paleógrafo sin antecedentes ejecutara a su mentor con munición militar belga de calibre cinco punto siete, la huida desesperada hacia el Observatorio de Madrid y la llamada registrada a las ocho y cuarenta y dos de la mañana desde una cabina del casco antiguo a la línea analógica del Cigarral de los Cipreses— encajaron de golpe en un único dibujo criminal.

—Hace diez minutos que la patrulla que envié al Cigarral de los Cipreses ha entrado en la finca —dijo Vargas mirando el mapa del término municipal de Toledo—.

La mansión está vacía, pero en los sótanos han encontrado una cisterna del siglo dieciséis reventada por presión hidráulica.

Y el registro de obras especiales del Ayuntamiento de Toledo que solicité al Ministerio de Cultura muestra que en 2022 la fundación de Sir Julian Vance financió una única obra subterránea de cableado óptico en la ciudad...

a menos de trescientos metros de donde estoy estacionada ahora mismo.

Vargas alzó la vista hacia el extremo norte de los jardines de la Vega.

Allí, cerrando la perspectiva del paseo con su imponente fachada renacentista almohadillada flanqueada por dos torres gemelas, se levantaba el Hospital de San Juan Bautista , conocido en toda Castilla como el Hospital de Tavera .

Vargas abrió la puerta del vehículo para pedir por radio el despliegue inmediato del Grupo Especial de Operaciones cuando una voz masculina, ronca pero firme, la llamó desde la sombra de los soportales de piedra situados a diez metros de su posición:

—No pida refuerzos por la frecuencia abierta, comisaria Vargas. Tienen escáneres de radiofrecuencia de banda ancha y volarán la cripta antes de que la primera patrulla cruce la glorieta.

Elena Vargas giró sobre sus talones llevando la mano a la culata de su Heckler Gabriel y Valeria caminaban dos pasos detrás.

Al asomarse por la puerta entornada que daba al célebre patio doble proyectado por Bartolomé Bustamante —dos claustros gemelos separados por una galería central de columnas dóricas de granito bajo las cuales se abría la portada de la iglesia—, vieron a los dos escoltas de Sir Julian Vance que habían estado antes en el Cigarral.

Uno vigilaba la cancela principal del zaguán norte; el segundo montaba guardia frente a la puerta labrada de la capilla central, con un subfusil compacto oculto bajo el abrigo.

Vargas y Peláez se intercambiaron una sola seña visual.

Aprovechando la sombra de las arcadas de piedra de granito, los dos policías se deslizaron en direcciones opuestas alrededor del claustro con paso inaudible.

Cuando estuvieron a menos de tres metros de los centinelas, actuaron al unísono: Peláez derribó al guardia del zaguán con una llave de estrangulamiento carotídeo antes de que pudiera llevarse la mano al micrófono de solapa, mientras Elena Vargas encañonaba por la espalda al hombre de la portada de la capilla y lo golpeaba en la base del casco occipital con la empuñadura de polímero de su USP Compact , esposándolo sin ruido a la reja de hierro del pozo.

En menos de cuarenta segundos, el patio renacentista quedó despejado.

Gabriel miró las agujas de su reloj: 15:34 H .

Veintiséis minutos para la Hora Nona .

Empujaron con extrema lentitud una de las hojas de nogal de la iglesia del hospital y se deslizaron al interior del templo.

La nave única de la capilla era un prodigio de blancura severa y proporciones matemáticas puras.

Bajo la gran cúpula del crucero, bañado por la luz oblicua de la tarde que descendía desde las ventanas altas de la linterna, reposaba el monumento funerario del cardenal Juan Pardo de Tavera: el sepulcro esculpido por Alonso Berruguete donde la efigie yacente del cardenal, con las mejillas hundidas por el rigor de la muerte en el blanquísimo mármol de Italia, parecía vigilar en silencio la entrada al subsuelo.

Detrás del retablo mayor diseñado por El Greco, la pesada cancela de bronce que cerraba la escalera de bajada a la cripta subterránea estaba abierta.

Del fondo de aquellos peldaños de piedra ascendía un tenue resplandor azulado de pantallas electrónicas y el zumbido casi imperceptible de un refrigerador criogénico portátil.

Vargas hizo una señal a Gabriel y Valeria para que permanecieran pegados a sus espaldas y comenzó a descender los dieciséis peldaños de granito junto con el inspector Peláez.

A medida que bajaban hacia el vientre del edificio, la temperatura cayó diez grados y la geometría del espacio cambió por completo.

Desembocaron en el umbral de la Cripta del Hospital de Tavera : una cámara subterránea de planta elíptica perfecta, cubierta por una bóveda rebajada de ladrillo revocado y cantería sin una sola columna central que interrumpiera la propagación del sonido.

Cuatro sarcófagos ducales de piedra ocupaban el centro del recinto.

Y al fondo de la bóveda, en el foco oriental de la elipse situado exactamente debajo del altar mayor, se alzaba un armario blindado de telecomunicaciones del consorcio europeo abierto de par en par.

Sobre un banco óptico de fibra de carbono conectado al puerto de mantenimiento del tronco cuántico, Sir Julian Vance acababa de acoplar el Disco Diferencial de Juanelo Turriano, el anillo de plata de El Escorial y el bloque principal de espato de Islandia frente a un inyector láser de sincronización.

En el monitor de la consola brillaba una cuenta atrás digital en cifras rojas:

VENTANA DE SINCRONIZACIÓN RAÍZ EUROQCI: 00:21:14

Sir Julian Vance estaba solo junto a la consola, con las manos apoyadas sobre el pomo de plata de doble rostro de su bastón, mirando serenamente hacia la entrada de la escalera como si hubiera escuchado sus pasos desde el primer escalón gracias a la acústica extraordinaria de la bóveda.

—Puntualidad exquisita, comisaria Vargas —pronunció la voz de Vance, y por efecto de la elipse arquitectónica sus palabras resonaron con nitidez envolvente en los oídos de los cuatro recién llegados—.

Y veo que mi discípulo predilecto y la doctora Conti han logrado superar el aliviadero del Cigarral.

Nunca subestimes a un hombre que comprende las lentes de bario, solía decir el pobre Piero.

—¡Policía Nacional, señor Vance! —gritó Elena Vargas adelantándose dos pasos dentro de la cripta y apuntando con ambas manos al pecho del anciano mientras Peláez barría con su arma los laterales de los sarcófagos—.

¡Apártese a tres pasos de esa consola con las manos en alto!

¡Está detenido por el asesinato de Piero Conti!

Vance no levantó las manos ni se apartó un milímetro del banco óptico.

—Me temo, comisaria, que usted ha entrado en una bóveda de Juan de Herrera mirando hacia el suelo —dijo «Jano» con calma helada—, cuando debería haber mirado hacia la clave del arco que tiene sobre la cabeza.

Elena Vargas echó la vista arriba una fracción de segundo.

Pegado a la cornisa ciega de ventilación que corría tres metros por encima del dintel de la escalera por la que acababan de entrar, oculto en el único ángulo muerto del techo abovedado, estaba Lazar Kováč .

En su mano izquierda sostenía un detonador electrónico conectado a un cordón gris de carga hueca lineal de hexógeno que rodeaba las dovelas del arco de entrada; en la derecha empuñaba su pistola FN Five-seveN con supresor.

—¡Atrás! —rugió Vargas empujando con el hombro a Gabriel y Valeria hacia el interior de la cripta, detrás de los sarcófagos centrales, al mismo tiempo que disparaba dos veces hacia la cornisa.

Lazar Kováč pulsó el detonador y abrió fuego en el mismo segundo en que saltaba hacia el suelo del lado oriental de la bóveda.

Dos proyectiles subsónicos de calibre cinco punto siete alcanzaron el chaleco antibalas del inspector Peláez en la base de la escalera y un tercero atravesó limpiamente el deltoides izquierdo de la comisaria Elena Vargas, haciéndola caer de rodillas detrás del primer sarcófago de piedra con la camisa teñida de sangre.

Y un instante después, la carga lineal de hexógeno estalló en la clave del arco de la escalera.

Un trueno seco y demoledor sacudió los cimientos del Hospital de Tavera.

Las dovelas de granito del siglo dieciséis cedieron de golpe y diez toneladas de sillares, ladrillo y escombros se desplomaron sobre el tramo de acceso, sepultando al inspector Peláez en el rellano exterior y sellando la única puerta de la cripta con un muro impenetrable de roca y polvo blanco.

Cuando el eco de la explosión se apagó dentro de la cámara subterránea, el reloj de la consola óptica marcaba las 15:40 H .

En un extremo de la cripta elíptica cerrada, detrás de los sarcófagos de piedra, la comisaria Vargas presionaba con los dientes apretados su hombro sangrante junto a Gabriel y Valeria; su arma reglamentaria había quedado a tres metros en mitad del suelo despejado.

En el extremo opuesto, protegiendo la consola donde ya giraba el disco de Turriano a veinte minutos de la Hora Nona , Lazar Kováč encajaba un cargador nuevo en su pistola junto a Sir Julian Vance.