El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO X Aguas del Tajo #2
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CAPÍTULO X Aguas del Tajo #2

La diferencia brutal de presión de las noventa toneladas de agua acumuladas en la cisterna hizo el resto.

Un remolino furioso succionó el agua hacia el hueco abierto de la compuerta superior, arrancando la reja oxidada del siglo dieciséis de sus goznes de plomo y arrastrando a Gabriel y a Valeria a través del conducto inclinado de piedra de veinte metros que desaguaba por la ladera del cerro.

Salieron despedidos junto con una cascada de espuma blanca por la boca del desagüe exterior, cayendo tres metros sobre la poza profunda de un remanso lateral del río Tajo, al pie de los cortados de roca de la garganta de San Martín.

*    *    *

Orilla del Río Tajo (Bajo el Puente de San Martín, Toledo) Viernes Santo — 12:20 H (3 horas y 40 minutos para la Hora Nona)

Tosiendo agua turbia y temblando de pies a cabeza bajo el sol de mediodía, Gabriel y Valeria se arrastraron por las lajas de granito de la orilla hasta quedar ocultos bajo el arco menor del puente medieval de San Martín.

A cien metros sobre sus cabezas, las almenas de piedra del puente cruzaban el desfiladero del Tajo dando entrada al recinto occidental de Toledo.

Gabriel se incorporó sobre las rodillas, comprobó que Valeria respiraba sin heridas graves y miró la esfera de su Omega Seamaster , cuyo cristal de zafiro había resistido intacto la presión del agua: 12:22 H .

Faltaban tres horas y treinta y ocho minutos para las cuatro de la tarde.

—Estamos vivos —jadeó Valeria, escurriendo el agua del cuello de su suéter negro mientras sacaba del bolsillo interior con cremallera la funda metálica estanca donde había guardado la lámina compensadora de cuarto de onda y su colimador—.

Pero Julian Vance tiene el tratado de Herrera, el anillo de plata, el disco de Turriano y el bloque principal del espato de Islandia.

Y dijo que él ya sabe dónde está la quinta estación porque firmó el presupuesto de restauración en 2022.

Gabriel, que acababa de recuperar el aliento apoyado contra el sillar del puente, negó despacio con la cabeza mientras guardaba de nuevo la lente en el armazón de su lupa Zeiss .

—Vance cree que nos ha dejado sin rastro —dijo Gabriel con un brillo feroz de determinación en los ojos—, pero en su biblioteca cometió dos errores fatales. El primero fue dejar que yo viera la contera de su bastón junto a la chimenea antes de hablarnos.

—¿Su bastón? —preguntó Valeria.

—Vance dijo que había estado esta misma mañana en la cripta de la quinta estación supervisando la conexión de sus equipos —explicó Gabriel con rapidez—.

Y en la goma inferior de su bastón había dos restos frescos que no existen en el Cigarral ni en las Cuevas de Hércules: polvo blanco de mármol estatuario de Carrara y arcilla roja de ladrillo mudéjar .

Y el segundo error lo tiene usted ahora mismo entre las manos, doctora Conti.

Valeria abrió la funda metálica y sacó la delgada placa rectangular de calcita transparente de tres milímetros de espesor —la lámina compensadora de cuarto de onda que había desmontado de la base del espato de Islandia diez segundos antes de bajar del vehículo en el Cigarral—.

Gabriel le acercó la lupa Zeiss de diez aumentos e inclinó la lámina de calcita hacia el sol de la tarde.

En el canto biselado de oro que rodeaba aquella fina placa de mineral, invisible mientras estuvo encajada contra el bloque principal del prisma, brillaba una inscripción microscópica cincelada en 1584 por Juan de Herrera y rubricada en 1978 por Piero Conti:

CRYPTA ELLIPTICA EXTRA PORTAM BISAGRAE SUB SEPULCRO CARDINALIS MARMORE CARRARIENSI ROTATIO +45° INVERTIT OCTAVUM SIGILLUM

Valeria leyó las tres líneas latinas y sintió que un escalofrío de asombro recorría su espalda mojada.

— «Cripta elíptica fuera de la Puerta de Bisagra • Bajo el sepulcro del Cardenal en mármol de Carrara» —tradujo ella en voz alta—. ¿Qué edificio de Toledo está fuera de la Puerta de Bisagra y tiene un sepulcro cardenalicio de mármol de Carrara sobre una cripta elíptica?

—¡El Hospital de Tavera ! —exclamó Gabriel poniéndose en pie de un salto—.

El Hospital de San Juan Bautista, fundado extramuros por el cardenal Juan Pardo de Tavera y terminado bajo la supervisión de los arquitectos de la escuela de Herrera.

En el centro de su capilla está el último monumento que esculpió Alonso Berruguete en mármol blanco de Carrara antes de morir, y justo debajo del altar se abre una cripta subterránea de bóveda elíptica famosa en toda España por su galería acústica de susurros.

¡De ahí procedía el polvo de mármol blanco en el bastón de Vance!

—¡Y mira la tercera línea del grabado, Gabriel! —dijo Valeria sujetándolo por el brazo con los ojos encendidos—. «Rotatio +45° invertit Octavum Sigillum» . ¡Una rotación de más cuarenta y cinco grados invierte el Octavo Sello!

—¿Qué significa eso en términos ópticos? —preguntó él.

—Significa que mi tío Piero y Juan de Herrera construyeron un seguro contra traidores dentro del propio cristal —explicó Valeria con el pulso disparado—.

Vance tiene el prisma principal y el disco de Turriano, con los que a las cuatro en punto abrirá el canal raíz de EuroQCI desde la cripta del Hospital de Tavera.

Pero como no sabe que le falta esta lámina compensadora de cuarto de onda, si nosotros logramos llegar a esa cripta antes de las dieciséis cero cero e insertamos esta placa girada cuarenta y cinco grados en el haz óptico de su consola...

transformaremos la polarización lineal de su clave en polarización circular inversa.

—¿Y qué hará el servidor central de Fráncfort y Bruselas si recibe el pulso con la polarización invertida? —preguntó Gabriel mientras ambos empezaban a subir a la carrera por la escalinata de piedra que llevaba a la calzada del puente de San Martín.

—En lugar de entregar el certificado raíz a la Cámara de los Nueve —dijo Valeria—, activará el protocolo de trazabilidad inversa de Piero: volcará el registro completo de identidades, nodos y cuentas bancarias de los nueve miembros de la Cámara directamente a los servidores judiciales de Europol y del Banco Central Europeo.

El tiempo corría implacable hacia la Hora Nona , estaban desarmados y empapados en el extremo occidental de Toledo, y entre ellos y la cripta del Hospital de Tavera se interponían tanto los pistoleros de Lazar Kováč como todas las patrullas policiales de la comisaria Elena Vargas.