El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO X Aguas del Tajo
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CAPÍTULO X Aguas del Tajo

CAPÍTULO X

Aguas del Tajo

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El agua turbia del río Tajo les llegaba ya por la cintura y subía con un bramido sordo que devoraba el aire de la bóveda.

Valeria Conti encendió el colimador láser de quinientos treinta y dos nanómetros que había ocultado dentro de la funda de gafas de su suéter y barrió con el haz verde las cuatro paredes de mampostería hidráulica.

La cámara subterránea era una caja hermética de seis metros por cuatro, revestida en el siglo dieciséis con mortero de cal y puzolana impermeable.

Por la boca inferior del muro norte, el caudal a presión del canal de derivación de la presa entraba como un ariete líquido a diez grados de temperatura, levantando remolinos de espuma blanca que olían a cieno fluvial y piedra mojada.

A ese ritmo de llenado, los dos metros y medio de altura hasta el techo abovedado quedarían completamente sumergidos en menos de seis minutos.

—¡Gabriel, los escalones de la puerta! —gritó Valeria por encima del estruendo del torrente.

Trepó por los peldaños sumergidos hasta la gruesa puerta de roble forrado de hierro y empujó con ambos hombros, pero los tres cerrojos exteriores corridos por Lazar Kováč ni siquiera vibraron.

Cuando se volvió hacia el centro de la cisterna e iluminó el agua con el punto verde del láser, vio que Gabriel no había subido los escalones tras ella.

Estaba de pie al pie de la escalera, con el agua helada cubriéndole ya las costillas, la espalda rígida pegada contra el sillar de granito y las dos manos aferradas al cuello de su camisa empapada como si intentara arrancarse un dogal invisible.

Sus ojos miraban sin ver hacia la bóveda baja de piedra que parecía descender sobre su cabeza; su pecho subía y bajaba en espasmos cortos, rápidos e inútiles que no lograban llevar oxígeno a sus pulmones.

El recuerdo traumático del derrumbe en Simancas a los veintitrés años —catorce horas sepultado en la oscuridad helada junto a la piedra muerta— acababa de fundirse con la traición del hombre al que había querido como a un padre.

—¡Gabriel! —Valeria bajó de un salto los peldaños, rompiendo el agua con los brazos hasta llegar junto a él.

Las manos de Gabriel estaban heladas como el mármol y todo su cuerpo temblaba con una rigidez tetánica que le impedía mover las piernas. Si el nivel del agua superaba sus hombros mientras permanecía en aquel bloqueo respiratorio, se ahogaría antes siquiera de tocar el techo.

Valeria rodeó la nuca de Gabriel con ambas manos, hundió los dedos en su cabello mojado y pegó su propia frente contra la de él, obligándolo a sentir el calor de su piel y el ritmo de su aliento.

—Escúchame, Gabriel —le dijo a pocos milímetros de sus labios, con una voz tan firme y desnuda que atravesó el rugido del agua—. Estoy aquí contigo. No tienes veintitrés años y no estás bajo los escombros de Simancas. Mírame a los ojos: estás vivo y vamos a salir juntos de esta cripta.

Los párpados de Gabriel parpadearon; sus pupilas buscaron en la penumbra verde el brillo ambarino de los ojos de ella.

—Julian... —jadeó él con la voz rota por el espasmo bronquial—. Él mató a Piero. Él nos metió aquí dentro...

—Julian Vance es un anciano soberbio que cree que ya hemos muerto —dijo Valeria apretando las mejillas de Gabriel entre sus palmas—.

Pero tú eres el hombre que leyó el espejo de El Escorial, el que detuvo la bala con el péndulo de Madrid y el que me sostuvo la mano en el túnel de Felipe II.

Mi tío Piero dio la vida porque sabía que tú y yo juntos éramos más inteligentes que ellos.

No voy a dejar que mueras en este pozo, ¿me oyes?

Sin esperar respuesta, con el agua helada subiéndoles ya por las clavículas, Valeria acortó el centímetro que los separaba y besó los labios helados de Gabriel.

No fue un gesto suave ni detenido en el tiempo: fue un choque eléctrico de vida, de rabia compartida y de calor humano en mitad del hielo que cortó de raíz la hiperventilación de Gabriel.

Los dedos de él dejaron de arañar el muro de piedra y se cerraron con fuerza alrededor de la cintura de Valeria, sosteniéndola contra su pecho mientras el agua los levantaba medio palmo del suelo.

Cuando separaron los labios para tomar aire, el temblor paralizante había desaparecido de los ojos de Gabriel; en su lugar brillaba de nuevo la lucidez afilada del criptógrafo.

—Dos metros hasta la reja del techo —dijo Gabriel tomando una bocanada profunda y controlada—. Alumbra hacia arriba.

Valeria dirigió el haz verde hacia la clave de la bóveda.

En el centro del techo de piedra se abría un pozo cuadrado de ventilación cerrado por una reja horizontal de barrotes de hierro macizo de tres centímetros de grosor, empotrados en el granito desde el siglo dieciséis. Ninguna fuerza humana podía doblar aquellos hierros.

Sin embargo, justo al otro lado de la reja, a ochenta centímetros por encima de los barrotes en la pared del conducto de desagüe superior, los ingenieros modernos que habían automatizado las bombas hidráulicas del Cigarral habían instalado una válvula electromecánica de alivio de crecidas.

—Mira la pared lateral del conducto, encima de la reja —señaló Valeria mientras ambos flotaban ya impulsados por la subida del nivel del agua, sujetándose con una mano a los barrotes de hierro del techo—.

Es una compuerta basculante de aliviadero que da directamente a la vaguada exterior del Tajo.

Tiene un solenoide de apertura automática para evitar que la presión reviente los cimientos del torreón.

—¿Por qué no se abre si la cisterna ya está casi llena? —preguntó Gabriel con la barbilla a treinta centímetros de la reja de hierro.

Valeria enfocó el haz del colimador hacia la caja estanca de policarbonato transparente situada junto al pistón hidráulico de la compuerta, a un metro y medio de distancia al otro lado de los barrotes.

—Porque Kováč ha desconectado el flotador mecánico inferior antes de abrir la llave de paso —dijo ella analizando el circuito impreso visible a través de la tapa transparente—.

Pero mira el extremo derecho de la placa electrónica: lleva un relé óptico-térmico de seguridad contra incendios con una ampolla de mercurio y bismuto de bajo punto de fusión.

Si la temperatura sobre ese sensor supera los noventa grados centígrados, el fusible se funde por gravedad y libera el pestillo hidráulico del aliviadero sin necesidad de corriente eléctrica.

Gabriel midió con la vista el hueco entre los barrotes de hierro.

—Está a metro y medio detrás de la reja; no llegamos con los brazos —dijo él, con el agua tocándoles ya los hombros y dejando apenas veinticinco centímetros de cámara de aire bajo las piedras de la bóveda—.

Y el haz de tu láser a esa distancia tiene tres milímetros de diámetro: la tapa húmeda de policarbonato dispersa el calor antes de que el bismuto alcance los noventa grados.

—Si pudiera concentrar los quinientos milivatios de potencia del diodo en un punto focal de cincuenta micras sobre la ampolla de bismuto —calculó Valeria a toda velocidad—, la densidad de energía subiría mil veces y fundiría el fusible en cuatro segundos.

Pero necesito una lente convergente de distancia focal corta y cristal óptico puro.

Los ojos de Gabriel se iluminaron en la penumbra verde.

Sumergió la mano derecha bajo el agua, abrió el bolsillo pequeño de su chaleco y sacó su lupa plegable Zeiss de diez aumentos.

—Doble lente acromática de cristal de bario con distancia focal de veinticinco milímetros —dijo Gabriel desenroscando con los dedos firmes el bisel de latón niquelado del armazón hasta liberar la lente biconvexa limpia—.

Pero alguien tiene que sostener la lente a veinticinco milímetros exactos de la caja del relé, al otro lado de la reja, mientras tú disparas el haz desde aquí.

El espacio entre dos barrotes de hierro del siglo dieciséis era de apenas nueve centímetros: insuficiente para que pasara un hombro, pero justo el ancho necesario para introducir el brazo desnudo de Gabriel hasta la axila si estiraba los dedos al límite...

sumergiendo la cabeza bajo el agua que ya lamía el techo de la bóveda.

No quedaban más de cuarenta segundos de aire en la cámara.

—Desmonta el filtro atenuador del láser para poner el diodo a máxima potencia —dijo Gabriel tomando una última inspiración profunda en los diez centímetros de aire que restaban pegados a la piedra—.

Cuando veas que el reflejo verde sobre la ampolla se reduce al tamaño de la punta de un alfiler, no muevas el pulso.

Antes de que el agua terminara de sellar la bóveda por completo, Gabriel hundió el rostro bajo la superficie turbia, metió el brazo derecho entre los dos barrotes de hierro hasta que el metal le despellejó el deltoides y estiró los dedos hacia la pared del conducto superior, sosteniendo la lente Zeiss a dos centímetros y medio de la ventana de policarbonato del relé.

Valeria, con la boca pegada al último hueco de aire entre los barrotes de la reja y las piernas flotando en el agua helada, desenroscó el cabezal difusor de su colimador de quinientos treinta y dos nanómetros, apoyó el tubo de aluminio contra el hierro para anular el temblor de la hipotermia y disparó el haz verde continuo a través de la lente que sostenía la mano de Gabriel.

El rayo esmeralda atravesó el cristal de bario de la lupa Zeiss y convergió en un punto incandescente, casi blanco de puro brillante, sobre la minúscula cápsula de aleación de bismuto del relé.

Un segundo.

Bajo el agua, los pulmones de Gabriel ardían como brasas mientras mantenía el brazo inmóvil contra el hierro.

Dos segundos.

Una voluta de humo gris brotó dentro de la caja estanca al calentarse el soporte del sensor.

Tres segundos.

Cuatro segundos.

La cápsula de bismuto estalló con un destello azulado, el muelle de retención del solenoide saltó libre y el pistón hidráulico del aliviadero de crecidas se abrió de par en par con el estampido de un cañonazo.