El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO IX El Rostro de Jano
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CAPÍTULO IX El Rostro de Jano

CAPÍTULO IX

El Rostro de Jano

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El Mercedes negro se detuvo sobre la grava blanca del patio de armas del Cigarral de los Cipreses.

A través de las ventanillas bloqueadas, Gabriel Mendoza observó los muros de mampostería toledana y ladrillo visto de la mansión del siglo diecisiete, rodeada de altos cipreses que aislaban la finca de cualquier mirada desde la otra orilla del Tajo.

Junto a la escalinata de piedra del porche aguardaban dos hombres vestidos con trajes oscuros y auriculares de tubo acústico transparente; sus manos derechas descansaban cerca del faldón abierto de sus chaquetas.

No eran empleados domésticos.

—Tenemos diez segundos antes de que el chófer abra las puertas desde fuera —susurró Gabriel sin mover los labios, devolviendo la lupa plegable Zeiss al bolsillo pequeño de su chaleco interior—.

Julian Vance es «Jano». Él dirigió la restauración de 2022 y nos ha utilizado para sacar las piezas de las estaciones que tenían trampas mecánicas de Piero.

Valeria no perdió un solo segundo en lamentaciones. Con la destreza quirúrgica de quien había montado interferómetros ópticos en los laboratorios del CERN, sus dedos buscaron dentro de su chaqueta el romboedro de espato de Islandia que habían traído desde Madrid y Toledo.

El cristal de Felipe II no era una piedra monolítica simple: para corregir la aberración cromática del haz solar, los lapidarios flamencos de 1584 habían ensamblado el romboedro principal con una lámina compensadora de cuarto de onda —una placa de calcita de tres milímetros de espesor sujeta a la cara inferior mediante dos pasadores invisibles de oro—.

Con la uña del índice, Valeria deslizó los dos pasadores laterales, separó la delgada lámina transparente de cuarto de onda del cuerpo principal del prisma y la ocultó junto a su colimador láser dentro de la funda rígida de gafas que llevaba en el bolsillo interior de su suéter, dejando en la bolsa de terciopelo el bloque grande de espato de Islandia.

—Sin esta lámina compensadora —murmuró ella al oído de Gabriel justo cuando los pestillos eléctricos del vehículo saltaban—, el prisma principal sigue dividiendo la luz y mostrando los números, pero tiene un desfase de polarización de noventa grados que él no podrá detectar a simple vista.

La puerta trasera del Mercedes se abrió de par en par.

El chófer corpulento y los dos guardias del porche se situaron a ambos lados del estribo, bloqueando cualquier carrera hacia los olivares de la pendiente.

—El profesor Vance los espera en la biblioteca del torreón —indicó el chófer con un gesto cortés pero inflexible hacia la puerta claveteada de la casa.

Subieron por la escalinata de piedra y atravesaron la galería mudéjar hasta entrar en el gran salón biblioteca de doble altura.

El olor a leña de encina encendida, cuero antiguo y cera de abejas llenaba la estancia.

Miles de volúmenes encuadernados en pergamino y tafilete cubrían las paredes desde el zócalo hasta el artesonado policromado del techo.

Al fondo, junto al mirador ojival que enmarcaba a lo lejos las torres de la Catedral y el Alcázar de Toledo, Sir Julian Vance estaba sentado en su sillón de respaldo alto con la manta de cachemira sobre las piernas y una taza de té humeante en la mesita auxiliar.

—¡Gabriel, querido muchacho! —exclamó el anciano catedrático abriendo los brazos con una sonrisa radiante y paternal—.

Y usted debe de ser la doctora Valeria Conti.

Permítanme decirles cuánto lamento la barbarie que han cometido anoche contra nuestro admirado Piero.

Acerquen esas sillas al fuego, por favor; tienen la ropa empapada por el agua de las cisternas.

Gabriel se detuvo en el centro de la alfombra persa, a cuatro metros del sillón.

Su mirada no se dirigió al rostro afable de su antiguo mentor, sino al soporte de hierro forjado situado junto a la chimenea, donde descansaba apoyado el bastón ortopédico de fibra de carbono negra.

En la parte superior del bastón brillaba el pomo de plata maciza cincelado con las dos caras opuestas del dios Jano .

Y en el extremo inferior, adherido al borde de goma de la contera metálica, Gabriel distinguió con absoluta nitidez un rastro fresco de polvo blanco de mármol de Carrara mezclado con arcilla rojiza de ladrillo mudéjar .

No era el polvo de los senderos de grava caliza del Cigarral. Era el polvo de una cripta en obras que aquel hombre había visitado caminando sobre sus dos piernas esa misma mañana.

—Tu línea telefónica nunca estuvo cortada por la tormenta, ¿verdad, Julian? —dijo Gabriel con voz serena y grave.

La sonrisa paternal de Sir Julian Vance permaneció inmóvil durante dos segundos en sus labios delgados; después, poco a poco, se apagó como la llama de una vela a la que le retiran el oxígeno.

Los ojos grises del historiador británico perdieron toda calidez humana, transformándose en dos espejos de hielo calculador.

Detrás de Gabriel y Valeria, las puertas dobles de nogal de la biblioteca se cerraron con llave desde dentro.

Al mismo tiempo, desde la escalera de caracol que bajaba de la galería superior de incunables, descendió sin ruido Lazar Kováč , apuntando directamente a la sien de Valeria con el cañón silenciado de su pistola FN Five-seveN .

Sir Julian Vance retiró la manta de cachemira de sus rodillas, la dobló con meticulosa pulcritud sobre el brazo del sillón y se puso en pie sin el menor esfuerzo.

Caminó con paso firme y erguido hasta la chimenea y tomó entre sus manos el bastón con el pomo de doble rostro de plata.

—Siempre tuviste el ojo de un paleógrafo consumado, Gabriel —dijo Vance con una voz desprovista ya de cualquier temblor senil—.

En Oxford solía decir a mis colegas del claustro que eras el único alumno capaz de detectar una falsificación papal por el grano del pergamino a tres metros de distancia.

Confieso que esperaba disfrutar de unos minutos más de hospitalidad antes de pedirte las piezas, pero veo que han examinado el interior del disco de Juanelo Turriano en el vehículo.

—Tú ordenaste asesinar a mi tío en El Escorial —dijo Valeria con la voz vibrante de furia contenida, sin apartar la vista del anciano a pesar del cañón que Lazar Kováč mantenía a diez centímetros de su cabeza—. Piero confiaba en ti. Te invitó al comité de Ginebra para proteger la red europea.

—Piero era una mente brillante atrapada en el sentimentalismo del siglo veinte, querida doctora —replicó Vance apoyando ambas manos sobre las dos caras de plata de su bastón—.

Cuando diseñamos juntos la semilla física de recuperación de EuroQCI sobre la red geodésica de Felipe II y Juan de Herrera, Piero creía de buena fe que estábamos entregando ese escudo a una democracia europea fuerte y soberana.

Pero mire usted a su alrededor en el continente: gobiernos efímeros paralizados por disputas electorales, bancos centrales vulnerables al pánico de los mercados y una arquitectura de defensa que tarda semanas en aprobar una sola decisión estratégica.

—Y la Cámara de los Nueve decidió que ustedes gobernarían mejor desde la sombra —dijo Gabriel con desprecio—. Nueve banqueros, contratistas de defensa y aristócratas comprando el certificado raíz de Europa como quien compra una patente de corso en el siglo dieciséis.

—Felipe II gobernó un imperio donde no se ponía el sol desde una celda austera de El Escorial porque comprendió que el verdadero poder no reside en los parlamentos públicos, sino en el monopolio de las claves de comunicación y del crédito soberano —respondió Vance con gélida convicción—.

Hoy a las dieciséis cero cero horas, durante los noventa segundos de la ventana de mantenimiento del Viernes Santo, el protocolo del Octavo Sello sustituirá los certificados raíz de Fráncfort y Bruselas por nuestra clave maestra.

Nadie sabrá que ha ocurrido. Los mercados abrirán el lunes en calma, los ciudadanos seguirán usando sus cuentas...

pero cada flujo financiero estratégico, cada satélite y cada red energética del continente responderá ante el consejo de la Cámara.

Vance hizo una seña breve con dos dedos a Lazar Kováč.

—Silenciario, recoge el tratado de 1584, el anillo de plata, el disco de Turriano y el cristal de espato de Islandia.

Con la pistola pegada a la nuca de Valeria, Kováč extendió el brazo izquierdo y extrajo del abrigo de Gabriel el ejemplar del Discurso de la figura cúbica y el anillo vernier de plata; acto seguido, tomó de los bolsillos exteriores de la chaqueta de Valeria el disco diferencial de latón de las Cuevas de Hércules y la bolsa de terciopelo que contenía el romboedro principal de calcita.

Un palpado rápido por los costados descartó la presencia de armas de fuego: para el sicario, la funda rígida de gafas en el pecho de Valeria y el pequeño monedero del chaleco de Gabriel donde iba plegada la lupa carecían de cualquier valor táctico.

Kováč depositó los cuatro objetos históricos sobre el gran escritorio renacentista de caoba situado junto al ventanal.

Sir Julian Vance se acercó a la mesa con el brillo de la codicia intelectual encendido en las pupilas.

Encajó el anillo de plata de El Escorial en el centro del disco de latón de Juanelo Turriano, colocó encima el cuerpo principal del prisma de espato de Islandia e iluminó el conjunto con la lámpara halógena del escritorio sobre la guarda del tratado de Herrera.

Las tres coronas de latón giraron con suavidad hasta alinear los índices grabados, proyectando sobre la mesa la matriz completa de sesenta y cuatro pares hexadecimales para el terminal óptico.

—Magnífico —murmuró Vance en un susurro reverencial—. Cuatrocientos cuarenta años de geometría sagrada reducidos a una secuencia perfecta de polarización fotónica.

—No te servirá de nada sin saber en qué edificio de Toledo instaló Piero el transceptor óptico pasivo de la quinta estación —dijo Gabriel, intentando ganar un minuto más mientras medía la distancia que los separaba de la puerta lateral—. Y el rayo de la catedral señalaba hacia el Alcázar.

Sir Julian Vance levantó la vista del escritorio y esbozó una sonrisa casi compasiva.

—Querido Gabriel, ¿de verdad crees que necesitaba que ustedes me dijeran dónde está la quinta estación?

—dijo el anciano, golpeando suavemente la alfombra con la punta de su bastón—: Yo mismo firmé en 2022 como presidente del consorcio la partida presupuestaria encubierta para instalar el emisor de fibra cuántica en esa cripta.

Sé perfectamente dónde está el nodo desde el primer día; he estado allí esta misma mañana supervisando la conexión de nuestros equipos.

Lo único que Piero se llevó a la tumba, y que ni mis ingenieros ni yo podíamos obtener sin activar las trampas mecánicas de El Escorial, Madrid y las Cuevas de Hércules, eran las tres piezas físicas que generan el código de fase .

Y ustedes dos acaban de traérmelas amablemente hasta mi mesa con el tiempo exacto antes de la Hora Nona .

El corazón de Gabriel dio un vuelco helado.

Vance nunca había buscado el mapa hacia la quinta estación; los había utilizado como sabuesos desechables para abrir las cerraduras mortales de Herrera y Turriano que él no sabía descifrar.

—¿Por qué incriminaste a Gabriel en El Escorial con esa inscripción en la esfera armilar? —preguntó Valeria con los dientes apretados.

—Porque Piero dejó su mensaje en escritura especular herreriana, y yo sabía que en toda España solo había un paleógrafo capaz de leer ese código a primera vista y abrir para mí el estante ocho-C —respondió Vance guardando las piezas en un maletín acolchado de aluminio—.

La transferencia falsa del Banco de España garantizaba que Gabriel no pudiera entregar el anillo a la comisaria Vargas y se viera obligado a huir contigo siguiendo el rastro de estación en estación hasta mis manos.

Vance cerró los broches del maletín de aluminio y consultó su reloj de bolsillo de oro: 10:38 H .

—Nos quedan poco más de cinco horas para la ventana de las cuatro de la tarde —dijo dirigiéndose a Lazar Kováč—.

El equipo técnico ya tiene lista la consola en la cripta.

Pero no quiero disparos ni rastros de sangre en las alfombras de mi casa cuando la policía de esa persistente comisaria Vargas venga a preguntar si el profesor Mendoza ha intentado ponerse en contacto conmigo.

—¿La cisterna inferior, señor? —preguntó Kováč.

—Durante las crecidas de primavera del río Tajo —explicó Vance con el tono académico de un guía museístico mientras abría una puerta disimulada detrás de los estantes de derecho canónico del rincón norte—, el aljibe abovedado del siglo dieciséis que hay bajo los cimientos de este torreón recoge el caudal del canal de derivación de la presa.

Cuando la policía encuentre sus cuerpos dentro de tres días en la desembocadura del desagüe del río, la autopsia determinará que los dos fugitivos de El Escorial intentaron ocultarse en las galerías de riego de los Cigarrales y perecieron ahogados por la subida del caudal.

Kováč amartilló su pistola apuntando al pecho de Valeria, mientras los dos guardias del patio entraban por la puerta lateral empuñando armas con silenciador.

—Bajen los peldaños —ordenó el sicario—. Si el profesor se detiene en el umbral, le disparo a ella en la rodilla y los arrojo igual.

Sin posibilidad alguna de alcanzar a los tres hombres armados a cuatro metros de distancia, Gabriel sostuvo la mano de Valeria y descendió tras ella los dieciocho escalones húmedos de piedra tallada que bajaban a las entrañas del torreón.

Al pie de la escalera se abría una bóveda subterránea rectangular de seis metros de largo por cuatro de ancho, construida con muros macizos de mampostería hidráulica y cerrada en su techo bajo por una pesada reja horizontal de hierro forjado a modo de trampa de ventilación.

No había ventanas, ni respiraderos laterales, ni más puerta que la gruesa hoja de roble blindado con herrajes de hierro por la que acababan de entrar.

En cuanto sus pies pisaron el suelo de losas de piedra cubiertas de dos centímetros de limo frío, la puerta de roble se cerró de golpe a sus espaldas.

Tres cerrojos exteriores de hierro macizo corrieron dentro de la piedra con un estrépito seco que retumbó por toda la cámara cerrada.

La oscuridad fue absoluta.

Un segundo después, detrás del muro de contención del fondo, sonó el chirrido de una rueda dentada de hierro accionada por Lazar Kováč desde el nivel superior.

Una compuerta de bronce se levantó diez centímetros en la base de la pared y un chorro embravecido y helado de agua turbia del río Tajo irrumpió en la cisterna con el rugido de una catarata subterránea.