El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO VIII Las Cuevas de Hércules
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CAPÍTULO VIII Las Cuevas de Hércules

CAPÍTULO VIII

Las Cuevas de Hércules

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La puerta acorazada de acero corten se cerró a sus espaldas con un golpe sordo que apagó de inmediato todos los sonidos del mundo exterior.

Valeria Conti encendió la linterna de su teléfono móvil y proyectó el haz blanco hacia las profundidades de la roca toledana.

El chófer de Sir Julian Vance —un hombre corpulento y silencioso de abrigo gris llamado Sebastián que les había entregado la llave de doble gorja y el código numérico sin hacer preguntas— aguardaba fuera con el motor del Mercedes encendido en la esquina de la cuesta de la Sal.

Tenían exactamente treinta minutos antes de que las patrullas policiales que peinaban el barrio de la Catedral bajaran hacia San Ginés.

—¿Estás bien? —preguntó Valeria en voz baja, volviéndose hacia Gabriel en el primer rellano de la pasarela metálica.

A través de la rejilla de hierro que pisaban sus botas se abría ya una caída vertical de doce metros excavada directamente en el gneis granítico de la colina.

El aire subterráneo estaba saturado de un olor mineral a limo antiguo, granito rezumante y agua estancada que no había visto la luz del sol desde los tiempos del emperador Trajano.

Gabriel tenía la mandíbula apretada y la mano derecha aferrada al pasamanos húmedo, pero asintió con firmeza.

—Adelante —dijo él, dominando el temblor involuntario de sus dedos—. Catorce pies romanos bajo el nivel de la cisterna.

Descendieron por los dos tramos de escaleras que atravesaban primero los cimientos de la antigua iglesia visigoda y después el estrato medieval, hasta desembocar en la gran sala abovedada del siglo primero.

Valeria detuvo el paso, sobrecogida por la escala monumental de la obra romana.

Sobre sus cabezas se tendían tres colosales arcos de medio punto construidos con sillares ciclópeos de granito almohadillado, unidos sin argamasa mediante el peso puro de la piedra.

La leyenda medieval toledana afirmaba que en aquella caverna subterránea el rey visigodo don Rodrigo había roto los candados del palacio encantado de Hércules en vísperas de la caída de su reino; la arqueología moderna había demostrado que se trataba de la cisterna principal de abastecimiento del municipium romano de Toletum.

Pero la excavación abierta para el público terminaba en una barandilla de cristal al borde de una galería inferior inundada.

Más allá de la barandilla, tres metros más abajo, una lámina inmóvil y negra de agua freática cubría la base de tres arcos menores que se internaban bajo la roca viva hacia el sur.

Gabriel se inclinó sobre el pretil e iluminó la pared de sillería del tercer arco sumergido.

En la clave de piedra del arco, apenas a veinte centímetros por encima de la superficie negra del agua, alguien había cincelado en el siglo dieciséis el anagrama geométrico de la figura cúbica de Juan de Herrera acompañado de las iniciales I. T. 1569 .

— Iannelus Turrianus —leyó Gabriel—. Juanelo Turriano, el ingeniero de Cremona que construyó para Felipe II el artificio hidráulico del Tajo.

—El mensaje de la catedral decía: «Cota menos catorce pies • Tercer arco sumergido • Clavis Turriani» —recordó Valeria, alumbrando con su colimador el fondo cristalino del estanque subterráneo—.

Un pie romano equivale a veintinueve centímetros y medio.

Catorce pies son cuatro metros con trece centímetros...

pero el agua de esta galería apenas tiene un metro y veinte de profundidad.

Valeria dirigió el haz verde de quinientos treinta y dos nanómetros verticalmente a través del agua helada junto al pilar derecho del tercer arco.

La luz láser no se dispersó en el agua limpia: atravesó el metro veinte de lámina líquida e iluminó en la base del sillar romano una rueda octogonal de bronce verdoso de treinta centímetros de diámetro, provista de dos cilindros concéntricos de plomo que funcionaban como vasos comunicantes.

—No es la profundidad del agua —comprendió Valeria de inmediato—. Es una columna de presión hidrostática equivalente a catorce pies de agua. Turriano construyó un sifón diferencial de mercurio y agua dentro del pilar de granito.

Gabriel se despojó de su abrigo de tweed gris oscuro, dejó el ejemplar de 1584 del Discurso de la figura cúbica envuelto sobre el peldaño seco de la pasarela y saltó al otro lado de la barandilla. Valeria lo siguió sin vacilar.

Cuando se introdujeron en el estanque subterráneo, el agua a ocho grados centígrados les golpeó los muslos y la cintura como una cuchillada de hielo líquido, cortándoles el aliento.

Avanzaron vadeando el fondo de losas romanas resbaladizas hasta situarse debajo de la bóveda baja del tercer arco.

Allí el techo de granito descendía a escasos veinte centímetros de sus cabezas, formando un túnel semisumergido y opresivo donde el eco de su propia respiración rebotaba contra el agua negra.

Valeria vio que las pupilas de Gabriel se dilataban en la penumbra mientras miraba la masa de miles de toneladas de piedra que pesaba sobre el arco bajo.

Sin decir una palabra, ella apoyó su mano izquierda sobre la nuca de Gabriel, obligándolo a fijar los ojos en la luz verde del láser que apuntaba al mecanismo bajo el agua.

—Mírame a mí, Gabriel —le dijo con voz firme y cálida—. Respira conmigo. No estamos en Simancas. No estás atrapado bajo esa bóveda. Somos dos científicos abriendo un mecanismo de hace cuatrocientos años.

Gabriel tomó una inspiración profunda, sostuvo la mirada ambarina de Valeria durante dos segundos y asintió.

—Enséñame el centro de la rueda de bronce —pidió él.

En el eje central de la válvula sumergida de Juanelo Turriano había un tambor cilíndrico de bronce con una muesca anular de veintidós milímetros de diámetro, flanqueado por dos escalas graduadas del uno al doce.

—Si intentamos girar la rueda exterior a la fuerza —explicó Gabriel tras palpar con los dedos entumecidos por el frío las dos válvulas laterales—, el contrapeso interior romperá el sello del tubo de plomo e inundará la cámara seca donde está guardado el disco, bloqueando los pasadores para siempre.

Turriano usaba el mismo principio de escape planetario que diseñó para el reloj astronómico de Carlos V: primero hay que fijar el índice de declinación en el eje central.

Gabriel sacó del bolsillo de su camisa el anillo vernier de plata que habían recuperado horas antes en la biblioteca de El Escorial y se sumergió hasta el pecho en el agua helada junto con Valeria.

Aguas abajo, iluminados por el haz verde del colimador impermeable de Valeria, Gabriel encajó el anillo de plata sobre el tambor central del mecanismo de bronce.

Las tres muescas interiores del anillo del siglo dieciséis coincidieron con los tres tetones del eje de Turriano con la exactitud de una llave maestra en su cerradura original.

—¿Qué ángulo marcaba la cifra de Valle de la Cerda para la cota catorce? —preguntó Valeria sacando la cabeza un segundo para tomar aire bajo el arco de piedra.

—Declinación catorce sobre el horizonte de Toledo: cuatro divisiones a la izquierda y ocho a la derecha —dijo Gabriel.

Volvió a sumergir los brazos y giró primero el anillo interior de plata cuatro muescas en sentido antihorario, hasta escuchar bajo el agua un chasquido metálico grave; acto seguido, aferró con ambas manos la corona exterior de bronce y la desplazó ocho divisiones hacia la derecha.

Dentro del pilar de granito romano sonó un gorgoteo profundo de aire comprimido y el desplazamiento lento de un contrapeso de plomo que descendía por su conducto vertical.

En la cara seca del sillar superior, diez centímetros por encima del nivel del agua, una compuerta cuadrada de bronce calafateado con brea mineral y cera de abejas se desprendió medio centímetro hacia afuera con un suspiro neumático.

Gabriel introdujo los dedos en la ranura y abrió la portezuela estanca.

El interior de la cavidad de granito estaba completamente seco.

Sobre un lecho de terciopelo carmesí descolorido por los siglos descansaba un disco macizo de latón dorado de quince centímetros de diámetro, compuesto por tres coronas móviles grabadas con alidadas ópticas, signos zodiacales y una matriz circular de sesenta y cuatro pares hexadecimales renacentistas.

El Disco Diferencial de Juanelo Turriano .

Valeria lo tomó entre sus manos con reverencia científica.

En el centro del disco de latón había una cavidad circular vacía diseñada exactamente para alojar el anillo vernier de plata de El Escorial, y sobre el brazo del ostensorio central sobresalía un soporte prismático destinado a sostener el cristal de espato de Islandia.

—Es un modulador óptico mecánico —murmuró Valeria con los ojos brillantes mientras salían del estanque helado y subían de nuevo a la pasarela seca para recoger el abrigo y el libro—.

Cuando encajas el anillo de El Escorial y el cristal de calcita sobre este disco de Turriano, las tres coronas móviles convierten las coordenadas históricas de Herrera en los ángulos exactos de rotación de fase para el transceptor cuántico de la quinta estación.

—¿Y dice el disco dónde está esa quinta estación en Toledo? —preguntó Gabriel mientras escurría el agua helada de los bajos de su pantalón y miraba su reloj: 09:50 H .

—Las inscripciones del borde exterior están divididas en dos lecturas según el índice de refracción —dijo Valeria, guardando el disco dentro del forro seco de su chaqueta—.

En cuanto lleguemos al Cigarral de Sir Julian Vance y lo pongamos bajo una lámpara con el tratado de Herrera, tendremos la ubicación exacta del nodo final con tiempo suficiente antes de la Hora Nona .

Subieron a toda prisa los tramos de escalera hasta la puerta de acero corten del callejón de San Ginés.

Cuando Gabriel entreabrió la hoja blindada y asomó la cabeza a la callejuela, vio que al final de la cuesta de la Sal acababan de aparecer dos patrullas policiales de la Unidad de Intervención, cuyos agentes revisaban los portales calle por calle bajo las órdenes de una mujer de gabardina gris perla: la comisaria Elena Vargas había llegado a Toledo.

Pero hacia el extremo opuesto del callejón, en la esquina despejada de la placita de San Ginés, el Mercedes Clase S negro con cristales tintados de Sir Julian Vance permanecía detenido con la puerta trasera entreabierta y el chófer haciéndoles una seña apremiante desde el volante.

Gabriel y Valeria corrieron agachados pegados al muro mudéjar y entraron en el automóvil. Las puertas pesadas del Mercedes se cerraron con un soplido amortiguado y el vehículo arrancó cuesta abajo, ganando la ronda del Granadal antes de que el cerco policial de Vargas alcanzara la manzana.

*    *    *

Carretera de los Cigarrales (Rumbo al Cigarral de los Cipreses, Toledo) Viernes Santo — 10:05 H (5 horas y 55 minutos para la Hora Nona)

El interior climatizado del Mercedes olía a cuero Connolly, madera de raíz de nogal y tabaco inglés de pipa.

A través de las ventanillas traseras oscurecidas, Valeria vio cómo el vehículo cruzaba el puente sobre el río Tajo, encajonado entre los acantilados de roca parda del torno, y comenzaba a ascender por la carretera serpenteante de los Cigarrales, flanqueada por olivares centenarios, cipreses y altos muros de piedra que protegían las fincas señoriales del sur de Toledo.

El calor de la calefacción empezaba a devolver la sensibilidad a sus manos heladas tras la inmersión en las Cuevas de Hércules.

Mientras Gabriel secaba con un pañuelo el anillo vernier de plata para ensamblarlo con el hallazgo de la cisterna, Valeria sacó de su chaqueta el Disco Diferencial de Juanelo Turriano y pidió a Gabriel su lupa plegable Zeiss de diez aumentos.

—Quiero revisar el reverso del eje central antes de que encajemos el anillo —dijo ella en voz baja, inclinando el disco de latón hacia la claridad que entraba por la ventanilla lateral—.

Cuando mi tío Piero y el comité restauraron las piezas en 2022 para calibrar el nodo de EuroQCI , grabaron con láser de femtosegundo un código de verificación técnica en el reverso del soporte.

Con la uña del pulgar, Valeria levantó la pequeña presilla de latón que cubría el dorso del eje central del disco de Turriano, limpió con la manga la película protectora de cera virgen y acercó la lente Zeiss de diez aumentos a tres centímetros del metal.

En el centro de la platina interior, oculto a simple vista pero nítido bajo la óptica alemana de precisión, no estaba el sello oficial de la Agencia Europea de Seguridad de Ginebra.

En su lugar, grabado en el latón con un buril moderno sobre la pátina del siglo dieciséis, había un octógono regular coronado por una cabeza humana de doble perfil opuesto —dos rostros barbados mirando hacia izquierda y derecha— rodeado por nueve estrellas minúsculas y una divisa en latín:

EX UMbrA IN LUCEM • CAMARA IX

Valeria sintió que la sangre abandonaba sus mejillas de golpe.

—Gabriel —susurró ella, tan bajo que el chófer separado por la mampara de cristal delantero no pudo oírla—. Mira este grabado en el interior del disco de Turriano.

Gabriel tomó la lupa Zeiss y la acercó al reverso del eje de latón.

Al ver el octógono coronado por la doble faz de Jano y el lema Ex Umbra in Lucem , el rostro de Gabriel se volvió de piedra.

No era la primera vez en su vida que veía aquel emblema.

Muy despacio, sin hacer el menor ruido, Gabriel bajó la lupa del disco de latón y dirigió la mirada hacia el bolsillo portadocumentos de cuero verde situado en el respaldo del asiento delantero del Mercedes, justo delante de sus rodillas, donde sobresalía el membrete grabado en relieve dorado de la carpeta personal del propietario del vehículo y el paraguas plegado con el escudo de la casa.

El exlibris estampado en oro sobre el cuero verde de Sir Julian Vance era el mismo octógono con el doble rostro de Jano y la leyenda Ex Umbra in Lucem .

Valeria siguió la dirección de los ojos de Gabriel y vio el escudo en el respaldo del asiento.

En ese mismo segundo, el Mercedes negro cruzó los dos grandes pilares de granito del Cigarral de los Cipreses .

Detrás del automóvil, los pesados portones de hierro forjado de tres metros de altura se cerraron automáticamente con un estruendo metálico, y los seguros eléctricos de las cuatro puertas del vehículo se bloquearon desde la consola del conductor con un clic seco e inapelable.