El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO VII La Campana de San Eugenio #2
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CAPÍTULO VII La Campana de San Eugenio #2

—Es una red municipal aislada de la del CSIC —dijo ella, frustrada, palpando el marco de acero macizo—.

Y hace falta la llave física de doble paleta del Patronato para retirar los cuatro bulones del bastidor.

Si intentamos forzarla, saltará la alarma silenciosa en la comisaría de Toledo en diez segundos.

Gabriel apoyó la mano sobre el acero frío de la puerta y cerró los ojos un instante para ordenar sus pensamientos. Miró su reloj: 08:40 H .

Quedaban siete horas y veinte minutos para la Hora Nona .

Tenían en su poder el anillo de plata de El Escorial, el tratado autógrafo de Juan de Herrera con la cifra de Valle de la Cerda y el prisma de espato de Islandia.

El cuarto elemento —el disco hidromecánico de Juanelo Turriano que contenía la conversión numérica para el terminal de la quinta estación— estaba a solo catorce metros bajo sus pies, sumergido tras el tercer arco romano de aquella bóveda...

pero una plancha de acero de tres centímetros les cerraba el paso mientras tanto la policía de Elena Vargas como los hombres de Lazar Kováč cerraban el cerco sobre el casco antiguo.

—Hay una persona en Toledo que tiene una copia oficial de esa llave y el código del teclado —dijo Gabriel de pronto, abriendo los ojos—. Y tú misma acabas de decirme en la catedral que tu tío Piero intentó comunicarse con él hace cuarenta y ocho horas.

Valeria lo miró con cautela.

—¿Sir Julian Vance?

—Julian es el presidente honorario del consorcio internacional que financió la excavación de los niveles profundos de las Cuevas de Hércules en 2022 —explicó Gabriel con rapidez—.

Cuando dirigió mi tesis doctoral en Oxford y veníamos a investigar a los archivos de Toledo, él mismo me enseñó el juego de llaves patrimoniales que el Ayuntamiento depositó bajo su custodia en su residencia del Cigarral de los Cipreses, al otro lado del río.

—¿Y si la razón por la que su línea daba fuera de servicio hace dos días es que la Cámara de los Nueve también fue a por él? —preguntó Valeria.

—Hay un número que no figura en ningún directorio oficial ni en la agenda del comité de Bruselas —dijo Gabriel—.

El teléfono fijo de la centralita analógica de su biblioteca privada en el Cigarral.

Julian lo mantenía conectado a una línea de cobre antigua porque detestaba los teléfonos móviles modernos.

A treinta metros, en la esquina de la cuesta de la Sal, había un pequeño locutorio y quiosco de prensa que acababa de levantar su cierre metálico.

Gabriel dejó a Valeria vigilando el callejón desde el soportal de piedra, entró en la cabina interior del locutorio, introdujo dos monedas y marcó de memoria los nueve dígitos de la línea privada de Toledo.

El tono de llamada sonó una vez. Dos veces. Tres.

Al cuarto timbre, el auricular se descolgó con un clic seco y una voz grave, culta y ligeramente teñida por el inconfundible acento de los colleges de Oxford respondió al otro lado:

— ¿Dígame?

Al escuchar aquella voz familiar —la misma voz que lo había guiado durante sus años más difíciles en Inglaterra después del derrumbe en Simancas—, Gabriel sintió una oleada de alivio tan intensa que tuvo que apoyarse contra el cristal de la cabina.

—¿Julian? Soy Gabriel. Gabriel Mendoza.

Se produjo un segundo de silencio absoluto al otro lado de la línea, seguido por el sonido de una respiración entrecortada de asombro.

—¡Gabriel! ¡Por todos los santos, muchacho!

—exclamó Sir Julian Vance con una emoción vibrante y paternal en la voz—.

Llevo desde las dos de la madrugada viendo tu fotografía en los boletines de urgencia del Ministerio del Interior.

Dicen que Piero Conti ha sido asesinado en El Escorial y que la policía te busca a ti.

Dime que estás a salvo. Dime dónde estás.

—Estoy en Toledo, Julian, y no estoy solo —dijo Gabriel hablando deprisa y en voz baja—.

Está conmigo la doctora Valeria Conti, la sobrina de Piero.

Nos han tendido una trampa falsificando una orden bancaria para incriminarnos.

Los hombres que asesinaron a Piero anoche pertenecen a una organización llamada la Cámara de los Nueve y buscan la semilla física del protocolo de Juan de Herrera para suplantar la raíz cuántica europea hoy a las cuatro de la tarde.

— Dios mío... el protocolo de Piero —murmuró Vance con voz estremecida—.

Hace tres días cortaron los cables telefónicos del poste exterior del Cigarral y pensé que había sido el temporal, hasta que los técnicos repararon la línea esta madrugada.

Piero tenía razón: temía que hubiera una filtración al más alto nivel en Bruselas.

¿Han conseguido llegar hasta la tercera estación?

—Sí —respondió Gabriel—. Hemos leído el rayo extraordinario del Transparente a las siete y cuarenta y dos.

Estamos ahora mismo frente a la puerta blindada de las Cuevas de Hércules , en el callejón de San Ginés, pero el acceso está cerrado por el Viernes Santo y el sicario que mató a Piero nos pisa los talones.

Julian, necesito el duplicado de la llave de doble gorja y el código de seis dígitos del Patronato que guardas en tu despacho.

—Por supuesto, hijo, por supuesto —contestó Sir Julian sin dudar un instante—.

Mi pierna izquierda me tiene postrado en el sillón desde la última trombosis y apenas puedo caminar con el bastón, pero mi chófer, Sebastián, está aquí conmigo en la puerta del Cigarral.

En doce minutos estará en la esquina de la plaza de San Ginés con el Mercedes negro: les entregará en mano la llave de acero y el código del teclado.

Cuando saquen el disco de Juanelo Turriano de la cisterna romana, suban de inmediato a su vehículo.

Aquí en el Cigarral tengo línea segura directa con la embajada británica y con el directorio de seguridad de Ginebra.

—Gracias, Julian —dijo Gabriel con la garganta apretada por la gratitud—. Nos vemos dentro de una hora.

—Ten mucho cuidado ahí abajo, Gabriel —dijo el anciano historiador con ternura antes de cortar la comunicación—. No confíes en nadie más hasta que cruces las puertas de mi casa.

*    *    *

Cigarral de los Cipreses (Colinas del Sur del Tajo, Toledo) Biblioteca Privada de Sir Julian Vance Viernes Santo — 08:48 H (7 horas y 12 minutos para la Hora Nona)

En la biblioteca revestida de nogal español del Cigarral de los Cipreses, frente a los grandes ventanales góticos que dominaban desde lo alto del cerro el meandro del río Tajo y la silueta entera de Toledo, Sir Julian Vance depositó con suavidad el auricular de baquelita negra sobre su horquilla.

Durante dos segundos permaneció inmóvil en su sillón de cuero verde, con una manta de cachemira escocesa extendida sobre las rodillas.

Luego, con una calma fría y deliberada, apartó la manta a un lado y se puso en pie.

En sus piernas no había el menor rastro de atrofia, temblor ni parálisis vascular.

A sus sesenta y ocho años, su porte alto y enjuto conservaba la firmeza de un esgrimista.

Caminó con paso elástico y silencioso sobre la alfombra persa hasta el atril renacentista situado junto a la chimenea, donde descansaba apoyado su bastón de fibra de carbono negra coronado por el pomo de plata maciza: el doble rostro barbado del dios romano Jano , una cara mirando hacia el pasado y la otra hacia el futuro.

Con el pulgar derecho acarició el perfil de plata y desenroscó medio centímetro el collarín del bastón para comprobar la presión de la cápsula neumática oculta en su interior.

Sacó del bolsillo interior de su chaqueta de tweed el teléfono satelital encriptado —en cuya pantalla aún brillaba la fotografía errónea de la inscripción del Alcázar que Lazar Kováč le había enviado cincuenta minutos antes desde la catedral— y pulsó el botón de llamada directa al sicario.

—Señor —respondió al instante la voz de Kováč desde las inmediaciones de la plaza de Zocodover—. Las patrullas policiales han tomado las calles adyacentes a la catedral. Voy de camino hacia la torre oriental del Alcázar para esperarlos allí.

—Detente, Silenciario —ordenó la voz serena e implacable de «Jano» mientras contemplaba a través de los prismáticos de su terraza el campanario lejano de la catedral—.

La inscripción del Alcázar que fotografiaste en la girola era un señuelo óptico diseñado por Juan de Herrera para engañar a quien mirara sin el cristal de calcita.

Mi brillante discípulo acaba de resolver por nosotros la verdadera coordenada del rayo extraordinario y me ha llamado él mismo para pedirme la llave de entrada.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio tenso.

—¿Dónde están? —preguntó Kováč.

—En el número tres del callejón de San Ginés: las Cuevas de Hércules —dijo Sir Julian Vance con una leve sonrisa que no llegó a sus ojos grises—.

Acabo de enviar a uno de mis hombres con la llave oficial del consorcio para que abran la bóveda subterránea y extraigan por mí el disco hidromecánico de Juanelo Turriano del fondo de la cisterna romana.

No intervengas en el callejón: deja que hagan el trabajo sucio bajo el agua y que suban confiados al vehículo que los traerá directamente a mi biblioteca.

Quiero que los esperes aquí, en el Cigarral...

y quiero que vayas preparando las compuertas de la cisterna inferior.