El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO VII La Campana de San Eugenio
56%

CAPÍTULO VII La Campana de San Eugenio

CAPÍTULO VII

La Campana de San Eugenio

— • —

Lazar Kováč aterrizó sobre el enlosado de mármol del trasaltar con la amortiguación elástica de un felino, flexionando las rodillas sin producir más ruido que el roce seco de sus suelas de goma sobre la piedra.

A quince metros por delante de él, Gabriel Mendoza y Valeria Conti corrían ya por el corredor septentrional de la girola hacia la escalera cerrada de la capilla de San Pedro, buscando la única vía de escape que no desembocaba en las puertas principales del templo, donde dos parejas de la Policía Nacional acababan de apostarse junto a los cofrades de la procesión matutina.

Antes de lanzarse tras ellos, Kováč se detuvo tres segundos frente al altar del Transparente .

El rayo de sol que seguía entrando por el óculo alto del ábside atravesaba ahora el medallón vacío del arcángel Rafael —de donde Mendoza acababa de arrancar el cristal de calcita— e iluminaba con nitidez meridiana una única inscripción en el centro del pavimento blanco y negro:

TURRIS REGIA ALCAZARIS — ORIENTE

Kováč alzó la solapa de su chaqueta negra, donde llevaba camuflada una microcámara de lente estenopeica en el ojal, y capturó dos fotografías de alta resolución de la inscripción iluminada por el haz solar.

Sin saber que la piedra birrefringente que Mendoza llevaba en el bolsillo había proyectado segundos antes un segundo rayo polarizado sobre el pórfido lateral, el sicario transmitió la imagen directamente al canal cifrado de «Jano» con una nota escueta: Estación 3 leída.

Señala la torre oriental del Alcázar. Voy a quitarles el prisma y el tratado.

Kováč arrancó de un tirón su primer estilete de óxido de circonio de la moldura dorada del retablo, lo guardó en la funda interior de su antebrazo izquierdo y empuñó el segundo cuchillo cerámico con la mano derecha mientras se internaba a paso veloz por la puerta de piedra que subía hacia el Claustro Alto y la Torre Mayor.

*    *    *

Cincuenta metros más arriba, en el corazón de la torre gótica diseñada por Rodrigo Alfonso y Alvar Martínez en el siglo quince, el aire olía a palomina seca, madera de enebro envejecida y bronce oxidado.

Gabriel subía los últimos peldaños de la estrecha escalera de caracol de granito llevando a Valeria de la mano.

Cada bocanada de aire le ardía en los pulmones, y la opresión de los muros cilíndricos de piedra que le rozaban ambos hombros amenazaba con despertar de nuevo el vértigo asfixiante de su claustrofobia.

Solo la claridad gris de la mañana que se filtraba por los ventanales ojivales del cuerpo de campanas le permitió coronar el último tramo sin detenerse.

Salieron a la gran cámara octogonal del campanario, situada a setenta metros sobre los tejados de Toledo.

El espacio estaba dominado por un monstruo inmóvil de metal oscuro: la Campana Gorda de San Eugenio , fundida en 1753 por Alejandro Gargollo con más de diecisiete mil quinientos kilos de bronce.

Desde el día mismo de su consagración, cuando el golpe colosal de su badajo abrió una grieta vertical de un metro de largo en su falda, aquel gigante mudo permanecía suspendido sobre vigas maestras de pino de Valsaín sin volver a tañer jamás.

Justo encima del yugo de la campana mayor se alzaba el gran armazón de madera de la matraca de Semana Santa : un tambor cruciforme provisto de mazos de hierro basculantes que, desde el Jueves Santo hasta la Vigilia Pascual, sustituía con su tableteo seco y fúnebre la voz prohibida de las campanas de bronce.

—La pasarela exterior del tejado que comunica con la galería del Claustro Alto y el puente de la calle del Arco de Palacio está al otro lado de esa puerta de celosía —dijo Gabriel señalando el postigo sur del campanario—.

Si cruzamos al claustro arzobispal, bajaremos directamente a los callejones mudéjares sin pasar por el control policial de la plaza del Ayuntamiento.

Corrieron alrededor del faldón agrietado de la Campana Gorda hacia el postigo sur.

A tres pasos de la salida, la sombra de Lazar Kováč emergió por el segundo husillo lateral de servicio —el tramo recto que usaban los relojeros del cabildo— y les cerró el paso con la espalda apoyada contra el dintel de piedra.

El sicario ni siquiera jadeaba. Un fino corte rojizo, recuerdo de la esquirla de mármol del Observatorio de Madrid, le cruzaba el pómulo derecho. En su mano derecha, la hoja negra de cerámica mate apuntaba hacia el abdomen de Gabriel.

—No hay salida por la galería sur, profesor —dijo Kováč con una calma glacial que resultaba más aterradora que cualquier amenaza a gritos—.

Abajo hay seis agentes de la Policía Nacional vigilando las puertas del templo, y aquí arriba estamos a setenta metros sobre el adoquín.

Entrégueme el libro de Herrera y el cristal de calcita, y le prometo que la doctora Conti no sufrirá cuando caiga desde ese arco.

Gabriel retrocedió medio paso, interponiendo su propio cuerpo entre el cuchillo del asesino y Valeria, hasta que su espalda chocó contra el labio frío y agrietado de la Campana Gorda .

Miró la hoja negra de óxido de circonio y luego fijó la vista en los dedos desnudos de la mano izquierda de Kováč, que descansaban apoyados sobre el borde dentado del engranaje de hierro que retenía la soga tensa del contrapeso de la matraca.

El sicario apretaba la palma contra una arista oxidada del metal sin mostrar el menor gesto de molestia, como si sus terminaciones nerviosas fueran incapaces de registrar el dolor físico.

Gabriel comprendió que un forcejeo cuerpo a cuerpo contra aquel hombre equivalía a una sentencia de muerte.

Pero Kováč acababa de cometer un error geométrico: se había detenido exactamente debajo del travesaño de roble donde pendía el contrapeso de cuarenta kilos que accionaba el rodillo de la gran matraca de Viernes Santo, cuyo trinquete de hierro estaba tensado al máximo para el toque de las ocho de la mañana.

A la izquierda del hombro de Gabriel sobresalía la palanca de liberación manual del relojero.

—El cristal está aquí —dijo Gabriel con voz tensa, metiendo lentamente la mano derecha en el bolsillo exterior de su abrigo mientras con la izquierda tocaba a su espalda la fría barra de hierro del trinquete—.

Pero si lo suelto contra la piedra se partirá por sus planos de exfoliación y no le servirá de nada a su jefe.

Kováč dio un paso al frente, adelantando la mano libre para sujetar la muñeca de Gabriel.

En el instante en que el pie del sicario pisó la tarima situada bajo el armazón del carrillón de madera, Gabriel gritó:

—¡Valeria, al suelo!

Con todas las fuerzas de su antebrazo, Gabriel tiró hacia abajo de la palanca de hierro del trinquete de Semana Santa.

El fiador metálico saltó con un chasquido violento.

Arriba, liberado de golpe por los cuarenta kilos de plomo de su plomada, el enorme tambor cruciforme de madera de dos metros de diámetro giró a toda velocidad sobre su eje de hierro forjado.

Veinticuatro mazos de hierro empezaron a golpear las tablas de resonancia de nogal con un estrépito ensordecedor —un trueno seco de madera y metal que sacudió todo el campanario como una descarga de artillería— al tiempo que la pesada barra del contrapeso descendía en arco directo hacia la cabeza de Lazar Kováč.

El reflejo de combate del sicario le salvó el cráneo por milímetros, pero el travesaño de roble del contrapeso lo golpeó de lleno en el hombro derecho con la fuerza de un ariete, proyectándolo contra la columna ojival del ventanal y haciendo saltar el estilete cerámico de su mano.

El cuchillo negro rebotó sobre las losas y cayó por el hueco del husillo de piedra.

Antes de que Kováč pudiera incorporarse entre el estruendo atronador de la matraca que seguía girando sobre sus cabezas, Gabriel aferró la gruesa maroma de cáñamo del badajo de quinientos kilos de la Campana Gorda , la pasó alrededor del pasador exterior de la puerta de celosía sur y tiró de Valeria hacia la pasarela de piedra que cruzaba sobre el arco del palacio arzobispal.

Cuando cerraron tras de sí la reja de hierro forjado del Claustro Alto y echaron el cerrojo de barra exterior, vieron a través de los barrotes cómo Lazar Kováč se ponía en pie con la clavícula dislocada: sin emitir un solo quejido, el sicario apoyó el hombro derecho contra el pilar de granito, empujó con un golpe seco hasta devolver el hueso a su cavidad articular y sacó su teléfono satelital para alertar a los hombres de «Jano».

*    *    *

Callejón de San Ginés, n.º 3 (Entrada a las Cuevas de Hércules) Viernes Santo — 08:35 H (7 horas y 25 minutos para la Hora Nona)

Ocho minutos después de descender por las escaleras de servicio del palacio arzobispal y cruzar el laberinto de callejuelas estrechas del barrio de la Catedral, Gabriel y Valeria se detuvieron bajo el dintel de ladrillo mudéjar del número tres del callejón de San Ginés.

La callejuela en cuesta estaba completamente solitaria a aquella hora de la mañana; el sonido lejano de los tambores de las procesiones llegaba amortiguado por los altos muros sin ventanas de los antiguos solares toledanos.

Frente a ellos, empotrada en el muro de sillería donde en el siglo dieciséis se alzaba la iglesia de San Ginés sobre las monumentales cisternas romanas del siglo primero, se encontraba la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules .

Pero no era una simple puerta de madera.

El Consorcio de la Ciudad de Toledo había instalado allí una cancela blindada de acero corten de tres centímetros de espesor, asegurada por una cerradura mecánica de doble gorja de alta seguridad combinada con un teclado numérico sellado que lucía un cartel de bronce: CERRADO POR FESTIVIDAD DE VIERNES SANTO — ACCESO EXCLUSIVO PATRONATO CIENTÍFICO .

Valeria probó la tarjeta magnética del CSIC de su tío Piero sobre el lector, pero el piloto parpadeó dos veces en rojo.