El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO VI El Rayo del Alba #2
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CAPÍTULO VI El Rayo del Alba #2

El sacristán anciano había terminado de disponer los paños de luto del altar mayor y acababa de retirarse al interior de las dependencias capitulares para preparar los incensarios de los oficios matutinos.

La girola quedó desierta durante unos minutos, sumida en el silencio monumental de la piedra y el rumor lejano de los salmos que llegaba desde el coro.

Gabriel miró su reloj: 07:38 H .

Arriba, a través del cristal del óculo oriental, las nubes grises de la tormenta nocturna se estaban abriendo sobre las colinas del valle del Tajo, teñidas ya por un resplandor cobrizo e incandescente.

—Quedan cuatro minutos —dijo Gabriel poniéndose en pie—. Vigila los dos pasillos de la girola.

Con la agilidad de quien había trepado durante décadas por andamios de archivos y cornisas de claustros platerescos, Gabriel cruzó la cancela lateral de bronce del trasaltar, apoyó el pie en el zócalo de jaspe negro detrás de las columnas salomónicas y ascendió por los peldaños de mantenimiento ocultos tras el reverso del retablo de Narciso Tomé.

A cuatro metros del pavimento, la cornisa interior de mármol apenas tenía treinta centímetros de anchura.

Gabriel reprimió el vértigo mirando únicamente hacia las manos de alabastro del arcángel Rafael. Sacó del bolsillo el romboedro transparente de espato de Islandia que Valeria le había entregado y lo deslizó dentro del broche octogonal de bronce dorado situado en el centro del pecho de la escultura.

Las dos pestañas de latón del siglo dieciocho abrazaron el cristal con un clic metálico tan suave como el cierre de un reloj de bolsillo.

Gabriel descendió por la cornisa posterior y regresó junto a Valeria al pie de la balaustrada exactamente a las 07:41:30 H .

Durante treinta segundos contuvieron la respiración, con la vista clavada en la abertura circular de treinta metros de altura.

A las 07:42 H en punto, el disco del sol del Viernes Santo superó la cresta de los cerros orientales de Toledo.

Una columna cegadora de luz de oro líquido penetró como una espada recta por el óculo alto del ábside, atravesó el polvo en suspensión de la bóveda gótica, cruzó la abertura del Transparente e impactó de lleno en el centro del pecho del arcángel Rafael.

En el instante en que el rayo solar tocó el prisma de espato de Islandia, la física de la calcita birrefringente obró el milagro diseñado por Juan de Herrera.

El haz de sol se escindió dentro del cristal en dos rayos divergentes y nítidos que descendieron hacia las losas del pavimento de la girola:

El primero —el rayo ordinario , más grueso y brillante— cayó directamente sobre el centro del enlosado blanco y negro frente al altar, iluminando una inscripción funeraria de latón donde se leía con claridad: TURRIS REGIA ALCAZARIS — ORIENTE .

El segundo —el rayo extraordinario , desviado seis grados con dos décimas hacia el norte por el eje óptico del cristal y polarizado en un plano perpendicular— fue a posarse a tres metros de distancia, sobre una discreta losa octogonal de pórfido rojo empotrada en el zócalo de la capilla lateral.

Gabriel y Valeria se acercaron de inmediato a la losa de pórfido.

Bajo la luz polarizada del rayo extraordinario, los surcos microscópicos tallados en el cuarzo de la piedra —invisibles bajo la iluminación difusa normal del templo— brillaron como hilos de plata encendida, formando el escudo de la figura cúbica de Herrera y tres líneas de caracteres latinos y cifras romanas:

SAN GINÉS III • FONS HERCULIS COTA -XIV PIES • TERCER ARCO SUMERGIDO CLAVIS TURRIANI

—¡El callejón de San Ginés número tres! —exclamó Gabriel en un susurro eléctrico, anotando de memoria la proporción geométrica de los arcos grabados en el pórfido—.

Las Cuevas de Hércules . El cuarto elemento es la llave hidromecánica que el ingeniero real Juanelo Turriano instaló bajo el tercer arco sumergido de la cisterna romana.

—Y mira el rayo ordinario en el centro de la girola —dijo Valeria señalando el haz brillante que apuntaba hacia la inscripción del Alcázar—.

Cualquiera que hubiera calculado la trayectoria astronómica del sol desde el óculo sin tener el espato de Islandia pensaría que la siguiente estación está en la torre oriental del Alcázar.

—Retiremos el cristal antes de que el sol cambie de ángulo o regrese el sacristán —dijo Gabriel.

Volvió a subir con rapidez los cuatro peldaños ocultos tras la columna salomónica del Transparente , apoyó la mano izquierda en el hombro de mármol del arcángel Rafael y alargó los dedos de la derecha para extraer el prisma de espato de Islandia del broche pectoral.

Sus yemas acababan de cerrar el agarre sobre el cristal de calcita cuando un silbido cortante bajó en vertical desde la galería en penumbra del triforio superior.

Una hoja negra de cerámica de óxido de circonio —de veinte centímetros de largo, mate y totalmente indetectable para los arcos de seguridad— pasó a tres milímetros de los nudillos de Gabriel y se clavó hasta la empuñadura en la moldura de madera dorada del retablo, vibrando con un zumbido seco junto a su muñeca.

Gabriel arrancó el prisma de calcita del broche y miró hacia arriba.

A doce metros sobre el pavimento de la girola, asomado entre las arquerías góticas del triforio norte por donde había descendido descolgándose desde la escalera de la torre, Lazar Kováč desenfundaba ya un segundo estilete cerámico mientras sus botas buscaban el tramo de bajada para cortarles la salida de la catedral.