El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO V La Piedra de Dos Luces
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CAPÍTULO V La Piedra de Dos Luces

CAPÍTULO V

La Piedra de Dos Luces

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El punto de luz roja ardía sobre el esternón de Gabriel Mendoza con la fijeza de una brasa clavada en la lana húmeda de su chaqueta.

A seis metros por encima del foso circular, recortado contra la penumbra de la balaustrada de hierro forjado, Lazar Kováč mantenía el brazo extendido con la quietud mecánica de una estatua de bronce.

El largo supresor cilíndrico de su pistola apuntaba hacia abajo en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Entre el cañón del arma y el pecho de Gabriel únicamente se interponía el vacío de la rotonda neoclásica y el hilo de acero del péndulo de Foucault, que seguía meciendo su esfera de treinta kilos en un vaivén lento, mudo e indiferente.

—He contado uno —pronunció la voz llana de Kováč desde las alturas—. A los tres abriré fuego sobre la mujer y después bajaré a recoger el libro de sus manos muertas. Dejen el ejemplar de Herrera y el cristal sobre el brocal de mármol.

A la izquierda de Gabriel, Valeria Conti permanecía de rodillas junto a la cavidad abierta de la rosa de los vientos.

En su mano izquierda sostenía el romboedro transparente de espato de Islandia; en la derecha, oculto contra el pliegue oscuro de su chaqueta técnica, sus dedos rodeaban el cilindro metálico del colimador láser de quinientos treinta y dos nanómetros.

Gabriel no miró hacia arriba. Sabía que cualquier intento de correr hacia las puertas de caoba de la biblioteca requeriría cruzar cuatro metros de suelo despejado, tiempo suficiente para que un tirador profesional alojara tres proyectiles subsónicos en sus espaldas.

Su mirada siguió, en cambio, la sombra alargada del cable de acero que descendía desde el templete jónico de la cúpula.

Dieciséis metros de longitud desde el enganche cardán hasta el centro de masa de la esfera de latón.

En la mente de Gabriel, entrenada durante veinte años en la geometría mecánica de los relojes astronómicos del Renacimiento, la ley de Christiaan Huygens se formuló con precisión instantánea: el período de oscilación de un péndulo dependía exclusivamente de la raíz cuadrada de su longitud dividida por la aceleración de la gravedad.

Para dieciséis metros de alambre en la latitud de Madrid, cada barrido completo de extremo a extremo tardaba exactamente cuatro segundos.

En ese preciso instante, la esfera de bronce alcanzaba el punto máximo de su amplitud oriental, a dos metros a la derecha de Gabriel, detenida durante una fracción de segundo en el aire antes de iniciar su caída de regreso hacia el centro del foso.

En dos segundos exactos, aquella masa de treinta kilos de bronce macizo cruzaría justo por delante del haz láser rojo que apuntaba a su corazón.

—Dos —contó Lazar Kováč, y el tendón de su dedo índice empezó a vencer la primera resistencia del disparador.

Gabriel deslizó la mirada hacia Valeria y murmuró dos sílabas en italiano, tan bajas que no rebasaron el borde del foso:

— Lo specchio.

Valeria comprendió al instante. A tres pasos detrás del brocal, junto a la pilastra norte de la rotonda, descansaba en su soporte basculante el espejo colimador de bronce bruñido del antiguo círculo meridiano de Repsold, inclinado cuarenta grados hacia la galería del primer piso para las lecturas cenitales.

El cable de acero cortó el aire con un silbido grave.

La esfera de treinta kilos descendió en el centro de su arco e interceptó el rayo rojo de la mira de Kováč, eclipsando durante un tercio de segundo la línea de tiro entre la barandilla superior y el pecho de Gabriel.

—¡Ahora! —gritó Gabriel.

Con el brazo izquierdo aferró el ejemplar de 1584 del Discurso de la figura cúbica , metió el hombro derecho bajo el brazo de Valeria y tiró de ella hacia el suelo detrás del parapeto de mármol negro del foso.

Al mismo tiempo, mientras caía de espaldas sobre las losas, Valeria encendió su colimador óptico y disparó el haz verde esmeralda contra el espejo meridiano de Repsold.

La ley de la reflexión hizo el resto.

El rayo coherente de quinientos treinta y dos nanómetros rebotó en la superficie parabólica de bronce pulido y subió como una lanza de luz concentrada directamente hacia la barandilla del primer piso, barriendo las lentes del visor nocturno de Lazar Kováč.

Arriba sonaron dos soplidos secos y amortiguados.

El primer proyectil de punta hueca chocó contra la curva descendente de la esfera del péndulo de Foucault con un tañido metálico ensordecedor que hizo vibrar los dieciséis metros de cable hasta la cúpula; la bala rebotó deformada y pulverizó el cristal de una vitrina de sextantes del siglo dieciocho.

El segundo disparo mordió el borde del brocal de mármol negro a cuatro centímetros del hombro de Gabriel, levantando una nube de polvo calcáreo que le quemó las mejillas.

Cegado momentáneamente por la saturación fotónica del láser verde en sus pupilas adaptadas a la oscuridad, Kováč retrocedió medio paso contra el muro del corredor superior.

Antes de que el sicario pudiera recuperar la referencia visual y asomarse por encima de la barandilla para rematarlos en el suelo, el pórtico principal del edificio Villanueva tembló bajo un estruendo de madera astillada.

—¡Policía Nacional! ¡Armas al suelo! ¡Cierren las galerías laterales!

La voz metálica de la comisaria Elena Vargas retumbó por el vestíbulo de entrada acompañada por el trote pesado de ocho botas tácticas y el cruce de cuatro linternas halógenas de alta potencia que inundaron el arranque de la escalera de caracol.

Gabriel, tendido tras el parapeto de mármol con el rostro cubierto de polvo blanco, sintió el latido furioso de su pulso contra las costillas. Tenían a Lazar Kováč encima de sus cabezas y a los hombres de Vargas subiendo a la carrera desde el vestíbulo norte.

—Si nos detiene ahora —susurró Valeria, pegada a su costado mientras guardaba el prisma de calcita en el bolsillo interior con cremallera de su chaqueta—, requisará el libro y el cristal como pruebas judiciales.

Ese hombre que está ahí arriba o quienes fabricaron la orden del Banco de España los tendrán en su poder antes del amanecer.

Arriba, en la galería del primer piso, sonaron tres disparos más —esta vez hacia el hueco de la escalera principal—, seguidos por la caída de una lámpara de bronce que obligó a los agentes de Vargas a cubrirse tras las columnas del vestíbulo.

Kováč no pretendía entablar un tiroteo prolongado contra cuatro policías con chalecos antibalas; su sombra ya corría por el anillo superior hacia la escalera de servicio que subía a la claraboya del tejado.

—Por aquí —dijo Gabriel, arrastrándose sobre los codos hacia el cuadrante sur de la rotonda, donde la penumbra de las vitrinas aún los ocultaba de las linternas del vestíbulo—.

En el siglo diecinueve los astrónomos instalaron los relojes patrones de péndulo en una cámara isotérmica excavada seis metros bajo el suelo para evitar las variaciones de temperatura.

El conducto de ventilación y cables sale a la ladera sur del cerrillo, justo encima de la Cuesta de Moyano.

Detrás del pedestal del círculo meridiano había una puertecilla de chapa de hierro pintada del mismo color ocre que el estuco del muro. Valeria sacó del bolsillo la tarjeta magnética maestra del CSIC que había pertenecido a su tío Piero y la pasó por el lector lateral del laboratorio de tiempo.

El pestillo eléctrico cedió con un chasquido verde.

Cuando la primera pareja de agentes uniformados irrumpió en la rotonda apuntando sus subfusiles hacia el foso del péndulo que aún oscilaba de forma errática por el impacto de la bala, la puertecilla de hierro del sótano isotérmico se cerró sin ruido tras los talones de Gabriel y Valeria.

Bajaron a toda prisa por una escalera de caracol de peldaños de rejilla metálica, atravesaron una galería abovedada de ladrillo flanqueada por antiguos tubos barométricos de mercurio y empujaron la barra antipánico de la salida de emergencia sur.

El aire frío de las tres y media de la madrugada los envolvió bajo la arboleda del Retiro. La lluvia había arreciado sobre Madrid, transformando los senderos de tierra batida de la colina de San Blas en arroyos de barro oscuro que bajaban hacia la verja de la calle de Alfonso XII.

Sin encender ninguna luz, corrieron agachados entre los troncos de los cedros hasta alcanzar la escalinata de piedra que descendía junto a las casetas de madera cerradas de los libreros de la Cuesta de Moyano.

A doscientos metros de la glorieta del Emperador Carlos V, estacionado bajo los plátanos de sombra del paseo del Prado, los esperaba el sedán gris de alquiler que Valeria había tomado en la terminal ejecutiva de Barajas.

Cuatro minutos después, el vehículo se incorporaba a los carriles centrales de la autovía del Sur, dejando atrás las luces rojizas de Madrid bajo una cortina cerrada de agua.

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Autovía A-42 (Kilómetro 38, dirección Toledo) Tránsito hacia la Ciudad Imperial Viernes Santo — 04:10 H (11 horas y 50 minutos para la Hora Nona)

El limpiaparabrisas batía el cristal delantero con un compás hipnótico mientras las ruedas del sedán devoraban el asfalto mojado de la llanura de la Sagra a ciento cuarenta kilómetros por hora.

Valeria conducía con las dos manos firmes sobre el volante, vigilando por el espejo retrovisor cada par de faros que aparecía en la lejanía de la autopista desierta.

En el asiento del copiloto, iluminado únicamente por la tenue luz ámbar del tablero y por la lámpara de lectura orientada hacia sus rodillas, Gabriel había abierto el ejemplar de 1584 del Discurso de la figura cúbica de Juan de Herrera sobre su abrigo doblado.

Con la lupa plegable Zeiss de diez aumentos en la mano izquierda y el romboedro transparente de espato de Islandia en la derecha, examinó la última hoja de guarda del volumen.