CAPÍTULO V La Piedra de Dos Luces #2
A simple vista, los cuatro versos manuscritos al pie del pergamino parecían un borrón confuso e ilegible, como si un copista torpe hubiera escrito dos renglones distintos uno encima del otro con la misma pluma de ave.
Las astas de las letras se cruzaban formando una malla densa de trazos negros que carecía de sentido en castellano o en latín.
—Piero mencionó en su última carta que Luis Valle de la Cerda había perfeccionado en 1586 un sistema de esteganografía óptica para los despachos más reservados de Felipe II —explicó Gabriel, acercando la lente acromática al pergamino—.
La mayoría de las cancillerías europeas usaban tintas simpáticas que reaccionaban al calor de una vela o al zumo de limón, pero aquellas fórmulas amarilleaban el papel y delataban que había un texto oculto.
Valle de la Cerda hizo algo mucho más ingenioso.
—Polarización cromática —dijo Valeria, desviando la vista un segundo hacia el libro abierto—.
Si mezclas una tinta ferrogálica común con polvo microscópico de turmalina o sulfato de cobre cristalizado orientado en una dirección mientras pasas un imán o una regla de hueso bajo el pergamino húmedo, las partículas reflectantes de la primera tinta quedan alineadas en el eje vertical y las de la segunda en el eje horizontal.
—Exacto —confirmó Gabriel—. Sin la piedra birrefringente adecuada, cualquier espía de Isabel de Inglaterra o del Vaticano que interceptara el libro solo vería una mancha de prueba de pluma o un renglón tachado.
Gabriel apoyó la base plana del cristal de espato de Islandia directamente sobre la cuarteta manuscrita e iluminó el canto lateral del mineral con el modo de baja intensidad del colimador de Valeria.
En cuanto giró el romboedro de calcita treinta y dos grados en el sentido de las agujas del reloj, ocurrió el prodigio óptico que había permanecido dormido durante más de cuatro siglos.
El índice de doble refracción del mineral separó los dos haces de luz que emergían del pergamino en dos planos paralelos desplazados cuatro milímetros entre sí.
Los trazos horizontales que enturbiaban la lectura se desplazaron hacia el borde superior del cristal, dejando en el centro, nítida y limpia como si acabara de secarse en el escritorio de El Escorial, la caligrafía humanística de Juan de Herrera combinada con los guarismos cifrados de Luis Valle de la Cerda.
Gabriel tradujo en voz alta los signos de la Nomenclatura Negra a medida que sus ojos recorrían las cuatro líneas reveladas dentro del cristal:
«Cuando el Sol de la Pasión hienda el óculo de la Primada a las siete y cuarenta y dos del alba, pon la piedra de dos luces en el pecho del Arcángel donde el mármol abre la gloria.
La sombra ordinaria señalará el Alcázar de los reyes, mas solo el rayo extraordinario abrirá la Cueva de Hércules antes de la Hora Nona. »
Un silencio espeso llenó el habitáculo del vehículo, roto únicamente por el tamborileo de la lluvia contra el parabrisas y el zumbido del motor.
— El óculo de la Primada —repitió Valeria, apretando los dedos sobre el cuero del volante—. La Catedral Primada de Santa María de Toledo.
—Y sabemos exactamente a qué lugar de la catedral se refiere —dijo Gabriel, sintiendo cómo las piezas históricas encajaban con una exactitud sobrecogedora—.
En la girola, detrás del altar mayor, el muro gótico fue perforado para abrir un lucernario monumental que ilumina el sagrario exactamente con los primeros rayos del sol de la mañana: el Transparente .
En el centro de ese retablo de mármol y alabastro, el arcángel Rafael sostiene una custodia de bronce dorado justo en la trayectoria del haz solar que baja desde el óculo alto.
—¿Pero el Transparente de Narciso Tomé no se esculpió en el siglo dieciocho? —preguntó Valeria con el ceño fruncido, aplicando de inmediato el rigor analítico de una científica—. Si el tratado de Juan de Herrera es de 1584, ¿cómo podía hablar de la obra de mármol que abre la gloria?
Gabriel dio la vuelta al folio de guarda y examinó la marca de agua del papel con su lupa Zeiss .
—Porque la geometría solar del lucernario fue trazada en el siglo dieciséis por los maestros mayores de la catedral bajo supervisión de la corona, y la custodia del Octavo Sello no ha sido un objeto abandonado en un archivo, Valeria —respondió él en voz baja—.
Mira la tinta del tercer y cuarto verso: la caligrafía base es de 1586, pero la apostilla marginal que precisa la cifra del Arcángel fue añadida en 1732 con el mismo código de Valle de la Cerda por el cardenal Diego de Astorga, y debajo hay una rúbrica de verificación fechada en 1978... firmada con las iniciales P. C.
Valeria sintió que la respiración se le detuvo en la garganta.
— Piero Conti —susurró ella—. Mi tío no encontró esta ruta por casualidad esta semana. Él formaba parte de la cadena de custodios que mantenía vivo el protocolo desde hacía siglos.
—Una hermandad de astrónomos, criptógrafos y archiveros encargada de actualizar las estaciones físicas cada vez que una reforma arquitectónica alteraba los templos —dedujo Gabriel, cerrando con cuidado las tapas de becerro del tratado—.
Y fíjate en los dos últimos versos del cuarteto: «La sombra ordinaria señalará el Alcázar de los reyes, mas solo el rayo extraordinario abrirá la Cueva de Hércules» .
Valeria abrió los ojos, comprendiendo al instante la trampa física diseñada en el corazón del acertijo.
—La birrefringencia del espato de Islandia —dijo ella con asombro—.
Cuando un rayo de sol atraviesa este cristal de calcita, se divide en dos haces divergentes: el rayo ordinario , que cumple la ley de Snell normal, y el rayo extraordinario , que se desvía en un ángulo distinto según el eje óptico del mineral.
Si alguien lograra forzar la pista de la catedral sin poseer este cristal exacto tallado por los ópticos de Felipe II, o si leyera únicamente la trayectoria geométrica directa del sol a través del óculo, el ángulo lo enviaría en línea recta hacia el Alcázar de Toledo.
—Un señuelo —completó Gabriel—. Una estación falsa pensada para desviar a cualquier intruso hacia el Alcázar mientras el rayo extraordinario, refractado por el espato de Islandia a las siete y cuarenta y dos de la mañana, proyecta sobre el pavimento de la girola la coordenada exacta de las Cuevas de Hércules , las bóvedas subterráneas romanas ocultas bajo el callejón de San Ginés.
Gabriel consultó la esfera de su reloj mecánico Omega Seamaster .
Las agujas luminiscentes marcaban las 04:45 H de la madrugada del Viernes Santo.
Al frente, a través de la bruma que se levantaba sobre los meandros del río Tajo, apareció en lo alto del peñasco de granito la silueta amurallada de Toledo, coronada por la aguja gótica de la Catedral Primada y las cuatro torres cuadradas del Alcázar aún envueltas en la oscuridad previa al alba.
Faltaban menos de tres horas para que el sol del Viernes Santo asomara sobre los montes de Castilla y atravesara el óculo del Transparente a las 07:42 H .
Dos kilómetros por delante de ellos, en el puente de Alcántara que daba acceso al recinto amurallado de Toledo, un sedán negro con matrícula diplomática acababa de cruzar las puertas de piedra.
En el asiento trasero, Lazar Kováč limpiaba la sangre de su pómulo mientras desplegaba sobre las rodillas el plano de las galerías altas de la Catedral Primada.