El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO IV El Meridiano de Villanueva
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CAPÍTULO IV El Meridiano de Villanueva

CAPÍTULO IV

El Meridiano de Villanueva

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La comisaria Elena Vargas se sacudió el polvo blanco de alabastro de la solapa de su gabardina gris perla mientras los generadores diésel de reserva devolvían por fin la luz eléctrica al Salón de los Frescos.

A su alrededor, el escenario parecía el rastro de una incursión militar.

El inspector herido en el hombro acababa de ser evacuado en ambulancia hacia el hospital de El Escorial —fuera de peligro gracias a que el proyectil le había atravesado limpiamente el trapecio sin tocar la arteria subclavia—, pero tanto el catedrático Gabriel Mendoza como la doctora Valeria Conti y el tercer hombre que había disparado desde la puerta norte se habían evaporado a través de los túneles del siglo dieciséis.

Vargas se detuvo frente a la octava pilastra de caoba del muro de poniente.

En el tercer entrepaño, el pesado códice de Aristóteles descansaba en el suelo y dejaba al descubierto la cavidad triangular labrada en el sillar de granito.

—Comisaria, tiene que ver esto —dijo el subinspector Morales acercándose con una bolsa de evidencias transparente en la que brillaban tres vainas alargadas de latón con cuello de botella —.

Son los casquillos del tirador que reventó el transformador y nos disparó desde la antesala.

Calibre cinco coma siete por veintiocho milímetros, sub-sónico, con revestimiento de polímero negro.

Es la misma munición que mató al doctor Conti hace tres horas.

Elena Vargas tomó la bolsa bajo la luz del foco y sintió una punzada de inquietud profesional en el estómago.

—Si el asesino que mató a Conti a las diez y cuarto es el mismo hombre que acaba de entrar aquí a medianoche disparando contra nosotros y contra el profesor Mendoza —murmuró ella en voz baja, masticando un grano de café tostado hasta partirlo entre los molares—, entonces Mendoza no es su cómplice.

El asesino volvió porque Conti no le entregó lo que buscaba, y esperó a que el profesor le señalara en qué estante estaba escondido.

—¿Y la transferencia de quinientos mil euros desde Luxemburgo que nos envió Inteligencia Financiera? —preguntó Morales desconcertado.

—Una cortina de humo plantada en nuestra red para que les hiciéramos el trabajo sucio de detener a Mendoza —replicó Vargas con los ojos entrecerrados—.

Pero tampoco podemos dejarlos sueltos: lo que sea que Mendoza y la sobrina de Conti acaban de sacar de ese agujero vale lo suficiente como para que un comando profesional asalte un edificio de Patrimonio Nacional en noche de Jueves Santo.

¿Qué había dentro de ese hueco, Morales?

El técnico le tendió una tarjeta de cartulina marfil con el membrete del Real Monasterio que había quedado pegada al fondo de la piedra por la humedad.

Vargas leyó la anotación manuscrita con tinta azul por la letra menuda de Piero Conti tres años atrás:

«Custodia compartida del Fondo Geométrico de 1584. Pieza A: Anillo de colimación (Estante VIII-C). Pieza B depositada en la cámara del Meridiano de Villanueva bajo convenio con el Real Observatorio».

Elena Vargas levantó la cabeza como un galgo que acaba de cortar el rastro en el viento.

—El Real Observatorio Astronómico de Juan de Villanueva —dijo, sacando su radio transmisora mientras caminaba a paso rápido hacia la puerta principal—.

Está en el cerrillo de San Blas, dentro del Parque del Retiro.

A esta hora de la madrugada tardarán cuarenta minutos en llegar a Madrid por la A-6.

Quiero cuatro unidades de intervención rodeando el perímetro de Alfonso XII y Cuesta de Moyano con las sirenas apagadas antes de las tres de la mañana.

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Real Observatorio Astronómico de Madrid Rotonda de Villanueva y Sala del Péndulo Viernes Santo — 02:42 H (13 horas y 18 minutos para la Hora Nona)

Bajo la lluvia fina que caía sobre las copas de los castaños de Indias del Parque del Retiro, el edificio neoclásico del Real Observatorio de Madrid se alzaba en la oscuridad de la colina de San Blas como un templo grecorromano detenido en el tiempo.

Proyectado en 1790 por Juan de Villanueva por orden del rey Carlos IV, su cuerpo central tenía la planta de una cruz griega perfecta coronada por un templete circular de columnas jónicas.

Valeria Conti introdujo en el lector lateral de la verja de servicio la tarjeta magnética de investigador honorario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que había encontrado en la guantera del vehículo particular de su tío Piero.

El pestillo eléctrico se abrió con un zumbido tenue y ambos cruzaron el jardín mojado hasta la puerta lateral de madera claveteada del vestíbulo.

En el interior del edificio reinaba un silencio denso, acompasado únicamente por el tic-tac grave y pausado de los antiguos relojes astronómicos de péndulo de mercurio alineados en las vitrinas de la galería.

—Tenemos menos de veinte minutos antes de que la comisaria Vargas encuentre la ficha de depósito que mi tío dejó en el estante de El Escorial y deduzca que hemos venido aquí —dijo Valeria en voz baja mientras avanzaban hacia la rotonda central iluminando el suelo con el punto mínimo de su láser verde.

—Si tu tío dividió el mapa entre El Escorial y este observatorio, lo hizo por una razón geométrica precisa —explicó Gabriel mientras se quitaba el abrigo de tweed empapado para poder moverse con rapidez—.

Cuando Juan de Villanueva construyó esta rotonda en 1790, él mismo era el arquitecto mayor del Monasterio de El Escorial.

Conocía de memoria los papeles secretos de Juan de Herrera y trazó el eje de este edificio como el meridiano cero de todos los mapas de España.

Llegaron bajo el arco central de la rotonda y ambos se detuvieron sobrecogidos.

Del centro mismo de la altísima cúpula superior, a dieciséis metros sobre sus cabezas, colgaba un cable de acero casi invisible que sostenía una pesada esfera de latón bruñido de treinta kilos.

Era el péndulo de Foucault del observatorio: en su lento e hipnótico vaivén sobre el foso circular de madera y mármol, la aguja inferior de la esfera iba barriendo milímetro a milímetro los trescientos sesenta grados de la rosa de los vientos mientras la Tierra giraba bajo sus pies.

Gabriel rodeó la barandilla circular de caoba y saltó al interior del foso de mármol, teniendo cuidado de no interponerse en la trayectoria silenciosa de la esfera de treinta kilos que pasaba cada cuatro segundos con un corte de aire frío.

En el centro exacto de la estrella de mármol negro y blanco, justo en la intersección de la línea meridiana norte-sur, había un medallón circular de bronce con una cavidad anular rebajada de cuatro centímetros de diámetro.

—Es el alojamiento del anillo vernier —dijo Gabriel arrodillándose sobre el mármol frío y sacando del bolsillo el aro triple de plata de 1584—. Mira las tres pestañas exteriores del anillo de tu tío: encajan al milímetro en las muescas de la línea meridiana.

Gabriel depositó el anillo de plata dentro del medallón central de bronce.

El metal del siglo dieciséis entró en la matriz del siglo dieciocho con la suavidad exacta de una llave maestra en su cerradura original. Sin embargo, cuando Gabriel intentó girar el anillo completo hacia la derecha para liberar el pestillo del zócalo, el aro interior chocó contra un tope mecánico.

—Sigue bloqueado —dijo Valeria arrodillándose al otro lado del foso mientras la punta de la esfera del péndulo pasaba rozando el aire entre los dos—. El anillo tiene tres coronas móviles graduadas en minutos de arco. No basta con meterlo: pide una combinación angular.

—La inscripción del interior decía: «Rotonda de Villanueva • Meridiano Cero» —reflexionó Gabriel, sacando su lupa Zeiss de diez aumentos y enfocando las diminutas cifras grabadas en los tres anillos concéntricos—.

En 1584, para Juan de Herrera, el meridiano de referencia pasaba por el altar mayor de El Escorial.

Pero cuando Villanueva trasladó el meridiano cero a esta rotonda de Madrid, la longitud geográfica cambió.

—¿Cuál es la diferencia exacta de longitud entre la biblioteca de El Escorial y esta rotonda del Retiro? —preguntó Valeria al instante.

Los ojos color avellana de Gabriel brillaron en la penumbra.

—El Escorial está a cuatro grados, ocho minutos y cincuenta segundos al oeste de Greenwich; esta rotonda está a tres grados, cuarenta y un minutos y quince segundos —calculó él de memoria, recordando las tablas geodésicas que había estudiado durante años—.

La diferencia exacta entre ambos templos es de veintisiete minutos y treinta y cinco segundos de arco hacia el este .

Con dedos firmes, Gabriel hizo girar la primera corona de plata hasta el número 27 , la segunda hasta el 35 y alineó la tercera con la marca ORIENTE de la rosa de mármol.

Bajo sus rodillas sonó el escape seco de un resorte de relojería oculto en la piedra.

Una loseta octogonal de mármol negro situada a treinta centímetros del eje del péndulo se elevó dos dedos sobre el nivel del pavimento con un susurro neumático.

Valeria levantó la tapa de mármol y metió ambas manos en la caja estanca forrada de plomo que se abría debajo.

Extrajo un volumen en cuarto menor encuadernado en piel de cabra negra sin título en el lomo, cuyas guardas estaban cerradas por dos broches de latón en forma de cubo desplegado.

— Discurso de la figura cúbica , ejemplar autógrafo de Juan de Herrera, año de 1584 —susurró Gabriel con reverencia casi religiosa al ver la caligrafía renacentista de la portada cuando Valeria abrió los broches.

Pero lo que captó de inmediato la atención de Valeria no fueron los folios de pergamino llenos de diagramas combinatorios de letras desde la A hasta la K , sino el hueco tallado a medida en el grosor de la contratapa de madera de nogal del libro.

Encajado dentro de aquel alvéolo descansaba un cristal transparente de ocho centímetros de largo, tallado en forma de romboedro oblicuo, tan puro y límpido como un bloque de hielo perpetuo.

Valeria lo sacó del hueco y lo sostuvo entre los dedos bajo la tenue luz de la galería. Cuando miró a través del cristal las letras del título del manuscrito que tenía debajo, cada línea de tinta apareció duplicada en dos imágenes paralelas separadas por tres milímetros.

—Es espato de Islandia —dijo Valeria con un hilo de voz, reconociendo al instante el mineral con la mirada de una física óptica—.

Calcita romboédrica birrefringente de calidad óptica.

Los navegantes del siglo dieciséis la llamaban piedra de sol porque tiene un índice de doble refracción extraordinario: divide cualquier rayo de luz que la atraviesa en dos haces independientes polarizados en ángulos rectos entre sí.

—Y mira el folio de guarda sobre el que descansaba el cristal —dijo Gabriel, pasando el dedo índice con la cicatriz de lacre sobre una cuarteta escrita en cifra diplomática al pie de la última página del tratado—.

Es la Nomenclatura Negra de Luis Valle de la Cerda, el secretario de cifra de Felipe II.

Pero las sílabas están impresas en dos tintas superpuestas de distinta densidad...

Si miramos este párrafo a través de tu cristal de calcita...

Gabriel no pudo colocar el cristal sobre el papel.

Arriba, a seis metros sobre sus cabezas, en la balaustrada circular del primer piso que rodeaba la rotonda bajo la cúpula, sonó el roce casi imperceptible de un guante de cuero sobre el pasamanos de hierro.

Un punto minúsculo de luz láser roja descendió verticalmente a través de la penumbra y se posó sin temblar en el centro mismo del pecho de Gabriel Mendoza.

—No se muevan —dijo desde las sombras superiores la voz helada y sin acento de Lazar Kováč—.

Dejen el tratado de Herrera y el cristal de calcita sobre el mármol y retírense tres pasos hacia atrás.

Si intentan tocar el péndulo, les abriré el corazón antes de que la esfera complete su próximo recorrido.