CAPÍTULO III El Cuarto de los Secretos
CAPÍTULO III
El Cuarto de los Secretos
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En la oscuridad total del Salón de los Frescos, el tercer disparo del tirador invisible astilló el capitel dorado de la octava pilastra a cuarenta centímetros sobre la cabeza de Gabriel Mendoza.
Una lluvia de astillas de caoba y polvo de yeso de cuatro siglos cayó sobre los hombros de su abrigo mientras se agachaba junto a Valeria Conti frente a la estantería VIII-C .
Al otro lado de la nave central, la comisaria Elena Vargas respondió con dos fogonazos secos de su pistola reglamentaria que iluminaron por una fracción de segundo la silueta alta de un hombre con gafas de visión térmica avanzando entre los globos terráqueos.
—¡No enciendas ninguna luz! —susurró Valeria junto al oído de Gabriel, quitándose la chaqueta de color grafito para cubrirse las manos y no dejar firma infrarroja en los visores del atacante—. ¡El punto del láser daba en el tercer entrepaño empezando por abajo!
Gabriel pasó las yemas de los dedos a ciegas por la hilera de cantos dorados del tercer estante.
Todos los volúmenes formaban un muro liso y compacto de papel bruñido al oro, salvo el decimocuarto códice contando desde la izquierda: su canto sobresalía apenas tres milímetros respecto a los demás.
Gabriel introdujo el índice y el pulgar detrás del lomo de piel de becerro, tiró del pesado ejemplar de Aristóteles hacia fuera y metió la mano en la cavidad triangular de sillería que Juan de Herrera había dejado hueca detrás del friso.
Sus dedos tropezaron con un aro frío de metal labrado.
Lo sacó al instante: era un anillo vernier de plata ennegrecida por los siglos, de cuatro centímetros de diámetro, semejante al limbo graduado de un astrolabio de bolsillo pero articulado en tres aros concéntricos que giraban sobre sí mismos.
—¡Lo tengo! —murmuró Gabriel guardándolo en el bolsillo interior.
A diez metros de distancia sonó el crujido de unos cristales pisados sobre el mármol.
El tirador del visor térmico había rodeado la mesa central de pórfido y caminaba directamente hacia la octava pilastra para rematarlos detrás del estante, mientras desde la puerta sur subían a la carrera los refuerzos de la Guardia Civil con linternas tácticas.
Estaban encerrados entre dos fuegos.
—No podemos salir por ninguna de las dos puertas —dijo Valeria con la espalda pegada a la madera, buscando en la oscuridad algún arma improvisada.
—No nos hace falta —respondió Gabriel, tanteando con la palma izquierda el zócalo de marquetería alemana situado debajo de la ventana contigua—.
En 1584, Felipe II hizo construir un paso de servidumbre dentro del grosor del muro de poniente para que su bibliotecario, fray José de Sigüenza, pudiera bajar directamente desde estos estantes hasta las bóvedas del sótano sin cruzar el claustro público.
Gabriel presionó el florón central de bronce del rodapié y empujó hacia dentro el panel de madera de nogal.
El pestillo oculto cedió con un chasquido sordo, abriendo una hendidura vertical de sesenta centímetros de ancho en la piedra viva del muro.
Valeria se deslizó primero hacia el interior; Gabriel entró tras ella y tiró del panel de madera para cerrarlo desde dentro en el mismo instante en que dos proyectiles perforaban el tablero de nogal a la altura de su pecho, dejando dos agujeros humeantes por los que se filtró el resplandor de las linternas policiales.
—¡Destruye tu teléfono móvil ahora mismo!
—ordenó Valeria mientras bajaban a toda velocidad por los peldaños estrechos de una escalera de caracol excavada en el espesor del muro—.
Quien acaba de falsificar la alerta del Banco de España tiene acceso a las antenas repetidoras de la Guardia Civil; si llevamos una tarjeta SIM encendida, sabrá en qué galería estamos con un margen de dos metros.
Gabriel sacó su teléfono en plena carrera descendente, extrajo la bandeja de la tarjeta, la partió en dos con los dientes y arrojó el aparato al hueco ciego de un respiradero de piedra antes de llegar al pie de la escalera.
La puerta inferior daba a las bóvedas subterráneas del sótano del monasterio, un laberinto de galerías bajas de granito gris iluminadas apenas por la luz verdosa y mortecina de las baterías autónomas de señalización.
Apenas habían recorrido veinte metros cuando el portón de hierro del extremo opuesto del corredor se abrió de golpe y el haz de una linterna táctica barrió las paredes de piedra.
—¡Quietos ahí abajo! —gritó la voz de un sargento de la Guardia Civil desde el fondo del pasillo, mientras por la escalera que acababan de dejar atrás descendía ya el roce silencioso de las botas del asesino del visor térmico.
Valeria tiró de Gabriel hacia la primera estancia cuadrada que se abría a la izquierda del corredor: una sala abovedada de piedra desnuda, completamente vacía, de techo sorprendentemente plano y rebajado cuyas cuatro esquinas convergían en aristas curvas de cantería perfecta.
—No tiene salida —susurró ella al ver que los otros tres muros eran de granito macizo—. Es un callejón sin salida.
Gabriel alzó la vista hacia la curva elíptica del techo de sillería y un destello de reconocimiento cruzó sus ojos.
—Es el Cuarto de los Secretos —le susurró al oído, sujetándola por los hombros para impedir que hiciera el menor ruido con las botas—.
Juan de Herrera diseñó esta bóveda rebajada como una parábola acústica perfecta.
Si hablas de cara a una de las cuatro esquinas, las ondas sonoras viajan pegadas a la curva de la piedra y se escuchan en la esquina diagonal opuesta, a dieciocho metros de distancia, como si estuvieras hablando dentro del oído de quien esté allí, mientras que en el centro de la sala no se oye absolutamente nada.
En el corredor exterior, a tres pasos del arco de entrada de la sala, los pasos cautelosos del asesino se detuvieron. El cañón largo del supresor de titanio asomó por el borde de la jamba de granito.
Gabriel señaló a Valeria la trampilla baja de ventilación de las carboneras que se abría a ras del suelo a su derecha y luego pegó los labios a dos centímetros de la arista de piedra de su esquina.
En un susurro rapidísimo y urgente, pronunció hacia el rincón de granito:
—Por aquí, comisaria Vargas, tengo el cilindro en esta puerta.
La onda acústica recorrió como un latigazo invisible la nervadura elíptica del techo y estalló con nitidez cristalina en la esquina diagonal opuesta de la estancia vacía, exactamente a la espalda del sicario que asomaba por el umbral.
El hombre rapado giró en redondo como una cobra hacia la esquina vacía del fondo y disparó dos veces contra la sombra de la piedra mientras los dos guardias civiles que venían por el pasillo abrían fuego automático hacia el destello de su arma.
Aprovechando los cuatro segundos de confusión y el rebote ensordecedor de los disparos dentro de la cámara acústica, Gabriel levantó la rejilla de hierro de la carbonera, ayudó a Valeria a descolgarse hacia el túnel inferior y saltó tras ella, volviendo a encajar la reja por dentro.
Habían caído en la llamada Mina de Felipe II : la galería subterránea abovedada de ladrillo y granito de apenas un metro ochenta de altura que recorría trescientos metros bajo tierra desde los cimientos del monasterio hasta las huertas exteriores de los Frailes.
Aquí abajo no llegaba ni un solo hilo de luz de las baterías de emergencia.
El túnel era una garganta negra, estrecha y húmeda que olía a cal vieja, a raíces podridas y a tierra sepultada bajo toneladas de piedra.
A los treinta pasos de carrera en la oscuridad, Gabriel sintió de pronto que el techo de ladrillo descendía sobre su cráneo.
Un sudor helado le empapó la nuca. El aire húmedo dejó de llegarle a los pulmones; sus oídos se llenaron del crujido imaginario de las vigas del Archivo de Simancas desplomándose sobre su espalda diecisiete años atrás y su mano derecha se apoyó temblando contra el muro estrecho, incapaz de dar un paso más.
—¿Gabriel? —Valeria se detuvo al instante al oír su respiración entrecortada en la oscuridad y encendió a mínima potencia el punto verde de su colimador láser apuntándolo hacia el suelo—. ¿Estás herido?
—No... no es nada —logró articular él con los dientes apretados y el pulso desbocado contra el cuello de la camisa, mientras el túnel parecía estrecharse hasta oprimirle las costillas—. Sigue tú delante. Ya... ya te alcanzo.
Valeria iluminó un segundo las pupilas dilatadas de Gabriel y el sudor frío que le corría por las sienes. Comprendió en el acto lo que le ocurría.
Sin decir una palabra de lástima, le quitó las manos de la pared húmeda y entrelazó con firmeza sus propios dedos cálidos y secos con la mano izquierda de él, apretando el dorso donde él tenía la vieja cicatriz de lacre.
—No mires el ladrillo del techo, Gabriel —le ordenó ella con una voz clara, tranquila y matemática a diez centímetros de su rostro—.
Mírame a mí y saca ahora mismo el anillo de plata de mi tío y tu lupa de diez aumentos.
La red clandestina que persiguió a Piero hasta matarlo —la Cámara de los Nueve— está dispuesta a todo para apoderarse del protocolo cuántico.
Necesito que me digas qué tiene grabado en el aro interior mientras caminamos. Cuéntame las letras.
El contacto firme de la mano de Valeria y el problema concreto planteado a su intelecto actuaron como un ancla de hierro en medio del vértigo.
Gabriel tomó una bocanada honda de aire por la nariz, sacó con la mano libre el anillo vernier de plata y desplegó su lupa Zeiss bajo el pequeño haz verde del colimador mientras caminaban juntos a paso rápido hacia la salida del túnel.
—Tiene tres aros concéntricos de plata con las letras del alfabeto latino y los nueve dígitos del Ars Magna de Ramón Llull —dijo Gabriel, obligando a su mente a concentrarse en las minúsculas incisiones a buril de 1584 a medida que el aire fresco de la sierra empezaba por fin a filtrarse desde la reja del jardín de los Frailes—.
Si alineo la muesca del cubo con el número ocho romano que Piero dejó en la esfera...
Gabriel hizo girar el aro central del anillo con el pulgar. Las diminutas letras grabadas en los tres bordes biselados se alinearon formando una única leyenda continua a lo largo de la circunferencia interior:
ROTONDA DE VILLANUEVA • MERIDIANO CERO • GUARDIA DEL PÉNDULO
—Juan de Villanueva no es del siglo dieciséis —dijo Valeria al instante mientras empujaban la verja oxidada de salida hacia el bosque lluvioso de la Herrería, a cien metros del lugar donde ella había dejado estacionado su sedán de alquiler fuera del cordón policial—.
Villanueva fue el arquitecto neoclásico del siglo dieciocho.
—Y el edificio que construyó sobre la colina del Retiro en Madrid para custodiar el meridiano cero de España y los instrumentos ópticos de la Corona —completó Gabriel mientras corrían bajo los pinos hacia el vehículo— es el Real Observatorio Astronómico de Madrid .
Tu tío no dejó la segunda pieza en El Escorial.
La depositó a cincuenta kilómetros de aquí, debajo del péndulo de Foucault del Retiro.
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Cigarral de los Cipreses, Toledo Estudio Privado sobre el Cañón del Tajo Viernes Santo — 01:42 H (14 horas y 18 minutos para la Hora Nona)
A ciento diez kilómetros al sur de la Sierra de Guadarrama, en el estudio revestido de nogal de una mansión colgada sobre el cañón del río Tajo, un hombre sentado en un sillón de respaldo alto frente a las brasas de la chimenea escuchaba por el canal satelital cifrado el informe de Lazar Kováč.
El rostro del hombre quedaba fuera del círculo de luz de la lámpara de lectura; solo eran visibles sus manos cuidadas de caballero anciano apoyadas sobre el puño de plata maciza de un bastón ortopédico de fibra de carbono negra.
El pomo de plata representaba dos rostros tallados en direcciones opuestas: uno miraba hacia el pasado y el otro hacia el porvenir.
—El cilindro de latón que llevaba Conti en el bolsillo era un señuelo vacío —informó la voz fría de Kováč desde la autopista A-6 en dirección a Madrid—.
El catedrático de Salamanca y la sobrina de Conti han sacado el anillo verdadero del estante VIII-C durante el apagón y han escapado por la galería subterránea antes de que la policía cerrara el jardín.
Los dedos del hombre acariciaron despacio el doble perfil de plata del bastón. Lejos de mostrar irritación, una sonrisa tenue se dibujó en la penumbra.
—No te disculpes, Lazar —respondió la voz pausada y fría del líder en la penumbra—.
Al contrario: acabas de ahorrarnos cuatro horas de trabajo.
Ni siquiera Piero sabía despejar sin la ayuda de Gabriel Mendoza la cifra que Valle de la Cerda ocultó en el segundo sello.
Deja que el profesor y la doctora Conti abran por nosotros la cámara del Real Observatorio de Villanueva en el Retiro.
Tú limítate a estar esperando en la cúpula cuando terminen de leer el mapa hacia Toledo.