El Protocolo del Octavo Sello CAPÍTULO II El Anagrama de Sangre
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CAPÍTULO II El Anagrama de Sangre

CAPÍTULO II

El Anagrama de Sangre

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Valeria Conti caminó bajo la bóveda del Salón de los Frescos sosteniendo en alto su pasaporte de servicio de la Comisión Europea mientras dos agentes uniformados intentaban cerrarle el paso sin atreverse a tocarla.

Llevaba todavía el frío de los Alpes suizos adherido a su chaqueta color grafito.

Dos horas y cuarenta minutos antes estaba en el búnker subterráneo de Meyrin, a las afueras de Ginebra, supervisando la calibración anual de los satélites de distribución cuántica de claves de la red EuroQCI, cuando su terminal privado había recibido un paquete cifrado de emergencia procedente del teléfono de su tío Piero en España.

El mensaje contenía únicamente tres caracteres alfanuméricos y una orden de vuelo inmediata: «Protocolo Sello Octavo roto. Busca a Mendoza» .

Al detenerse a tres metros de la esfera armilar, los ojos color ámbar de Valeria se clavaron por un segundo en el zapato de cuero marrón que asomaba bajo la lona forense.

Sintió que algo afilado se le rompía detrás del esternón.

Aquel hombre tendido sobre el mármol frío le había enseñado a leer en su piso de Milán cuando ella tenía siete años y acababa de quedarse huérfana; le había regalado su primer telescopio a los doce y la había llamado el domingo anterior para recordarle que en mayo tenían que ir juntos a ver los almendros de Toledo.

Valeria apretó los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta, obligó a su respiración a mantenerse firme como le habían enseñado en los protocolos de crisis de Ginebra y levantó la vista hacia la mujer de gabardina gris perla que tenía las esposas abiertas junto a la muñeca del catedrático de Salamanca.

—¿Quién diablos ha dejado pasar a una civil al perímetro? —espetó la comisaria Elena Vargas, volviéndose hacia los guardias de la entrada.

—No soy una civil, comisaria —respondió Valeria acercándose para entregarle su tarjeta con chip criptográfico de la Dirección General de Redes y Seguridad de la Unión Europea—.

Soy la doctora Valeria Conti, sobrina de la víctima y directora adjunta de seguridad cuántica del consorcio EuroQCI.

Mi enlace en la embajada acaba de notificar al secretario de Estado de Seguridad mi presencia aquí.

Elena Vargas examinó el holograma oficial de Bruselas bajo la linterna antes de devolverle la credencial con gesto tenso.

—Siento mucho la pérdida de su tío, doctora Conti —dijo la comisaria sin suavizar un ápice el tono—, pero esto es la escena de un homicidio bajo jurisdicción de la Audiencia Nacional. Y el hombre al que está usted defendiendo acaba de ser señalado por la propia víctima con su sangre antes de morir.

Valeria miró por primera vez al profesor Gabriel Mendoza.

Era más alto de lo que imaginaba por las fotografías de los congresos que Piero tenía en su despacho, con el pelo castaño húmedo por la lluvia de la sierra y unos ojos color avellana extraordinariamente despiertos detrás de una expresión de estupor contenido.

A pesar de tener a dos inspectores armados a medio metro de su espalda, conservaba entre los dedos de la mano izquierda una pequeña lupa plegable de joyero.

—Mi tío jamás habría escrito una palabra en español moderno para dejar un mensaje de muerte —declaró Valeria, dando un paso hacia el círculo de bronce de la esfera de 1582—.

Piero Conti era italiano y redactaba todas sus notas criptográficas en latín renacentista.

Si hubiera querido decirle a la policía que el profesor Mendoza le había disparado, habría escrito su nombre en el suelo de mármol, donde cualquiera pudiera verlo al entrar, y no a un metro sesenta de altura sobre el anillo móvil del coluro de los solsticios.

Elena Vargas entrecerró los ojos.

—Dice «GAbrIEL MENDOZA TRAIDOR», doctora Conti. No hace falta hablar latín para entenderlo.

—Hace falta saber qué es esta máquina, comisaria —intervino Gabriel Mendoza, y su voz grave resonó con súbita autoridad en la bóveda—.

La doctora Conti tiene razón. Cuando usted ha encendido la luz ultravioleta hace un momento, he mirado las siete letras de la palabra «TRAIDOR» con mi lente de diez aumentos.

Dentro de los trazos verticales de goma laca fluorescente, Piero dibujó en escritura especular el código de un estante de esta misma sala: VIII-C , seguido de las palabras HORA NONA .

Valeria sintió un latigazo de adrenalina al escuchar a Gabriel.

— Hora Nona —repitió ella mirándolo directamente a los ojos—. Las tres de la tarde en el cómputo solar romano; las cuatro de la tarde en el horario oficial de mañana, Viernes Santo. La hora exacta en que se abre la ventana de sincronización anual del nodo maestro europeo.

—¿De qué nodo maestro están hablando? —cortó Elena Vargas, colocando una mano sobre la funda de su arma reglamentaria—. Explíquense ahora mismo y en español llano.

—Y en cuanto a las siete letras de T-R-A-I-D-O-R escritas sobre el anillo graduado —continuó Valeria sin apartar la vista del bronce, mientras su mente matemática reordenaba las letras en un segundo—, no es español, comisaria.

Es un anagrama latino de siete letras que Juan de Herrera utilizaba en sus tratados mecánicos de 1584: R-O-T-A-T I-D . «Gira eso» .

Valeria sacó del bolsillo superior de su chaqueta un cilindro negro del tamaño de un bolígrafo: su colimador láser de estado sólido de quinientos treinta y dos nanómetros, la herramienta óptica que utilizaba en Ginebra para alinear bancos de fotónica.

—No toque la esfera, doctora —advirtió Vargas al instante.

—No necesito tocarla —dijo Valeria—. Mire la graduación donde termina la letra R que pintó mi tío: veintiocho grados y medio de declinación boreal. Si se girara el anillo meridiano hasta esa marca, la pínula de observación del eje polar apuntaría exactamente en esta dirección.

Valeria pulsó el botón del colimador haciéndolo pasar por la ranura de bronce de la pínula de 1582 sin rozar el metal.

Un fino hilo de luz verde esmeralda cruzó en línea recta el aire polvoriento del Salón de los Frescos y proyectó un punto brillante sobre el muro de poniente, justo en el centro de la octava pilastra dórica de madera de caoba: el estante VIII-C , donde descansaban los códices griegos con los cantos dorados vueltos hacia fuera.

Por primera vez desde que Gabriel había entrado en la sala, la comisaria Elena Vargas dudó.

Sus ojos oscuros siguieron la línea del láser verde desde la esfera manchada de sangre hasta la octava pilastra de la biblioteca.

Estaba a punto de ordenar al técnico Morales que se acercara al estante con los guantes puestos cuando el teléfono móvil cifrado que llevaba en el bolsillo de la gabardina empezó a vibrar con el tono agudo de las alertas prioritarias del Ministerio del Interior.

Vargas sacó el aparato sin dejar de vigilar a Gabriel y a Valeria, deslizó el dedo por la pantalla y leyó el despacho urgente que acababa de entrar desde la Unidad de Inteligencia Financiera de Madrid.

A medida que leía las líneas iluminadas en la pantalla, las facciones de la comisaria se endurecieron como el granito del monasterio.

—Muy ingenioso el espectáculo del láser, doctora Conti —dijo Vargas con voz glacial, guardando el teléfono y haciendo una seña inmediata a los dos inspectores armados—.

Lástima que el Servicio de Prevención de Blanqueo de Capitales del Banco de España acabe de confirmar una transferencia internacional de quinientos mil euros realizada hace cuatro horas desde una sociedad instrumental de Luxemburgo a una cuenta numerada en Zúrich abierta a nombre de Gabriel Mendoza.

—¿Qué? —exclamó Gabriel, dando medio paso adelante—. ¡Eso es imposible! ¡Yo no tengo ninguna cuenta en Suiza ni en ningún sitio fuera de Salamanca!

—Y según el registro de control de fronteras que me acaban de adjuntar —añadió Vargas, dando un paso atrás y sacando de nuevo las esposas—, la firma digital que autorizó la apertura de esa cuenta procede de una terminal interna del centro EuroQCI de Ginebra.

Es decir, del departamento que dirige usted, doctora Conti.

Valeria sintió un golpe de frío en la nuca.

Falsificar al mismo tiempo un asiento swift en la red interbancaria suiza y un certificado digital interno de Ginebra para que aparecieran en el servidor del Ministerio del Interior español justo a medianoche requería un nivel de acceso que ningún delincuente común poseía.

Quien había ordenado asesinar a su tío Piero estaba dentro del sistema de inteligencia europeo y estaba monitorizando en tiempo real las comunicaciones de la policía española.

—Comisaria, escúcheme —dijo Valeria con urgencia, viendo cómo los dos inspectores se colocaban ya a ambos lados de Gabriel para doblarle los brazos a la espalda—.

¡Esos registros bancarios han sido inyectados en su red hace diez minutos para que usted nos encierre en una celda mientras el verdadero asesino recupera lo que mi tío escondió en ese estante!

—Podrán explicárselo al juez de guardia en la Audiencia Nacional dentro de una hora —sentenció Elena Vargas—. Esposen al profesor. Y usted, doctora Conti, entrégueme ese puntero láser y acompáñeme...

No llegó a terminar la frase.

Abajo, en los sótanos del Patio de los Evangelistas, donde se alojaba la subestación eléctrica que alimentaba todo el complejo del Real Monasterio de San Lorenzo, sonó una detonación sorda y ahogada que hizo vibrar los cristales emplomados de los balcones.

Un segundo después, los cuatro focos halógenos de la policía científica, las lámparas murales del Salón de los Frescos y todas las luces de emergencia del edificio se apagaron simultáneamente.

La oscuridad cayó sobre la bóveda de cincuenta y cuatro metros como una losa de obsidiana.

—¡Cortocircuito en el cuadro general! —gritó el técnico Morales en medio de las tinieblas—. ¡Linternas! ¡Enciendan los focos de emergencia!

Pffft.

El soplido seco de un supresor acústico rasgó el silencio desde el umbral de la antesala norte, a treinta metros de distancia.

El inspector que sujetaba el brazo derecho de Gabriel soltó un gemido ahogado y se desplomó hacia atrás sobre el pavimento de mármol con el hombro atravesado, derribando en su caída el trípode del foco halógeno con un estruendo metálico.

—¡Al suelo! —rugió Elena Vargas, desenfundando su pistola Heckler & Koch en la oscuridad y disparando dos veces hacia el destello invisible de la entrada mientras las cápsulas de latón rebotaban contra las losas—.

¡Francotirador con visor nocturno en la puerta norte!

¡Cúbranse detrás de las mesas de pórfido!

Pffft. Pffft.

Dos proyectiles sub-sónicos de punta hueca hicieron estallar el jarrón de alabastro situado a un palmo de la cabeza de la comisaria, obligándola a rodar tras el pesado zócalo de piedra de la mesa central junto al segundo inspector.

En medio del caos de gritos, pólvora y oscuridad absoluta, Valeria no se tiró hacia la mesa donde se parapetaba la policía.

Aferró en las tinieblas la manga del abrigo de tweed de Gabriel Mendoza y tiró de él con todas sus fuerzas hacia el lado opuesto de la nave, detrás de la octava pilastra dórica.

—¡Al estante VIII-C , profesor! —le susurró al oído mientras a sus espaldas una figura alta con gafas de visión térmica avanzaba sin hacer el menor ruido por el pasillo central de la biblioteca—. ¡Si ese hombre llega a los códices antes que nosotros, estamos muertos!