CAPÍTULO I Escritura en el Espejo
CAPÍTULO I
Escritura en el Espejo
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Las aspas del helicóptero Super Puma de la Policía Nacional levantaron un remolino de lluvia helada sobre las losas de granito de la Lonja norte mientras el profesor Gabriel Mendoza bajaba la escalerilla metálica sujetándose el cuello del abrigo contra el viento de la sierra.
Frente a él, iluminada por el destello azul de cuatro patrullas policiales y por los relámpagos que rasgaban las nubes bajas sobre el monte Abantos, se alzaba la mole colosal de San Lorenzo de El Escorial: doscientos siete metros de fachada de piedra de granito gris, cuatro torres angulares coronadas por bolas de bronce y más de mil ventanas cerradas a cal y canto en mitad de la noche del Jueves Santo.
A Gabriel siempre le había sobrecogido aquel edificio.
En sus clases de paleografía en la Universidad de Salamanca solía explicar a sus alumnos que Felipe II y su arquitecto, Juan de Herrera, habían diseñado el monasterio en el siglo dieciséis siguiendo las medidas exactas que los textos hebreos atribuían al Templo de Salomón.
Pero caminar hacia sus muros de dos metros de espesor a las once de la noche, escoltado por dos inspectores armados que lo habían sacado hacía cincuenta minutos de una cafetería de la Plaza Mayor salmantina sin darle apenas explicaciones, despertaba en su estómago una opresión muy distinta a la admiración académica.
Metió la mano izquierda en el bolsillo del abrigo de tweed gris oscuro y rozó con el pulgar la cicatriz circular de lacre en el dorso del dedo índice —la quemadura indeleble que se había hecho a los veinticuatro años en el archivo histórico de Salamanca al salvar de un incendio provocado el último pliego epistolar entre Juan de Herrera y Felipe II, cuando una gota de cera ardiente le perforó la piel—, justo al lado de su lupa plegable Zeiss de diez aumentos que llevaba consigo a todas partes.
—Por aquí, profesor —indicó el más joven de los inspectores, abriendo el postigo lateral de hierro de la puerta principal para cruzar el zaguán hacia el Patio de los Reyes.
En cuanto el portón de roble chapado se cerró a sus espaldas con un retumbo sordo, el olor húmedo a granito mojado, cera de abejas rancia y piedra encerrada golpeó las fosas nasales de Gabriel.
Era el mismo olor mineral y frío que había respirado diecisiete años atrás en el subsuelo del Archivo de Simancas, cuando el desplome de una bóveda mudéjar lo había mantenido sepultado durante catorce horas en la oscuridad junto al cadáver de su director de tesis.
Gabriel apretó la mandíbula, desvió la vista de los arcos bajos de sillería y se obligó a contar mentalmente los escalones de la gran escalera imperial mientras subían hacia el segundo piso de la fachada de poniente: uno, dos, tres, cuatro... treinta y ocho .
—Me dijeron en Salamanca que el doctor Piero Conti había sufrido un accidente en la biblioteca y que necesitaban un especialista en epigrafía del siglo dieciséis —dijo Gabriel mientras sus pasos resonaban por la galería superior—. ¿A qué hospital lo han trasladado?
Los dos inspectores intercambiaron una mirada breve sin responder y se detuvieron ante las puertas abiertas del Salón de los Frescos.
—La comisaria Vargas le pondrá al corriente, doctor Mendoza. Pase, por favor.
Gabriel cruzó el umbral de marquetería alemana y se detuvo en seco.
El Salón de los Frescos, que durante el día era una estancia luminosa donde el sol de la sierra arrancaba destellos cálidos a los cuarenta mil códices de cantos dorados y a las bóvedas pintadas por Tibaldi, parecía aquella noche el quirófano de una fortaleza sitiada.
Cuatro trípodes con focos halógenos portátiles de la policía científica proyectaban sombras gigantescas sobre las estanterías de caoba.
El aire olía a ozono eléctrico, a polvo químico de revelado dactiloscópico y a ese matiz metálico, dulzón e inconfundible del hierro oxidado en la sangre fresca.
Al final de la nave, junto al pedestal octogonal de la gran esfera armilar de Antonio Santucci, tres técnicos con monos blancos de criminología terminaban de fotografiar un bulto humano cubierto hasta el rostro por una lona forense de color azul oscuro.
Por debajo del borde inferior de la lona asomaba un zapato artesanal de cuero marrón con hebilla de plata y un calcetín de lana burdeos.
Gabriel sintió que el aire del salón se volvía de plomo en su tráquea.
Reconocía aquellos zapatos. Los había visto caminar junto a él por los archivos de Roma, de Simancas y de Venecia durante los últimos quince años.
—¿Piero? —murmuró Gabriel, dando dos pasos involuntarios hacia el fondo de la sala antes de que una mujer con gabardina gris perla y el pelo corto entrecano le saliera al paso junto a la tercera mesa de pórfido.
—No pise dentro del perímetro acordonado, profesor Mendoza —dijo ella con una voz grave y seca, mostrándole brevemente una placa dorada de la Brigada Central de Investigación antes de guardarla en el bolsillo—. Soy la comisaria inspectora Elena Vargas. Gracias por venir tan rápido.
Vargas tenía cuarenta y tantos años, unos ojos oscuros que no parpadeaban al medir a su interlocutor y el gesto tenso de quien lleva demasiadas noches sin dormir.
Masticaba despacio algo pequeño —el aroma amargo delató un grano de café tostado— mientras observaba las manos y el rostro de Gabriel con la frialdad de un entomólogo.
—Sus hombres en Salamanca me han dicho que Piero había tenido una urgencia médica —dijo Gabriel, incapaz de apartar los ojos de la lona azul tendida bajo la esfera armilar—. ¿Qué ha pasado aquí, comisaria?
—A las diez y catorce minutos de esta noche, la centralita de seguridad de Patrimonio Nacional recibió una alerta silenciosa emitida desde el teléfono satelital privado del doctor Conti —explicó Vargas, caminando despacio junto a él hasta detenerse a dos metros del cadáver—.
Cuando la primera patrulla de la Guardia Civil logró abrir las tres rejas de clausura a las diez y veinticinco, encontró las puertas de este salón cerradas por dentro y al conservador jefe tendido donde lo ve ahora.
Dos disparos de calibre cinco coma siete milímetros en el hombro y en el tórax.
Muerte por hemorragia interna antes de que llegaran los sanitarios.
Gabriel se apoyó con una mano en el borde de mármol de la vitrina contigua. Piero Conti tenía setenta y un años; era un erudito amable que hablaba seis lenguas muertas, alimentaba a los gatos del jardín de los Frailes y dedicaba sus noches a restaurar encuadernaciones renacentistas.
—¿Un robo? —preguntó Gabriel con la voz ronca—. ¿Han forzado la cámara de los códices iluminados o las Cantigas de Alfonso X?
—No falta ni un solo códice en toda la biblioteca, profesor —respondió Elena Vargas, metiendo ambas manos en los bolsillos de la gabardina—.
Las cámaras del circuito cerrado exterior sufrieron un bucle electrónico limpio de dieciocho minutos entre las diez y cinco y las diez y veintitrés.
Quien entró aquí sabía exactamente cómo anular los sensores infrarrojos del claustro y no venía a llevarse miniaturas medievales.
—¿Entonces por qué me han traído a mí en helicóptero a medianoche?
Elena Vargas sostuvo su mirada durante tres segundos de silencio absoluto.
—Porque hace seis meses el doctor Conti firmó un acta reservada en el Ministerio de Cultura nombrándolo a usted su sucesor externo en el comité de conservación de los fondos herméticos de Juan de Herrera —dijo la comisaria—.
Y porque usted escribió su tesis doctoral sobre la esteganografía del siglo dieciséis y el Discurso de la figura cúbica .
¿Cuándo fue la última vez que habló usted con la víctima, doctor Mendoza?
—En enero —contestó Gabriel, extrañado por el tono de interrogatorio que acababa de adoptar la inspectora—.
Coincidimos en un simposio sobre cartografía filipina en Valladolid.
Desde entonces solo hemos intercambiado un par de correos académicos sobre la restauración de unos pliegos. ¿Por qué me pregunta eso?
—¿Está usted seguro de que no estaba hoy en Madrid, profesor? —insistió Vargas, dando medio paso hacia él—. ¿No discutió usted con el doctor Conti esta misma semana porque él se negaba a permitir que se digitalizara el fondo reservado de 1584?
—Por supuesto que no —replicó Gabriel, frunciendo el ceño—.
A las diez y cuarto de esta noche yo estaba en el archivo diocesano de Salamanca revisando actas capitulares, y a las diez y media estaba tomando un café frente a treinta personas en la Plaza Mayor cuando se presentaron sus dos inspectores. ¿A qué viene todo esto, comisaria?
Elena Vargas no respondió con palabras. Giró sobre sus talones, hizo una seña a uno de los técnicos de criminalística que aguardaba junto a la esfera armilar y se colocó unos guantes de nitrilo negro.
—Acérquese al pedestal, profesor. Pero mantenga las manos a la vista.
Con el pulso golpeándole las sienes, Gabriel avanzó los cuatro pasos que lo separaban de la gigantesca esfera de madera y bronce construida en 1582 por el cosmógrafo florentino Antonio Santucci.
Sobre las losas de mármol blanco salpicadas de rojo, a medio metro de la lona que cubría el cuerpo de su viejo amigo, vio un frasco volcado de barniz de restauración y las gafas rotas de media luna de Piero.
Y arriba, sobre la banda ancha de latón bruñido del gran círculo meridiano de la esfera, distinguió dos palabras trazadas a media altura con dedos temblorosos empapados en sangre coagulada:
GAbrIEL MENDOZA
Gabriel se quedó petrificado. Sintió que el suelo de mármol se inclinaba bajo sus zapatos.
—Antes de perder el conocimiento —dijo la voz implacable de Elena Vargas a su espalda—, el doctor Conti se arrastró hasta la esfera y escribió el nombre de usted con su propia sangre sobre el arco meridiano.
—Eso... eso no es una acusación —articuló Gabriel, mientras su mente de paleógrafo trabajaba a mil revoluciones por minuto mirando la inclinación de las letras sobre el latón—.
Piero sabía que si moría aquí dentro, ustedes me buscarían si veían mi nombre.
Quería que yo viniera a ver algo en esta esfera...
—Eso mismo pensé yo durante los primeros cinco minutos, profesor —lo interrumpió Vargas con frialdad letal—.
Hasta que mis técnicos de laboratorio analizaron la composición del fluido con el que están escritas las letras y pasaron la lámpara de Wood sobre el resto del anillo de bronce. Apaga los focos, Morales.
El técnico de criminalística accionó el interruptor de los trípodes halógenos.
El Salón de los Frescos quedó sumido de golpe en una penumbra cavernosa, iluminada únicamente por los relámpagos que se filtraban desde el patio exterior. En la mano enguantada de la comisaria Vargas se encendió el tubo oblongo de una lámpara forense de radiación ultravioleta de onda larga.
Cuando el haz violeta barrió el arco de bronce de 1582, el rastro que Piero Conti había trazado mezclando su sangre con el barniz fluorescente de goma laca se encendió en la oscuridad con un resplandor verde pálido fantasmal.
Justo debajo de GAbrIEL MENDOZA , escrita con el barniz invisible al ojo desnudo para que nadie la borrara antes de la llegada de la policía científica, brilló una tercera palabra en letras mayúsculas:
TRAIDOR
En el silencio sepulcral de la biblioteca, Gabriel oyó el chasquido metálico de las fundas de cuero de los dos inspectores situados a su espalda al desabrochar los seguros de sus armas reglamentarias.
—Al parecer, su viejo amigo descubrió que el hombre al que había nombrado su sucesor trabajaba para quienes vinieron a matarlo —dijo Elena Vargas, sacando del cinturón un par de esposas de acero pavonado—. Queda usted detenido como presunto coautor del asesinato de Piero Conti, doctor Mendoza.
—¡Espere un segundo! —exclamó Gabriel, inclinándose veinte centímetros hacia el arco de latón antes de que los inspectores pudieran sujetarlo por los hombros, y sacó del bolsillo su lupa plegable Zeiss de diez aumentos para interponerla bajo el haz ultravioleta.
A través de la lente acromática de cristal alemán, en los dos segundos escasos que duró aquel vistazo antes de que una mano policial tirara de su brazo hacia atrás, Gabriel vio lo que ni Elena Vargas ni ningún forense sin formación en paleografía del siglo dieciséis habría podido detectar jamás.
Las siete letras de la palabra T-R-A-I-D-O-R no estaban trazadas con caligrafía moderna.
Cada una de las astas verticales de las letras estaba formada por diminutos números romanos y ángulos diedros dibujados en escritura especular invertida , al estilo de los cuadernos de ingeniería de Juan de Herrera, y dentro del travesaño de la letra A y del óvalo de la O brillaba una coordenada microscópica que solo tenía sentido para quien conociera el plano secreto de aquel salón:
ESTANTE VIII-C • HORA NONA • HUYE
Antes de que Gabriel pudiera abrir la boca, las puertas dobles del Salón de los Frescos se abrieron de par en par al fondo de la galería y una voz de mujer, clara, autoritaria y con un marcado acento italiano, resonó bajo la bóveda:
—¡Suelten a ese hombre ahora mismo, comisaria! ¡Si le pone las esposas y lo saca de esta sala, antes de mañana a las cuatro de la tarde habremos perdido toda la red de seguridad de Europa!