El Protocolo del Octavo Sello PRÓLOGO El Salón de los Frescos
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El Protocolo del Octavo Sello

El Protocolo del Octavo Sello

Por Oscar Bolano

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PRÓLOGO El Salón de los Frescos

PRÓLOGO

El Salón de los Frescos

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El doctor Piero Conti corría sin aliento bajo la bóveda pintada de cincuenta y cuatro metros del Salón de los Frescos mientras el eco de sus propios pasos rebotaba contra el pavimento de mármol blanco y gris.

A sus setenta y un años, el conservador jefe de la Real Biblioteca conocía cada centímetro de aquella nave proyectada en 1584 por Juan de Herrera.

Sabía por qué los cuarenta mil códices renacentistas de las estanterías de caoba, acana y cedro tenían los cantos dorados vueltos hacia el centro del salón en lugar de mostrar el lomo: cuatro siglos atrás, la gente creía que era un capricho estético del rey Felipe II para preservar el oro de las hojas; solo los tres custodios del Consejo sabían que colocar los libros al revés ocultaba una matriz numérica tallada a buril en el canto de madera de los anaqueles.

Y esta noche alguien había venido a arrancarle esa matriz a tiros.

Al fondo del salón, más allá de las cinco mesas de pórfido y de los globos terráqueos de Gerardo Mercator, la pesada puerta de marquetería alemana de la antesala se abrió con un chasquido metálico seco.

Conti ni siquiera se volvió a mirar. Apretó contra su pecho el pequeño anillo vernier de plata oxidada que acababa de extraer del compartimento secreto de su despacho, se deslizó detrás de la octava pilastra dórica del muro de poniente y hundió los dedos temblorosos en el tercer estante de manuscritos griegos, justo en la signatura invisible que correspondía al código VIII-C-1584 .

Empujó el anillo de plata hasta el fondo del hueco acústico que se abría detrás de un códice de Aristóteles encuadernado en piel de becerro y volvió a alinear el canto dorado a ras con los demás volúmenes.

En ese mismo instante, un sonido parecido al de un corcho de champán al destaparse — pffft — cortó el silencio de la biblioteca.

Una esquirla de madera de caoba saltó a tres dedos de la mejilla del anciano y un impacto ardiente le atravesó el hombro izquierdo, proyectándolo de bruces contra las losas de mármol al pie de la gran esfera armilar de Antonio Santucci.

Las gafas de media luna de Conti salieron despedidas y se estrellaron contra el pedestal octogonal de madera policromada construido en 1582.

Conti intentó incorporarse apoyando la palma derecha sobre el suelo frío, pero la suela silenciosa de una bota negra se posó sobre su antebrazo y lo inmovilizó contra la piedra.

El anciano alzó la cabeza.

De pie sobre él, recortado contra los frescos de Pellegrino Tibaldi que representaban a la Astrología y la Geometría en lo alto de la bóveda de cañón, se alzaba un hombre de cráneo completamente rapado y abrigo negro de corte recto.

Sus ojos eran de un azul tan pálido que parecían dos esquirlas de hielo bajo la luz mortecina de los candelabros murales, y en la mano derecha sostenía una pistola FN Five-seveN provista de un largo supresor cilíndrico de titanio.

—Buenas noches, doctor Conti —dijo el intruso en un español impecable, limpio de emoción y con una leve cadencia eslava en las consonantes—.

Ha activado usted la alarma silenciosa de su teléfono satelital hace noventa segundos.

La patrulla de la Guardia Civil de San Lorenzo tardará once minutos en cruzar el Patio de los Reyes y abrir las tres rejas del piso superior. Nos sobran nueve minutos si coopera.

Conti escupió un hilo de sangre sobre el mármol, sintiendo el olor dulzón del aceite de clavo que emanaba de la ropa del asesino.

—No sé quién te paga —jadeó el anciano en voz ronca, tratando de cubrir con su cuerpo el costado del estante VIII-C —, pero llegas cuatrocientos cuarenta años tarde. En esta sala solo hay pergaminos viejos.

El hombre rapado se agachó sin prisa junto a él.

No respiraba agitado; ni siquiera parpadeaba.

Con la mano izquierda desenguantada —una mano cruzada en el dorso por antiguas cicatrices blancas de quemaduras—, abrió la solapa de terciopelo de la chaqueta del conservador y extrajo del bolsillo interior un tubo cilíndrico de latón lacrado con cera roja.

—El anillo meridiano de don Juan de Herrera —dijo el hombre, sopesando el tubo de latón—. Y el número de la octava permutación del Discurso de la figura cúbica .

Conti sintió un vacío helado en el estómago.

Aquel tubo de latón que llevaba en el bolsillo era el estuche vacío del que acababa de sacar el anillo diez segundos antes, pero lo que lo dejó sin habla fue escuchar el nombre exacto de la octava permutación.

Fuera de él mismo, solo quedaban tres personas vivas en Europa que conocían la conexión entre el tratado geométrico de 1584 y el protocolo de reinicio cuántico programado para el Viernes Santo a las cuatro de la tarde: su sobrina Valeria en el laboratorio de Ginebra, el catedrático Gabriel Mendoza en Salamanca y el presidente del patronato, Sir Julian Vance, en Toledo.

Uno de ellos, o alguien en el corazón mismo del patronato, había vendido la custodia del sello.

—Si abres ese tubo sin conocer la paridad del espejo de Villanueva —mintió Conti con deliberada lentitud, fingiendo que el cilindro de latón contenía todavía la pieza para que el asesino no registrara el estante de códices griegos—, el ácido nítrico de la ampolla interior borrará las muescas de plata en tres segundos.

El hombre de ojos pálidos observó el sello de lacre rojo del cilindro y luego se llevó dos dedos al pequeño transceptor de conducción ósea que llevaba adherido detrás de la apófisis mastoides derecha.

—Lo tengo en el suelo junto a la esfera de Santucci —informó el operativo hacia el micrófono invisible—. Me ha entregado el cilindro lacrado, pero afirma que lleva una cápsula de borrado químico vinculada al espejo de Villanueva.

Conti contuvo el aliento. A través del silencio sepulcral del Salón de los Frescos, alcanzó a percibir el leve zumbido metálico de una voz distorsionada por un modulador digital que respondía en el oído del asesino.

El operativo escuchó durante cinco segundos y asintió.

—Entendido —dijo—. ¿Y respecto al conservador?

Hubo otra pausa breve. Cuando el hombre rapado bajó la mano del transmisor, su mirada azul volvió a posarse sobre el rostro anciano de Conti sin rastro de crueldad ni de compasión, con la simple eficiencia mecánica de un cirujano que cierra una incisión.

—Mi contratante le agradece sus cuarenta años de servicio a la biblioteca, doctor —dijo en voz baja—. Y me pide que le diga que la figura cúbica ya no necesita guardianes.

El cañón del supresor subió dos centímetros hasta apuntar al centro del esternón de Piero Conti.

Pffft.

El segundo proyectil sub-sónico le perforó el lóbulo inferior del pulmón derecho.

El mundo alrededor del anciano se llenó de un zumbido sordo y lejano.

A través de una cortina de niebla gris, Conti escuchó cómo los pasos inaudibles del asesino se alejaban con rapidez hacia la escalera de caracol de la torre norte, llevándose el cilindro de latón vacío.

En cuanto el sicario abriera aquel estuche en su vehículo y descubriera que el anillo vernier de plata no estaba dentro, volvería para registrar la biblioteca o cazaría a cualquiera que se acercara al monasterio.

Y a Conti no le quedaban más de tres minutos de conciencia.

El anciano apretó los dientes contra el dolor abrasador del pecho. Tenía la garganta inundada de sangre caliente; no podía gritar, su teléfono satelital había sido aplastado de un pisotón por el asesino a diez metros de distancia y las puertas del salón estaban cerradas con cerrojo desde dentro.

Miró hacia arriba.

Justo encima de su cabeza se alzaban los siete anillos concéntricos de madera dorada y latón graduado de la gran esfera armilar de Antonio Santucci: una máquina cosmológica de más de dos metros de altura en cuyo centro un pequeño globo terráqueo permanecía prisionero de los círculos del zodíaco y del ecuador celeste.

Y a un metro de su mano izquierda, volcado sobre la alfombra junto a su maletín de restauración caído, brillaba el frasco abierto de barniz de goma laca con trazador de fluoresceína ultravioleta que había estado aplicando aquella misma tarde para consolidar los pergaminos del siglo dieciséis.

Una idea desesperada, la última jugada de ajedrez de un hombre que había dedicado su vida entera a los códigos del Renacimiento, iluminó las pupilas moribundas de Piero Conti.

Si dejaba una pista evidente para la policía, el asesino la interceptaría en los partes oficiales antes del amanecer. Pero si utilizaba la soberbia de la propia policía para que trajeran a la fuerza al único hombre de España capaz de leer la esteganografía de Juan de Herrera...

Con un esfuerzo agónico que le arrancó un gemido sordo entre los labios manchados de rojo, Conti arrastró su cuerpo sobre el mármol frío hasta alcanzar el frasco volcado.

Empapó los dedos índice y corazón de su mano derecha en la mezcla viscosa de su propia sangre arterial y del barniz transparente que solo brillaba en su totalidad bajo la lámpara de Wood de los inspectores de patrimonio.

Aferrándose con la mano izquierda al borde del pedestal de 1582, alzó el brazo derecho tembloroso hacia el gran círculo meridiano de latón bruñido de la esfera armilar.

Con las letras rojas visibles a simple vista trazó dos palabras diseñadas para provocar una orden de busca y captura inmediata pero, intercaladas entre ellas con el barniz invisible de fluoresceína, dibujó las ocho aristas de la figura cúbica de Herrera y el acróstico que solo Gabriel Mendoza comprendería al mirarlo con una lente de aumento.

Cuando terminó de trazar el último ángulo sobre el metal frío de Felipe II, la mano de Piero Conti resbaló por el arco del trópico de Capricornio y cayó inerte sobre las losas de mármol, mientras a lo lejos, en la noche lluviosa de la sierra, comenzaban a sonar las primeras sirenas policiales.