El protocolo del caos Epílogo
99%

Epílogo

Cuando la cinta de equipajes empezó a funcionar, Tomás Noronha, junto con el resto de los pasajeros recién desembarcados en el aeropuerto de Lisboa, estiró el cuello para ver si las maletas empezaban a salir.

En ese momento sonó su smartphone . Lo cogió.

Era una videollamada de WhatsApp de Kurt Weilmann.

—¡Hola, Kurt! ¿Qué tal todo?

—Te llamo para avisarte. —El estadounidense se saltó el saludo. Su rostro preocupado ocupaba la pantalla del teléfono—. Los rusos ya lo saben.

—¿Qué saben?

—Que nos entregaste el teléfono con todos los secretos del FSB, incluido el Protocolo Caos. Ya lo saben.

Tomás sintió un escalofrío. Tarde o temprano los rusos se darían cuenta de que había conseguido recuperar el smartphone y no lo había devuelto, prefiriendo entregárselo a los estadounidenses. Lo que no esperaba era que ocurriera tan pronto.

—¿Cómo... se han enterado?

—Qué sé yo. Tienen infiltrados, como es lógico. En la DARPA, en la CIA, en todas partes. Eso ahora no importa. Lo que importa es que ya lo saben.

—¿Cómo te has enterado?

—Tenemos nuestras fuentes, como te imaginarás.

—Ah.

Era un laberinto de espejos en el que se espiaban los unos a los otros.

—Ya hemos abierto una investigación. Entretanto, me gustaría mostrarte la imagen de una persona. Dime, por favor, si la reconoces.

Al otro lado de la línea, el responsable de la DARPA exhibió una fotografía de carné, en gran formato, de un hombre rubio, con el pelo corto, mirando al frente.

—Sasha —lo reconoció Tomás—. Es el ruso con el que me encontré en el hotel Ukraina, en Moscú. Fue ese tipo el que me obligó a buscar del teléfono.

Weilmann guardó la imagen.

—La fotografía corresponde a un oficial del FSB implicado en las operaciones de aktivnyye meropriyatiya contra Estados Unidos, en particular la campaña para elegir a Trump. Su nombre verdadero era Dimitri Chernishev.

—¿Era?

—Acaba de ser encontrado muerto en una calle de Moscú. La versión oficial es que cayó accidentalmente desde un séptimo piso.

Se hizo un breve silencio.

—¿Lo han matado?

—La cuestión es descubrir por qué. Puede haber sido un castigo por su fracaso.

Cometió una gran imprudencia al descargarse el Protocolo Caos en el teléfono y después llevarse el aparato a Estados Unidos.

Como el contenido del smartphone acabó en nuestras manos, lo habrán castigado.

En el FSB, el castigo para este tipo de fallos es la muerte.

—Esa gente no se anda con rodeos.

—Hay una segunda teoría —añadió Weilmann—.

Hemos estado investigando de cerca a este tipo y hemos descubierto que se encontraba en Riazán en 1999 cuando se produjo un atentado fallido en un edificio de la ciudad.

Parece ser que Chernishev era entonces un policía local y fue el primero en acudir al edificio y encontrar la bomba que habían colocado allí.

Después se descubrió que fue el FSB quien colocó la bomba.

Se alegó que se trataba de un mero ejercicio, pero el incidente generó fortísimas sospechas de que el FSB era el verdadero autor de una serie de atentados similares ocurridos en el mismo período en varios edificios de otras ciudades rusas.

Podría haber sido una operación de falsa bandera para culpar a los chechenos y permitir a Putin iniciar una guerra supuestamente en defensa de los rusos; su verdadero objetivo habría sido conseguirle popularidad y consolidarlo en el poder.

Lo que ocurrió, efectivamente, gracias a esa operación de aktivnyye meropriyatiya .

—¿Y bien? ¿Qué relación tiene eso con la muerte de Sash..., eh..., de ese hombre?

—Hay indicios de que ese policía estaba convencido de que el FSB estaba detrás de los atentados de 1999 y habría intentado denunciarlo, pero su superior intervino a tiempo y lo silenció.

Pero debido a la guerra híbrida declarada por Rusia a Occidente, el FSB necesitaba con urgencia personal que supiera de informática.

Al parecer, Chernishev era particularmente talentoso en esa área, lo que atrajo la atención de los servicios secretos rusos.

Normalmente, el FSB hace exámenes rigurosos al personal que recluta para garantizar que no hay problemas ideológicos, pero como esta vez los servicios tenían mucha prisa, no se llevó a cabo una verificación adecuada y lo contrataron.

Metieron al tipo en la operación y... la cosa salió mal.

Tomás sopesó las implicaciones de lo que su amigo de la DARPA le estaba revelando. Las palabras de Weilmann sugerían algo.

—¿Crees que... que cuando me contrató para que encontrara el smartphone ya sabía que te lo entregaría?

—Nos movemos en el reino de las hipótesis.

Por los datos que tenemos, yo diría que Chernishev intentó cumplir la misión del FSB y que la pérdida del teléfono fue genuina.

Lo que pasó después es inexplicable. ¿Por qué no borró el Protocolo Caos del teléfono antes de entregárselo a ese tal Leroy Roderick?

¿Por qué contactó después luego con un portugués para buscar el aparato?

Precisamente al amigo de un responsable de la DARPA que en el pasado ya había colaborado con la CIA.

Es muy raro. Ese comportamiento solo se explica por lo que pasó en Riazán.

Pensamos que realmente Chernishev nunca quiso recuperar el teléfono, sino encontrar un pretexto para que el smartphone , y sobre todo su valioso contenido, llegara a nuestras manos.

Probablemente quiso hacer lo que no pudo en la época de los atentados de 1999: denunciar a Putin y a toda su camarilla.

—¿Por eso lo han matado?

—Es solo una teoría —subrayó el estadounidense—.

Pero encaja con lo que sabemos. Cuando se enteraron de que el smartphone estaba en nuestro poder, es muy probable que el FSB volviera a investigar el pasado de Chernishev y habrán descubierto algo que quizá no sabían cuando lo contrataron: que responsabilizaba a Putin de las matanzas de 1999. Y, por lo tanto, lo ejecutaron.

Tomás entendió que, de ser así, Dimitri Chernishev no sería un bandido, sino un héroe.

Casi se sintió asaltado por la culpa. Lo había odiado desde el encuentro en Moscú; lo había odiado por el deepfake con su rostro; por todo lo que representaba.

Y al final, por lo visto nada era como había creído.

Siempre y cuando la teoría fuera correcta, claro. Nunca lo sabrían.

—Si el FSB ya sabe que te entregué el teléfono, ¿qué harán? ¿Crees que los rusos van a divulgar el deepfake en el que aparezco como autor de la masacre de Christchurch?

—Ya los hemos informado de que estamos al tanto de ese deepfake y lo hemos neutralizado. No lo harán.

El historiador se sintió aliviado.

—Uf.

—Pero algo harán.

—¿Qué?

—No lo sé. Yo, si fuera tú, me prepararía. Los rusos no se quedarán de brazos cruzados. Tenías un trato con ellos y los has traicionado. Habrá represalias, puedes estar seguro.

—El acuerdo fue con Chernishev.

—No importa. Aunque fuera un traidor, era su representante. Si te contrató para encontrar el teléfono, es como si te hubiera contratado el FSB. ¿Entiendes? Diste tu palabra a los rusos y no la has cumplido. Algo harán. Prepárate.

A Tomás la ansiedad le revolvió el estómago; saber que una agencia de espías con un largo historial de asesinatos, y encima el FSB, quería ajustar cuentas con él no era precisamente como para estar tranquilo.

Pero en ese momento vio aparecer su maleta en la cinta de recogida de equipajes del aeropuerto y, como no había mucho más que hablar, se despidió de Weilmann.

Aún dándole vueltas al asunto, recogió su maleta y salió en taxi del aeropuerto.

Las noticias lo angustiaban, pero acabó sacudiéndose la preocupación como quien se sacude el polvo.

Independientemente de lo que fueran a hacer los rusos, no estaba en su mano impedirlo.

Actuaría cuando llegaran las represalias, fueran cuales fueran. No iba a morir en la víspera.

Para tranquilizarse, se puso a pensar en Maria Flor.

Dos días antes había hablado con ella, justo cuando se preparaba para abandonar Bangladés y regresar en un largo vuelo con dos grandes escalas.

Echaba de menos a su mujer y, tras la noticia de Weilmann, le urgía aún más oír su voz.

Ella tenía el don de serenarlo. Sentado en el asiento trasero del taxi, cogió el teléfono y localizó el número, pero cuando iba a llamar se detuvo.

¿No sería mejor darle una sorpresa?

Guardó el teléfono y se dejó llevar hasta su destino. La última vez que habló con su mujer le contó que se había instalado en su piso y se quedaría una semana en Lisboa. Era un indicio clarísimo de que la reconciliación era una mera formalidad y estaba a la distancia de un beso.

El taxi lo dejó en la puerta de su edificio. Después de sacar la maleta y pagar, se dirigió al puesto de flores de la acera. Encontró a doña Ermelinda con el semblante vivaracho de siempre, el rostro sonrosado, la sonrisa desdentada y los brazos rollizos con las mangas remangadas.

—Entonces, ¿qué va a ser esta vez, chico?

La mirada de Tomás se perdió entre la orgía de colores de las flores del puesto sin saber qué elegir.

—No lo sé, doña Ermelinda. Hay tantas cosas. Dígame usted.

—¿Cuál es la ocasión?

—Es... Mire, es pasión.

—Ya hubo reconciliación, ¿eh?

—Prácticamente, doña Ermelinda. Prácticamente.

—Pues, ¿es hora de entrar en materia, o qué?

El cliente se ruborizó.

—Oh, ya empieza... Venga, no diga esas cosas.

—Uyuyuy, ahora le da vergüenza. ¿Qué tiene de malo querer entrar en materia con su señora? ¡Jesús, cuánto meapilas hay en Lisboa, leche!

—Bueno, bueno. Entonces, ¿qué me recomienda?

La vendedora se inclinó sobre unas flores naranjas a su izquierda.

—Estos lirios.

—¿Ah, sí? ¿Simbolizan la pasión?

—Simbolizan el calentón, chico. El calentón.

Definitivamente, doña Ermelinda era un caso perdido. Le preparó un ramo y pagó.

—Que le vaya bien —se despidió—. Fuerza en la verga, ¿eh?