Epílogo #2
Con el ramo en las manos, Tomás ni siquiera respondió. Entró en el edificio y subió en el ascensor. Al llegar a su planta, metió la llave en la puerta y la abrió.
—¿Florcita? —llamó al entrar—. ¡He llegado!
Nadie respondió.
—¡Florcitaaa!
Nada.
No estaba en casa. Pero en el piso olía muy bien.
Procedía de la cocina. Por lo visto, le había preparado uno de sus maravillosos platos de bacalao a la nata.
Qué maravilla. Además, todo parecía en orden, en contraste con el caos en que el piso se encontraba habitualmente desde que había vuelto a vivir solo.
Puso los lirios naranjas en un jarrón a la entrada y se llevó la maleta al dormitorio.
La cama estaba hecha y todo muy pulcro y limpio, pero no vio señales de la ropa de Maria Flor en ninguna parte.
Le extrañó. Se inclinó sobre la cama y olió las sábanas.
Estaban impregnadas de su perfume, prueba de que había dormido allí.
Otra excelente señal. Si había dormido en su piso, si lo había ordenado y limpiado y le había preparado su plato favorito, eso quería decir que se había reconciliado con él. Ni siquiera había esperado al beso.
Tomás sonrió. Su mujer había vuelto, había regresado a casa, había regresado a él.
El hecho de que no estuviera allí en ese momento no significaba nada.
Habría salido a dar una vuelta, de compras o a cualquier otro recado.
Si la ropa de Maria Flor no estaba allí, habría una buena razón que lo explicara.
Quizá se había pasado por la tintorería.
Lo que realmente importaba era que su vida por fin iba a volver a la normalidad.
Pensó en llamarla para decirle que volviera a casa, que él ya había regresado, pero creyó que sería más romántico sorprenderla cuando entrara.
Le entró hambre.
Salió del cuarto y se dirigió a la cocina, atraído por el delicioso aroma del bacalao a la nata.
Al pasar por el salón, también limpio y ordenado, vio que en el suelo, frente al televisor, había un sobre rasgado.
Se acercó para recogerlo y comprobó que el reproductor de DVD que él aún utilizaba porque era tecnológicamente reacio al cambio estaba abierto y tenía un disco dentro.
¿Su mujer había estado viendo una película?
Echó un vistazo y comprobó que no tenía carátula, como era habitual.
Qué raro. Recogió el sobre del suelo y comprobó que estaba a nombre de Maria Flor.
Pero sin remitente. Por el tamaño del sobre dedujo que probablemente sería del DVD.
Cada vez más intrigado, decidió ver el contenido del disco. Encendió el reproductor y lo conectó a la televisión. En la imagen apareció su dormitorio y Tomás se vio a sí mismo acostado en la cama, con una rubia desnuda sentada sobre él, balanceando las caderas y emitiendo gemidos.
—Pero ¿qué...?
La rubia y él mantenían relaciones sexuales.
Se quedó boquiabierto, atónito, sin dejar de mirar las imágenes.
¿Cuándo había ocurrido aquello? ¿Quién era aquella mujer?
Fijó la atención en ella, haciendo un esfuerzo para reconocerla.
Era bonita, curvilínea, ardiente, sexi. Una auténtica modelo.
Pero no, nunca la había visto en su vida.
O, al menos, no la recordaba. ¿Qué demonios era aquello?
¿Sería realmente él? Clavó los ojos en el hombre intentando encontrar diferencias, pero comprobó que no las había.
No cabía duda, era él. Pero Tomás no había visto nunca a aquella mujer.
Y, sin embargo, allí estaban esas imágenes suyas practicando sexo en su dormitorio con ella.
Una mujer a la que no recordaba haber visto, en una situación de la que no tenía el más mínimo recuerdo.
¿Estaría perdiendo la cordura? ¿Qué diablos estaba pasando?
De repente, como si lo hubiera alcanzado un rayo que le hizo ver la luz, lo comprendió.
Otro deepfake .
La represalia rusa de la que le había hablado Weilmann.
Como la DARPA había anulado el deepfake de Christchurch, el FSB había creado otro.
Los rusos tenían imágenes de sobra como para producir los que quisieran.
Pero este no pretendía incriminarlo ante la policía o el mundo entero.
No. Esta vez los rusos habían sido más sofisticados y lo incriminaron ante una persona. Solo una.
Maria Flor.
Examinó el sobre rasgado. Estaba claro que había sido ella.
Miró hacia la puerta del dormitorio. La cama desprendía el perfume de su mujer, señal de que había dormido allí, pero tras ver el vídeo, la ausencia de su ropa adquiría un nuevo significado.
Maria Flor también lo había visto. Y después se había ido.
Con las manos temblorosas, al borde del pánico, Tomás cogió el teléfono y la llamó.
El tono de llamada sonó cuatro, cinco, seis veces y se cortó.
Lo intentó una vez más. Nadie contestó. Lo intentó otra vez.
De nuevo nada. No pensaba parar hasta que atendiera.
Cuando lo intentó de nuevo, oyó la notificación de la llegada de un SMS.
Ansioso, comprobó que acababa de llegarle un mensaje. De Maria Flor.
Lo abrió.
No vuelvas a hablarme, cabrón.
No iba a aceptarlo. Simplemente, no estaba dispuesto a hacerlo. No perdería a Maria Flor por culpa de un deepfake . Tenía que hablar con ella, explicarle las cosas, aclarar ese terrible malentendido. Y cuanto antes, mejor.
Volvió a llamarla. Esta vez ni siquiera dio tono. Seguramente, había retirado la tarjeta SIM del móvil para que no pudiera contactar con ella. Su mujer estaba incomunicada. Había roto con él.
En ese momento, Tomás Noronha supo que había perdido a Maria Flor.
Definitivamente.